miércoles, 7 de octubre de 2026

Excursión 955: Puerto del Reventón desde San Ildefonso

FICHA TÉCNICA
Inicio: San Ildefonso 
Final: 
San Ildefonso 
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia: 13 Km 
Desnivel [+]: 862 m 
Desnivel [--]: 862 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 
Participantes: 23

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sábado, 3 de octubre de 2026

Excursión 954: Cascada de Ordiso desde San Nicolás de Bujaruelo. Pirineos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Bujaruelo 
Final: Bujaruelo
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 14,7 Km 
Desnivel [+]: 537 m 
Desnivel [--]: 537 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 
Participantes: 8

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Juan Antonio

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viernes, 2 de octubre de 2026

Excursión 953: De Broto al puente de los Navarros. Pirineos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Broto 
Final: Torla
Tiempo: x a x horas
Distancia: 7,8 Km 
Desnivel [+]: 240 m 
Desnivel [--]: 107 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 3,5
Participantes: 9

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RESUMEN
Llegamos a nuestra tercera ruta por los Pirineos con muchas ganas de seguir descubriendo estos impresionantes paisajes, aunque esta vez el tiempo decidió poner a prueba nuestra capacidad de improvisación.

Éramos doce participantes, aunque finalmente tuvimos tres bajas. César regresó a Madrid, mientras que Carolina, aquejada de un fuerte resfriado, y Lucio decidieron también regresar a casa. Desde aquí les mandamos un abrazo y esperamos que se recuperaran rápidamente.

Los conductores, además, tuvieron que hacer previamente la correspondiente maniobra logística: como la ruta era lineal, llevaron los coches hasta el lugar donde terminaríamos la jornada. Todo perfectamente organizado. Bueno… perfectamente organizado hasta que apareció la lluvia. Amaneció un día lluvioso en Broto, localidad situada en el valle del mismo nombre y a orillas del río Ara, es uno de los pueblos más conocidos de esta zona del Pirineo oscense y durante siglos estuvo muy vinculado a la ganadería, la agricultura y al aprovechamiento de los recursos de montaña. La historia del valle está también relacionada con su posición fronteriza y con la antigua organización de la llamada Junta del Valle de Broto.

Pero aquella mañana la historia nos importaba bastante menos que una pregunta fundamental: ¿Hasta dónde llegaría la lluvia? Nuestro compañero Juan, que era quien llevaba la planificación de la ruta, miró el panorama y decidió que la prudencia también forma parte del montañismo. La ruta que tenía prevista quedaba aparcada y nos propuso una alternativa de aproximadamente 8 kilómetros y 272 metros de desnivel. Una decisión muy bien recibida por el grupo, especialmente por quienes ya estábamos calculando mentalmente cuánto pesaría la mochila cuando se empapara. Así que nos pusimos toda la ropa necesaria para protegernos de la lluvia y comenzamos la marcha desde nuestro hotel en Broto.

El nuevo recorrido discurría siguiendo el río Ara, uno de los grandes protagonistas de este valle. El camino nos permitió disfrutar de un paisaje de gran belleza, incluso bajo la lluvia, con abundante vegetación y numerosos ejemplares de boj (Buxus sempervirens), que es un arbusto de crecimiento muy lento, muy característico de los Pirineos. Su madera es especialmente dura, pesada y de grano muy fino, por lo que tradicionalmente se ha utilizado para fabricar cucharas y otros utensilios de cocina, mangos de herramientas, piezas de ajedrez, objetos torneados e incluso instrumentos musicales. Es decir, que mientras nosotros caminábamos mojándonos, el boj llevaba siglos trabajando tranquilamente en todo tipo de oficios.

Llegamos a Torla, una de las principales puertas de entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Su nombre se atribuye a una derivación de "Torre", en referencia a la torre defensiva que existió para defensa del valle frente a las incursiones desde territorio francés desde la época de Juan II de Aragón (siglo XV). Allí conocimos el Centro de Visitantes, donde pudimos ver un reportaje sobre el parque y conocer algo más sobre la historia y los paisajes de este espacio natural. 

