miércoles, 13 de junio de 2018

Excursión 408: Integral de Peñalara

FICHA TÉCNICA
Inicio: Puerto de Cotos
Final: 
Puerto de Cotos
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia:  13,5 Km
Desnivel [+]: 655 m
Desnivel [--]: 655 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas y agua: Sí
Ciclable: No
Valoración: 5+
Participantes: 36

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
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RESUMEN
A pesar de las más de 400 excursiones que lleva el grupo y las múltiples subidas al pico de Peñalara y otras tantas a la Laguna de los Pájaros, nunca habíamos cerrado el círculo, conocido como Integral de Peñalara.

Y con esa intención nos plantamos en Cotos los 36 participantes dispuestos a correr esta aventura. Previa solicitud de acceso del grupo, echamos a andar desde la Venta Marcelino, remontando rápidamente la pista de piedra que bordea el Centro de Visitantes del Parque, que pasa a ser de tierra al llegar a la caseta de información y en suave pendiente alcanza en menos de 500 metros la fuente de Cubeiro y enseguida el Mirador de la Gitana, desde donde se tiene una de las mejores vistas de Cabezas de Hierro y del resto de la Cuerda Larga, que podremos identificar fácilmente mediante la flecha giratoria de su identificador de cumbres. Y junto a él, un reloj solar en el suelo, que con la complicidad de nuestra sombra marcaba las diez menos cuarto, las 10:45 en nuestros relojes digitales.

Frente al mirador, la pista continua describiendo una pronunciada curva, pasa junto al cobertizo del Depósito, que dejamos a nuestra derecha, sin desviarnos a las escaleras de piedra, por las que bajaremos de regreso de la Laguna Grande, ahora nuestro objetivo es subir al Pico de Peñalara.

Nada más dar una cerrada curva a la derecha, la pista comienza a empinarse, es el anticipo de la larga docena de eses que componen las llamadas Zetas, que en unos 2,5 km desde el cobertizo, salvan unos 300 metros de desnivel. Nos cruzamos con una joven pareja que buscaban la laguna Grande de Peñalara y con un japonés de avanzada edad que cabizbajo y sin pronunciar palabra nos encontramos en varias ocasiones del ascenso, porque aunque le adelantábamos, en cuanto parábamos nos volvía a pasar.

La última zeta nos dejó a los pies de la Hermana Menor (2.269 m), que nos queda a nuestra izquierda. Al alcanzar la cuerda, el viento hizo que la temperatura bajase rápidamente, lo que nos obligó a buscar algo de ropa en el fondo de las mochilas, momento que aprovechamos para, resguardarnos tras unas rocas y tomar el tentempié de media mañana. Con la vista puesta en un gran nevero que parecía precipitarse hacia el abismo del gran circo de Peñalara, nos hicimos la foto de grupo.

Ya solo nos quedan poco más de 150 metros para alcanzar la cumbre más alta de Madrid y Segovia, a la que alcanzamos tras dejar la Hermana Mayor (2.284 m) a nuestra derecha, pasar por el Collado de Dos Hermanas y acometer el último tramo siguiendo el PR-32, donde curiosamente volvimos a adelantar al japonés y me encontré con unos antiguos compañeros de trabajo, los mismos de la excursión anterior, casualidades de la vida.

En el hito de conmemoración de los 100 años del Club Peñalara nos hicimos fotos con bonitas vistas, antes de alcanzar la cumbre dominada por el vértice geodésico que se señorea a 2428 metros, a sabiendas de que nadie a muchos kilómetros le hace sombra y que disfruta de las mejores vistas de la Sierra de Guadarrama.

Tras un breve descanso, y antes de que la niebla se cerniese sobre nosotros, continuamos por la cuerda, mermados en tres miembros que regresaron por el mismo camino al tener que estar pronto en Madrid. Estábamos dispuestos a acometer el tramo más complicado de la ruta, el paso por el Risco de los Claveles (2.387 m), un paso siempre complicado, tanto que a priori muchos optaron por salvarlo más cómodamente por la senda que lo rodea por la izquierda.

Otro grupo inició el paso, pero tras las dos primeras trepadas, en vista de lo peligroso que se veía era continuar, con una fuerte pendiente a nuestra derecha y grandes rocas que esquivar, decidieron abandonar la cresta y seguir por la mencionada senda.

Solo doce recorrimos toda la cresta y aunque esta vez las condiciones climatológicas eran favorables, doy fe que en circunstancias adversas, como fuerte viento, rocas húmedas, hielo, etc. puede ser MUY peligroso, las fotos que he puesto de la travesía dan idea de lo que digo, eso sí las vistas casi cenitales hacia las lagunas de los Pájaros, y Claveles, eran de quitar el hipo, si el precipicio no nos lo hubiera quitado ya, todo un premio al valor montañero de los que nos atrevimos a disfrutarlo.

