miércoles, 5 de agosto de 2020

Excursión 520: El Chorro y pozas de Navafría

FICHA TÉCNICA
Inicio: El Chorro de Navafría
Final: El Chorro de Navafría
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia:  11,8 Km
Desnivel [+]: 590 m
Desnivel [--]: 590 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas y agua: 
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 14

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RESUMEN
El Chorro de Navafría es una cascada que forma el arroyo del Chorro poco antes de entregar sus aguas al río Cega. Está situado en un privilegiado entorno, en medio de un frondoso pinar que realza su atractivo y le hace ser un asiduo candidato en las excursiones veraniegas del grupo.

Y así, buscando el agua y el fresco para mitigar los calores de este julio, nos acercamos al área recreativa, de el Chorro. Al llegar, sorpresa. A pesar de que las piscinas las tienen vacías por el Covid-19. había que pagar los 5 euros para poder acceder en coche, cuando hacía un mes había estado con mi familia y el acceso era totalmente libre.

En el aparcamiento que hay junto al restaurante del Chorro nos reunimos los cuatro chavales, nietos de Rosana, y otros cuantos no tan chavales, pero de espíritu igual de joven, para desde allí salir hacia el río Cega, previo paso por un pequeño puente, que marca el final del arroyo del Chorro, que en este punto vierte sus aguas en él.

Seguimos por una pista que poco a poco va ganando pendiente, hasta dejarla para seguir el camino que se acerca al río en una pequeña área con mesas de madera donde se encuentra una bonita poza con leyenda, el Pozo Verde.

Es este un lugar cuentan que sellaron su amor eterno Rosa y Leonardo, dos jóvenes del pueblo cuyas familias, una pobre y otra rica, no veían con buenos ojos su relación. Ante la prohibición de verse, “una noche escaparon de casa y después de un largo beso, abrazados y en silencio, del Pozo Verde el camino recorrieron.

Una vez allí llegados los muchachos desaparecieron... Al día siguiente en sus casas los echaron de menos y corrió la voz de alarma. Y les buscó todo el pueblo. A la caída de la tarde, al Pozo Verde subieron y la Luna dejó ver al fondo del agujero, desnudos y abrazados de los muchachos los cuerpos”.

Continuamos por una senda que remonta, alejándose del río, al encuentro de la pista que habíamos dejado. Por ella continuamos ascendiendo, con poca pendiente, hasta que en la siguiente curva, seguimos por una trocha que nos evitó tener que dar un gran rodeo.

Tras la empinada trepada, de regreso a la pista, enseguida dimos con el refugio del Peñón, que debe su nombre al gran paredón bajo el cual se cobija. Construido en piedra, es uno de los muchos que existen en la zona, utilizados para soporte de las tareas forestales de tala y recogida de los troncos. Tiene las paredes del interior decoradas con graciosos dibujos de Epi y Blas.

Tras las fotos de los chavales junto a los dibujos, continuamos, en dirección sureste, en suave ascenso por la pista, paralela a gran altura al río, contemplando en el camino esbeltos pinos albares, un tejo y acebos.

Al poco, alcanzamos, a nuestra derecha, el refugio de la Fragua, con su interior más sobrio que el anterior, aunque al igual que éste, posee una chimenea y bancos de piedra para hacerlo más confortable.

A pocos metros, en una bifurcación, continuamos por la pista de la derecha, que enseguida nos conduce al llamado puente de Hierro, aunque en realidad es de piedra, que cruza el río Cega, donde paramos a reponer fuerzas a la sombra y al frescor del agua.

Tras el breve descanso, regresamos de nuevo para continuar el ascenso por la otra pista que antes habíamos desestimado, la de la izquierda, apenas un chorrillo quedaba del arroyo de las Vueltas, unos metros antes de desembocar en el río Cega.

Con moderada pendiente, ascendimos por la pista, que tras una cerrada curva, gira hacia el noreste y cruza de nuevo el arroyo de las Vueltas, precedido de un pequeño embalse a modo de balsa donde paramos para tomar el tentempié de media mañana.

