* Mapas de localización y 3D de la ruta
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* Perfil, alturas y distancias de la ruta
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RESUMEN
Nunca había visto una excursión con tanta expectación e información previa como la que realizamos este día por el embalse de del Vado y La Vereda.
Y es que como dijo Antonio, en la fase de correos de apunte, con toda la información que nos había enviado Carlos R. es como si ya hubiéramos hecho la excursión antes de hacerla.
Para un servidor como cronista, es un alivio porque me libera de dar tanto detalle, para el que quiera profundizar como el que se da en estos enlaces del blog de Evaristo Castedo: La Vereda - Montaña y Corazón y de Los Pueblos deshabitados.
El caso es que para hacer la crónica se me ocurrió que podríamos acompañar su lectura con música, eligiendo una entre tres canciones que representase lo que hemos vivido este miércoles.
Mi primera elección es la canción de “Tenía tanto que darte” de Nena Daconte de la que reproduzco parte de su letra:
Tenía tanto que darte
Tantas cosas que contarte
Tenía tanto amor guardado para ti
Tenía tanto que darte
Tantas cosas que contarte
Tenía tanto amor guardado para ti.
No puedo, en la vida las cosas suceden nomás
Aún pregunto qué parte de tu destino se quedó conmigo
Pregunto qué parte
Se quedó por el camino
Esta excursión tenía mucho que darnos, traernos los recuerdos de los habitantes de La Vereda, que tuvieron que emigrar cuando les dejaron sin carretera, por la construcción de el embalse de El Vado, en 1954 y por la expropiación final, debida a la repoblación del ICONA en los años 70, obligatoria para tierras improductivas.
Pero también tenía que darnos la belleza de esta zona del Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara, con unas características propias y diferentes a la Sierra de Guadarrama a la que estamos acostumbrados.
Caminando despacio, pensando volver hacia atrás, partimos del aparcamiento del embalse de El Vado veintiséis senderomagos, por un sendero, el PR-GU 18 de La Vereda, perfectamente indicado por los gestores del Parque.
Enseguida tomamos altura por un bosque de pinos resineros fruto de la repoblación, que nos va a proporcionar bonitas vistas del embalse, su presa y aliviadero, la forma con el entrante hacia el río Jarama, principal surtidor del mismo, y la lengua más cercana a nuestro sendero hacia el arroyo del Vallosera, afluente del Jarama, cuyo angosto valle íbamos a recorrer camino de La Vereda, primero por su margen izquierda y de vuelta por su margen derecha, en pista que se hizo posteriormente al abandono del pueblo.
Por el camino pude ir distinguiendo algún narciso o junquillos blancos, las jaras preparándose para dar sus primeras flores, más adelante cerezos en flor, alisos en la zona del arroyo de La Vallosera, espinos majuelos, encinas y por supuesto mucho pino resinero.
Desde la altura vimos salir sobre las aguas, la iglesia de Santa María de El Vado, pueblo sumergido por el embalse.
Más adelante y ya cerca del valle que íbamos a recorrer, vimos el impresionante cuchillar de Vallosera, escarpes de pizarra que se elevan verticalmente sobre el margen del embalse, resistiendo a la erosión.
Y es que la pizarra es la protagonista de esta excursión.
Si Trump quisiera devolvernos a la Edad Media, por sus desavenencias con el Gobierno de España, todo lo que haría sería traer modernidad a esta zona.
También retornaremos esta idea cuando hablemos del pueblo. Y es que la pizarra cuarzos y esquistos llevan aquí cientos de millones de años, entre trecientos y quinientos, desde el Paleozoico.
En la época de la orogenia Varisca, cuando colisionaros las placas tectónicas, emergieron estas piedras del fondo marino, que son resultado de la compactación de miles de metros de sedimento marino, con materia orgánica ya carbonizada, que le da su color negruzco. Total, ¿qué representa retroceder unos cientos de años atrás frente a los millones que llevan estas pizarras aquí?
Tras el deleite de las vistas del embalse y los cuchillares de pizarra, el camino desciende hasta el arroyo de la Vallosera, donde es necesario vadearlo, con la ayuda de planchas de pizarra que están desplegadas y a ser posible con la ayuda de unos bastones. También aquí nos hubiera gustado volver al pasado y ver qué hubiera tenido que hacer Alejandro R, para no irse al agua.
El caso es que afortunadamente el día era muy bueno, nublado pero cálido y pudo irse secando camino de La Vereda, tras asistencia de Flor y otros compañeros de una herida en la mano y la recuperación de un cristal de gafas, bastón y otros objetos antes de que quedaran como el pueblo de El Vado sumergidos por las aguas. Aprovechamos a hacer el Ángelus mientras Alejandro era socorrido
Curiosamente, en esto de jugar con el pasado y el futuro, le pregunté a ChatGPT si podía predecir dónde nos íbamos a parar a tomar el Ángelus y lo que me dijo es que el ritmo típico grupo: tranquilo con paradas cortas → ~2.5–3 km/h nos llevaría a tomarlo antes de descender al arroyo en la zona con vistas al embalse. Tengo que manifestar mi decepción con estos americanos que han hecho este artilugio por infravalorar al GMSMA de esta forma y no ser capaces de ver que vamos más rápido. También es verdad que lo retrasamos como media hora al empezar más tarde.
Tocaba ascender de nuevo por un robledal hasta llegar a una alambrera para la introducción de corzos donde pudimos ver los trabajos de un apicultor al cuidado de sus panales. En ese punto se alcanza la pista que por un lado va hacia el sumergido pueblo de El Vado y por otro al pueblo de La Vereda al que íbamos. Después el hombre nos pasó como el rayo con su furgoneta, levantando todo el polvo de la pista en la que estábamos.
