miércoles, 8 de enero de 2014

Excursión 169: Valle de la Fuenfría y Miradores de los Poetas

FICHA TÉCNICA
Inicio: Las Dehesas, Cercedilla
Final: Las Dehesas, Cercedilla
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 15,1 km
Desnivel [+]: 708 m
Desnivel [--]: 724 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua:
Ciclable: En parte
Valoración: 4
Participantes: 28

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta
























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
Como inicio de 2014 y para desentumecernos tras las navidades, yo creía que Antonio nos había preparado una marcha corta y facilita por las cotas bajas del valle de la Fuenfría, así que cuando empezamos a ascender desde casa Cirilo, tras cruzar el arroyo de la Venta, la subidita se fue haciendo un poco larga. Sin embargo no se iba nada mal, otra vez en compañía de los amigos y aspirando el frescor húmedo del pinar tras las recientes lluvias. Los expertos andarines Paloma y José Ramón venían con nosotros por primera vez e iban tan campantes, dándonos ejemplo a los galardonados con estrellas senderomagas.

Así llegamos hasta la carretera de La República, que tomamos hacia la derecha, ya en suave pendiente, hasta acceder a los miradores de los poetas, ubicados a cierta distancia en una curva de la pista. El tibio sol de enero nos reconfortaba mientras tomábamos el aperitivo y contemplábamos todo el relieve en derredor y, en el fondo, el valle del Guadarrama hasta el horizonte neblinoso. Completaba el panorama una capa de nubes de forma caprichosa contrastando con el intenso azul del cielo.

Volvimos a la pista y, avanzando por ella, al poco nos adentramos en una bella pradera donde resistía alguna mancha de nieve. Nos paramos un momento en el reloj de sol denominado “de Cela”, donde comprobamos la hora, continuando el paseo por una bonita senda a través de la pradera de Navarrulaque. Íbamos a buen ritmo hasta que empezamos a notar que la pendiente se iba acentuando, así que tuvimos que ralentizar el paso, más que nada para poder respirar. Ya estaba claro que la excursión no era facilita. Llegamos así a un mirador natural, donde tomamos un respiro mientras contemplábamos de nuevo el valle a nuestros pies y admirábamos en su verticalidad la pared sur de la cuerda principal de Siete Picos, muy próxima a nosotros. 

Enseguida, traspasando una gran mancha de nieve, encaramos una extensa pradera encharcada que daba acceso, al suroeste, a la empingorotada cumbre del Majalasna, de misterioso nombre, cuyo origen Paco N. nos desvelará en su crónica fotográfica. Creo que algunos se quedaron con ganas de encaramarse al pico, pero lo dejamos a nuestra izquierda y pasamos a la otra ladera para tomar la senda de los Alevines. Es esta senda un tortuoso recorrido entre rocas, aderezado con troncos caídos y, en esta ocasión, nieve helada en algunos trechos, de forma tal que el caminar por ella sin resbalar era mucho mérito, sobre todo cuando había que salvar fuertes pendientes. No tengo constancia histórica, pero apostaría a que el nombre de la senda se lo puso Herodes. Así sucedió que “el de siempre”, en una de esas, lamió el hielo al caer de bruces, aunque sin mayores consecuencias. Paco, cuando una coge fama, ya se sabe: Estaremos atentos a ver si válidas por tercera vez el título de “el de siempre”.

No tardando mucho llegamos al Collado Ventoso, que, salpicado de nieve y hielo, hacia honor a su nombre, aunque hubo quien buscó cierto resguardo para comer enseguida, pues al hambre apretaba. Finalmente Antonio decidió descender por el camino Schmid hasta encontrar acomodo en un lugar más confortable. Así lo hicimos, al sol, en torno a un largo tronco desnudo caído en la ladera. Bajando unos metros hasta la fuente de Antón Ruiz, que estaba desbordada por la abundancia de agua, enseguida retomamos de nuevo la carretera de la República para, paseando tranquilamente, llegar al puerto de La Fuenfría.

El sol calentaba menos, se había levantado algo de aire y muchos senderomagos se iban abrigando un poco más. Mientras Nicolás vestía orgulloso un gorro ruso de piel de conejo que le habían traído los Reyes, Antolín prendía su estrella en la pechera exterior del abrigo, ya que había tenido que abrochárselo. Así tomamos el camino viejo de Segovia para descender suavemente desde el puerto. Muchos desconocíamos esta variante del camino y siempre lo habíamos hecho por la calzada romana, con las consiguientes molestias en las rodillas. Tras conocer esta variante, creo que la usaremos siempre en lo sucesivo; además el camino tiene el atractivo de que atraviesa multitud de arroyos y regatos por donde, tras las abundantes lluvias recientes, el agua lujuriosa se precipitaba hasta el fondo del valle.

Abandonando el camino por una senda bien marcada redondeamos el día regresando a Casa Cirilo, donde tomamos abundantes birras a la salud de Juanjo, que tuvo a bien invitarnos a ellas con el premio de la porra que ganó en la comida prenavideña.

Como broche final, recuerdo como una aparición, al volver en el coche hacia Madrid, la fugaz vista por el retrovisor del macizo de Siete Picos, La Bola del Mundo y La Maliciosa, iluminados por el sol dorado del atardecer.
Consultados los analistas de Madi, un poco molestos por tener que afrontar la cuesta de enero y con síndrome postvacacional, han evaluado la marcha con 4 sicarias.
Melchor

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