A estas alturas, los más jóvenes ya estaban preguntando que si faltaba mucho para llegar al Chorro, mientras los menos jóvenes ni nos habíamos despeinado, lo que demuestra que .

Continuando el ascenso, nos tocó pasar por la zona menos sombría de la ruta, debido a que habían talado todos los pinos de nuestra derecha, los que a estas horas deberían estar dándonos una buena sombra.

Sus troncos yacían a lo largo de la cuneta de la pista para nuestra desesperación. A fin de acortar la exposición solar, aceleramos el paso hasta alcanzar una gran curva a la derecha, en la zona conocida como Piemediano, donde el bosque volvió a protegernos del sofocante sol.

En ese punto, abandonamos la pista para iniciar el descenso, por una pista utilizada para el arrastre de la madera, y que termina en el mirador de Castrillejos, un estupendo balcón en el que desde su banco se tienen unas magníficas vistas del cañón que el arroyo del Chorro ha labrado entre las grandes moles rocosas por el que se abre paso salto a salto, poza a poza.

Mientras nos hacíamos las fotos, caímos en la cuenta que hoy habíamos logrado la paridad en el grupo, mitad chicos, mitad chicas, creo que es la primera vez que ocurre.

Después disfrutar de tan bello rincón, continuamos el descenso, con el pueblo de Navafría de frente, siguinedo una estrecha y empapada senda que serpentea realizando varias zetas hasta alcanzar la fuente que hay a pocos metros de la cascada de El Chorro y de la que a duras penas daba un hilillo de agua.

En este punto el agua del arroyo se precipita desde unos 20 metros como si se tratase de un divertido tobogán.

Bajo ella hay una bella poza donde las aguas del arroyo descansan para después seguir descendiendo hasta llegar al río Cega. Es un amplio remanso de agua con un bonito puente de madera que le da un toque romántico a este pequeño paraíso.

Tuvimos que contener las ganas de refrescarnos, por estar prohibido el baño, en las que puedo asegurar son las aguas más gélidas de la sierra.

Desde la base de la cascada, cinco accedimos a la parte alta de ella, a través de una escalera lateral de piedra, en la margen izquierda del arroyo, alcanzando un mirador desde donde se tienen unas inmejorables vistas del valle y los diferentes tramos de la cascada.

Desde allí contamos el ascenso por la empinada pared, con sumo cuidado, pues el paredón es bastante abrupto y la roca muy resbaladiza. Tramo no apto para todos los públicos.

El poder contemplar el inicio de la cascada y cómo se precipita el agua desde todo lo alto, mereció el encomiable esfuerzo. Continuamos acompañando al arroyo hasta, pocos metros más allá, vadearlo con la ayuda de unas piedras colocadas en su lecho, justo a los pies de una pequeña cascada con bonita poza incluida.

Remontamos el arroyo en busca de otras cascadas, tres seguidas, de las que guardaba un grato recuerdo, por haberme bañado en ellas por primera vez hace como 35 años. Enseguida dimos con ellas, y al pie de su estruendosos saltos de agua pudimos contemplar su encanto salvaje, a la que de servir para refrescarnos.

Más contentos por el objetivo conseguido, continuamos el ascenso hacia un mirador, con protecciones de madera, que atalaya unos riscos desde los que se tiene una impresionante vista de por dónde habíamos venido.

Otro pequeño ascenso, ahora por buen camino, nos acercó a una pista por la que iniciamos el regreso descendiendo por esta pista que termina en el puerto de Navafría.

Enseguida alcanzamos el Mirador de las Cebadillas o de Castrillejos, desde el que se contempla el anterior donde habíamos estado y el del otro lado del arroyo, por el que también pasamos esta mañana, amen de unas estupendas vistas de todo el valle, con Navafría al fondo.