Hicimos un atajo en una curva de la pista para visitar unas encinas centenarias, que de ser por Trump lo que hubiéramos visto hubiera sido la bellota o primer plantel de los árboles. A modo de elevar bandera blanca para que esto no sucediera, Alejandro portaba al hombro su camiseta empapada en un bastón, quizás también para que se le secase.
Por fin llegamos al pueblo de pizarra y cuarcita, en diferentes tandas, dispersándose el grupo unos por el barrio de abajo y su museo de tradiciones locales, otros por el barrio de arriba fotografiando las construcciones de Apolinar Moreno García, con sus iniciales inmortalizadas con piedra de cuarcita, en la casa de Los Balcones y en cuya parte posterior elegimos como lugar idóneo para parar y hacer la comida.
El pueblo abandonado en su día, se ha ido recuperando por un nuevo neoruralismo que ha sido respetuoso con la construcción tradicional y talibán en cuanto a la introducción de elementos modernos como grupos electrógenos, paneles solares, red de alcantarillado etc.
El desarrollo de estos pueblos vino tras la Reconquista y su repoblación, alentado por privilegios reales de exención de impuestos, muy acorde a la filosofía trumpista, no le vendría mal al pueblo retrotraerse a esa época.
Para la organización del territorio se formaron las Comunidades de Villa y Tierra, estando en esta zona de la Sierra de Ayllón, la de Buitrago, la de Ayllón, la de Galve de Sorbe y la de Sepúlveda. Eran comunidades autónomas donde las tierras de labranza eran privadas, siendo los pastos y los bosques comunales. La Vereda, parece que estaría dentro de la de Sepúlveda.
La decadencia de estos pueblos vendría a partir del siglo XIX cuando se empieza a sustituir la ganadería trashumante por la estabulada pasando a una economía de subsistencia con la roturación de los campos y el carboneo. La agricultura permitía el trigo y el centeno pese a los mil metros de altitud, huerta de subsistencia, apicultura y cabras.
Las casas están hechas de lajas de pizarra negra o arcillosas alternadas con cuarcitas blanquecinas que proporcionan un bonito contraste.
Aquí a nuestro director musical, Marcos H., le vino a su cabeza la canción de Joan Manuel Serrat, "Pueblo Blanco" del año 71, muy cercano en fecha a cuando los últimos habitantes de La Vereda tuvieron que salir del pueblo. Y no precisamente por el color del pueblo sino por esa melancólica letra de la canción “Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco ….Por no pasar, ni pasó la guerra sólo el olvido….”. Sin duda alguna es una muy buena segunda opción para elegir como canción para esta excursión.
Con más calma que el ritmo que nos atribuye ChatGPT, iniciamos el descenso por el barrio de Abajo hacia el arroyo de la Vallosera, para retornar nuestro camino por la pista que discurre por su margen derecha.
El tema es que unos cuantos proseguimos hasta el molino de Vallosera y estuvimos en espera al resto del grupo que se quedó en el pueblo hablando con un paisano, que les habló de la historia de abandono del pueblo y el actual régimen de concesiones, por diez años, de la que disfruta la Asociación Cultural de La Vereda.
A algunos senderemagos el poblado les traería recuerdos de su paso por él, bien como a Marcos Cid para dejar plasmado en sus cuadros las bonitas vistas del pueblo, como a Encarna su estancia muchos años atrás, a lo hippie en la aldea con algunos amigos miembros de la Asociación o como a Mariola y algún otro en su paso en alguna otra ocasión.
Una vez reagrupados en el molino, la pista cruza el arroyo de Vallosera por un puente, esta vez sin riesgo alguno de chapuzón, pasando por otro punto alto a modo de mirador de La Vereda y de las cumbres más representativas como El Tornera y la cresta del Cellera, resguardando el pueblo y al fondo la Sierra de Ayllón, la zona de Majaelrayo y el impresionante Ocejón.
Así continuamos hasta el siguiente mirador, llamado precisamente del Pico Ocejón, aquí nos desviamos en un punto bien indicado por un poste indicativo, que nos libera de la pista y por un camino al comienzo no muy evidente, baja hasta encontrar el camino por el que iniciamos la excursión como a tres kilómetros del embalse.
Como tercera canción en disputa para representar la excursión y que es por la que finalmente me decanto, elegiría "Living in the past" de Jethro Tull.
Primero por su título, por formar parte de la música de mi juventud y luego por la crítica implícita que lleva en su letra al mundo hippie e ingenuo de su época y al margen de la realidad que se vivía a finales de los sesenta.
Porque, nos guste o no, solo tenemos el presente y es lo que nos toca vivir, en este caso la experiencia de una preciosa excursión, llena de alicientes, a la que otorgo la máxima puntuación de cinco sicarias, que formó parte de nuestro presente ese miércoles y ya es parte de nuestro pasado.
Dedico el recuerdo de la excursión, de lo que fue y ya no es, a los antiguos pobladores vecinos de La Vereda, que se vieron despojados de su tierra y que muchos no volvieron a ver, a los compañeros que nosotros tampoco volveremos a ver y a Paco Cantos, como promotor de excursiones por esta zona, que si su salud se lo permitiera, seguro que nos volvería a traer.
César R. Bachiller
VÍDEOS
















































