miércoles, 13 de mayo de 2026

Excursión 920: Los Cambroños de Los Molinos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Los Molinos 
Final: Los Molinos
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,8 Km 
Desnivel [+]: 436 m 
Desnivel [--]: 436 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable:
Valoración: 
Participantes: 38

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















miércoles, 6 de mayo de 2026

Excursión 919: Las chorreras de Collado Hermoso

FICHA TÉCNICA
Inicio: Collado Hermoso 
Final: 
Collado Hermoso
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 16,3 Km 
Desnivel [+]: 617 m 
Desnivel [--]: 617 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5
Participantes: 24

MAPAS 
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PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












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RESUMEN
Mientras una buena parte del grupo estaba haciendo rutas por la legendaria Grecia, otro tanto nos apuntamos a descubrir los encantos de Collado Hermoso, donde nunca habíamos estado.

Comenzamos nuestra ruta en el inicio de la Calle Camino de los Molinos, junto al incipiente río del Sordillo, con esa mezcla de ilusión y calma que siempre acompaña a las mañanas de senderismo de los miércoles.

El aire fresco nos fue guiando hasta un puente sobre río del Sordillo, tomamos la pista de la izquierda para adentrarnos en plena naturaleza, con un verde que a mi me recordaba el de Asturias.

Apenas habíamos calentado las piernas cuando nos desviamos a la izquierda para ir a contemplar el Monasterio de Santa María de la Sierra.

Sus viejas ruinas, silenciosas y majestuosas, parecían custodiar el valle desde hace siglos. Allí hicimos una pequeña pausa para hacernos un montón de fotos y la de grupo, imaginando la vida que un día habitó aquellos muros de piedra escondidos entre pinares.

Únicamente se conserva destacable en la actualidad parte de la iglesia, que es de estilo y características cistercienses, de gran sobriedad y finura. Aquí más información.

Regresamos al Camino de los Molinos para continuar ascendiendo lentamente hasta alcanzar el arroyo del Charco. Nada más cruzarlo, un sendero a la izquierda nos condujo hasta la primera de las sorpresas del día: la Chorrera baja del Arroyo del Charco. El agua caía con fuerza entre las rocas, regalándonos uno de esos rincones donde el tiempo parece detenerse y donde siempre apetece quedarse un poco más de la cuenta.

Regresamos a la pista y seguimos avanzando junto a un antiguo molino restaurado, testigo silencioso del paso de los años. El camino se internó entonces en un frondoso pinar siguiendo el curso del arroyo Viejo de Sotosalbos, donde había un pequeño refugio de pescadores, medio oculto entre la vegetación, mientras el aroma de la tierra húmeda y el aroma de las agujas de los pinos llenaba el ambiente.

La subida fue suave pero constante, entre curvas y revueltas adornadas por acebos que daban un toque especial al recorrido. A mi me llevaban Raquel y Enrique  casi en volandas. A cada tramo el paisaje se abría un poco más, dejándonos bonitas vistas del entorno.

En una de sus numerosas curvas, paramos a tomar el tentempié de media mañana. Pasamos junto a una pequeña fuente manantial antes de alcanzar el arroyo Segovia, cuyo sonido fresco volvió a regalarnos un instante de calma.

Al llegar a la Pradera de la Mojonera el paisaje cambió por completo. Aquel amplio claro, utilizado antiguamente para resguardar el ganado, transmitía serenidad y amplitud. Poco después descendimos hasta el arroyo Viejo para remontarlo hasta alcanzar unas preciosas chorreras, con varios saltos, a las que se llega con algo de dificultad, otro rincón escondido donde el agua volvía a convertirse en protagonista.

Aprovechamos las estupendas vistas del agua precipitándose a lo largo de la pequeña garganta para dar cuenta de los bocadillos, el sitio no podía ser mejor.

Tras el prolongado descanso, descendimos hasta alcanzar de nuevo la pista, desde la que iniciamos otra subida hasta llegar al punto más alto de la ruta.