Con algo de prisa por reencontrarnos con el resto del grupo, que se fue directo hacia el restaurante del área recreativa, continuamos por la pista, que da un par de curvas cerradas y antes de llegar a la tercera, para acortar, decidimos descender siguiendo el supuesto cauce de un arroyo, ahora seco, que en pocos metros y tras salvar una alambrada por un portón, alcanza la zona donde están las piscinas naturales.

Daba pena verlas vacías. En ellas, otros años, no bañamos a placer en sus refrescantes aguas, otra imagen triste de cómo el dichoso virus ha cambiado nuestras vidas.

Remontando el río Cega cruzamos la zona de mesas y barbacoas del área recreativa, en la que numerosas familias se habían instalado como si de su chalet se tratase.

Tanto olor a chuletas y chorizo frito despertó aún más nuestra hambre y en las mesas de madera del restaurante dimos cuenta de los bocadillos, aderezados con unas refrescantes cervezas del bar a las que hubo que añadir cafés y helados, poniendo así el broche final a este estupendo día, que bien se merece 4,5 estrellas.
Paco Nieto

miércoles, 29 de julio de 2020

Excursión 519: Abedular de Canencia y Chorrera de Mojonavalle

FICHA TÉCNICA
Inicio: Puerto de Canencia
Final: Puerto de Canencia
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  12,4 Km
Desnivel [+]: 464 m
Desnivel [--]: 464 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: 
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 11

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RESUMEN
“La vida de cada hombre es un camino hacía sí mismo, el ensayo de una ruta, el boceto de un sendero”. Hermann Hesse

Es curioso, ahora soy consciente del hecho de que nunca me había llamado la atención el recorrer senderos por el mero hecho de hacerlo, sin otra intención principal que la búsqueda de un destino fijado, o bien, el uso de la naturaleza como idílico decorado de algún tránsito vertiginoso a bordo de vehículos varios, en las que el objetivo era mas disfrutar de las sensaciones que la adrenalina genera que el disfrute pausado del entorno.

La casualidad me ha brindado la oportunidad de ralentizar mi veloz tránsito y poder ver y apreciar, desde su interior, catalizado a través de los ojos expertos de estos incomparables compañeros de viaje, esos senderos, valles, montañas y ríos que creía conocer como espectador, pero de los que no formaba parte hasta que he depositado en sus entrañas mi admiración, contemplación y sudor. Gracias de antemano a estos nuevos compañeros de camino, de este singular y variopinto grupo, por abrirme sus puertas y dejarme acompañarlos en este, para mi, nuevo boceto de un sendero.

Y tal como las normas no escritas de este grupo dictan, y como rito iniciático para que el novato se curta en estas lides montañeras, he sido amablemente “invitado” a realizar la crónica de nuestra última y bella excursión, esta vez por la parte sur de la sierra de Guadarrama… allá vamos:
        
Acudimos al puerto de Canencia atraídos por la puntual convocatoria de Paco Nieto, en la que prometía visitar uno de los abedulares más bonitos y antiguos de Madrid y la Chorrera de Mojonavalle, arropados por las tupidas sombras de los árboles y al fresco de los arroyos… ¿quien podía decir que no a tan tentativa oferta que nos abstraería durante unas horas de la cruel canícula estival que nos azotaba en nuestro mundo cotidiano?

En contra de lo que pensaba, y cumpliendo esa máxima senderista de que la línea recta no suele ser nunca la mejor opción para unir la ruta entre dos puntos, no fuimos primero a descubrir estas maravillas, si no que, en dirección contraria, dimos un rodeo para alargar así el disfrute de la excursión, lo que nos permitió conocer la pradera del Collado Cerrado, una de las más bonitas en primavera de la sierra y que conserva milagrosamente aún su fulgurante verdor, fruto del humedal en el que se encuentra. Un paseo agradable y sin pendiente en el que disfrutar del paseo y acondicionar cuerpos y mentes para las etapas mas escarpadas.

