miércoles, 15 de enero de 2014

Excursión 170: Puerto de la Morcuera - Canencia

FICHA TÉCNICA
Inicio: Puerto de la Morcuera
Final: Canencia
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 16,6 km
Desnivel [+]: 272 m
Desnivel [--]: 891 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas y agua: No
Ciclable: En parte
Valoración: 3,5
Participantes: 30

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta






















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
En esta ocasión, además de pasar y repasar a fondo las carreteras que unen Miraflores con Canencia y el puerto de La Morcuera, tuvimos ocasión de patear los altos parajes de esta sierra y descender hasta el pueblo de Canencia soportando la niebla, la lluvia ocasional y también los tramos-trampa con los que Antonio nos suele sorprender.

Si obviamos la intendencia motorizada, todo empezó estupendamente nada más iniciar la caminata: Nos sorprendieron unas vistas espectaculares de todas las cumbres, de un blanco refulgente que contrastaba con el azul del cielo y las nieblas en los valles; presidía el panorama, al norte, la majestad del macizo de Peñalara seguido de Los Montes Carpetanos, mientras a nuestras espaldas y a un tiro de piedra, La Najarra moteada de nieve daba paso a toda La Cuerda Larga. Hacia el sur, una neblina persistente impedía las vistas. A buen paso, Antonio guiaba al grupo siguiendo una senda, apenas perceptible entre la vegetación y la nieve ocasional, que nos encaminaba por el borde de una alambrada al pico Perdiguera. Como estábamos frescos y la subida no era fuerte, llegamos sin sentirlo a ésta nuestra primera meta volante.

El panorama desde el pico hacia Miraflores debe de ser espléndido, pero la niebla ascendía amenazante por la ladera y nos impedía contemplarlo; nos conformamos con tomar tranquilamente nuestro tentempié aposentados en las rocas de la cumbre, las cuales, por cierto, presentaban al llegar mondas de mandarina desperdigadas sobre ellas, como evidencia del incivismo que aún persiste en las prácticas senderistas.

Poco antes de continuar, la niebla nos envolvió casi imperceptiblemente y ya no nos abandonó hasta casi llegar al pueblo de Canencia. José Luis F. y su fiel Teo se volvieron por tener obligaciones y los demás seguimos cuesta abajo por un cortafuegos hasta desembocar en la pista que une los dos puertos, en las proximidades del de Canencia. Se caminaba cómodamente, salvo Jesús con sus botas nuevas, y se aprovechaba para comentar nuestros gustos, pasiones y debilidades; así pudimos constatar que a los del GMSMA, como a una gran parte de la población, nos encantan los documentales de la 2 (de ahí su “extraordinaria” audiencia); también nos sorprendimos al descubrir que muchos nos mareamos fácilmente viajando en coches ajenos, ¡y eso que se comparten muchos coches en el GMSMA!

Varios compañeros dieron por finalizada la excursión en el puerto de Canencia. El resto nos fuimos acomodando en las mesas del área recreativa para comer, mientras la niebla se iba cerrando y las charcas del entorno parecían hediondos lechos fantasmales. Al estar quietos, el frío iba adentrándose en el cuerpo y sólo algún trago de vino y las prendas de abrigo añadidas nos iban reconfortando. Pero podía haber sido peor, ya que, nada más recoger los trastos para seguir la caminata, una lluvia copiosa comenzó a caer, llevando la contraria a quienes habían afirmado taxativamente que con niebla no llueve. Eran las tres en punto de la tarde. Joaquín se refugió bajo una chapela de roca para no mojarse, pero como en el gimnasio todavía no se ha preparado lo suficiente, no pudo llevársela puesta.

Con lluvia y niebla se hizo la foto de grupo, bajo un chamizo, protegiendo la cámara con un paraguas: Primera foto de conjunto de la temporada en estas condiciones. Mientras descendíamos por pistas a través del pinar, “poniendo en común” (así decían en la EGB) nuestras experiencias con los cortes de pelo y peluquerías, escampó. Un poco después, la niebla quedó atrás y pudimos ya atisbar el pueblo de Canencia al tomar una curva de la pista. En el pinar quedaban restos de fogatas donde se había quemado el ramaje de muchos pinos que estaban tendidos en el sotobosque, tras una tala que suponíamos de limpieza.

Antonio había dicho: Se va primero por pista y luego por una senda. Por contraste, lo que observamos los más adelantados es que la pista se acabó de pronto al borde del pinar y enfrente había un muro de piedra precedido por matojos varios que aparentemente impedían el paso. Exclamación de Antonio al alcanzarnos: “¡Pero qué hacéis aquí parados! Seguid por la senda...” Así que atravesamos los matojos, saltamos el muro, nos adentramos por viejos caminos intransitados y casi intransitables, sorteamos  cercas y alambradas e incluso nos allegamos hasta los dominios de un toro de mucho porte que nos hizo desviarnos un pelín; ni los más toreros se le acercaron, lo que significa que nuestra torería no ha llegado mucho más allá del canto del estribillo de “El Niño de Las Monjas”, salvo la de Joaquín, que, además del estribillo, canta el resto de la pieza.

Finalmente entramos en Canencia por un puente sobre el río que da su nombre al pueblo, entreteniéndonos en observar algunas de sus casas y de forma especial, la curiosa costumbre de poner dos puertas casi idénticas en muchas de ellas, incluso algunas de reciente construcción. Por lo que parece, por una de ellas se accede directamente desde la calle a la planta baja y por otra al piso superior.

Llegamos así al bar de la plaza, que llenamos casi por completo, donde, mientras nuestra amiga camarera se afanaba por servir cervezas para todos, Paco N. mostraba una más de sus destrezas cortando jamón serrano para acompañar, merito muy grande si se tiene en cuenta que no disponía del cuchillo apropiado para cortarlo porque se había mandado a afilar.

Finalmente partimos como pudimos, en los vehículos que quedaron en el pueblo, hacia el puerto de La Morcuera, donde esperaban los coches que habíamos empleado al comienzo. A la salida del pueblo, Santiago nos “salvó la vida” a los que íbamos en la furgo, al avisar al conductor, o sea a mí mismo, de una maniobra inesperada de otro vehículo que me había pasado desapercibida. Me ahorro los improperios expelidos en el momento, que no se pueden transcribir, y sólo expreso mi gratitud a Santiago por su atención y buena vista.
El consenso de los analistas de Madi otorga a esta marcha 3’5 sicarias.
Melchor


FOTO REPORTAJES

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