miércoles, 10 de septiembre de 2014

Excursión 200: Cerro de San Pedro - San Agustín del Guadalix

FICHA TÉCNICA
Inicio: Alto del Mojón. Guadalix de la Sierra
Final: San Agustín del Guadalix
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 16,7 km
Desnivel [+]: 478 m
Desnivel [--]: 850 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas y agua: No
Ciclable: No
Valoración: 3
Participantes: 37

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta






















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
En el GMSMA se ha convertido en tradición iniciar cada curso ascendiendo al cerro de San Pedro, como si se tratara de un ritual sagrado para implorar una buena temporada libre de sobresaltos y con el clima propicio cada miércoles del año. Además, en esta ocasión, se conmemoraba la 200ª marcha del grupo, celebrada con muchas camisetas a estrenar encargadas para el evento por José Mª.
Así pues, había que hacer una buena ofrenda a los dioses y para ello contamos con la inestimable colaboración de Marcelo, que había mediado en el traslado de un escogido grupo familiar desde la fresca fronda gallega a la agreste estepa castellana, para su sacrificio en el ara inmensa del cerro; como víctima destacada figuraba Nerea, son sólo 9 añitos recién cumplidos. También habíamos engañado a Ana F., recién incorporada al grupo. Tanto ellas, como Yolanda, David, Loreto, Carlos y Borja, tienen que perdonarnos, pero también agradecernos el haber salido con bien tras esta experiencia.
Al iniciar la subida de mañanita todavía el calor no era mucho y aún las fuerzas estaban intactas, así que Nerea trepaba en cabeza del grupo y pronto alcanzaba a hombros la cima. El paisaje ya familiar desde la cumbre del cerro se deslucía un tanto por los tonos pardos que predominaban en sus laderas y desdibujaban las montañas a lo lejos. Debió ser en esta época del año cuando rodaron en este paraje las escenas de  “Espartaco” donde él y sus acólitos eran crucificados en un desierto pedregoso y hostil.
En lo alto del cerro, además de parar para tomar un bocado y dejar constancia en el libro de firmas, un Antonio renovado nos sorprendió repartiendo ceremoniosamente medallas conmemorativas del evento. Descendimos un trecho para tomar la foto de grupo y ya sólo faltaba ir bajando poco a poco hasta San Agustín del Guadalix; eso al menos pensaban los más confiados.
El trayecto era campo a través, sin una sombra, con el sol apretando cada vez más y la brisa notándose cada vez menos. Había que saltar muros, ir entre matojos resecos, zigzaguear, subir de vez en cuando…Todo ello hacia un objetivo que parecía inalcanzable.
Obtuvimos algo de consuelo al llegar a los árboles, por decir algo, ya que las encinas y enebros dispersos no ofrecían sombra más que a breves intervalos en los que el grupo se refugiaba bajo algún ejemplar como hace el ganado en los días tórridos de verano. Los gallegos se sorprendían de que no hubiera fuentes o tan siguiera un hilillo de agua en algún vallejo; habían agotado sus 2 litros per cápita con que habían empezado y aún quedaba la mitad del recorrido.
Llegamos a le ermita de Navalazarza, que estaba cerrada y, poco después, para alegría de Nerea y algunos más, Antonio, que había sido precavido situando su vehículo en las proximidades, lo llenó como coche escoba. Continuamos los demás a un ritmo cada vez más lento, pues el cansancio iba haciendo mella en varios de nosotros, hasta que, tras entrar en la dehesa de Moncalvillo, nuestras dos Anas se rindieron. Afortunadamente, entre Antonio el Bendito, que se acercó de nuevo con el coche, y Fernando S. el Santo, que quedó a su cuidado, apañaron la cosa para que el resto siguiéramos camino.
Paco N. nos llevaba por montes y barrancos, inasequible al desaliento y “animado” constantemente por Vicky en su labor. Así nos guió hasta salir de la dehesa a un camino blanco de cal, desde el que, por más que se avanzara, siempre se divisaba el pueblo a lo lejos con la torre de la iglesia despuntando sobre el cielo abrasador.
Al fin alcanzamos la primera sombra de San Aguntín, la plaza de toros, con una fuente a su vera de agua fresca y abundante donde muchos saciamos nuestra sed y nos remojamos la cabeza. Así, ya fresquitos, llegamos a las tantas al restaurante “Araceli”, donde nos trataron de maravilla, sobre todo teniendo en cuenta nuestro retraso. Comimos y bebimos opíparamente. Lástima que no nos pudiera acompañar a la mesa Ana Ch., otra víctima inmolada en la peregrinación.
Durante la comida hubo aplausos hacia los participantes más destacados de la marcha, arrancados por Antonio en un breve discurso. También se recordó a un montón de senderomagos merecedores de estrellas que estaban ausentes y a quienes no se pudo hacer la entrega. Sí que estaban Vicente y Vicky, que recibieron su reconocimiento con una tierna estrella blanca.
Dice Madi que un día de celebración no puede tener como calificación un cero patatero, como quería alguna que yo me sé, así que acuerda conceder 3 sicarias al evento.
Melchor


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