Esta vez tuvimos durante gran parte del camino a una guía de lujo, Teresa, que, iluminada por cierto dios egipcio del sol, nos guió con maestría y eficacia, dando su colorido toque personal y embelleciendo la ruta con los colores varios que nos iban anticipando el nivel de confort o dureza del siguiente tramo.

Entre amplios pinares, robledales e incluso algún que otro chopo a la orilla de los arroyos y acompañados de mariposas de colores, bajamos hasta el encuentro del arroyo del Sestíl del Maíllo, que tiene su cuna en la umbría del cerro Perdiguera, a medio camino entre los puertos de Canencia y la Morcuera.

Muy cerca de su cauce visitamos el abandonado puente del Vadillo, sobre el arroyo del Tercio de las Matas, al que el Sestil entrega sus revoltosas aguas.

Éste era el punto más bajo de la excursión así es que sabíamos que ya todo lo que quedaba era subir y subir. Lo hicimos a buen ritmo, hasta que una seductora sombra en una pronunciada curva de la pista, con las fuerzas menguadas por el desnivel acumulado, nos dimos un respiro para tomar el tentempié de las 12, al que llaman el ángelus, y al parecer, es rito obligado para cualquier “gemesmiano” que se precie.

En el transcurso del refrigerio surgió una pequeña trifulca dialéctica que enfrentó a los bandos extremeño-andaluces con los castellanos sobre el termino de “regañaos/ados… son las ciruelas por el norte?, son tortas por el sur?

En cuanto hubo la suficiente cobertura, una vez ascendímos, San Google dirimió la cuita, dejándola en tablas técnicas e iluminándonos a los legos sobre la riqueza léxica y gastronómica patria.

Proseguimos, con reanudadas fuerzas, hasta alcanzar a los pocos metros el Collado Cimero. Durante este tránsito tuvimos la suerte de disfrutar de uno de esos momentos mágicos que componen y motivan el espíritu y el nombre de este grupo montañero. Dos joviales y jóvenes corzos corretearon varias veces alrededor nuestro, ajenos a la presencia humana, y más atentos a sí mismos y a sus jugueteos que a los sorprendidos y maravillados observadores de excepción.

No hay testimonio gráfico ya que solo nos dio tiempo a abrir nuestra mandíbula y disfrutar de uno de esos momentos especiales y compartidos que quedan grabados en nuestra retina y en nuestro corazón.

En el collado, cambiamos de vertiente y enfilando hacia el encuentro de nuevo del arroyo del Sestil del Maíllo, en la zona en la que, a su vera, proliferan, formando un bosque de cuento, abedules, tejos, acebos y serbales, especies típicas de latitudes mucho más norteñas, que conforman un bosque singular, el llamado Abedular de Canencia.

Éste es uno de los rincones invernales más umbríos, húmedos y gélidos de la sierra de Guadarrama, recuerdo de los días de frío extremo de la última glaciación.

Y como no solo de pan vive el hombre, WikiPaco, inagotable fuente de sabiduría de la naturaleza, nos iluminó de conocimiento haciéndonos notar que las hojas los acebos solo tienen pinchos por su parte inferior para defenderse y ser menos apetecibles a los eventuales herbívoros depredadores. Lo que no nos explicó es cómo hacen las hojas del acebo para saber a qué altura están situadas y decidir si sacan los pinchos o no... gps? una app? Imagino que lo habrá dejado para la clase de segundo de acebos...

Sexta, para los romanos, era la hora central del día, la de más calor, que designan tanto la costumbre de dar una cabezada después de comer como la que tiene el ganado de recogerse en lugares fresquitos para más o menos lo mismo. De ahí viene 'sestil', que es el nombre que reciben tales lugares y este arroyo, uno de los más sombríos de Madrid.

Lo de Maíllo le viene, al parecer, en referencia a un manzano silvestre que seguramente debía existir junto a su cauce, pero del que no vimos ni rastro de él.

Descendimos junto a la orilla izquierda del arroyo hasta llegar a un puente que lo cruza. El abedular juguetea con las frías aguas del arroyo del Sestil del Maillo, que le da la humedad necesaria para su existencia.

