miércoles, 15 de julio de 2015

Excursión 245: Las pozas del Valle de la Angostura

FICHA TÉCNICA 
Inicio: Puerto de Cotos
Final:. Rascafría
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia: 18,7 Km
Desnivel [+]: 96 m
Desnivel [--]: 767 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí

Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 20

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)


PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
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RESUMEN
Pocos rincones van quedando en la Sierra de Guadarrama por donde nuestras botas no hayan pasado ya, si además hay que buscar en verano zonas umbrías, con agua y pozas aptas para el baño, el número de posibles destinos se reduce, pero hay una solución sencilla a la exigente ecuación planteada y que la resuelve de inmediato: Valle de la Angostura.

Después de decidir el sitio queda resolver otra cuestión no menos importante, el recorrido de la ruta, y éste sí que tiene variables: que no sea muy largo ni muy corto, que no tenga mucha pendiente ni poca, que tenga buenas sendas, pero que no sean carreteras, que no sea muy complicada, pero tampoco sosa, que pueda acortarse para los que tienen prisa…

Todo ello debidamente sopesado y ponderado hace que el algoritmo mental de buscar por dónde ir se ponga en marcha, y ofrezca varias alternativas, que más por intuición que por lógica, acabó en este caso definiendo la ruta anhelada: desde el Puerto de Cotos a Rascafría, todo de bajada.

Así es que tras quedar en Rascafría para subir al puerto en el menor número de coches posibles, iniciamos la ruta los 20 participantes de hoy, con dos nuevos invitados, Marcos y David.

Comenzamos ascendiendo por el cerro que hay frete a la Venta Marcelino, en dirección a Valdesquí, evitando así el tramo de carretera que aunque más plano, no cumplía con una de las premisas exigidas, y además no tiene sombras, lo que no me eximió de comentarios tipo “pero, ¿no era todo de bajada?”, lo que demuestra que en esto del diseño de rutas, como con la lluvia, es imposible contentar a todos, ¡Antonio, cómo te comprendo!

Tras el breve repechón, la senda desciende suavemente hacia el refugio del Pingarrón, cruzando la aludida carretera de Valdesquí, pasando por un collado de obligada parada para contemplar, a la derecha, la desafiante cresta telúrica de Cabezas de Hierro y resto de la Cuerda Larga, y a nuestra izquierda el imponente macizo de Peñalara, al que aún le quedaba uno de sus habituales neveros. Y de frente, cuan parque jurásico, el valle de la Angostura desdibujándose en el horizonte por efecto de una fina niebla, ¡todo un espectáculo!

Con tan impresionantes vistas, y ya tranquilizado el personal al comprobar que todo lo que quedaba sí era de bajada, bordeamos el refugio, que cuelga sobre una despejada ladera, para descender bruscamente al arroyo de las Guarramillas, continuando por su orilla izquierda hasta alcanzar enseguida la recoleta y recóndita poza de Sócrates, donde algunos nos dimos el primer baño de la ruta en su gélida ducha.

Continuamos descendiendo el arroyo por la misma orilla, siguiendo una senda no muy marcada, con vistas a todo un rosario de pequeñas y cantarinas pozas que forma el agua en su alocada huida hacia el fondo del valle.

Para nuestra sorpresa, la senda se iba desvaneciendo conforme nos acercábamos al arroyo de Cotos, punto por el que vadeamos el arroyo de las Guarramillas y por un puente de madera cruzamos el de Cerradillas, seguido del Toril, tras el cual nos acercamos de nuevo al arroyo para remojarnos y tomarnos el aperitivo junto a su lecho.

Continuamos cruzando por otro puente el arroyo de la Laguna Grande de Peñalara, que nace en dicho humedal, punto donde el Guarramillas cambia de nombre, pasando a llamarse arroyo de la Angostura, nombre que no le dura mucho, porque algunos kilómetros más abajo, tras recibir las aguas del arroyo del Aguilón, sin previo aviso y sin que haya un punto concreto que lo indique, pasa a llamarse río Lozoya.