Descubrimos que el actual Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido tiene ya una larga historia. Fue declarado Parque Nacional el 16 de agosto de 1918 por Alfonso XIII, con el nombre inicial de Parque Nacional del Valle de Ordesa o del río Ara. Con el paso del tiempo se amplió y pasó a incluir cuatro grandes valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. Todos ellos forman parte de un espectacular territorio dominado por el Monte Perdido, de 3.355 metros de altitud.

Durante la visita también hablamos del que probablemente sea el animal más emblemático de la historia del parque: el bucardo, una subespecie de cabra montés propia de los Pirineos. El bucardo llegó a convertirse en uno de los grandes símbolos de Ordesa, pero la presión de la caza y otros factores hicieron que su población disminuyera progresivamente. Entre los primeros visitantes extranjeros que dieron a conocer estas montañas estuvieron varios grandes como Ramond de Carbonnières, considerado uno de los grandes descubridores de los Pirineos centrales para la ciencia y el montañismo.

También pasó por Ordesa el inglés Sir Victor Brooke, conocido por sus expediciones de caza del bucardo. Y la historia terminó de la peor manera: el último ejemplar conocido, una hembra llamada Celia, murió en enero del año 2000, haciendo desaparecer definitivamente esta subespecie. Después de conocer semejante desenlace, continuamos la ruta intentando no mirar demasiado fijamente a las cabras que encontrábamos por el camino, por si alguna resultaba ser descendiente de aquella ilustre familia.

Seguimos caminando por el entorno del río Ara hasta llegar al Puente de la Glera, uno de los puntos característicos del recorrido. La lluvia había convertido el paisaje en una auténtica postal pirenaica: agua por todas partes, el río luciendo espléndido y una vegetación especialmente verde. Pasamos también por otros rincones del itinerario, siguiendo el Camino de Turieto, siempre acompañados por el río y por ese paisaje de montaña que, incluso con el cielo cubierto, hacía que la excursión mereciera la pena. Cruzamos el Barranco Duáscaro y después el río Arazas, poco antes de que éste entregue sus aguas al río Ara.

Finalmente alcanzamos el Puente de los Navarros, que en su parte central está formado por un gran arco de medio punto dovelado bajo el que discurre el río Ara, acompañado por cinco pequeñas arcadas en su parte superior a un lado y dos al otro. Lo cruzamos y por una bonita senda acompañamos al río Ara en su descenso hasta alcanzar la carretera A-135 y al poco el aparcamiento de San Antón, donde habíamos dejado parte de los coches.

De vuelta en Torla, llegó el momento que esperábamos con especial ilusión para compensar la fatiga de la ruta,  la comida. Después de una mañana pasada por agua, caminando junto al río Ara y conociendo el Centro de Visitantes, tocaba recuperar fuerzas sentados alrededor de una mesa. Por la tarde todavía nos quedaban ganas de conocer un poco más la comarca, así que nos dirigimos primero a Boltaña, una de las localidades históricas del Sobrarbe y se encuentra a orillas del río Ara.

Su casco antiguo se extiende por la ladera y conserva el encanto de los pueblos tradicionales pirenaicos, con calles estrechas, casas de piedra y rincones que recuerdan su pasado medieval. En la parte alta del pueblo se encuentran las ruinas del castillo de Boltaña, una antigua fortaleza desde la que se domina buena parte del valle. También destaca la iglesia de San Pedro, uno de los edificios más importantes del casco histórico.

Después de la mañana montañera, tocaba cambiar las botas de senderismo por el paseo turístico. Y aunque las piernas empezaban a insinuar que ya habían trabajado bastante, todavía quedaban ganas de seguir descubriendo lugares. Nuestra siguiente parada fue Aínsa, una de las localidades más bonitas y conocidas del Sobrarbe. Situada en la confluencia de los ríos Ara y Cinca, Aínsa conserva uno de los conjuntos medievales más espectaculares del Pirineo aragonés.