Pasamos junto a varios cargaderos de pinos, donde se apilaban los troncos ordenadamente.

Desde allí pudimos contemplar la inmensa llanura segoviana y los pueblos de su alrededor a lo lejos, una imagen que invitaba a detenerse a identificar cada uno de ellos.

La bajada nos condujo hacia otras de las chorreras más espectaculares del recorrido. Primero alcanzamos la Chorrera Alta del Arroyo del Charco, dividida en dos hermosas caídas de agua que formaban un rincón realmente mágico. La plataforma natural frente a ella nos regaló otro momento memorable de la jornada, entre fotografías y el sonido hipnótico del agua golpeando las piedras.

Apenas unos cientos de metros más adelante, un sendero evidente nos llevó hasta la Chorrera Media del Arroyo del Charco, otro pequeño tesoro escondido entre el bosque. 

Retomamos finalmente la marcha descendiendo cómodamente hacia Collado Hermoso.

Antes de llegar al final todavía nos esperaba un par de sorpresas, el Mirador Estelar del que aquí se da más información,  y una pequeña charca de anfibios, último detalle de una ruta llena de agua, bosque y rincones con alma.

Terminamos la jornada con la sensación de haber recorrido no solo senderos y pinares, sino también lugares capaces de despertar esa calma sencilla que solo se encuentra caminando entre montañas.

Y para remate de fiesta, casi todos nos acercamos a Torrecaballeros a ver la casa rural de los Hebrero, donde fuimos agasajados por Carolina y Lucio con unos cafés y por Alejandro y Carmen con unas ricas pastas por Roy, su segundo nieto, recién nacido. Gracias a todos.

La ruta me ha encantado, es preciosa y muy cómoda, le otorgo un 5 porque no puedo el 10.
Santiago Pascual

martes, 5 de mayo de 2026

Excursión 918: Miradores de Vikos y fuentes del Voidomakis. Grecia

FICHA TÉCNICA
Inicio: Monodendri 
Final: Vikos
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 7,6 Km 
Desnivel [+]: 433 m 
Desnivel [--]: 417 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 11

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RESUMEN
Los pueblos de la pequeña región de Zagoria, en el Épiro, al noroeste de la Grecia continental, parecen tener una querencia especial por la suelas rotas.

Pavimentan sus calles y caminos con piezas planas de caliza del lugar, de dos a tres dedos de grosor, puestas de canto y separadas un par de centímetros una de otra.
Cada pieza sobresale del ras, si es que lo hay, lo que le pareció al solador cuando las puso y casi a cada metro, la calzada es atravesada por una hilera emergente de más losas de canto de modo que el conjunto da como resultado un pavimento no apto para personas con fascitis plantar o con algún esguince mal curado, pero que aporta una gran belleza al conjunto arquitectónico del pueblo.

Por uno de esos caminos empezamos en la pequeña villa de Monodendri (Μονοδέντρι), caminando por las calles de suelo empedrado para salir a un camino, también empedrado, que nos lleva al pequeño Monasterio de Santa Paraskevi (Μονή Αγίας Παρασκευής).

Este camino, de suave bajada, nos ofrece por nuestra derecha un anticipo de lo que va a ser el espectacular Cañón de Vikos (o Bikos) del que espero que cuenten cosas muy interesantes los que anduvieron por sus profundidades.

Pasado el zaguán del edificio, encontramos una vieja escalinata a nuestra izquierda. Fue breve el recorrido monacal, apenas 75 metros.

La escalinata enlaza con una senda de esas que en algunas ocasiones y a algunos caminantes quitan el hipo. Se trata de una senda muy aérea, lo justo en anchura para que pase una persona y lo justo en altura para apreciar la profundidad del Cañón. Está prohibido caerse.