Acompañados de dos chicas de Segovia que se nos unieron en el Risco de los Claveles, iniciamos el descenso al Risco de los Pajaros (2.334 m). En su rellano paramos a emborracharnos de panorámicas impresionantes, mirásemos a donde mirásemos, en especial al echar la vista atrás y contemplar el majestuoso Riscos de los Claveles que acabábamos de superar, es el punto donde se comprende el porqué del nombre de Los Claveles.

Continuamos el descenso, en ocasiones muy rocoso, pasamos por un gran nevero donde las fotos de nuevo no se hicieron esperar. A poco de alcanzar la Laguna de los Pájaros, paramos a tomarnos el aperitivo, cobijados tras unas rocas que hacían de balcón-mirador de la espectacular laguna.

El descenso a la laguna se hizo muy divertido, por la loma repleta de nieve, cada cual la aprovechó a su estilo, unos simulando que esquiaban, otras deslizándose por ella y el resto disfrutando del sonido al pisarla.

Esta somera y larguirucha laguna no es la más grande de las de Peñalara, pero sí la más bella, con sus orillas tapizadas de blanda hierba y azafrán serrano y su extremo oriental fundiéndose visualmente con el cielo, siguiendo el arroyuelo que forma su desagüe.

Además es, de todas las lagunas del Parque Natural de Peñalara, la situada a una mayor altitud: 2.180 metros. No exageraba, pues, el poeta Enrique de Mesa cuando dijo que era "espejo el más alto y puro donde se copia la seda joyante del cielo castellano" (Andanzas serranas, 1910).

Las fotos de la laguna desde todos los ángulos eran inevitables, y máxime con el estupendo día que se nos había quedado. Desde tan paradisíaco paraje, iniciamos el regreso siguiendo el PR-15, en dirección a la Laguna de los Claveles, no sin antes pasar junto a otra lagunilla, normalmente seca en época estival y que hoy estaba repleta de agua y mantenía algo de nieve, tanto era así, que algunos la confundieron con la de claveles y hasta le cantaron aquello de "clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón" como si de la tuna de Alcalá se tratase.

Con el deleite de contemplar agua por doquier, ya fuera en cascadas, arroyuelos o chorreras que se deslizaban desde el macizo de Peñalara, continuamos, pasando junto a las Cinco Lagunas, protegidas por pasarelas de madera hasta ascender, con cierta fatiga, a un mirador natural señalizado por un enorme hito de piedras, con vistas al siguiente objetivo, el Mirador de Javier, al que descendemos por la larga senda que bordea la loma de Peñalara.

Desde el mirador, algunos no estaban para más lagunas y descendieron directos al puente que hay junto al chozo de los guardas y el arroyo de la Laguna Grande, el resto nos desviamos a la derecha en pequeños grupos, en dirección a dicha laguna, que con sus 650 metros de perímetro, es la mayor del Parque y, por su fácil acceso -una hora a pie desde el puerto de los Cotos, por camino bien señalizado-, el lugar más visitado, a tal punto que lleva más de una década vallada para evitar la erosión de sus orillas. Sus linfas quietas, casi negras, dieron pie a leyendas sobre monstruos acuáticos, que se acabaron en cuanto se descubrió que no tenía ni nueve metros de profundidad. La salamandra, el tritón alpino, el sapo partero y la ranita de San Antonio son las únicas bestias que habitan en esta laguna, considerada como la madre del Lozoya.

Mantuvimos una amistosa conversación con la simpática guarda de la laguna sobre las medidas de protección vigentes, que contrastan gratamente con las que hubo desde 1927 al 97, años en los que se celebraba el primer domingo de agosto la travesía a nado, con más de 2.000 personas contemplándola alrededor de ella, dañando sobremanera sus riberas lacustres. Eran otros tiempos.

Al ver que llegaba el siguiente grupo, a fin de evitar más de 15 personas en la laguna, iniciamos el plácido descenso por el magnífico recorrido, con pasarelas de madera, que atraviesa el circo de Peñalara, con las vacas pastando bajo el refugio de Zabala, toda una estampa que en nada tiene que envidiar a las de montañas suizas.

Al paso por el chozo, recogimos a los avezados que nos esperaban y ya sin más paradas nos plantamos en el cobertizo del Depósito, pasando a mitad de camino por la fuente Cedrón, y desde allí, por la pista ya recorrida por la mañana, alcanzamos el puerto de Cotos, y en la Venta Marcelino, (quién te ha visto y quién te ve), celebramos el fin exitoso de esta preciosa excursión que según me dijo más de uno, las 5 sicarias se quedaban cortas.
Paco Nieto

miércoles, 6 de junio de 2018

Excursión 407: Presas del Mesto y de Pedrezuela por la cascada del Hervidero


FICHA TÉCNICA
Inicio: Pedrezuela
Final: 
Pedrezuela
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia:  22,6 Km
Desnivel [+]: 422 m
Desnivel [--]: 422 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 31

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
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RESUMEN
Prometo no contestar en lo sucesivo a los correos de convocatoria de excursiones con palabras que puedan interpretarse como menosprecio a la ruta ideada por el convocante (en este caso, Paco N.). Iban a ser apenas 13 Km. con poquito desnivel, pero ante mi respuesta de “me apunto al paseíto” acabaron siendo 23; y creo que no fueron más porque Paco consideró que, arrastrando mi rodilla en los últimos 2, ya tenía suficiente escarmiento.

