Inicio: Prionia
Final: Monasterio de San Dionisio
Tiempo: 2 a 3 horas
Distancia: 5,3 Km
Desnivel [+]: 130 m
Desnivel [--]: 348 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 19
MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
TRACK
PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RUTA EN WIKILOC
RESUMEN “Cosas tan maravillosas pasan en Grecia, cosas tan maravillosas y buenas no pueden pasar en ningún otro lugar del mundo.” (Henry Miller, 1941).
Cuando en noviembre del año pasado Antonio y yo empezamos a planear el viaje de primavera, todo apuntaba a la costa licia de Turquía. Llevaba tiempo queriendo ir y a él le pareció una idea excelente. Sin embargo la agencia con la que solemos viajar nos presentó un presupuesto que, con el transbordo en Estambul incluido, resultó demasiado elevado. Estuvimos a punto de tirar la toalla.
Entonces propuse una alternativa que llevaba tiempo rondándome: los alrededores de Ioanina, en el
Epiro. La agencia tenía un itinerario que combinaba esa zona con
Meteora, Delfos y el
Olimpo. Aunque ya conocía varios de esos lugares, siempre estoy dispuesta a volver a
Grecia.
Así que, una vez más, nos pusimos en marcha. Me ofrecí a hacer la primera crónica del viaje porque estando en el Olimpo, ¿cómo no rendir homenaje a la montaña de los dioses?
Salimos de Tesalónica temprano por carretera, desde allí nos dirigimos a
Litochoro, el pueblo de montaña que sirve de puerta de entrada al
Olimpo, y enseguida subimos hasta
Prionia (1.100 metros de altura aproximadamente), donde empieza la excursión propiamente dicha.
Antes de comentar la excursión quiero hacer una breve reseña del Olimpo o “monte luminoso”. Es una cadena montañosa real (no un solo pico), ubicada en la frontera entre Tesalia y Macedonia, cerca del golfo Termaico.
Su cumbre principal,
Mytikas (Μύτικας, "
nariz"), alcanza 2.917 metros sobre el nivel del mar, siendo la montaña más alta de
Grecia y la segunda de los
Balcanes (tras el
Musala en
Bulgaria). En la antigüedad, marcaba la frontera natural entre
Tesalia y
Macedonia, y fue relevante en eventos como el ascenso de
Macedonia bajo
Filipo II y
Alejandro Magno, o las
Guerras Macedonias. Su forma viene de la erosión de la lluvia y el viento. Ésta propició una torre aislada a casi 3.000 metros. Cuenta con muchos picos y su forma es casi circular. La montaña tiene una circunferencia de 150 kilómetros, un diámetro de 26 kilómetros y 500 kilómetros cuadrados de área.
Y ya sin más preámbulos, inicio la crónica de la ruta: el día amaneció gris y con una llovizna fina, de esas que calan sin hacer ruido. Nada más empezar, cruzamos el primer puente sobre el
río Enipeas. Estaba algo deteriorado y aún había restos de nieve en las orillas.
El sendero enseguida se adentra en un bosque mixto que pronto se transforma en un hermoso hayedo. Las hayas aquí crecen altas y rectas, con troncos grises y lisos que contrastan con el verde intenso del sotobosque. Bajo la lluvia ligera, el bosque adquiría un aire mágico y algo melancólico: el sonido del agua goteando de las hojas, el musgo brillante, el olor a tierra húmeda y hojarasca.
Poco después, llegamos a una pequeña cascada y a un claro donde alguien había abandonado unas viejas bañeras de zinc.
Algunas nos metimos dentro de ella, imaginándonos ninfas del bosque por un momento. Desafortunadamente, el frío no invitaba a más locuras, pero el Enipeas bajaba con fuerza y formaba pozas tentadoras. Un baño allí, en pleno Olimpo, habría sido el sueño de cualquier antiguo griego.
Seguimos remontando el curso del río. Pasamos un segundo puente, también con nieve residual, y el bosque se fue abriendo. La lluvia empezó a remitir y, de repente, como si
Zeus hubiera dado su aprobación, apareció un trozo de cielo azul.
La luz cambió por completo. Las hayas brillaban mojadas y el sendero, aunque húmedo y algo resbaladizo en las zonas de sombra, se volvió más agradable.