A derecha e izquierda podemos contemplar las abruptas y verdes laderas coronadas de cantiles calizos. Dicen que es uno de los cañones más profundos del mundo atendiendo a la relación entre la diferencia de cotas superior e inferior y la distancia entre las cotas más altas de uno y otro lado. Es impresionante.

Tras caminar tan solo 1,5 km. decidimos darnos la vuelta. La senda se estrecha aún más y quedan más cosas por ver. Nos tomamos un café en Monodendri.

El siguiente tramo de nuestra particular excursión discurre por otro sendero, no tan aéreo pero igual de espectacular: el Mirador de Oxiá. En esta ocasión nos acompaña Dimitri, nuestro conductor, que tenía ganas de conocerlo.

A nuestros pies tenemos el cauce seco por el que pasarán los compañeros del otro equipo y a nuestras cabezas, más calizas. Vuelve a ser espectacular. Volvemos sobre nuestros pasos hasta el autobús. Ya llevamos 4,8 km. acumulados en nuestras piernas.

Nueva parada. El Bosque de Piedra (Πέτρινο Δάσος, Pétrino Dásos) un curioso conjunto de calizas emergentes que por su estructura en estratos de entre 5 y 20 cm dan la apariencia de milhojas pétreas de hasta 10 metros de altura.

Nos damos un paseo por el pequeño laberinto para meter a nuestras, ya doloridas piernas, otros 500 metros, ¡por lo menos!

Seguimos en el autobús que nos lleva a la localidad de Vicos (Βικος), donde termina la ruta "de los otros".

La idea es bajar al fondo del Barranco de Vikos para conocer la poza que según nuestra guía, Bea, es espectacular.

La bajada es un tanto abrupta. Una senda pavimentada con losas, de caliza, por supuesto, desciende casi 300 m. en solo 2 km de recorrido. 

Terminando el descenso llegamos a una pequeña pradera donde nos encontramos con la ermita de Santa María de Vikos (Μονή της Παναγίας του Βικου) y, enseguida, llegamos a las fuentes del Voidomatis (Βοϊδοματης), que es el nombre del río que hasta aquí sería el Vikos.

El agua estaba fría. Era difícil mantener los pies sumergidos más de un par de minutos. Nadie se atrevió a bañarse, pero se estaba muy bien en este lugar de pozas azules y sombras acogedoras.

Queríamos haber coincidido en este punto con el grupo de "los otros", pero llegaba la hora de volver. Nos cruzamos con ellos al poco de ponernos en marcha. La subida, al tran-tran. Y al final, la consabida cervecita.

Y tras la foto de grupo para que conste esto como excursión puntuable, nos ponemos en marcha camino del hotel.

Por las vistas y el esfuerzo hecho (9,3 km. y 420 m. desnivel), le otorgo 4 sicarias a esta jornada.
Juan

Excursión 917: Garganta de Vikos. Grecia

FICHA TÉCNICA
Inicio: Monodendri 
Final: Vikos
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 13,7 Km 
Desnivel [+]: 460 m 
Desnivel [--]: 748 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 8

MAPAS 
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RESUMEN
La mañana en Ioánnina amanece con una niebla densa, producida por su lago Pamvótida, el día que vamos a realizar la ruta reina de este viaje a Grecia

Tenemos una hora de camino hasta llegar a nuestro punto de partida en Monodendri y según vamos ascendiendo los rayos de sol pugnan por abrirse paso hasta que dejamos abajo un hermoso mar de nubes y un cielo completamente despejado nos saluda.

Bien sea por problemas físicos, bien sea porque nuestra guía Bea no le gusta la ruta o por que el guía contratado por la organización para esta ruta metió más miedo del que correspondía, lo cierto es que, de los dieciocho integrantes, sólo ocho espartanos, nos apuntamos para descubrir lo que nos deparaba una ruta que ya en la programación me parecía interesante.

Después de despedirnos de nuestros compañeros que van a hacer otra ruta alternativa con Bea, nuestro guía Makis antes de iniciar el descenso, en un mapa nos refiere una serie de comentarios y acto seguido empezamos a descender siguiendo un sendero realizado con piedras colocadas de canto muy típico por esta zona.