Paseamos por su magnífica Plaza Mayor, rodeada de casas tradicionales con soportales, y subimos hasta el conjunto formado por el castillo y la iglesia de Santa María. El casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1965, conserva a la perfección ese ambiente medieval que hace que uno espere encontrarse, al doblar cualquier esquina, con un caballero, un trovador o, como mínimo, alguien vendiendo una buena ración de migas.

También conocimos la famosa leyenda de la Cruz de Sobrarbe, según la cual una cruz luminosa apareció sobre una carrasca durante una batalla y ayudó a las tropas cristianas a conseguir la victoria. De ahí procede uno de los símbolos históricos del Sobrarbe y de Aragón.

Y así terminó nuestra tercera jornada. Lo que comenzó como una mañana gris y lluviosa, con cambio de planes incluido, terminó convirtiéndose en una jornada de lo más completa. Y todo gracias a que Juan, al ver cómo estaba el cielo, decidió guardar la ruta prevista para una ocasión más favorable y sacar de la chistera un plan B que resultó ser todo un acierto.

Porque en los Pirineos, como en la vida, no siempre se puede elegir el tiempo que hace…pero sí se puede elegir con quién mojarse. Y nosotros, afortunadamente, seguimos teniendo un magnífico grupo para hacerlo. Le otorgo un 3,5 a esta excursión.

jueves, 1 de octubre de 2026

Excursión 952: Ordesa por Cola de Caballo y Faja de Pelay. Pirineos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Pradera de Ordesa 
Final: 
Pradera de Ordesa 
Tiempo: 7 a 8 horas
Distancia: 20,1 Km 
Desnivel [+]: 748 m 
Desnivel [--]: 748 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5+
Participantes: 12

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RESUMEN
Ordesa nos seduce, nos llama para que la recorramos y nos queramos fundir con ella. Tiene el encanto de una amante que nos posee, queremos poseerla, pero es ella la que nos posee a nosotros. Siempre bella, enorme, inabarcable en su totalidad, nunca dejaremos de desearla.

Con la lascivia en vena, los días anteriores a la excursión, estábamos con la incertidumbre de si el tiempo nos permitiría adentrarnos por su piel. Por los vericuetos que Juan nos tenía preparados para disfrutar de ella no iba a ser una mera aproximación o tontorroneo, que hiciera de la lluvia algo secundario. Juan tenía previstos dos encuentros con Ordesa, en los que teníamos que salir indemnes, acercarnos a su grandeza con humildad, conscientes de que es ella la que nos dice cuando podemos adentrarnos, nunca ser altivos, y entrar cuando se den las circunstancias que permitan el goce.

Yo no quería irme de Pirineos sin verla, pero ya estaba resignado. No es lo que uno quiera sino lo que tiene que ser. Finalmente, el día anterior por la noche y tras consultas de Juan al oráculo meteorológico, con previsión a cara o cruz de lloviznas débiles a media mañana, nos dio la alegría de poder ser precavidamente osados para hacer la ruta.

Amaneció el día con Zeus, señor de los cielos, dándonos una reprimenda de lluvia, por nuestra osadía, pero no podíamos faltar a la cita, y nuestra ilusión hacía que solo viésemos la cara de la moneda, de la previsión de que a eso de las diez todo iría a mejor.

Y así fue.

Plantados en la Pradera de Ordesa, se nos empezaron a mostrar las insinuaciones de este precioso lugar, que si por allí arriba del valle al fondo a la izquierda se adentran los muchos misterios que tendríamos que descubrir, Cola de Caballo, Gradas de Soaso etc, que si por el otro lado está Punta Gallinero, El Tozal del Mallo, Mondarruego, tantos sitios todos de golpe ante nuestros ojos a los que nos gustaría acceder haciendo gala de nuestro vigor. Deseando que nos pudiéramos acercar a ellos, a las bellezas más manifiestas de las que Ordesa nos hace ostentación aquí en La Pradera.

