* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
La mañana en Ioánnina amanece con una niebla densa, producida por su lago Pamvótida, el día que vamos a realizar la ruta reina de este viaje a Grecia.
Tenemos una hora de camino hasta llegar a nuestro punto de partida en Monodendri y según vamos ascendiendo los rayos de sol pugnan por abrirse paso hasta que dejamos abajo un hermoso mar de nubes y un cielo completamente despejado nos saluda.
Bien sea por problemas físicos, bien sea porque nuestra guía Bea no le gusta la ruta o por que el guía contratado por la organización para esta ruta metió más miedo del que correspondía, lo cierto es que, de los dieciocho integrantes, sólo ocho espartanos, nos apuntamos para descubrir lo que nos deparaba una ruta que ya en la programación me parecía interesante.
Después de despedirnos de nuestros compañeros que van a hacer otra ruta alternativa con Bea, nuestro guía Makis antes de iniciar el descenso, en un mapa nos refiere una serie de comentarios y acto seguido empezamos a descender siguiendo un sendero realizado con piedras colocadas de canto muy típico por esta zona.
No solo es un espectáculo natural, sino una de las áreas más estrictamente protegidas del país y de Europa debido a su geodiversidad y biodiversidad única.
Es parque nacional desde 1973 y en su garganta está prohibida cualquier tipo de actividad humana. A nivel internacional es Geoparque Mundial de la Unesco, Patrimonio Mundial de la Unesco y Red Natura 2000 como lugar de importancia comunitaria.
Además, el Libro Guinness de los Récords la califica como la garganta más profunda (unos 900 metros) del mundo en relación a su anchura.
Desde el primer momento en la parte más alta ya vemos las paredes de los farallones y una vegetación de un verde muy intenso que nace del fondo. Durante dos kilómetros vamos bajando la garganta.
En la parte alta del desfiladero aparecen el pino negro y el abeto griego, según vamos bajando en la parte media, robles, arces y castaños y en la parte baja plátanos de sombra, sauces y alisos. La vegetación es completamente deslumbrante.
Una vez en el fondo de la garganta, vamos al ritmo pausado que nos marca Makis, que nos permite ir todos juntos admirando lo que a cada metro el paisaje nos descubre.
Hacemos muchas paradas, en algunas admiramos el paisaje, en otra hacemos el Ángelus, en otra nos relata el origen geológico de la garganta y en alguna otra la botánica de la zona.
En el plano geológico la zona estaba bajo el fondo del Océano Tetis y durante 200 millones de años se acumularon y compactaron capas de sedimentos marinos, principalmente caliza.
Debido a la colisión de las placas tectónicas africana y euroasiática, (la misma que creó los Alpes y la cordillera del Pindo) el terreno fue empujado hacia arriba, hace unos 30 a 35 millones de años.
A medida que el terreno subía, se iban creando fallas y fracturas, mientras que el río Voidomatis, sincronizadamente y a la misma velocidad, iba excavando hacia abajo. Durante las épocas glaciares, la fragmentación por congelación (el agua entra en grietas, se congela y rompe la roca) ayudó a que las paredes se mantuvieran tan verticales y escarpadas. Las bandas horizontales que vemos en las paredes de Vikos son, literalmente, los antiguos niveles del fondo marino apilados unos sobre otros y luego seccionados por la fuerza del agua.
En estos primeros kilómetros el agua transcurre subterráneamente y no aparece en la superficie salvo en época de grandes avenidas de agua. La garganta actúa como un refugio biológico.
Debido a su difícil acceso, se han conservado plantas endémicas y especies que han desaparecido en el resto del continente. Además, el agua del río Voidomatis, que fluye por su fondo, es considerada una de las más limpias y puras de toda Europa.
Seguimos avanzando. Los primeros kilómetros del fondo son más irregulares y se hacen de forma más lenta. A las tres horas de camino, llegamos a la fuente Klima. El agua empieza a aflorar a la superficie.
Hemos caminado solo unos cinco o seis kilómetros aunque ya nos avanza Makis que estamos a la mitad del tiempo empleado en la ruta ya que tardaremos más o menos lo mismo en realizar los diez restantes pues la senda se hace más regular.
En otro momento de la ruta, Makis nos hace referencia a las plantas que vamos encontrando, una especialmente sabe mucho a ajo. La flora de la zona es excepcionalmente diversa, con unas 1.800 especies de plantas registradas en el Parque Nacional (aproximadamente un tercio de toda la flora griega).
