miércoles, 21 de enero de 2015

Excursión 217: El tren de Cercedilla

FICHA TÉCNICA
Inicio: Cercedilla
Final: Cercedilla
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  18,1 Km
Desnivel [+]: 654 m
Desnivel [--]: 657 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: 

Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 29

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta










































PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
“...subiremos desde Cercedilla al puerto de Navacerrada paralelos a su trazado, por buen camino”, decía con su peculiar estilo la convocatoria enviada por Antonio. Cielo despejado y con ganas de caminar. El día empezaba bien.

Andaba yo con los saludos de rigor al personal cuando llegó el turno de Melchor quien, con su sonrisa acostumbrada, que sin embargo se me antojó un poco maléfica, me soltó lo que en principio creí que era una broma: “Como sabes, cada excursión va a tener un cronista diferente, y ésta te ha tocado a ti”. ¿Ya? ¡No lo esperaba tan pronto! Estaba tratando de librarme del encargo con unas pobres excusas precipitadamente hilvanadas, cuando apareció Antonio confirmando lo dicho. La decisión había sido tomada.

Sin argumentos y muy consciente de las reglas ya apuntadas hace un par de excursiones (léase el último párrafo de la crónica de Marcelo), no me quedó otra que mentir diciendo que sería un honor. Menudo lío. 

Siendo, como soy, más bien de ciencias, y tal como está el listón. Con mis limitados conocimientos del terreno y mi memoria de pez, ¡no seré capaz de recordar nada!

Tras los minutos de cortesía para los más tardones, partimos 29 del aparcamiento subterráneo de Cercedilla y, después de atravesar algunas urbanizaciones del pueblo, llegamos a la llamada estación de Camorritos, que sería la primera toma de contacto con la vía del tren que íbamos a recorrer, que conduce con una pendiente media del 5,5% hasta el puerto de Navacerrada.

Este tramo de vía se construyó entre 1918 y 1923. Posteriormente, hacia 1950, este ferrocarril de vía estrecha se prolongaría hasta Cotos.

Tomamos el “Camino de Siete Picos” que discurre por la margen izquierda de las vías y enseguida empezamos a caminar entre pinos. Casi de repente, apareció una gran nube gris que cubrió todo el cielo y empezaron a caer los primeros copos.

Resbalones y alguna que otra caída sin consecuencias, anunciada por sonoras carcajadas que con entrañable afecto proferían los testigos más cercanos, ponían en alerta al resto de senderomagos de la presencia de peligrosas placas de hielo. No paraba de nevar, y así seguiría, con mayor o menor intensidad, toda la jornada. Me alegré para mis adentros al pensar que estirando un poco este hecho, me daría por lo menos para medio párrafo de la crónica.

A medida que ascendíamos, iba aumentando la cubierta de nieve, haciendo esta vez el recorrido más cómodo y seguro por la ausencia de hielo. Entretanto, yo con lo mío: “Tengo una crónica que escribir y debo prestar atención a los detalles del camino, no me pase lo de otras veces, que hasta llegar a casa y ver las fotos no sé dónde he estado”.

Algo de esta inquietud debió de advertir Melchor, porque se acercó para darme algunos consejos al tiempo que me revelaba algunos trucos que sólo conocen los más curtidos en el, para mí difícil, arte narrativo. Yo se lo agradecí, como se le agradece a quien te pone mercromina en la puñalada que te acaba de dar.

Habríamos andado hora y media cuando, después de atravesar cómodamente el río Pradillo, llegamos a la altura de la estación de Siete Picos. Hora del tentempié. Había una vieja casa con un porche, que los primeros en llegar fueron ocupando en busca de cobijo contra la nieve que caía.

Rápidamente fueron ocupadas todas las plazas, de modo que el resto nos dirigimos hacia otra construcción que se veía un poco más allá, con la esperanza de caber todos y ponernos a resguardo. La construcción resultó ser una casa derruida sin tejado ni cubierta alguna, por lo que nuestros deseos se cumplieron parcialmente, ya que si bien no encontramos techo en el que cobijarnos, fuera sí que cupimos todos.

Reanudamos la marcha, no ya paralelos a la vía del tren (hecho éste que me hizo pensar erróneamente que llegaríamos hasta Navacerrada salvando un cómodo desnivel), sino que emprendimos un brusco ascenso ladera arriba y en estricta fila india hasta llegar a la cuerda de Collado Albo, abandonando de este modo el valle de Siete Picos, y desde allí, ya por la ladera opuesta fuimos en busca del siguiente encuentro con las vías que en este caso discurren por el valle del arroyo Navalmedio.

A pesar de lo despejado del trayecto en este punto, por lo que parecía ser un ancho cortafuegos, la visibilidad era escasa por culpa de la nieve que caía sin cesar, y con fuerza a veces, debido al viento. 