Los robles aportan algo de contraste al verde de los pinos y matorral del camino, que junto con el llamativo musgo, colorean el paisaje de llamativa forma.

Junto al puentecillo crece un esbelto tejo, que, aunque parece joven, debe tener cientos de años. Tras las fotos de rigor, incluida la de grupo, y que algunos avezados intentasen ser inmortalizados marcándose un “Jorge”, remontamos el arroyo, en busca del segundo objetivo del día, la Chorrera de Mojonavalle.

Tras una parada para refrescar los pies en una bonita poza, con pequeña cascada incluida, y cruzar el arroyo en un par de ocasiones, llegamos a la base del pétreo tobogán de más de 30 metros de altura, el Chorro de Mojonavalle, que desgraciadamente, según me comentaron los veteranos, no lucía todo su habitual encanto invernal, al estar frugal en cauce, aunque la belleza intrínseca de su escarpado esqueleto es innegable.

En busca de su inicio trepamos unos cuantos, hasta la base de lo que es su escalón intermedio, siguiendo una senda que enseguida se complica, dada la verticalidad de esta imponente pared. Tras las fotos junto a la menguada cascada, descendimos al encuentro del resto del grupo, que nos esperaba al pie de la chorrera.

Desde allí, siguiendo una senda botánica, ascendimos hasta el Centro de Interpretación Ambiental del Hornillo, que aunque está en un aparente estado de abandono, conserva en buen estado una pérgola con varias mesas en las que nos comimos plácidamente los bocadillos, algunos hasta con cervecita fresca.

Desde este estupendo mirador divisamos en primer término, el valle de Canencia, más allá, la cuenca media del Lozoya y las tierras de Buitrago y, amurallando el horizonte, Peñalara, las cumbres de los montes Carpetanos, Somosierra y Ayllón.

Estábamos tan a gusto, a la sombra, con un agradable y refrescante vientecillo, que nos costó reanudar la marcha y regresar al puerto, lo que hicimos siguiendo el GR-10.1 y posterior desvío para ver un chozo de pastores que quedaba a nuestra izquierda.

A las cervezas y cafés de celebración de fin de ruta nos invitó Belén en Miraflores de la Sierra, que celebraba no sé muy bien el qué, pero brindamos con ahínco por ello. Gracias Belén!

En mi opinión, la de hoy ha sido una excursión muy bien escogida y diseñada. Con el día de calor extremo que teníamos encima, una más dura y más al raso hubiera sido mortal de necesidad, y, sin embargo, la umbría del tupido bosque y el frescor de los arroyos nos ha hecho disfrutar mucho del día y de la caminada. Gracias Paco!

Espero que esta crónica sirva para que los eventuales futuros viajeros puedan ser guiados a conocer y descubrir estos incomparables paisajes desde nuestras propias experiencias compartidas y como recuerdo indeleble de los que ya hemos tenido el placer de disfrutarlos.

Por todo esto, le otorgo un 4,5 sobre 5 a esta fresca y estupenda excursión.
Nacho Castellanos

FOTO REPORTAJES
Foto reportaje de José María Pérez

FOTOS
* Fotos de José Luis Molero

miércoles, 22 de julio de 2020

Excursión 518: El Chorro Grande y las calderas del río Cambrones

FICHA TÉCNICA
Inicio: San Ildefonso
Final: San Ildefonso
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  14,3 Km
Desnivel [+]: 610 m
Desnivel [--]: 610 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: 
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 12

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN
Son muchos los atractivos que ofrecen a los senderistas los alrededores de la Granja de San Ildefonso, pero hay dos que destacan, el Chorro Grande y las calderas (pozas) del río Cambrones. Unir en una sola ruta ambas maravillas, no es fácil, porque entre ambos lugares hay una gran diferencia de altura y ningún camino que lo facilite.

