miércoles, 22 de octubre de 2014

Excursión 206: Navalcarnero - Río Guadarrama

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navalcarnero
Final: Navalcarnero
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 18,1 km
Desnivel [+]: 206 m
Desnivel [--]: 188 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 3,5
Participantes: 41

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta





















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
Sabíamos que no iba a ser un día redondo, pues teníamos una parte de nuestro corazón al lado de Juan. Aun así, el ambiente era cálido, casi veraniego, e invitaba al paseo. Desde la  plaza de toros de Navalcarnero pronto alcanzamos el camino del Capellán, que discurre paralelo a las obras interrumpidas del metro ligero y al poco se interna en el pinar.

Mientras la mayoría charlábamos descuidadamente, Ángel ya había llenado su cesta de vistosas macrolepiotas, sus setas insignia. Nada más abandonar el pinar llegamos a la encrucijada de “La Casa de Roque”, donde el porte de un crucero en granito salvaba en parte la pretenciosa construcción de una fuente sin agua y un pilón del mismo material.

Caminando entre huertas, viñedos y casas de labranza, muchas hoy habilitadas como chalets,  llegamos a los restos abandonados de la estación de tren “Río Guadarrama”, una más de la antigua línea a Almorox desde la desaparecida estación de Goya de Madrid. Unos cuantos revivieron aquí sus andanzas de críos, como Paco R., que venía con su familia a bañarse al río y, bajo el puente de la vía, extendían en la pradera la “manta de cebra” para comer acomodados y tenderse al sol.

Un poquito más allá, un soberbio puente de hierro soportado por enormes pilares de piedra y restaurado como parte de una vía verde, daba testimonio de los recuerdos de Paco R., invitando a caminar por él; y así lo hicimos, aunque para volver de inmediato y tomar un tentempié en el mismo lugar donde décadas atrás extendía su manta la familia de Paco. José Mª aprovechó la perspectiva para hacer una innovadora foto de grupo.

Continuamos andando río arriba, animados por el frescor del agua y del arbolado, e incluso encontramos dos membrillos repletos de frutos que sólo los más osados nos atrevimos a paladear. Pero al poco nos tocó dejar la ribera para volver, por caminos sin sombra, en dirección a Navalcarnero.

Aunque el sol ya se notaba, teníamos el aliciente de la plácida charla y de la rebusca de cuando en cuando de redrojos de dulces uvas negras en alguno de los majuelos que daban al camino. Tuvimos también ocasión de ver en plena faena una sembradora de trigo arrastrada por un tractor, que evocaba aquellos tiempos en que la siembra se hacía a voleo, los mismos en que Paco R. venía en tren a bañarse al río Guadarrama.

Alcanzamos así de nuevo el crucero de la “Casa de Roque”, donde Fernando S. se llevó un pequeño disgusto al darse cuenta de que había extraviado sus gafas graduadas. Por más que volvió sobre sus pasos, ayudado de algunos, no hubo forma de encontrarlas.

El resto del camino de vuelta, ya conocido, se hizo un poco pesado por el calor y porque el margen del 20% de prolongación en el kilometraje previsto (Antonio dixit) se iba agotando. Justo en el momento de traspasarlo llegamos a las bodegas “Ricardo Benito”, donde, merced a la intercesión de Nicolás (un enamorado, donde los haya, de la industria vitivinícola y espirituosa), nos esperaba como recompensa una “olla de segadores”, un original cocido, donde los garbanzos se sirven con la sopa, acompañados de arroz y sazonados con hierbabuena. A ello hay que añadir la degustación de aceite recién traído de Jaén con que nos regaló Paco D.

Compartía mesa con nosotros Juan Carlos, un extelefónico residente en Navalcarnero que nos estuvo ilustrando sobre la historia y costumbres del lugar; entre lo más sorprendente, enterarnos de que Navalcarnero fue una pedanía de Segovia fundada con 6 ó 7 pastores para mantener los derechos segovianos sobre la comarca.

Como hecho sorprendente durante la comida, mencionar que Fernando S., quizá por su desolación ante la pérdida de sus gafas en el camino, apenas inicio un tímido intento de acercamiento a la hermosa heredera de las bodegas,

Ya con los cafés, Antonio y nuestra musa Leonor entregaron sus merecidas estrellas azules a Antonio V. y Jesús N., su estrella blanca de senderomago a Jorge, unas cuantas medallas pendientes y unos mapas topográficos que Joaquín “necesitaba”. Agradecieron los agraciados sus obsequios con sencillos discursos, de los cuales quiero destacar el emocionado recuerdo para Juan. Esta vez Joaquín no pudo cantar.

Visitamos después la tienda y la bodega de la casa, para a continuación dirigirnos al museo del vino de la localidad, instalado en una antigua bodega del casco urbano. Antes de partir, Paco D. nos obsequió a cada uno con una botellita del oro verde de Jaén que habíamos probado en la comida.

La calificación de Madi es de 3’5 sicarias.
Melchor


FOTOS

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