Los 31 que salimos de Pedrezuela ya sabíamos que la lluvia podía visitarnos en cualquier momento, pero pronto lo olvidamos al ver nuestro cerro de San Pedro iluminado por el sol en la distancia. Se ve que el santo había creído que entre nosotros se encontraba Antonio, pero, en cuanto se dio cuenta de que no era así, nos mandó un chaparrón primaveral de esos que se te quedan en el recuerdo. Ante esto, los Pacos de Alcalá debieron ofrecer al santo el sacrificio de renunciar a la excursión, para que los demás la disfrutáramos, volviéndose a Pedrezuela. Y así fue, porque calculo que escampó más o menos cuando ellos tenían que estar entrando en el pueblo.

Mientras llovía, los que llevábamos paraguas grandes íbamos rodeados de amigos. Sin embargo, poco antes de llegar a la presa del Mesto, cuando se ve que los Pacos de Alcalá ya habían cumplido su promesa, apenas caían algunas gotas y los amigos se fueron desperdigando por el camino. Llegamos a la presa, pero no se podía cruzar el río por ella; había una cancela impidiendo el paso con cámara de videovigilancia y todo.

Aquí hago un alto en el relato para anunciar a los lectores que voy a tratar de poner en orden a lo largo de este escrito la ingente cantidad de construcciones del Canal de Isabel II que nos íbamos a ir encontrando por el camino: Canales, sifones, almenaras, respiraderos, presas, acueductos… Así pues, para empezar, nos encontramos con la presa del Mesto, que es más bien un azud, de la cual parte el Canal del Mesto por la margen izquierda del río Guadalix y que, en unos pocos kilómetros (unos 500 m. río abajo de la cascada del Hervidero) vierte sus aguas en el llamado Canal Bajo, justo antes de que éste atraviese el río mediante un sifón. El Canal Bajo, el primero en construirse, procede de la presa del Pontón de La Oliva, recogiendo las aportaciones del canal de La Parra, parte de cuyo recorrido pudimos apreciar en la reciente excursión 400 a lo largo del río Lozoya. El Canal Bajo finaliza su recorrido en el depósito de Islas Filipinas, en Chamberí, siendo su último acueducto el que discurre junto a la Avenida de Pablo Iglesias.

Pues bien, había que intentar pasar el río por un supuesto vado que debía encontrarse por debajo de la presa. Bajamos al río y, a pesar del ejemplo que daban Jorge S. y Ángel R., aventurándose de piedra en piedra entre la corriente, no tuvimos agallas para cruzarlo. Aquí fue cuando Paco N., pretextando prudencia, decidió que 13 Km. iba a ser muy poquito. La alternativa fue bajar cómodamente unos 4 Km., siguiendo el canal del Mesto por el espectacular cañón del río hasta la cascada del Hervidero, próximo a la cual se halla un “puente” sobre el Guadalix. Fuimos dejando atrás, uno tras otro, las hermosas torres de respiración del canal construidas con piedra labrada, hasta que paramos a tomar un tentempié bajo una concavidad de la roca que mantenía seco un pequeño espacio.

En algún punto de este tramo pudimos divisar a lo lejos, mirando hacia atrás, un bello y sorprendente acueducto conocido como acueducto de Zegri. Por él se conducen las aguas procedentes de la presa de Pedrezuela, que mucho más adelante alcanzaríamos. Este acueducto forma parte del Canal del Vellón (nombre éste que, hasta hace no mucho, también tenía la presa), que discurre por la margen derecha del río Guadalix hasta confluir con el Canal del Atazar.

Puesto que el Canal del Mesto va bastante elevado sobre el cauce, para bajar a la cascada tuvimos que hacer un descenso controlado por una empinada senda hasta el “puente”, sin mayores consecuencias. Por supuesto, descendimos los escalones que, desde allí, llevan a la gran poza que se forma bajo la cascada y pudimos contemplarla con delectación; la cascada del Hervidero y el paraje donde se halla nunca decepcionan. Además, nos encontramos con unas chicas conocidas de José Luis y Mª José, que nos hicieron encantadas una hermosa foto de grupo con los dos ramales de la cascada de fondo.

Paco N. había decidido que había que continuar por la margen derecha del río, para ir remontándolo hasta alcanzar el camino previsto inicialmente. Esto nos iba a llevar otros 6 Km., pero no importaba: El día era fresco, la lluvia apenas molestaba y el paisaje era precioso.