Ya hace unos años, en la excursión 153, lo intenté, resultando una larga travesía con una azarosa búsqueda del río Cambrones, campo a través en empinada pendiente de descenso, entre ramas amontonadas, terreno inestable, yerbas engañosas, piedras escondidas y alguna que otra zarza.

Por eso el año pasado, en una de mis exploraciones en solitario, busqué un mejor modo de dar con el río Cambrones tras visitar el Chorro Grande, y de ahí surgió esta ruta.

Nos reunimos menos de los esperados, pues unas tremendas tormentas la noche anterior desalentó a más de uno, pensando que continuarían por la mañana, y por el contrario, tuvimos un día estupendo, más fresco que los anteriores, por efecto de la cuantiosa agua caída en la noche.

Partimos de la explana del Palacio de la Granja, dirigiéndonos hacia la plaza de toros. Cruzamos la plaza de los Dolores que, como cada miércoles, estaba ocupada por los puestos del mercadillo, a los que acudían aún con cierta pereza el personal.

Al llegar al recinto taurino, donde celebran encierros en las fiestas del pueblo, seguimos el sombreado paseo del Molinillo para, cruzando un puente, dirigirnos a la urbanización Seo de Urgel donde, tras pasar un portón, se inicia el camino del Chorro, al que se llega, en suave pendiente, por un frondoso robledal por el que arroyos y acequias se entrecruzan duplicando aún más su belleza.

Casi sin darnos cuenta, al poco de internarnos en un sombrío pinar, alcanzamos la base del Chorro, desde la que se tiene una singular perspectiva de esta cascada, la más alta de toda la sierra de Guadarrama. El salto está dividido en tres tramos, interrumpidos por pequeñas pozas, y juntos suman 80 metros de caída casi vertical.

Algunos tenían ganas de más y, como íbamos bien de hora, nos animamos a remontar el escarpado paredón que da acceso al inicio de la cascada, siguiendo una marcada senda que gana altura a cada paso.

Es una trepada dura, pero que compensa, con extraordinarias vistas de la Granja y toda la meseta castellana, el esfuerzo realizado. En la preciosa cascada con poza incluida, paramos un rato a recuperar el aliento y contemplar tan romántico rincón, por pocos conocido, dada la dificultad de su acceso.

Sin alejarnos de la senda, dada la peligrosidad que entraña pisar las resbaladizas rocas por las que se precipita el agua y que, hace tiempo, a una amiga de Jorge M. le costó la vida, nos reconfortamos con las bellas vistas que se tienen desde aquí.

Deshicimos el trayecto seguido en la subida, ahora mucho más liviano en la bajada, hasta alcanzar de nuevo el camino, lo seguimos a buen ritmo hasta cruzarnos con el arroyo el Chorro Chico.

Pequeña cascada que hace honor a su nombre y que pudimos escudriñar entre riscos a lo lejos, distancia y trepada que desanima a ir a su encuentro, por lo que desistimos de hacerlo.

Tras una breve parada para tomar el tentempié, seguimos por la misma pista disfrutando del paisaje que nos ofrecía hacia el oeste hasta que, al llegar a una bifurcación, dejamos el cómodo camino para iniciar un vertiginoso descenso siguiendo un cortafuegos que bordea un enorme pinar, al que nos acercábamos cada vez que podíamos buscando algo de sombra, porque el sol había dejado de ocultarse entre las nubes y quería hacerse notar.

Al final de empinada pendiente, dimos con otra pista, justo en el punto en que cruza el Arroyo del Hueco, y que seguimos hacia la izquierda para poco después, tras cruzar un portón, buscar un rústico puentecillo de piedra que cruza este arroyo y que la vegetación circundante mantiene casi oculto.

Al otro lado del arroyo, seguirnos una desdibujada senda paralela a él, que entre esbeltos pinos descendía al encuentro con el río Cambrones, con el arroyo del Hueco siempre a nuestra izquierda. Llegados al río, lo vedamos con la ayuda de unas piedras en un punto intermedio entre la Cacera Madre y la Caldera Primera.