Lo primero que llama la atención son las paredes descomunales del valle tanto a un lado y a otro, cortados a modo de tarta Comtessa, donde se alternan los chocolates de las capas areniscas con las natas de las calizas. Todo un espectáculo que nos gustaría lamer.

Juan nos hace alzar la vista para situarnos en algunos sitios emblemáticos como la Faja de las Flores, allá donde la vista alcanza lo mas alto, la imponente presencia de El Gallinero y a nuestra derecha del valle, la pared por la que empezará nuestra excursión por la Senda de Los Cazadores hasta alcanzar el mirador de Calcilarruego y Faja de Pelay.

Nuestra amada Ordesa, tiene fajas, que realzan su figura y permiten recorrerla a ambos márgenes del valle allá por las alturas. Se trata de capas más o menos planas horizontales que forman caminos estrechos colgados sobre el valle que dejan a los lados cortados hacia arriba y hacia abajo correspondientes a las diferentes capas geológicas, areniscas o calizas. Son estrechas, lo suficiente para que se hayan hecho muchas de ellas transitables con mayor o menor dificultad.

Apertrechados con el vigor mañanero, empezamos la temida subida de cerca de setecientos metros sin descanso, por la Senda de los Cazadores, haciéndole ver que íbamos a ser buenos amantes, que llegaríamos hasta lo mas lejos que nos dejara llegar.

Cada uno a su ritmo, todos con la misma ilusión, sin desfallecer, fuimos por esta bonita senda en zigzag con continúas subidas de piedras, escalones, escasos descansos y algún que otro claro desde el que ver las bellezas del valle para darnos ánimo a seguir.

En poco más de una hora llegué al Mirador de Calcilarruego con Miguel Ángel y Jorge, que se habían incorporado el día anterior un poco de improviso y sin duda deseosos de no perderse la orgía de naturaleza que nos tenía reservada Ordesa. No hubo problema en ir esperando a los demás que irían llegando bastante dispersos en grupos de dos o tres hasta completar los doce senderomagos, porque las vistas desde aquí son espectaculares. Podríamos decir que aquí se produjo nuestro primer éxtasis, contemplando, enfrente la otra pared del valle, con el otro recorrido que estaba previsto por las fajas de Racón y Canarellos, la cascada de Cotatuero, y a su derecha la mole de Tobacor que nos oculta el fondo del valle al que nos dirigimos.

Hubo fotos de todo tipo, individuales, en pareja, por tríos y de grupo. No podía ser para menos. Aprovechamos para comer algo, abrigarnos un poco tras la sudada de la subida. Y tras el merecido descanso, una vez hecho el grueso de subida del día, continuamos por el sendero que se encamina a la Faja de Pelay.

Nuestro siguiente gozo sería descubrir la vista de la Brecha de Roland, impresionante bocado rectangular o entalladura en lo alto de la horizontalidad de la montaña frontera con Francia. Parece que por una formación de materiales más débiles que los calizos que le acompañan a cado lado, propiciaron su erosión y derrumbe al lado español.

Jorge aprovecha para recordarnos la leyenda de que este tajo corresponde al hueco que dejó la espada de Roland, sobrino del Emperador Carlomagno que tras la batalla de Roncesvalles y en su huida hacia Francia, golpeo su arma contra la montaña, dejando una enorme brecha que le permitiera ver por última vez su Francia natal y evitar que su espada Durandarte cayese en manos de los infieles.

No solo la brecha, sino la vista a la alta montaña, con blancas capas de conglomerados de cuarzo que nos hacen pensar que fueran las primeras nieves, en contraste con los grises sin presencia de árboles de las cumbres, nos hace sobrecoger. Quisiéramos estar ahí, recorrer cada rincón, poseer su belleza. Nos conformamos con verlo de lejos y seguir alimentando nuestro deseo.