No solo es un espectáculo natural, sino una de las áreas más estrictamente protegidas del país y de Europa debido a su geodiversidad y biodiversidad única. 

Es parque nacional desde 1973 y en su garganta está prohibida cualquier tipo de actividad humana. A nivel internacional es Geoparque Mundial de la Unesco, Patrimonio Mundial de la Unesco y Red Natura 2000 como lugar de importancia comunitaria. 

Además, el Libro Guinness de los Récords la califica como la garganta más profunda (unos 900 metros) del mundo en relación a su anchura.

Desde el primer momento en la parte más alta ya vemos las paredes de los farallones y una vegetación de un verde muy intenso que nace del fondo. Durante dos kilómetros vamos bajando la garganta.

En la parte alta del desfiladero aparecen el pino negro y el abeto griego, según vamos bajando en la parte media, robles, arces y castaños y en la parte baja plátanos de sombra, sauces y alisos. La vegetación es completamente deslumbrante.

Una vez en el fondo de la garganta, vamos al ritmo pausado que nos marca Makis, que nos permite ir todos juntos admirando lo que a cada metro el paisaje nos descubre.

Hacemos muchas paradas, en algunas admiramos el paisaje, en otra hacemos el Ángelus, en otra nos relata el origen geológico de la garganta y en alguna otra la botánica de la zona.

En el plano geológico la zona estaba bajo el fondo del Océano Tetis y durante 200 millones de años se acumularon y compactaron capas de sedimentos marinos, principalmente caliza.

Debido a la colisión de las placas tectónicas africana y euroasiática, (la misma que creó los Alpes y la cordillera del Pindo) el terreno fue empujado hacia arriba, hace unos 30 a 35 millones de años.

A medida que el terreno subía, se iban creando fallas y fracturas, mientras que el río Voidomatis, sincronizadamente y a la misma velocidad, iba excavando hacia abajo. Durante las épocas glaciares, la fragmentación por congelación (el agua entra en grietas, se congela y rompe la roca) ayudó a que las paredes se mantuvieran tan verticales y escarpadas. Las bandas horizontales que vemos en las paredes de Vikos son, literalmente, los antiguos niveles del fondo marino apilados unos sobre otros y luego seccionados por la fuerza del agua. 

En estos primeros kilómetros el agua transcurre subterráneamente y no aparece en la superficie salvo en época de grandes avenidas de agua. La garganta actúa como un refugio biológico.

Debido a su difícil acceso, se han conservado plantas endémicas y especies que han desaparecido en el resto del continente. Además, el agua del río Voidomatis, que fluye por su fondo, es considerada una de las más limpias y puras de toda Europa.

Seguimos avanzando. Los primeros kilómetros del fondo son más irregulares y se hacen de forma más lenta. A las tres horas de camino, llegamos a la fuente Klima. El agua empieza a aflorar a la superficie. 

Hemos caminado solo unos cinco o seis kilómetros aunque ya nos avanza Makis que estamos a la mitad del tiempo empleado en la ruta ya que tardaremos más o menos lo mismo en realizar los diez restantes pues la senda se hace más regular.

En otro momento de la ruta, Makis nos hace referencia a las plantas que vamos encontrando, una especialmente sabe mucho a ajo. La flora de la zona es excepcionalmente diversa, con unas 1.800 especies de plantas registradas en el Parque Nacional (aproximadamente un tercio de toda la flora griega).

Históricamente, los curanderos de la zona utilizaban las hierbas de la garganta para sanar a gente de todo el Imperio Otomano.

Destacan el ajenjo, la salvia, el tomillo y la melisa. Existen flores que solo crecen en estas paredes de roca, como la Ramonda serbica (una planta "resurrección" que sobrevive a la desecación extrema) y la Lilium chalcedonicum (lirio calcedónico).