El lector avezado habrá notado que previamente he puesto entre comillas la palabra “puente” para referirme al paso del río junto a la cascada. Y es que no se trata realmente de un puente como tal; es la parte más baja del Sifón de Guadalix, por donde discurre el Canal del Atazar, que, partiendo de la presa del mismo nombre, llega al depósito de El Goloso y desde allí se distribuye por varias ramas a distintas zonas de Madrid. Si tenemos en cuenta que en el embalse de El Atazar se almacena cerca del 50 % del agua de la Comunidad de Madrid, nos podemos hacer una idea del enorme caudal que transporta este canal y de la amplitud de la sección del mismo, por lo que queda camuflado como un amplio y cómodo puente.

Después de echar una ojeada a la parte alta de la cascada, Paco nos llevó por una bonita senda que serpenteaba ladera arriba por entre árboles de ribera, praderas y flores multicolores. Y así llegamos a un camino por el que ascendimos hasta la almenara de Los Castillejos, junto a la boca occidental del Sifón de Guadalix. Desde aquí se podía contemplar perfectamente todo el valle del río, tapizado de innumerables tonos de verde y, entre todo ello, toda una sucesión de construcciones del Canal de Isabel II. En particular, desde aquí se apreciaban muy bien algunas torres de respiración del Canal del Mesto, así como su confluencia con el Canal Bajo y el inicio del sifón de éste. Pero sobre todo se veía perfectamente cómo arrancaba en el Canal del Atazar el Sifón de Guadalix, a gran altura al otro extremo y cómo estaban perfectamente delineadas las almenaras de desagüe hacia el río en ambos márgenes. En el punto donde nos hallábamos es donde el Canal del Vellón confluye con el de El Atazar, entregándole sus aguas.

Proseguimos por la pista hacia el norte, atrochando en algunas zonas por entre dehesas para sortear las curvas más pronunciadas del camino. El paisaje de primavera era espectacular; llamaban la atención particularmente los floridos gamonales que se prodigaban en los claros, de un blanco esplendoroso y una altura considerable, acorde con las abundantes lluvias que nos han acompañado desde el invierno.

Había que hacer un alto en el camino para comer el bocadillo y paramos en las inmediaciones de unas ruinas de origen desconocido para mí, pero que bien pudieron servir para alojar maquinaria o personal en algún momento de la construcción del Canal Alto, pues se encuentran junto a un camino que va siguiendo su trazado hasta la presa de Pedrezuela. De hecho, este camino es el que tomamos después de haber comido y descansado un rato.

Inserto aquí una nueva reseña relativa al Canal Alto. Este canal recoge las aportaciones del Canal del Jarama (desde la presa de El Vado en Guadalajara) y del Canal del Villar, tras confluir éstos en Torrelaguna. En su recorrido bordea el embalse del Pedrezuela por su parte oriental hasta la presa, a través de la cual atraviesa el río Guadalix hasta su margen derecho. El Canal Alto finaliza su recorrido en el depósito de Plaza de Castilla, en la capital.

A partir de este momento y a pesar de que ya empezaban a pesar los kilómetros, el ritmo de la marcha se incrementó. Según avanzábamos por las sinuosas curvas del camino, cada vez que nos asomábamos al valle veíamos más cerca el pueblo de Pedrezuela, nuestro destino, así que nos íbamos animando. Pudimos contemplar el acueducto de Zegri, esta vez a nuestra derecha, y lo sobrepasamos (el Canal Alto y el Canal del Vellón discurren casi en paralelo por esta zona). Sin embargo, al poco de rodear la urbanización de Montenebro, más o menos al divisar al fondo la presa de Pedrezuela, cuando nos separaba menos de un kilómetro del pueblo, éste comenzó a alejarse, quedando atrás. ¡Nuestro gozo en un pozo! ¡Aún faltaban 7 para llegar!

Cruzamos la carretera que une la urbanización con el pueblo y enseguida entramos en la Dehesa de Pedrezuela. Tras avanzar un poco más, Paco dio la opción de dirigirse directamente a la presa o subir un poquito hasta lo alto de la dehesa para “tener buena vista” (palabras textuales). Alejandro se sumó enseguida a la segunda opción con la esperanza de reducir unas cuantas dioptrías; no pudo ser, pero compensó la contemplación de los recovecos del embalse y de las montañas en la lejanía, además de poder asegurarnos de que se trataba de una dehesa tras sortear unas vacas con sus terneros que descansaban tranquilamente entre las flores.

Fuimos llegando a la presa a cuentagotas y, una vez allí reunidos, continuamos, esta vez sí, directos hacia el pueblo. Antes de partir, no pudimos dejar de ver un monolito de 1967, yo creo que restaurado o reconstruido por lo bien que se conservaba, que, como testimonio de aquellos tiempos y también de estos, contenía un texto que comenzaba así: “Siendo Franco Caudillo de España…”.

El Canal Alto sobre la presa de Pedrezuela pasa desapercibido, pero, al avanzar hacia el pueblo, no cuesta descubrir parte de su trazado siguiendo la orilla del embalse.

