miércoles, 5 de marzo de 2014

Excursión 177: Chorreras de Rovellanos y Mojonavalle

FICHA TÉCNICA 
Inicio: Canencia
Final: Puerto de Canencia
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 14,2 Km
Desnivel [+]: 739 m
Desnivel [--]: 342 m
Tipo: Sólo Ida
Dificultad: Media
Pozas y agua:
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 43

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
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RESUMEN
Día de mucho trabajo para Antonio: Record de participación pulverizado (43 asistentes más nuestros 3 canes titulares), labores de movilidad de vehículos al más alto nivel con adjudicación de plazas en función del volumen corporal, sincronización de la marcha en función de las diferentes necesidades de cada cual, organización de la comida multitudinaria en Canencia, imposición de insignias, etc. Y, encima, para rematar, los mismos de siempre, entre los que tengo que incluirme, dando la lata por no estar a lo que hay que estar.

Tenemos que decir los 4 implicados que lo sentimos mucho (¡de verdad!), pero el que más lo sintió, con diferencia, fue Enrique, quien, tras mantener durante 4 años una intachable hoja de servicios, ha sufrido la vergüenza de ver mancillaba su reputación por arrimarse a malas compañías. No obstante, la venganza perfectamente orquestada por la tribu contra los 4 malditos fue cruel, haciéndonos descender durante un buen rato para volver a subir al mismo sitio por una empinada senda, todo ello a un ritmo matador que nos dejo marcados para el resto del día. Por lo menos Feli nos libró de la multa adicional para pagar los chupitos al final de la jornada.

En estas, ya estábamos enfrentando la chorrera de Rovellanos, que se divisaba al fondo según avanzábamos por una traza de senda entre las piedras. Íbamos disfrutando del sol,  del agua rumorosa, del verde brillante del musgo humedecido... En resumen: Había llegado la primavera y teníamos el privilegio de disfrutarla en el primer día en que se manifestaba.

La chorrera de Rovellanos estaba imponente y a su vera descansamos, unos muy próximos a su base y otros recostados en la ladera. Tras el reposo, subimos bordeando las rocas y las zarzas, recuperando la senda que traíamos, distanciándonos de la chorrera y divisándola cada vez desde más altura, hasta que el roquedo la ocultó.

Seguimos ascendiendo por la loma de la montaña, casi despoblada de arbolado y saturada de agua. El valle del Lozoya se iba abriendo al este, enmarcado por los Montes Carpetanos y la sierra de Ayllón en el horizonte. El día era espléndido y, según se ganaba altura, las cumbres del oeste de los Carpetanos se iban mostrando  relucientes de nieve. Todo muy bucólico, pero había que subir hasta casi los 1600 metros de altitud y a Leonor le dio la pájara. Sea por el cariño con que la tratamos o por la masiva ingesta de todo tipo de remedios que le proporcionamos, el hecho es que se recuperó en un ratito y continuamos hasta internarnos en el pinar por el que seguimos hasta el puerto de  Canencia.

Nuevo descansito en el puerto, foto multitudinaria, tentempié, adelgazamiento del grupo por la despedida de quienes tienen obligaciones vespertinas, renuncia de los más cansados a continuar y marcha del resto hacia el siguiente objetivo del día: La chorrera de Mojonavalle y el abedular de Canencia.

Llegamos a esta segunda chorrera con buena disposición, pero no nos podíamos imaginar que íbamos a encontrar un torrente de agua tan abundante y espectacular. Muchos no pudimos resistirnos a subir desde el mirador por los senderos que la circundan y a internarnos entre sus aguas más exteriores hasta contemplar sin obstáculos cómo el caudal se despeñaba y brincaba entre las rocas.

De los abedules sólo diré que vimos algunos de buen porte al tomar la senda que baja a la chorrera y también en el arroyo del Sestil del Maíllo, pues no había tiempo para bajar al abedular. Aún así, quedaba otra buena subidita por el pinar para volver al puerto, algo llevadera por el ocasional encuentro con acebos dispersos y alguna formación rocosa de formas caprichosas, aunque no sé yo si Fernando L. estaba para tantas contemplaciones, según subía resoplando el último de la fila.

En el bar Violeta, en Canencia, nos esperaba Feli para reconfortarnos con su sonrisa ilusionada y con una buena comida, sin aparentes pretensiones pero muy sabrosa y además barata, cocinada en la intimidad de los fogones por un Arguiñano serrano. Se aprovechó la sobremesa para imponer varias insignias: La más emblemática a Paco, el soltero deseado, por haber llegado a 50 marchas sin apenas proponérselo; a Paloma, José Ramón y José Carlos, la que les reconoce como auténticos senderomagos.

Madi ha sentenciado que 4’5 sicarias es una muy buena calificación para esta excursión, aunque Antonio siempre prefiera que nos otorguen 5.
Melchor

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