Llegamos al pequeño
monasterio-cueva de San Dionisio (Agios Dionysios), un rincón recogido y silencioso a unos 800 metros de altitud.
Allí, entre la naturaleza imponente, el ambiente cargado de historia y el hecho de que nuestro jefe cumplía en esa excursión su salida número 700 en el Olimpo, se me ocurrió de forma espontánea: había que nombrarle semidiós.
No fue algo preparado. Simplemente surgió en ese momento. Improvisamos un pasillo de honor hecho con nuestros palos de senderismo y mientras él lo atravesaba, Ana L. empezó a cantar una canción que seguimos todos y que hacía una divertida exaltación del Gmsma.
Después, ya “entusiasmados” (es decir “poseídos por el dios”) le conferimos la dignidad de semidiós por la gracia de Zeus.
Creo que fue uno de los momentos más bonitos que he vivido en el Gmsma. Nuestro boss dejó de ser solo un montañero incansable para convertirse, por un rato, en algo más.
No por un rayo caído del cielo, sino por las setecientas excursiones acumuladas, por la constancia terca y hermosa de quien sigue subiendo montañas por puro amor, por todas las mañanas que se calzó las botas sin hacer ruido, por los años acumulados, por seguir eligiendo el esfuerzo y la belleza.
Mientras caminábamos, pensaba en los antiguos griegos. Para ellos el
Olimpo no era solo una montaña de 2.918 metros (Mytikas). Era la morada tangible de los dioses:
Zeus tronaba desde sus cimas,
Atenea observaba,
Apolo tocaba su lira,
Ártemis cazaba entre sombras,
Hermes recorría los senderos invisibles,
Dionisio llenaba el aire de risa y delirio divino… Y pensaba que los semidioses no siempre nacen de un dios y una mortal. Muchos lo eran por sus hazañas, por su areté, por su capacidad de trascender lo humano mediante el esfuerzo.
Heracles, Teseo, Jasón, Ulises… todos sudaron y sufrieron por esa dignidad.
El boss aquel día, se lo había ganado a pulso con sus 700 excursiones; porque setecientas salidas a la montaña no se consiguen con épica, sino con constancia, con ese amor terco y sereno que sigue subiendo montañas cuando otros ya han bajado.
Más allá del monasterio, los picos sagrados seguían allí, imponentes e indiferentes: Mytikas, Skolio, Stefani… se mantenían lejanos, envueltos en nubes que se iban abriendo lentamente.
No subimos a ninguna de las tres cimas principales (la ruta completa hasta
Mytikas desde
Prionia ronda los 1.800 m de desnivel y unas 10-12 horas ida y vuelta en condiciones buenas), pero no nos importó.
A veces la mejor excursión no es la que corona la cumbre más alta, sino la que te deja una huella serena y profunda. El último tramo, una pequeña subida, fue rápido, con el bosque de hayas despidiéndonos bajo un sol ya más decidido. El Enipeas seguía cantando a nuestro lado y las hojas mojadas brillaban como si todo el monte celebrara el momento.
Llegamos al
monasterio de San Dionisio, en el barranco del
río Enipeas, junto al sendero que baja desde
Prionia. Fundado en 1542 por
San Dionisio el Joven (de
Tesalia).
Fue destruido varias veces (por otomanos y, sobre todo, volado por los alemanes en 1943 durante la II Guerra Mundial, porque servía de refugio a la resistencia griega).
En su sacristía se conservan las reliquias de Agios Dionysios, parte del Santo Rood, iconos de los siglos XV-XIX y reliquias eclesiásticas de gran valor histórico y artístico.
Hoy está parcialmente restaurado. Había un ambiente muy especial, rodeado de un bosque frondosísimo y un silencio casi sobrenatural, nos despedimos del lugar, y me prometí a mí misma que si los dioses me sonreían algún día pisaría la cima sagrada del Olimpo.
Por la belleza tranquila de la excursión, por el bosque melancólico, por el trasfondo mítico, por las ninfas del zinc y, sobre todo, por la emoción de las 700 excursiones del boss, otorgo a esta excursión cinco sicarias cum laude.
Y mi agradecimiento infinito a este grupo, porque con gente como esta los días se vuelven cada vez más valiosos.
Paz Rincón
FOTOS