El sol ya lucía sin competencia en el cielo y el calor ya se iba notando. Para llegar nos faltaban apenas dos kilómetros de subidas y bajadas. Aquello parecía una montaña rusa; a pesar de ser poco recorrido y no mucho desnivel, lo recuerdo como lo más duro de la excursión.

Ahora bien, como siempre, una bebida fresquita en el bar del pueblo reconforta del todo, y más cuando se comparte con tantos amigos. La estampa de las cigüeñas en la torre del ayuntamiento también contribuía a ello.

Esta era la excursión centésima de Leonor, quien estaba contenta como siempre, porque más no cabe. Por su parte, José Luis B., hacía la 150. Ellos, además de Javier M., para celebrar su cumpleaños y Rosa P., que recibió la estrella negra en la última entrega, nos invitaron a las cervecitas y demás.

Madi otorga 4’5 sicarias a la excursión. Podían haber sido 5, pero Madi tiene muy en cuenta que me dolía la rodilla al acabar.
Melchor

miércoles, 30 de mayo de 2018

Excursión 406: Hornos, fortines y búnkeres de Quijorna

FICHA TÉCNICA
Inicio: Quijorna
Final: 
Quijorna

Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia:  14 Km
Desnivel [+]: 311 m
Desnivel [--]: 311 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4
Participantes: 49

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
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RESUMEN
Con la idea de recorrer algunos de los escenarios de la Batalla de Brunete, nos dirigimos a Quijorna, situado al este del mismo. A pesar de las nieblas de primera hora, al llegar al destino tenemos buena visibilidad, aunque el cielo está muy nublado, e incluso hay riesgo de lluvia para la tarde lo que no ha impedido que la asistencia haya sido masiva, ya se sabe que la combinación de poco desnivel y comida siempre es sinónimo de mucha asistencia.

Iniciamos la ruta por la calle Virgen del Pilar, pasando junto a una fuente dedicada a ella, de la que desgraciadamente han arrancado su placa descriptiva. Cruzamos por un puente del mismo nombre el arroyo de Quijorna, producto de la unión del Arroyo de la Palanquilla y del Cantizal. Giramos a la derecha para, en dirección noreste, remontar este arroyo mientras cruzamos un parque vacío de gente.


Al terminarse el parque, encauzamos nuestros pasos por la pista de tierra que nos sale a la derecha, antigua Cañada Real Segoviana, que discurre paralela al arroyo, que a partir de aquí estaba lleno de maleza. zarzas y arbustos en plena floración, pero la pista está despejada, aunque con frecuentes charcos de agua que hacen las delicias de los peludos.

Cruzamos un arroyo con algo de agua y al pasar por la Vega de la Viñas el paisaje se vuelve multicolor, repleto de amapolas, cantuesos, gamones, cardos floridos, la explosión de la primavera ante nuestros ojos.


Giramos ligeramente a la izquierda para continuar en dirección norte, pasamos por la zona conocida como las Caleras, preludio de la que nos encontramos a continuación, las ruinas un horno de cal, bajo un montículo medio oculto por una higuera, cargada de futuras brevas.

De frente las de otro horno en mejor estado de conservación, aunque le falta la chimenea de la parte superior, y un poco más adelante, girando a la izquierda, junto a una pista, se encuentra el mejor conservado de la zona, el horno del Velago, a 3,5 km del inicio de la ruta, y que ya visitamos en la excursión 330.

Desde el siglo XVII hasta principios del XVIII hay numerosas referencias al empleo de la cal de Quijorna en edificios, palacios y otras obras de la provincia de Madrid, así como en zonas limítrofes, tal es el caso del puente de Segovia (Madrid) o la catedral de Toledo, en la época de esplendor de las caleras.

A mediados del siglo XVIII se inició el declive productivo de la cal en la zona. Según el catastro del Marqués de la Ensenada (1752) solo funcionaban en Quijorna 6 hornos que proporcionaban a sus dueños 6.200 reales/año.

En el XIX funcionaban en Quijorna sólo algunos hornos, mientras que en Valdemorillo, donde habían trabajado a la vez 12 hornos, con 60 personas, las caleras se encontraban casi en pleno abandono al final de la centuria, por la falta de rentabilidad. En la zona de Quijorna los últimos hornos de cal dejaron de funcionar hacia 1950. Los hornos industriales modernos (procesos continuos), instalados en la segunda mitad del siglo XX, acabaron con las caleras históricas (procesos discontinuos).

En el interior de la calera el cielo se deja ver a través del circulo de su chimenea. A pocos metros del mismo se hallan las canteras de donde se extraían los materiales para la combustión, a las que nos acercamos.

Discordante sobre el zócalo metamórfico aparece una formación arenosa, denominada por los geólogos facies Utrillas, que se distingue con facilidad por su luminosidad. Dichas arenas se han explotado históricamente para la producción de loza y refractarios. A techo de estas se presentan niveles margosos que dan paso enseguida a las calizas del Cretácico Superior. En esta zona las calizas cretácicas son de tono azulado o amarillento, aparecen algo alteradas, siendo su espesor escaso (2 a 4 m) y su extensión lateral no muy grande.