Por el camino vamos viendo rododendros ferruginosos, abetos jóvenes que nos hacen confundir con tejos, abedules, hayas, fresnos vigorosos que nada tienen que ver con los que estamos acostumbrados a ver por la sierra de Madrid.

Tras caminar por este agradable sendero, exento de dificultad, plano o en ligera caída, de repente se nos aparece ante nosotros otro de los objetivos del dia, el fondo del valle de Ordesa, desde donde Juan nos indica dónde se sitúan las principales cumbres, tales como el Cilindro de Marboré, Monte Perdido pudorosamente oculto bajo las nubes con Añisclo. Y por abajo el impresionante circo por donde más adelante podremos ver la Cola de Caballo y el emblemático refugio de Goriz.

Tras reagruparnos ya cerca de la Cola de Caballo nos quedamos en una pradera abierta a comer contemplando la cascada, pero sin perder de vista valle abajo y las paredes de la faja de Pelay que habíamos recorrido.

La Cola de Caballo es una cascada también impresionante. Un poco oculta en el circo, una vez que se exhibe, es simplemente grandiosa. Se va abriendo en anchura según baja y va acariciando el terreno a la vez que otro flujo de agua salta por encima del que acaricia los estratos. Surge de las entrañas de la tierra de algún manantial kárstico.

Nos recreamos haciéndonos fotos con la Cascada y no podemos irnos sin dejar huella fotográfica de esta belleza. Pensar que hace 65.000 años estaríamos bajo un glaciar que descendía del Aneto que ha dado forma al circo de Soaso, que esta cascada sería una cascada de hielo y que ahora queda como testigo de estos valles glaciares suspendidos unos por encima de otros, fruto de los cabalgamientos de Monte Perdido o corrimientos de enormes placas que en su día estuvieron bajo el mar por encima de otras capas más jóvenes como las del valle o areniscas del Estrecho. Todo esto por efecto del choque de placas Ibérica y Europea y que dieron origen a los Pirineos.

Nos entretenemos también buscando con la vista las clavijas de Soaso, por donde se podría acometer la subida al refugio de Goriz. Logramos distinguir por dónde están estas clavijas en los cortados de piedra gracias a cadenas quitamiedos a modo de líneas de vida que se han dejado instaladas. Toda una tentación de ir por ahí con Juan guiándonos y desde luego todos con unos años menos o porqué no eligiendo la correcta época del año, un poco de ilusión y ganas de subir a un tres mil.

Pero aquí no para la excitación, pues según vamos comenzando el camino de regreso, por el valle, junto al margen derecho del Río Arazas, al poco nos encontramos con otro de los espectáculos del valle, como son las Gradas de Soaso.

Imagínate una escalinata palaciega, ancha y profunda con sucesivos tramos de saltos para acometer el desnivel con una perfecta horizontalidad de los escalones, pero engalanados de forma caprichosa por las rocas que conforman peldaños distintos y por donde el agua va formando cortinas de distintas anchuras, haciendo de las cascadas todo un espectáculo de belleza y elegancia. Ah, Ordesa no puedo vivir sin ti.

Tras las últimas excitaciones que nos han producido las Cascadas de Soaso, nos introducimos en la relajación que nos produce adentrarnos en el Bosque de Hayas.

Es un bosque que recorremos durante un buen rato, con las hojas a modo de alfombra en diversos tonos marrones otoñales.

Pasamos sucesivamente como últimos estertores de nuestra excursión, por varias cascadas como la Cascada de La Cueva, la Cascada del Estrecho por la que no llegamos a desviarnos para fotografiarla o la Cascada de Arripas. Estas cascadas se han ido formando al pasar el agua por zonas duras o calizas que son las que permanecen en lo alto de cada salto a zonas areniscas que se han erosionado, desapareciendo hasta encontrarse con otras capas duras más abajo y formándose así las cascadas.

Al llegar al Puente de Cotatuero, hay la opción de seguir la señal de aparcamiento hacia la Pradera cruzando el río Arazas y continuar por esta otra variante del GR11 o como hicimos proseguir por la margen derecha del rio que lleva igualmente a los coches.