Históricamente, los curanderos de la zona utilizaban las hierbas de la garganta para sanar a gente de todo el Imperio Otomano.
Destacan el ajenjo, la salvia, el tomillo y la melisa. Existen flores que solo crecen en estas paredes de roca, como la Ramonda serbica (una planta "resurrección" que sobrevive a la desecación extrema) y la Lilium chalcedonicum (lirio calcedónico).
Nos quedan pocos kilómetros para acabar y Makis decide en un remanso del rio con su color azul turquesa, parar a comer. En la parte del sendero nos encontramos un bosque frondoso con musgo en los árboles y al otro lado del rio vemos uno de los farallones que forman la garganta.
El paisaje es esplendido. Existe un microclima protegido de los vientos externos. Aquí abajo, el sol tarda en entrar y se retira pronto, creando un santuario donde la vida ha evolucionado a su propio ritmo, ajena a las transformaciones del resto del continente.
Estamos llegando al final de la ruta. Makis nos indica una construcción que se vislumbra en una de las paredes de la garganta. Es el pueblo de Vikos y es el final de nuestra ruta.
Nos comenta que nuestros compañeros ya están en las pozas que están en la garganta debajo del pueblo. Nosotros nos dirigimos también allí. Para ello, cogemos un desvió a la derecha del sendero que traemos para bajar a las mismas. Aquí nos vamos encontrando con los compañeros que vuelven a Vikos después de visitar las pozas.
Antes de subir la garganta para reunirnos con nuestros compañeros, la mitad de los integrantes de nuestro grupo se introducen en el río. Los gestos que hacen cuando entran deja claro la temperatura gélida del agua.
De la aridez de la piedra pasamos al frescor de un oasis que parece salido de una leyenda helénica. El Voidomatis no es un río corriente. Es una arteria de cristal que nace directamente de las entrañas de la montaña. Sus aguas, filtradas por kilómetros de roca porosa, emergen con una pureza tal que se pueden beber directamente sin temor.
Pero es su color lo que detiene el aliento: un azul turquesa tan intenso y transparente que las piedras del fondo, situadas a varios metros de profundidad, parecen estar al alcance de la mano.
Las pozas de Vikos son pequeñas cuencas circulares esculpidas por la erosión en la roca blanca. Actúan como piscinas naturales donde el agua se detiene brevemente antes de seguir su curso frenético hacia el valle. Sumergirse en ellas no es una actividad recreativa, es un rito de paso.
Con una temperatura que rara vez supera los ocho grados, incluso en pleno verano, el agua muerde la piel con un frío eléctrico que reinicia el sistema nervioso.
Estas pozas, rodeadas de helechos y musgos, son el hogar de la nutria, un animal exigente que solo habita donde el agua alcanza la perfección química. Observar el flujo constante del río sobre estas cubetas de piedra es entender el proceso que formó este lugar: el agua, blanda y paciente, venciendo finalmente a la roca, dura y eterna.
La última etapa del camino, que asciende hacia el pueblo de Vikos, nos obliga a mirar hacia atrás una vez más. Desde la altura ganada, la garganta se ve como una cicatriz verde y gris que divide el mundo.
Es el final de una travesía que no solo ha sido física, sino sensorial. Hemos cruzado un refugio donde el oso pardo y el lobo aún encuentran espacio para existir, un lugar que ha permanecido casi inalterado mientras el mundo exterior aceleraba.
Al llegar a Vikos, con los pulmones llenos de aire puro y la retina impregnada de azul turquesa, uno comprende que la Garganta de Vikos no se visita, se atraviesa.
Te vas de ella con la sensación de haber sido testigo de una de las grandes obras maestras de la geología, un lugar donde el tiempo se mide en milímetros de erosión y la belleza se define por la verticalidad de sus muros y la claridad de sus pozas. Por cierto, y para terminar, no entiendo la calificación de difícil que se atribuye a la ruta, máxime cuando solo hay dos bajadas algo más complicadas, que se salvan sin problemas con la ayuda de unas cuerdas. La ruta se puede hacer y disfrutar por todos los miembros del GMSMA.
Esta ruta para mí, como amante de la naturaleza y el senderismo, se coloca en el primer puesto o/y motivo que justifica mi viaje a Grecia. Por ello, la puntúo con cinco sicarias aunque merezca más.
Javier Miguel
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