Se han localizado en la zona de Jarabeltrán-Camino de las Rentas (Valdemorillo) cerca de 20 hornos, así como dos molinos, mientras que en la zona del Vétago (Quijorna-Valdemorillo) quedan al menos restos de 13 caleras. Estos vestigios industriales ponen en evidencia la importancia productiva histórica de este territorio.

Tras la visita a las canteras, continuamos por la pista, en dirección noreste hacia el Cerro del Castillejo, desviándonos a la derecha para contemplar los restos de otro horno de cal, al que le falta la chimenea y un poco de limpieza. Es una pena que se dejen a su suerte, sin un plan de conservación y aprovechamiento turístico, todos estos testigos de nuestra historia cultural.


Remontamos el cerro para acercarnos a ver uno de los 16 búnkeres existentes en la zona. Como casi todos ellos, es un búnker que cuenta con una forma cilíndrica por delante, con un ligero biselado en la parte alta y extrañamente en la parte trasera es por donde tiene el acceso. Poseen dos grandes aperturas colocadas en la parte frontal del búnker, para así cumplir con su función de nidos de ametralladora.

La mayoría de ellos están instalados en las colinas, en las que dada su escasa vegetación proporcionaban amplias vistas desde los búnkeres. En su alrededores se pueden observar los restos de las trincheras escavadas en zigzag, para evitar en la medida de lo posible los ataques aéreos y que facilitaba el acceso a los fortines.

Remontamos el Cerro del Castillejo, visitamos lo que parece un nido de ametralladora, bastante derruido, y proseguimos por su cuerda hasta llegar a un refugio que ya conocíamos, pero que por desgracia ésta vez estaba cerrado. Desde su privilegiado promontorio de amplias vistas descendimos hacia el arroyo de la Fuente Villanos, desviándonos a la izquierda para visitar un puesto de mando y un refugio antiaéreo, unidos entre sí por un túnel de corta longitud, que merece la pena recorrerlo por su buen estado de conservación.


Continuamos remontando el arroyo en suave pendiente por la zona conocida como Las Rentas, primero dejándolo a nuestra derecha y tras cruzarle, dejándolo a nuestra izquierda, recorridos 6 Km desde el inicio, giramos a la derecha, siguiendo un sendero que al cabo de 100 metros nos deja a las puertas de entrada de una sorprendente cueva que fue construida por los soldados republicanos a pico y pala para ser utilizada como cuartel y refugio antiaéreo, en la que cómo mínimo caben más de 200 personas.

Todos nos introducimos en ella, sorprendiéndonos la gran cantidad de galerías que salen a derecha e izquierda de la principal, en las que aún se perciben las señales dejadas por los picos en su construcción. Toda una maravilla en perfecto estado de conservación que es utilizada ahora como morada de algunos murciélagos.


Salimos más que fascinados de la cueva y en sus inmediaciones paramos a tomar el aperitivo y reponer fuerzas. Aquí nos dispusimos a hacernos la foto de grupo, cuando recibimos la grata sorpresa de ver cómo aparecían Antonio y Jesús C, que se habían acercado en coche hasta el horno 
del Velago y desde allí a pié hasta nuestro encuentro.

Les dejamos a ello camino de la cueva, mientras el grupo continuó remontando el arroyo hasta alcanzar los casi 800 metros de altura de El Madroñal, con magníficas vistas de toda la Sierra de Guadarrama, destacando la Maliciosa y el Cerro de San Pedro. Un poco antes Antolín, que tenía que volver pronto a Madrid, se dio la vuelta con la intención de regresar por donde habíamos venido...tres horas más tarde apareció en una gasolinera cercana a Villanueva de la Cañada, alguien a propuesto quitarle la estrella negra.


Giramos a la derecha y nos acercamos a una chimenea sifón de la conducción del embalse de Picadas a Majadahonda, para al poco enlazar de nuevo con la Cañada Real Segoviana, que enseguida abandonamos para continuar por el Camino de los Llanos, llegando a una casa con una estupenda mesa bajo chozo y unas vistas impresionantes de toda la llanura de los alrededores de Quijorna, de la que nos habíamos separado 9 km desde el inicio de la ruta.


En ella nos hicimos muchas fotos y fantaseamos con la posibilidad de comprarla para nuestras escapadas románticas, porque el sitio bien lo merecía.



Continuamos en dirección suroeste hacia el Alto de los Llanos, al que llegamos tras pasar una cancela cerrada con un cerrojo pero sin candado. En la cima se encuentran las ruinas de lo que fuera el Cuartel de Mando del ejército republicano, en un más que penoso estado de conservación, y un poco más adelante, el vértice geodésico de este cerro, situado a 746 metros de altura, lo que le da unas magníficas vistas, y al que me faltó tiempo para subirme. Estamos a poco más de los 10 km desde el inicio.

