miércoles, 8 de octubre de 2014

Excursión 204: Valdemaqueda - Puente Mocha - Río Cofio

FICHA TÉCNICA
Inicio: Valdemaqueda
Final: Valdemaqueda
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 22,2 km
Desnivel [+]: 456 m
Desnivel [--]: 456 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4
Participantes: 29

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta















TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
Quedamos en Valdemaqueda, por primera vez en la historia del grupo, que para nuestra sorpresa, descubrimos después que ofrece varias posibles rutas que prometen ser interesantes.

En el trayecto en coche de Robledo de Chavela a Valdemaqueda, contemplamos con desasosiego y tristeza, durante los siete kilómetros que separan ambos pueblos, un paisaje desolador, resultado del brutal incendio que en el verano de 2012 se produjo en esta zona, y cuyos efectos son aún visibles a ambos lados de la carretera.

En el bar de la pequeña plaza, al borde de la carretera, nos fuimos reuniendo los 29 que finalmente participamos en esta ruta, con caras nuevas como la de Cristobal, bienvenido, y otras conocidas pero que hacía tiempo que no caminaban con nosotros, como Ángel, que se incorporó más tarde por sufrir algo que muchos ya tenemos en el recuerdo: los atascos matinales.

El principal objetivo de esta ruta era conocer el puente Mocha, del que quedé prendado al verlo por primera vez en una foto de una web de senderismo, se lo hice saber a Antonio, y diseñó esta excursión que lo cruzaba, a la vez que nos haría recorrer los amplios meandros del río Cofio.

Salimos de la misma plaza de Valdemaqueda, callejeando en dirección al camino de Villaescusa, una amplia y cuidada pista de tierra que corre en paralelo al arroyo de las Chorreras o de Rodajos y la falda de Cerro de San Pedro, entre veteranos pinos de gran porte que nos tapaban intermitentemente el escaso sol que la nublada mañana nos había deparado.

Por ser un agradable paseo, cómodo, cuesta abajo, de bonitas vistas y olor a pino, nos prometíamos una excursión de lo más placentera para los sentidos. Y así fue hasta alcanzar, a unos 3 Km del inicio, el puente Mocha, al que algunos adjudican a los romanos y otros a los arquitectos que levantaron en el s. XVI el Monasterio de El Escorial, pues al parecer por él se facilitaba el transporte de madera que se utilizó en la construcción del conjunto monacal.

Sin embargo, el rasante del puente, de 40 metros de largo, presenta un trazado en forma de lomo de asno muy medieval, lo que podría indicar que fue levantado mucho antes, tal vez durante el proceso de repoblación cristiana, que tuvo lugar tras la Reconquista. Sea cual sea su misterioso origen, lo cierto es que impresionan sus nítidos cinco ojos, restaurados recientemente, reflejándose con serenidad en las hoy quietas aguas del río Cofio, entre verdes praderas y grandes pinos, perfectos y acabados en copa en parasol, como obra de romanos.

Desconcierta ver cómo el actual trazado de las carreteras le han privado de toda utilidad, ya que en tiempos conducía hacia el valle del Tiétar, y se ha convertido en testigo solitario de otro tiempo del que parece podemos prescindir. Prueba de ello es contemplar, apenados, cómo el camino se interrumpe en la margen contraria al topar con la valla de una vieja finca de los duques de Medina-Sidonia, la dehesa de Villaescusa, convertida en fortificado coto de caza. Donde hace apenas 30 años la Unión Resinera Española explotaba ecológicamente estos montes, a disposición de todo el pueblo, ahora el poder del dinero explota un negocio de dudoso ecologismo, sólo para unos pocos.

Contrariados porque la previsión de Antonio contaba con proseguir por la amplia pista que quedaba inalcanzable al otro lado de la valla, no tuvimos más remedio que continuar por la exigua senda que discurría a esta parte de la alambrada, tan mínima y emboscada que los 8 km que nos llevó recorrerla nos parecieron una eternidad.

Fueron vanos los intentos por buscar una senda próxima al río que nos librase de la pesadilla de tener que estar continuamente apartando ramas de encina o de matorral, y eso que algunos voluntariosos no paraban de cortar ramas secas y desbrozar, como podían, todo aquello que entorpecía el camino, con la siempre paradójicamente vista, a nuestra izquierda, de la solitaria y espléndida pista que intocable discurría a cuatro milímetros de nosotros.

Un guarda de la finca, que en su confortable coche nos encontramos casi al final del tortuoso recorrido, admiró nuestro buen comportamiento al no cortar, como parece ser han hecho muchos, la alambrada para proseguir por la holgada pista, lo que no sabía es que ganas no nos faltaron.

Pasado el infierno, alcanzamos el Puente Nuevo, en la M-539, justo en el límite de Madrid con Ávila, junto al cual, en una bonita pradera, descansamos mientras comíamos, momento en que José María recuperó sus gafas, medalla, estrella y casi media mochila que tanto testarazo con el ramaje le hizo desparramar, como garbancito, por todo el camino, y que Antonio y yo fuimos recogiendo para su sorpresa.

El camino de vuelta prometía ser más tranquilo y grato, superado un primer tramo de valla, pero algunos desconfiados prefirieron volverse en el coche de José Luis H, con la consiguiente bronca del resto, sobre todo a un reincidente habitual, del Atleti, para más señas.

Menguados por los desertores y los que ya tenían previsto hacer media excursión, continuamos por la margen derecha del río Cofio, hasta encontrar una pista libre de valla, en las proximidades del arroyo de la Hoz, al que ahora tocaba remontar, en dirección norte, plenos de gozo, liberados de las estrechuras que habíamos padecido en la bajada, lo que nos permitió disfrutar de los riscos de Valparaiso, el Chaparral y el Águila, que en este orden fueron ofreciéndose a nuestra vista.

Alcanzada la carretera M-537, la seguimos por una senda paralela hasta llegar de nuevo a la plaza de Valdemaqueda, en cuyos bares festejamos el haber terminado la excursión sin más incidentes que los leves arañazos que nos recordarán durante unos días lo entretenidos que estuvimos recorriendo los meandros del río Cofio.

Por todo ello, esta excursión, pese a su dureza, o quizás por ello, será evocada por todos los que la hicimos con un grato recuerdo de superación de las dificultades y compañerismo, así es que se ha merecido 4 sicarias.
Paco Nieto


FOTOS

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