miércoles, 9 de diciembre de 2015

Excursión 270: Alto de las Rozas

FICHA TÉCNICA
Inicio: Berzosa del Lozoya
Final: Berzosa del Lozoya
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  19 Km
Desnivel [+]: 866 m
Desnivel [--]: 866 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: No

Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 37

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta






















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
Ingrata debe de ser la tarea de nuestro querido Melchor cuando, siendo ya casi las dos de la tarde de un día de excursión, aún no ha conseguido despojar a la jornada del triste destino de no tener quien la describa. Tan es así, o al menos, tan así me lo parecía, que no pude dejar que trascurrieran ni un par de segundos, que se antojaban angustiosos, antes de responder con sí muy monosílabo a la pregunta que todo, o casi todo ser, no sé por qué, rehuye como si de una maldición se tratara: ¿Te importaría encargarte de la crónica?

Vaya por él, por nuestro Nombrador Oficial de Cronista de Turno y Maestro de Cronistas, lo que viene a continuación.

Nos juntamos treinta senderomagos, alguno más, alguno menos, en Berzosa del Lozoya, un pueblo contradictorio, puesto que igual lo ves sobrevolar el valle medio de este río como agazaparse bajo la Peña del Portillo, la cual sostiene por el extremo sur el cordal que nos va a guiar, caminando hacia el norte, al Alto de Las Rozas. Antonio nos ha negociado un tiempo primaveral impropio de finales de otoño.

Tras el consabido preámbulo, del cual acabamos saludados un exitoso 90%, nos ponemos en marcha camino, primeramente, del Collado de Matalinares. Sólo el celo y la pericia de Antonio son capaces de encarrilarnos sin vacilar en un sendero de fuerte pendiente y metido entre jaras, únicamente visible si no pones la bota en el suelo. Alegremente y casi  sin darnos cuenta, superamos los primeros trescientos metros de desnivel. Y ahora es cuando reparamos en las vistas. Al este, nos sorprenden los pardos roquedos que forman el cresterío de la Peña de La Cabra, con aquellas canales como cicatrices de gigante, que un día nos impresionaron cuando recorrimos destrepando de la Peña uno de los cordales más sorprendentes que recordamos. Lo terminó de hacer bello el cronista de entonces. ¿Quién pudo ser quien mejor nos recordara la excursión 213?

Seguimos mirando al este, las rocas de la Peña de La Cabra dan paso, o impiden el paso, según se mire, al denso pinar que esconde el pequeño río Riato, que da nombre al Vallejo que nos separa de nuestra querida Peña.

Si por el esfuerzo de la subida a este collado de Matalinares no se nos ha ocurrido mirar para atrás, ahora tenemos la ocasión de hacerlo para descubrir el brillo metálico del embalse del Atazar o el perfil inédito de la Sierra de la Cabrera o a lo lejos, nada menos que El Peñalara, con la estela de montañas que nos pone enfrente: Flecha, Nevero, Reajos, Peña Quemada,…La Carpetana. La vista sigue sin desperdicio si barremos a nuestra derecha: Somosierra con sus Cebolleras, la Nueva y la Vieja. Y abajo, plata: Puentes Viejas y El Villar. Y el día, como nosotros, sigue sonriendo. Un velo de nube juega con el sol para darle a todo el paisaje el color que mejor queda con esta roca, con este gneis bañado en liquen, que surge de la tierra como ansiosa por respirar.

Deliciosas y animadas las subidas y bajadas a lo largo de este cordal, a veces cresta, a veces senda, a veces cumbre y a veces prado. Mientras unos juegan a buscar las aristas más afiladas, más, aún más, otros se deleitan por los pasajes más amables, donde se permite la contemplación sin pausa o la conversación relajada. Vamos coronando, o esquivando, que va al gusto de cada cual, las pequeñas cumbres de Albirigaño, Peña Parda, donde disfrutamos del cumpleaños de Isabel en forma de bombón, o Peña Águila, donde los estrellas fugaces se dan la vuelta, descubriendo más y más montaña hacia el norte: La Sierra de Ayllón, con su Lobo, su Cerrón, sus Peñuelas,… nuestro Santuy. Inmensa la vista que desde aquí se tiene y que invita, minuto a minuto a hacer planes y más planes.

Y así, consumidas tres horas, los últimos alcanzan el Alto de Las Rozas, modesta pero vistosa cumbre de 1673 metros de altitud. De las vistas acabo de hablar, ahora corresponde al lector imaginarlas…

Una parada breve, que vamos apurados, y de nuevo en marcha bajando hacia el collado de La Tiesa y un breve apretón antes de comer para subir al alto del mismo nombre. Allí, sentados sobre piedras repartidas, contemplando el morir del Valle de Riato en brazos del Atazar y casi cegados por un sol desubicado por causa de un calendario incongruente con la meteo, damos cuenta de los respectivos bocadillos. Treinta minutos de lujo nos ponen las pilas para continuar el recorrido, ahora por el pinar que se extiende bajo las rocas de la Peña de La Cabra.

El lema número 134 del GMSMA viene a decir que “no hay recorrido que se precie si no existe un tramo en el que caminen tres por cuatro calles” y por ello nos dividimos en dos grupos, uno formado por cuatro y otro por el resto, forma fina de decir que hubo algún error, de modo que anduvimos separados y sin visibilidad entre los grupos durante unos minutos en los que la telepatía facilitó el reencuentro. Fue el único incidente de la jornada.

Y ahora nos metemos en una  pista, en llano o leve cuesta abajo, que para no hacerse aburrida, nos regala nuevas vistas de la famosa Peña de La Cabra, que no sé si la he nombrado alguna vez. Y tras seis kilómetros de pista, llegamos al tramo sorpresa: un cortafuegos por el que se supera un desnivel de 130 metros. No es mucho, pero ya llevamos un ratillo andando y esto da una pereza…que vencemos sin problemas para llegar de nuevo en el collado de Matalinares, lugar donde nos encontramos esta mañana con el Valle de Riato.

Antes de bajar a Berzosa, el que esto escribe se retrasa a propósito para echar una última mirada al Este. El silencio lo domina todo, una leve brisa me invita a respirar hondo mientras contemplo una Montaña herida por el tiempo, arañada de las oscuras canales que hace casi exactamente un año, orgulloso como si fueran mías, invité a conocer a mis compañeros senderomagos. La luz, ahora aún más generosa, me muestra unos roquedos que ya no son pardos sino verdes de liquen. Esas rocas de gneis que tanto me atraen…

Vuelvo en mí y pienso que, aunque me dé un poco de apuro por haber colaborado modestamente con Antonio en preparar esta excursión, estoy seguro de que Madi, cuando la vea, tendrá en cuenta el recorrido, el paisaje, el tiempo y el ambiente y no dudará en otorgarle 5 sicarias, 5.
Juan.

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