Desde allí, continuamos por el Camino de los Llanos, iniciando un descenso hacia Peñas Pardas, desviándonos enseguida momentáneamente un poco a la izquierda para asomarnos a un mirador natural de amplias panorámicas.


En la cima de Peñas Pardas contemplamos los restos de un nido de ametralladora y en sus proximidades trincheras que el paso del tiempo no ha logrado ocultar, como las heridas abiertas por esa guerra que solo en la batalla librada aquí dejó unos 20.000 muertos en cada uno de los bandos.


Desde esta cima descendimos en dirección sur siguiendo una empinada y resbaladiza senda hasta enlazar con camino rodeado de coloridos prados de avena, por la zona de el Colmenar, que nos llevó a las primeras casas de Quijorna, descendimos por la calle del Camino del Olivar.


Sólo quedaba llegar al parque junto al arroyo de Quijorna, cruzar de nuevo el puente de la Virgen del Pilar y celebrar el fin de etapa en el restaurante El Águila con un reconfortante cocido, al que se unió Juan M, bastante recuperado de su accidente, y la mujer, hijo y nieta de Marcelo.


Por la singularidad de la zona, cargada de historia, las bonitas vistas y el buen tiempo, ésta ruta se ha merecido 4 estrellas.

Paco Nieto

FOTO REPORTAJES

miércoles, 23 de mayo de 2018

Excursión 405: La Chorranca y Cerro del Puerco

FICHA TÉCNICA
Inicio: Pradera de Navalhorno
Final: 
Pradera de Navalhorno
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  14,7 Km
Desnivel [+]: 679 m
Desnivel [--]: 679 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 4,5
Participantes: 30

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta


PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC

RESUMEN
Me toca organizar la ruta de esta semana por la baja forzada de nuestro boss, y ante varias posibilidades me decido por una sugerida por José Luis M. por los bosques de Valsaín, que prometía tener muchos alicientes.

En la Pradera de Navalhorno nos reunimos con la grata sorpresa de que Ángel Vallés se acercó a saludarnos y no perderse la oportunidad de hacernos la foto de grupo. Tras los saludos, comenzamos a caminar en dirección oeste en busca del viejo camino que antaño llevaba del palacio de la Granja a la pradera de Navalhorno y ahora es una prosaica pista de asfalto cerrada al tráfico y a las vacas mediante dos barreras.

Dejando una serrería a nuestra izquierda, avanzamos entre robles, que estrenan sus hojas, con rumbo noreste, hasta la primera bifurcación, en que tomamos el ramal de la derecha, el camino forestal de Majalapena, en el que a sus orillas se apilaban gran cantidad de troncos, la materia prima que dio origen a La Pradera de Navalhorno, por la creación del Real Taller de Aserrío, que surgió como alojamiento de los dependientes, jornaleros e industriales, procedentes del País Vasco, dedicados a la compraventa de pinos. En un principio, era una aglomeración desordenada de casas y talleres de madera, situada en una pradera pantanosa.

La economía y la cultura de este pueblo se basan en los oficios ligados al pinar: los gabarreros, que recolectan leñas muertas; los ganaderos, que conservan las variedades locales de vaca, los recolectores de setas, que complementan su administración doméstica, y últimamente del turismo rural.

Pasamos a la vera del arroyo de la Chorranca, al que cruzamos por el puente del Vado de los Tres Maderos, aunque de ellos hoy día no queda nada, al haberse transformado en uno de piedra. Las sombras del pinar y la agradable temperatura hacen que disfrutemos del paseo por la Tolla de los Guindos.

En la siguiente bifurcación continuamos por la pista de la derecha dejando el asfalto. A partir de aquí, la pista se empina cada vez más para faldear la Peña de los Acebos por su vertiente meridional, zigzaguea cercana al arroyo de los Neveros, por cuya fuente pasamos, y finalmente asciende hasta el collado previo al Moño de la Tía Andrea, inicio del último tramo a la Silla del Rey. El continuo ascenso hizo que más de uno comentase durante la subida eso de ¿Falta mucho?, ¿Pero no era un paseo?, ¿Cuándo se acaba la cuesta?.

Nos basta una trepada de diez minutos para alcanzar la puntiaguda cúspide del Moño de la Tía Andrea (1689 m). Allí, olvidado por todos salvo por los excursionistas, el sillón de piedra permanece arrumbado como una antigüedad inútil entre altos pinos silvestres, tan altos que apenas permiten vislumbrar retazos de la llanura segoviana, y de la Granja, migajas de la que otrora debió de ser una magnífica vista.

En un borroso epígrafe sobre el respaldo de la silla reza: “El 23 de agosto de 1848 se sentó S. M. Don Francisco de Asís de Vorvón”. Apenas dos años antes de la referida inscripción, en octubre de 1846, habíase malcasado con Isabel II, de la que era primo hermano, y nadie en la Corte daba un duro por su descendencia, pues se barruntaba que, sobre impotente, era cornudo, sospechas que luego serían desmentidas (o confirmadas, según) por los varios embarazos de la reina, quien, entre otros retoños, alumbró en 1857 al futuro Alfonso XII, trastatarabuelo de de nuestro rey actual, Felipe VI.