Qué lástima no tener vistas, pensé, aunque casi de inmediato mi mente volvió al asunto de la crónica y me consolé al pensar que así no tendría que describir que a lo lejos se veía el cerro nosequé a los pies del majestuoso pico nosecual.

Poco me duró el consuelo cuando hice un repaso mental del material que hasta entonces tenía para la redacción. Habíamos salido de Cercedilla y había nieve. Mucha…, y blanca… Fin del material.

Alcanzamos las vías del tren tras un breve e inesperado descenso, no sin antes bajar por la pronunciada pendiente de un terraplén que acarreó algunos resbalones y caídas, hiriendo tan solo el orgullo de las víctimas. Ascendimos ya paralelos a la vía del tren, esta vez no por camino ni senda, sino al lado de las vías, pisando sobre las piedras (el balasto) que, gracias a la nieve caída, no resultaba demasiado incómodo.

Habíamos recorrido un trecho cuando, por indicaciones de Paco C, nos apartamos en un tramo ancho y seguro, a la espera del paso del “tren de la una”, que bajaba con dirección Cercedilla, y lo sabía con tanta certeza porque se había preparado un cuadrante con los horarios de la excursión y los del paso del tren, además de una bocina de tren de fabricación casera que usó unas cuantas veces para amenizarnos la espera.

Reanudamos la marcha con ganas ya de llegar al puerto. Sólo fueron tres kilómetros, pero no sé si por los doscientos metros de desnivel o porque andar por el balasto, incluso con nieve, no era tan cómodo como parecía, el caso es que a mí se me hicieron eternos.

Por fin llegamos a la estación de Navacerrada y rápidamente nos instalamos en la cantina, donde pudimos descansar, comer el bocadillo y tomar algo caliente.

Para sorpresa de muchos, allí estaba nuestro compañero José María, que se tomó la molestia de llevarnos la esperada revista por él diseñada con el resumen del pasado año y que sólo pudieron disfrutar unos cuantos pecadores.

Pecadores, decía, porque no resistieron la tentación de una bajada cómoda en tren, ya que, si bien algunos contaban con una buena coartada, otros relataban las excusas más peregrinas que en la montaña se hayan oído jamás.

Una vez emprendido el regreso de los quince valientes que optaron por continuar con el itinerario previsto, no se hicieron esperar las críticas hacia los que se quedaron atrás. No las voy a repetir aquí por numerosas, ya que fueron tema de animada conversación en diferentes tramos del recorrido. Tan sólo referir que fueron, cuando menos, corrosivas, llegando a alcanzar en algunos momentos niveles de intensidad próximos al despelleje. Siempre desde el cariño, naturalmente.

Iniciamos el descenso por el Camino de la Vaqueriza. El paisaje era sencillamente espectacular. En las cotas más altas del recorrido, las finas hojas de los árboles estaban adornadas con ese fenómeno atmosférico que se llama cencellada (o cenceñada) y que consiste en que toda la superficie de las hojas está rodeada de escarcha y no sólo por arriba.

Estas bajas temperaturas también eran las responsables de que alguna cámara de fotos dejara de funcionar y de que el fotógrafo con móvil se pensara dos veces antes de quitarse el guante para hacer la foto.

Nevaba sin parar cuando llegamos al río Navalmedio, que a juzgar por su caudal, bien podía haber pasado por un arroyo.

No tardamos en alcanzar la presa del mismo nombre que se encuentra aguas abajo, en donde hicimos un pequeño alto para esperar a los rezagados. Momento que aprovechó Antonio V. para enseñarnos orgulloso su regalo de reyes, consistente en un bajo-guante, cuyos dedos índice y pulgar estaban provistos en su extremo final de una especie de almohadilla que tenía la propiedad de permitir al usuario el manejo una pantalla táctil. Y no sólo eso. 

Dadas las propiedades absorbentes  de tan prodigioso material, el usuario podía retirar cómodamente el líquido acuoso que, ya por frío intenso, ya por simple constipado, se forma en la base de las fosas nasales. Fue esta última característica del producto la que contó más ovaciones por parte de los presentes, al tiempo que se exaltaban las virtudes de los adelantos de la ciencia.

Descendimos el último tramo a buen ritmo, quizá pensando en la recompensa de las cervezas. Cervezas y consumiciones que fueron sufragadas en su totalidad por el recién estrenado abuelo José Luis R. con motivo del nacimiento de su nieto Adrián, por cuya salud brindamos.

Mencionar, por último, el delicado camino de vuelta en coche, y la hora y pico que tardamos en atravesar el kilómetro que tiene la calle principal del pueblo de Guadarrama. Después supimos que muchos otros corrieron igual suerte en sus respectivas vueltas a casa.

Quizá por la espantá, Madi no otorga más de cuatro sicarias a esta bonita excursión.

Ya van llegando fotos, así que voy a ver si me pongo con la dichosa crónica.
Fernando DíazH

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