miércoles, 19 de marzo de 2014

Excursión 179: Peña Cebollera y Chorrera de los Litueros

FICHA TÉCNICA 
Inicio: Puerto de Somosierra
Final: Puerto de Somosierra
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 15,5 Km
Desnivel [+]: 950 m
Desnivel [--]:  846 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua:
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 25

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH


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RESUMEN

Esta marcha iba a suponer una lucha titánica contra los elementos; amén de un desnivel considerable, íbamos a tener que afrontar lluvia intempestiva, tormentas y un penoso ascenso por la nieve, donde los guetres iban a ser indispensables. Quizá por todo esto la afluencia de senderomagos fue  relativamente discreta y, como cuando en el trabajo es temporada de vacaciones, se echaba en falta a algún “figura”. No obstante, Enrique C. venía con nosotros por primera vez.

Al mirar a lo alto de La Cebollera desde el pueblo de Somosierra ya se veía que las condiciones no eran las previstas: Casi ni rastro de nieve, buena temperatura y el cielo despejado.

Enseguida llegamos a la Chorrera de Los Litueros, que bajaba cargadita y estaba preciosa desparramándose en brillantes hebras de agua en su último brinco sobre las rocas. Su contemplación tenía algo de hipnótica, pero había que desandar parte de lo andado para pasar a la otra orilla del arroyo de la Peña del Chorro, que cien metros más abajo se une al arroyo de las Pedrizas para formar el río Duratón, y así comenzar a ascender por una pista. El cruce del arroyo lo hicimos la mayoría sorteando las ramas de un árbol atravesado sobre su cauce, que a la vez nos servía de apoyo.

Cada vez se veía más abajo la autovía, señal de que ganábamos altura. Continuamos por una senda y un cortafuegos a la derecha. Se iba notando el cansancio, así que se hizo una paradita para reagruparnos y algunos aprovecharon para comer algo. Aquí debió ser donde Marcelo Newman, azorado al recibir ciertos piropos, perdió el sentido de la orientación y al cabo de un rato, con tres más, se había perdido en la ladera al tomar una pista equivocada.

Los demás avanzamos hasta alcanzar la rasante de la montaña desde la que se otea un amplio panorama de la Meseta Norte. Descansamos para tomar el aperitivo y continuamos subiendo, teniendo siempre a nuestro frente la mole redondeada de la Cebollera marcada con una inmensa cruz de nieve, como en un capricho divino.

Antes de acometer el último tramo por un empinado cortafuegos, se nos unieron los perdidos, que nos divisaron en la lejanía y habían accedido siguiendo un arroyo. Lo que faltaba por subir era fatigoso y alguno ya se volvió. Los demás nos animamos y culminamos trabajosamente la montaña. Desde allí el espectáculo era una maravilla, sobre todo hacía oriente, donde la cuerda del pico del Lobo, el Cerrón y nuestro recientemente conquistado Santuy, se recortaban sobre el cielo ensortijado de nubes,  tras una extensa mancha de nieve.

Comimos en la cumbre, disfrutando de la brisa y el sol, y tomamos el camino del sur, para lo que, ¡por fin!, hubo que pisar nieve; eso sí, apenas 200 m. Mientras Carlos y Ángel se adelantaban como si fueran galgos para acceder a los riscos más alejados, el resto dejamos a nuestra izquierda una impresionante cornisa de nieve, que no nos atrevimos a hollar hasta el borde por precaución, y seguimos lo que habrá que bautizar como Camino de Los Duendes. Varios hechos así lo testimonian: Un repentino torbellino que desestabilizó a dos senderistas y elevó sus gorras varias decenas de metros por encima de sus cabezas, la estrella dorada de sheriff de Antonio que brincó como un saltamontes desde su mochila (menos mal que Rosa la vio), la navaja de Javier B. que se escabulló de su custodia y quedó semienterrada a un lado del camino (menos mal que yo la vi).

En la lejanía, al oeste, se atisbaba una cortina de agua y Antonio temía tormentas, así que, prudente, decidió que había que bajar ya. ¡Vaya bajadita! Primero atrochando y luego por una senda pedregosa que nos dejo turulatos. Así que en cuando acabó, al llegar a una pista, aprovechamos para descansar un poco y refrescarnos. Recuerdo como, mientras José María se mecía recostado en las ramas de un pino, Santiago se tumbaba en el suelo y cerraba los ojos arrullado por las prolijas explicaciones de Antonio V. sobre la naturaleza, esencia y ser de los árboles.

Camino del pueblo nos llevamos la grata sorpresa de poder contemplar de nuevo la Chorrera desde lo alto, comprobando cómo se abre paso entre los riscos.  Un rato más tarde estábamos llegando al pueblo de Somosierra, libres de la lluvia amenazante que aún se divisaba a lo lejos.

Rematamos el día con las consabidas cervecitas y una visita, por parte de algunos, al interior de la peculiar ermita que corona el puerto.
Madi cree justo otorgar 4’5 sicarias a esta marcha.
Melchor.  

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