El descanso relajó los ánimos vengativos de los que sufrieron la subida. Desandamos el camino hasta el collado, continuando por la pista asfaltada que asciende, en dirección sur por Navapelegrín, donde la abandonamos para, internarnos en el pinar, sin senda evidente, a la busca del arroyo de la Chorranca y sus cascadas concatenadas, que desparramaban con estruendo su abundante agua, procedente, 300 metros más arriba, del puerto de los Neveros, donde nace.

Es todo un espectáculo contemplar cómo el agua se precipita por un cortado rocoso de 20 metros de altura y, acto seguido, tropieza con otro escalón que lo obliga a dividirse en dos chorreras gemelas, completando de esta forma un triple salto de belleza mortal, el más original y bello de la sierra.

Tras las innumerables fotos con la preciosa cola de caballo de fondo, continuamos el empinado descenso, con la certeza de que la belleza del lugar había justificado el esfuerzo de llegar hasta allí. Con el arroyo resonando a nuestra izquierda, descubriendo un buen rato después, al otro lado del arroyo, la vieja cacera que, procedente del arroyo de Peñalara, se descuelga en catarata por la brava ladera antes de unirse con el de la Chorranca y llevarse parte de su caudal hacia los jardines de La Granja.

Al perder la senda la pendiente, donde el arroyo de la Chorranca gira hacia la derecha en dirección este, paramos para buscar el mejor sitio para cruzarlo, encontrando para nuestra fortuna un rústico puente hecho con largos palos, que si bien no parecía muy seguro, nos facilitó el paso, con el aliciente añadido de la expectación creada por si si alguno iba al agua.

Siguiendo una tenue senda y luego una amplia pista descendimos. en dirección este, a la muy desconocida fuente del Ratón, enclavada en un íntimo rincón con mesa y banco de madera bajo la sombra de unos esbeltos pinos que hacen de este lugar un encantador oasis.

A pocos metros más abajo de la fuente, descubrimos la acequia que lleva el agua a la Granja, a la que seguimos durante unos metros, pero como nuestro objetivo era visitar la cueva del Monje, abandonamos la agradable senda, que da mucha vuelta, para buscar, campo a través la forma de llegar a ella, en dirección noreste, lo más rectos posibles.

Y ciertamente, comprobamos esa máxima del senderista que dice que no hay atajo sin trabajo, porque el empinado ascenso nos hizo sudar la camiseta. Yo por si acaso, nada más llegar a la pradera que ocupan el legendario dolmen de la cueva del Monje y un vivero forestal cercado con una rústica empalizada, me subí a lo más alto de la puntiaguda roca para evitar las malas tentaciones que escuché de partirle las piernas a no se quién que hacía de guía, aunque no veía yo muchas fuerzas para tamaña venganza, a no ser que fuera por encargo a nuestras temidas sicarias.

Tras recobrar el aliento, continuamos por la pista asfaltada de la izquierda en dirección norte y al acabar de dar una amplia curva, nos salimos a la izquierda para seguir la senda que nos llevaría al Cerro del Puerco, no sin antes despedir allí a las estrellas fugaces del día.

El Cerro del Puerco (1422 m) es una zona llana y abierta, con grandes lanchares graníticos y hermosas vistas, conocido sobre todo, por haber sido uno de los lugares en los que, durante la "Batalla de La Granja", en la Guerra Civil española, se produjeron unos cortos pero brutales combates, en los que aún hoy reconocibles fortificaciones que los franquistas habían levantado en el cerro, a marchas forzadas, fueron la clave del rotundo fracaso del ejército republicano de tomar esta posición y avanzar hacia Segovia.

Contemplando el hipotético escenario de la batalla y con unas inmejorables vistas de Cabeza Grande, la Cruz de la Gallega, Matabueyes, Valsaín, la Granja e incluso Segovia, nos tomamos los ya ansiados bocadillos, regados con las agradecidas botas de vino de costumbre.

Ya solo nos quedaba bajar a La Pradera por una desdibujada senda que pasa junto a un fortín y enlaza con una pista con un par de zetas que enseguida nos plantó en el camino de la Granja a la Pradera y de allí a nuestro punto de salida, frente al bar la Pradera, que ahora se llama La Tomasa, donde celebramos con frescas cervezas la finalización de esta bonita ruta, no tan sencilla como algunos esperaban, pero que seguro será de las que no se olvidan, espero que para bien.

Por todo ello, esta bonita excursión se ha merecido 4,5 estrellas.
Paco Nieto

FOTO REPORTAJES
Foto reportaje de José María Pérez


FOTOS
Fotos de Ángel Vallés
Fotos de Antolín
Fotos de Enrique Cid
Fotos de José Luis Molero
Fotos de Julián Suela
Fotos de Paco Nieto