miércoles, 10 de diciembre de 2014

Excursión 213: Peña de la Cabra

FICHA TÉCNICA
Inicio: Puerto de la Puebla
Final: Collado Grande
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia:  9,7 Km
Desnivel [+]: 293 m
Desnivel [--]: 882 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas y agua: No

Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 35

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Magnífica excursión preparada con mimo por Juan y Antonio, por un paraje espectacular y donde todo salió a pedir de boca, incluidas las rosquillas de las monjas zamoranas que ofreció Rosa B. y los bombones de Inma, que se acordó de nosotros aunque no pudiera acompañarnos. Incluso, por intercesión de Antonio, San Pedro despejó el horizonte de nubes y brumas para mostrarnos unas vistas increíbles.

Ya antes de iniciar la marcha, al internarnos con los vehículos por el valle del Riato y después por los de Vallejoso y La Puebla, tuvimos la sensación de acceder a lugares ignotos de una belleza singular, con los arroyos encajados entre paredes escarpadas de roca desnuda y laderas tapizadas de pinos.

Comenzamos  a andar desde el puerto de La Puebla, pisando la nieve resguardada en el bosque hasta culminar el cerro Portezuela. A partir de aquí, caminar era un puro placer, con el sol radiante iluminándolo todo; avanzábamos por extensas praderas, bien avistando el valle del Lozoya a nuestra derecha con las cumbres que lo encierran rematadas de un blanco inmaculado, bien maravillándonos con la visión de Puebla de la Sierra en el fondo del valle a nuestra izquierda; también, en ocasiones, nos deteníamos para mirar hacia atrás y tratar de identificar los picos de la sierra de Ayllón, que se entrelazaban en la lejanía.

Así, en este alegre caminar entre animadas charlas y amistosas confidencias, pronto estábamos remontando la ladera norte de la peña de la Cabra. Cuando llegamos a la cima, nuestra impresión de estar viviendo un día mágico se acrecentó; ahora podíamos también apreciar todo el paisaje hacia el sur, con el agua plateada de los pantanos del Lozoya remansada entre las sierras sinuosas; incluso se apreciaba en el horizonte la silueta de las torres más altas de Madrid.

El día era maravilloso y ni siquiera había viento que nos molestara, así que, al solecito en la misma cima, nos tomamos reposadamente el tentempié. Mientras lo hacíamos fuimos sorprendidos por un rebaño de cabras domésticas que ascendían a toda prisa hacia nosotros como si quisieran conquistar la posición en que nos encontrábamos por tener derechos ancestrales; sin embargo, cuando llegaron se mostraron un tanto esquivas, conformándose finalmente con algunas pieles de plátanos y mandarinas. Una vez se retiraron, aprovechamos para hacer la foto de grupo.

Hubo tres que se tenían que volver, pero se resistieron un poquito y lo hicieron acompañándonos un corto tramo en el inicio del descenso entre rocas de pizarra. El camino que seguía era bastante dificultoso por la orientación casi vertical de las capas de pizarra, colocadas como hojas de cuchilla dispuestas para pasar factura al menor contrapié. La montaña se cortaba en precipicios hipnóticos hacia el oeste y nosotros avanzábamos por la arista, caminando con precaución por la balconada pétrea sobre el Ríato y asomándonos de cuando en cuando a alguna de las canales que se despeñaban hacia el fondo del barranco espolvoreadas de nieve en las umbrías. Cuando se miraba atrás y se veía a los compañeros descendiendo entre las agujas de roca por los escarpes, compitiendo con las cabras montesas que andaban en las proximidades, se tenía una extraña sensación de irrealidad.

Alcanzado un terreno más estable, nos tomamos el bocadillo plácidamente y continuamos, ya más ligeros, para después tomar el bonito sendero que fue en su día el camino entre Robledillo y La Puebla y llegar así al lugar donde habíamos dejado previamente unos cuantos coches que nos permitieran regresar.

Antes de volver al puerto, paramos en La Puebla a tomar unas cervecitas reconfortantes. Fuimos recibidos cordialmente en el único establecimiento abierto, una tienda/bar a la antigua usanza escondida entre callejas, con paquetes de arroz y latas de tomate en los estantes. Ocupamos toda la bancada preparada en la placita frente al bar y allí departimos un buen rato, en tanto que algunos dábamos un paseíto por las callejuelas y algún otro se hacía con un plano donde situar las peculiares esculturas dispersas por la población.

Si obviamos el trajín de los vehículos y pasamos por alto los infundados temores de Antonio a algún despeñamiento intencionado para aliviarle la carga, podemos concluir que fue un día delicioso, haciendo honor a la máxima del GMSMA de que la palabra “insuperable” no existe para sus componentes. Así que Madi ha tenido la satisfacción de conceder 5 sicarias como cinco soles.
Melchor


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