Como llegamos cerca de las siete tras unas seis horas y media de excursión de poco más de veinte kilómetros y unos setecientos cincuenta de desnivel acumulado y teníamos cena de gala de viaje, y a punto de cerrar el bar de La Pradera tuvimos que dejar las cervezas para tomarlas en Broto y hacer aquí unos estiramientos para llegar a punto a esta cena.

Para rematar el día nos agasajamos en El Restaurante El Duende de Torla, donde cenamos de fábula. Con una carta de menús para dos un tanto complicada de entender pero que rápidamente nos simplificó la camarera y que, salvo un cambio de posición de unos de nosotros, se adaptó a los gustos de los que teníamos cada uno a nuestro lado.

Quiero tener un recuerdo para cada uno de los doce comensales que disfrutamos de esta bonita excursión. Número mágico el doce, que simboliza la perfección, la totalidad, como corresponde a esta bella excursión a la que doy el máximo de cinco sicarias que se permite en el GMSMA.

A Juan como promotor de este sueño hecho realidad que nos ha tenido en vilo con sus consultas al oráculo para saber dónde íbamos a ir cada día. Quizás fuera el oráculo quien consultase a Juan, creo yo.

A Jorge, por su mirada fotográfica que nos permitirá recordar mejor este día, y apreciar detalles que se nos hayan escapado.

A Miguel Ángel con el que compartí el rodaballo salvaje y la excelente ensalada de foie y jamón de pato, que me alcanzó en la subida al mirador de Calcilarruego y me hizo poner en duda las quejas sobre sus rodillas.

A Ara, cuya dulce sonrisa nos acompañó en este viaje del que entre otras cosas me traigo, recomendado por ella, el libro Los Ritos del Agua de Eva Gª Sáenz de Urturi, de la librería compartida que nos encontramos en los soportales de Torla tras la cena y que prometo devolver algún día.

A Juan Antonio, pareja inseparable de Ara pero a la vez siempre inseparable de todos nosotros.

A Pepa, por su optimismo infinito, por la fuerza y sensatez que nos insufla a todos.

A Paco, que con la mitad de él se hace medio grupo y con la otra mitad nos reparte buen humor y compañerismo a rebosar.

A Carolina heroína que supera encomiablemente su fatiga y saca fuerzas de donde parece no haberlas. Creo que junto conmigo éramos al menos de forma manifiesta, los que más ganas teníamos de venir por aquí.

A Lucio, con su inseparable Kiro poniendo buen ambiente en todo momento dejando huella de lo que piensa en cada conversación.

A Rosa, por su mirada especial interior, por la que nos planteamos si estamos viendo lo mismo que ella. Nos hace mirar el paisaje de nuevo.

A Melchor, por su bondad y paciencia sin límite, nos ha llevado de un lado para para otro con su entrañable “furgo”.

A mi mismo como amante ya confeso con esta crónica, de Ordesa.
César R. Bachiller

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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Excursión 951: Valle de Otal y Senda de los Abetos desde Bujaruelo. Pirineos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Bujaruelo 
Final: Bujaruelo
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 15,6 Km 
Desnivel [+]: 443 m 
Desnivel [--]: 551 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 10

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RESUMEN
Parece que la sequía llega a su fin. Que el otoño toma posiciones y las lluvias hacen su aparición en la Península y en el corto istmo en el que se instalaron los Pirineos hace más de 20 millones de años. Este acontecimiento debe hacernos felices y pensar que por fin se restablecerán los verdes de los altos prados y el otoño de las hayas dejará de ser un falso otoño de hojas quemadas por este verano tan largo y seco.