Entretenidos con tanto cambio de nombre y tanto cambio de orilla, descendimos sosegadamente por el Camino de las Vueltas comentando la situación de la Bolsa, de Grecia, de Casillas, del Tour y del Mundo, hasta que, para darle algo de más emoción a la ruta, atajamos campo a través hacia el arroyo y, tras vadearlo, bañarnos en la gran e idílica poza que hay poco antes de llegar al puente de la Angostura. Y aquí sí, el regocijo en el agua fue general, con saltos desde las rocas, largos de punta a punta e incluso fotos bajo el agua.

Refrescados, nos fuimos para dejar sitio a un nutrido grupo de chavales que con gran algarabía nos demostraron que nuestros saltos al agua no estaban a la altura de los de ellos, faltaría más.

Paramos a contemplar el puente de la Angostura, de piedra, salva el corto estrecho que da nombre al valle y es uno de los más hermosos de toda la Sierra. Sin cruzarlo, continuamos por el camino que llevaba desde el monasterio de El Paular a Valsaín a través del puerto de los Cotos, hoy llamado PR-25, mucho menos poético, eran otros tiempos.

Poco a poco, el bosque se fue transformando. Los pinos fueron dejando sitio a otras masas forestales como abedules, acebos y robles, llamando mucho nuestra atención los helechos que cubrían amplias zonas de la ladera del arroyo de Valhondillo, en ellos nos hicimos la foto de grupo. Al poco, llegamos al remanso de agua del embalse de la Presa del Pradillo, donde algunos nos volvimos a bañar, sin tantos seguidores esta vez como en la poza.

Continuamos y enseguida alcanzamos la Isla, donde paramos a tomar los bocadillos, que se hicieron más agradables con las cervezas de uno de sus bares, cuyo nombre no queremos recordar, por lo poco agradables que fueron.

Tras el descanso, proseguimos el descenso, sin la compañía de los Cantos, que hacían la ruta corta. Siguiendo la orilla derecha del arroyo de la Angostura, pasamos junto al edificio de la antigua y hoy ruinosa fábrica de luz, que utilizaba el agua de la presa para suministrar electricidad a las poblaciones del valle del Lozoya.

Continuamos descendiendo por el robledal de la ribera derecha del arroyo hasta llegar a otra espléndida poza, y ya hemos perdido la cuenta, situada junto a un puente de madera, donde vimos, con cierta envidia, cómo unos jóvenes se lo estaban pasando en grande tirándose desde las rocas.

Abandonada la senda principal, proseguimos por la ribera hasta alcanzar el arroyo del Aguilón, que no hizo falta vadearlo porque estaba prácticamente seco, síntoma de que seguramente las cascadas del Purgatorio, que se forman en su lecho 4 km más arriba, llevarían también poca agua.

Contemplando a los desperdigados bañistas que orgullosos habían ido conquistando cada una de las pozas del río como si de un tesoro se tratase, llegamos a las piscinas naturales de Las Presillas, donde nos volvimos a bañar en tropel.

Repuestos y refrescados por fuera y por dentro, continuamos en dirección al Monasterio de El Paular, desviándonos a la derecha, antes de llegar a él, por el albergue de los Batanes para hacer una parada en el cercano lago del bosque finlandés, mágico lugar donde curiosamente nunca hemos visto que se bañe nadie, a pesar de tener muelle y sauna, eso sí cerrada a cal y canto.

Ya sólo quedaba cruzar el río Lozoya por el puente cercano al Molino de Briscas, para enseguida llegar a Rascafría, aunque varios carteles en el camino se empeñaban insistentemente en indicar que siempre estaba a 1 km.

La celebración del final de este precioso paseo ribereño sombreado por pinos, serbales, sauces, abedules, acebos, avellanos y robles, jalonado por pozas cristalinas, chorreras, piscinas naturales, y hasta un embalse, lo hicimos en la Venta Marcelino, invitados por Esteban que celebraba su reciente cumpleaños.

Por todo ello, esta excursión se ha ganado de sobra las 4,5 sicarias.
Paco Nieto


FOTOS

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