Seguimos durante un corto trama el río, disfrutando del murmullo del agua y la refrigerante sombra de su arbolado, con la idea de visitar las tres primeras calderas, las más escondidas, buscando para ello los senderos más próximo a la ribera.

Sin embargo, en dos ocasiones hay que alejarse momentáneamente del agua para salvar grandes riscos que impiden seguir la ribera. Una vez entre la Caldera Primera y Segunda y otra entre ésta y la Tercera.

Cada poza es distinta, la Primera es muy bonita, con un pequeño salto de agua en su inicio, la Segunda es la más oculta y salvaje y, por ello, también la más atractiva para los que van buscando intimidad. En ella hay unas enormes marmitas gigantes labradas a base de paciencia y el roce de piedras arrastradas por el agua. La Tercera es alargada y profunda, alcanzando los tres metros, con una cascada que forma una especie de jacuzzi en su inicio, invisible desde el otro extremo de la poza, a ella José María la llama Caldera Mágica, por no sé que leyenda de algún senderemago caminado por sus aguas.

Aquí se quedó Ángel Vallés, que tenía que regresar a la Granja, el resto continuamos el recorrido, en busca de las tres siguientes calderas, es necesario remontar la ladera, en dirección perpendicular al río, hasta dar con la senda principal que, siguiéndola hacia la derecha, va descendiendo hasta dar otra vez con el río.

Dejamos la fuentecilla del Malpaso a nuestra izquierda y remontando el río, paramos a tomar el tentempié a la vera de una agradable poza que entre rocas se surte de dos bonitos chorros. Allí nos esperaba José María, que por quedarse dormido, había venido un poco más tarde, siguiendo el camino corto.

Tras el descanso, unos pocos cruzamos de nuevo el río, con la ayuda de unas piedras estratégicamente situadas. Al otro lado, la senda obliga a remontar el repecho de la margen izquierda del río, alcanzando al poco la Caldera del Guindo, a continuación la de Enmedio y la Caldera Negra, objetivo final de la excursión, donde disfrutamos viendo los arriesgados saltos desde las rocas de un grupo de chavales, empeñados en comprobar una y otra vez la gran profundidad a la que debe su nombre.

El regreso lo hicimos volviendo sobre nuestros pasos hasta llegar de nuevo al río, que volvimos a vadear, y ya todos juntos continuamos por la senda principal. Al pasar junto a la fuentecilla de Malpaso, rellenamos agua, conocedores de lo duro que se hacen los últimos kilómetros, sin apenas sombra.

Al llegar a una gran roca, que algunos se empeñaban infructuosamente en mover, continuamos por la senda viendo desde lejos las calderas en las que habíamos estado, hasta alcanzar una caseta y acequia de captación de agua, llamada Cazera Madre.

Detrás de la caseta sale una senda, que nada más pasar un portón de hierro se interna en un placentero bosque de robles. con el río a nuestra izquierda, hasta otro portón de hierro y un romántico puente de madera que cruza el río Cambrones.

En este punto, nos despedimos del río, que continua su camino hacia el embalse de Portón Alto, donde entrega sus aguas, mermadas, eso sí por la que le roban en la Cazera Madre.

Continuando hasta la pasarela que accede a la pista que baja hacia San Ildefonso, cruzamos el Arroyo del Chorro Grande por el Puente de la Princesa, y seguimos por la calle del Pocillo, Puerta de la Reina y el Parador, regresando así al punto de inicio, la explanada del Palacio de la Granja, donde nos esperaban las cervezas del bar Segovia, con la sorpresa de que al poco se acercó Ángel Vallés para hacernos una foto para El Adelantado.

Por el hermoso día, al principio hasta fresquito, las magníficas vistas desde el Chorro Grande, lo refrescante del paseo junto a las calderas, la estupenda compañía, y la frase que me dijo al acabar alguien que la hacía por primera vez "la excursión me encantó", esta ruta se merece una puntuación de 4,5 sobre 5.
Paco Nieto

FOTO REPORTAJES