No dejamos de estar contentos por ello a pesar de que para este grupo, la llegada de las lluvias resulta un tanto inoportuna. Debemos amar más a la salud de las montañas que a nuestra afición a ellas. Y así hacemos. Y, a pesar de las posibilidades de lluvia para hoy, un pequeño grupo, diez más Kiro, nos encaminamos hacia el Valle de Otal que es uno de los valles tributarios del Valle de Bujaruelo más afamado y frecuentado por los visitantes del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y esto a pesar de que este valle no forma parte del espacio protegido.

Comienza la ruta en el aparcamiento de Bujaruelo. Lugar en el que en tiempos medievales y contemporáneos se reunían ganados y ganaderos para montar sus ferias y fiestas al abrigo de la antigua ermita de San Nicolás, de la que solo queda parte de su ábside románico. También queda el hermoso puente, del siglo XIII, que salva las aguas cristalinas del río Ara.

Saliendo de la puerta del bar/restaurante/refugio de Bujaruelo, cruzamos el puente. Fotos, ohes y algún otro maravillado comentario para continuar por la senda que vira a la izquierda para remontar el río, alternando entre praderas y pasillos de serbales, bojes tejos, acebos y mostajos. Y algún otro vegetal que me dejo.

Al poco, alcanzamos la pista que va a Ordiso, cosa para otra ocasión, y la tomamos a la izquierda volviendo a cruzar el Ara por una bonita angostura salvada por el Puente de Oncins. En el sentido que llevamos, la pista nos devolvería a Bujaruelo, pero al llegar a la fuente de La Fermalla tomamos el desvío de la derecha, por el camino del Collado de Tendeñera, collado que nos quedará muy lejos y que da paso a las tierras de Panticosa y su estación de esquí.

Atajando por una senda clara y sin pérdida superamos la a veces dura pendiente que forma la morrena frontal creada es tiempos muy remotos por el "pequeño" glaciar que vertía sus hielos sobre el no tan pequeño glaciar de Ara. Superada esta barrera, típica de los glaciares colgados pirenaicos, nos encontramos con el esplendor del Valle de Otal, un valle verde en un claro perfil en U y flanqueado por el modesto pico de Ordiso al norte, a nuestra derecha, y la peña de Otal, al sur, que no acabamos de ver por las nubes que tenemos encima.

Una larga recta nos lleva hasta el refugio de Otal, cerrado, solo para uso de los ganaderos. Vacas, marmotas a lo lejos por las suaves laderas del valle que, de vez en cuando, emiten sus chillido característico, el río un poco pobre y la humedad, conforman un lugar acogedor. Unos 400 metros más allá tenemos la cascada de Otal, que remontamos por su margen izquierda hasta alcanzar su cabecera un poco pasada la hora del Ángelus, al que procedemos.

Mirando hacia atrás, la vista desde aquí, desde el despeñadero del río, es relajante. Se aprecia la largura del modesto pero elegante valle. 

Adorna la vista, en primerísimo plano, un hermoso y solitario mostajo de hojas amarillas, confundido por la mezcla de la sequía con la llegada del otoño, junto al que nos hacemos algunas fotos.

Bajamos por la margen derecha para hacer una parada al pie de la cascada. Foto de grupo, maravillamiento y de vuelta por el mismo camino de ida. Comida en los bancos del refugio de Bujaruelo, con cerveza y café. Y continuación de la ruta. Esta parte es muy corta, 3 km de bosque fantástico por el barranco de San Nicolás, o de Los Navarros. Lo llaman la Senda de Los Abetos.

Una lluvia no muy fuerte decide hacer el camino con nosotros, lo que nos obliga a extremar las precauciones al cruzar torrenteras de caudal creciente y superar pasos que parecen imposibles en los que es muy saludable no tropezar. El río alegre por la lluvia y nosotros alegres por la belleza de este hayedo/abetal agarrado a no sé dónde para no caer sobre el río.

Cruzamos el río Ara por el puente de los Abetos y nos refugiamos en el bar del Camping Valle de Bujaruelo. Lugar encantador.

Cuatro sicarias le doy. Habrían sido cinco si las cumbres no hubieran jugado al escondite.
Juan

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