Nos quedan pocos kilómetros para acabar y Makis decide en un remanso del rio con su color azul turquesa, parar a comer. En la parte del sendero nos encontramos un bosque frondoso con musgo en los árboles y al otro lado del rio vemos uno de los farallones que forman la garganta.

El paisaje es esplendido. Existe un microclima protegido de los vientos externos. Aquí abajo, el sol tarda en entrar y se retira pronto, creando un santuario donde la vida ha evolucionado a su propio ritmo, ajena a las transformaciones del resto del continente.

Estamos llegando al final de la ruta. Makis nos indica una construcción que se vislumbra en una de las paredes de la garganta. Es el pueblo de Vikos y es el final de nuestra ruta. 

Nos comenta que nuestros compañeros ya están en las pozas que están en la garganta debajo del pueblo. Nosotros nos dirigimos también allí. Para ello, cogemos un desvió a la derecha del sendero que traemos para bajar a las mismas. Aquí nos vamos encontrando con los compañeros que vuelven a Vikos después de visitar las pozas.

Antes de subir la garganta para reunirnos con nuestros compañeros, la mitad de los integrantes de nuestro grupo se introducen en el río. Los gestos que hacen cuando entran deja claro la temperatura gélida del agua.

De la aridez de la piedra pasamos al frescor de un oasis que parece salido de una leyenda helénica. El Voidomatis no es un río corriente. Es una arteria de cristal que nace directamente de las entrañas de la montaña. Sus aguas, filtradas por kilómetros de roca porosa, emergen con una pureza tal que se pueden beber directamente sin temor.

Pero es su color lo que detiene el aliento: un azul turquesa tan intenso y transparente que las piedras del fondo, situadas a varios metros de profundidad, parecen estar al alcance de la mano. 

Las pozas de Vikos son pequeñas cuencas circulares esculpidas por la erosión en la roca blanca. Actúan como piscinas naturales donde el agua se detiene brevemente antes de seguir su curso frenético hacia el valle. Sumergirse en ellas no es una actividad recreativa, es un rito de paso.

Con una temperatura que rara vez supera los ocho grados, incluso en pleno verano, el agua muerde la piel con un frío eléctrico que reinicia el sistema nervioso.

Estas pozas, rodeadas de helechos y musgos, son el hogar de la nutria, un animal exigente que solo habita donde el agua alcanza la perfección química. Observar el flujo constante del río sobre estas cubetas de piedra es entender el proceso que formó este lugar: el agua, blanda y paciente, venciendo finalmente a la roca, dura y eterna.

La última etapa del camino, que asciende hacia el pueblo de Vikos, nos obliga a mirar hacia atrás una vez más. Desde la altura ganada, la garganta se ve como una cicatriz verde y gris que divide el mundo.

Es el final de una travesía que no solo ha sido física, sino sensorial. Hemos cruzado un refugio donde el oso pardo y el lobo aún encuentran espacio para existir, un lugar que ha permanecido casi inalterado mientras el mundo exterior aceleraba.

Al llegar a Vikos, con los pulmones llenos de aire puro y la retina impregnada de azul turquesa, uno comprende que la Garganta de Vikos no se visita, se atraviesa.

Te vas de ella con la sensación de haber sido testigo de una de las grandes obras maestras de la geología, un lugar donde el tiempo se mide en milímetros de erosión y la belleza se define por la verticalidad de sus muros y la claridad de sus pozas. Por cierto, y para terminar, no entiendo la calificación de difícil que se atribuye a la ruta, máxime cuando solo hay dos bajadas algo más complicadas, que se salvan sin problemas con la ayuda de unas cuerdas. La ruta se puede hacer y disfrutar por todos los miembros del GMSMA.

Esta ruta para mí, como amante de la naturaleza y el senderismo, se coloca en el primer puesto o/y motivo que justifica mi viaje a Grecia. Por ello, la puntúo con cinco sicarias aunque merezca más.
Javier Miguel

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