miércoles, 3 de diciembre de 2014

Excursión 212: Los secretos de Navalagamella

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navalagamella
Final: Navalagamella
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia:  17,5 Km
Desnivel [+]: 462 m
Desnivel [--]: 473 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: 

Ciclable: Sí
Valoración: 4
Participantes: 38

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Esta vez era Javier M. quien tenía el honor de guiar a la masa por los parajes que tan bien conoce en su pueblo adoptivo: Navalagamella. En consecuencia, Antonio, liberado de mantener el rumbo, iba disfrutando como un chiquillo, entreteniéndose cuando le apetecía; así fue como, junto a otros tres amiguetes, se quedó rezagado, encandilado por los susurros de la amazona Isabel; estos cuatro se equivocaron de camino y después tuvieron que salvar un barranco para darnos alcance junto a los restos de la ermita y campamento militar de la Guerra Civil, que conocíamos de otras ocasiones.

Mientras llegaban los despistados, el resto, relajados bajo el tibio sol otoñal, nos dedicamos a observar las labores de la cantera o, más adelante, a contemplar el panorama que se abarca desde el puesto de tiro de la guerra en el cerro del Acebuche (gracias, Paco N., por haberme desvelado el nombre).

Ya todos juntos, se tomó el aperitivo y Nicolás ofreció pacharán y bombones para rememorar su reciente estrella negra de centenario. Aquí fue donde, a decir de algunos, Jesús C. se ofreció servicial a recoger los restos de la comida en una bolsa que después entregó “amablemente” a Joaquín para que éste se sirviera transportarla.

Javier nos precipitó luego a través de un encinar que conducía a un arroyo lleno de zarzas, en el que había que localizar un paso que permitiera después cruzar la carretera de Quijorna. Lo único bueno de este tramo fue que los seteros, que antes ya se habían estrenado con unas estupendas macrolepiotas, continuaran el acopio con boletus de dudosa clasificación, así como setas ostreras y de pie azul.

Al poco llegamos al río Perales y, para quienes pateábamos sus márgenes por primera vez, comenzó lo más bonito de la excursión. El otoño presumía de su belleza tintando los árboles de la ribera y el agua surcaba el cauce del río en alegre alboroto; Antonio D., por ejemplo, se maravillaba de los colores de las cornicabras dispersas entre las encinas. Y en estas llegamos al puente del Pasadero, de origen árabe y de una sencilla y sólida factura, donde paramos unos minutos para disfrutar del lugar.

Seguimos remontando el río y alcanzamos el embalse del cerro de Alarcón, donde el agua inmutable producía un efecto apaciguador. Ya en la cola de la presa, hubo unos cuantos que se volvieron para el pueblo porque, según dijeron, tenían prisa. Los demás comimos allí mismo el bocata y como postre, unos arándanos de Juan, un chocolate de Ana Ch. y lo que quedaba del pacharán de Nicolás.

Ahora venía un tramo un tanto dificultoso pero de una hermosura increíble, con enormes rocas que había que sortear y que el río brincaba con energía, con remansos de agua verde por las algas que se rizaban al compás de la corriente, con restos de antiguos molinos en que llamaban la atención los pozos de presión como si fueran bocas a las profundidades de la tierra…

Todo era maravilloso, pero había unos cuantos que no parecían apreciarlo, quizá por estar ya saturados de tanta belleza en este mismo entorno en excursiones previas. Estos, envidiosos de lo bien que lo pasaban los otros, empezaron a ocupar la mente en ideas perversas como proponer rutas darwinianas, donde la selección natural actuara sobre los componentes del GMSMA, u otra aún más horrenda, que casi me da pánico exponer aquí: Empezar a prejubilar a los centenarios. No sé si no sería alguno de estos el que intercedió para que Vicente se arañara la cabeza con una rama y hubiera así oportunidad de estrenar el botiquín de Antolín.

En estas que llegamos a la carretera de Valdemorillo y allí mismo pillamos in fraganti a varios de los de las prisas, que acabaron confesando la verdad: Realmente habían abandonado para tomar un par de cañas. Nos despedimos de ellos otra vez y seguimos remontando el río por una senda muy bien acondicionada que permitía ir visitando nuevos restos de molinos, estos muy bien conservados. Aunque había carteles informativos por todas partes, nada como escuchar las explicaciones de Enrique C., que por algo es de ascendencia molinera.

Alcanzamos después la conducción de agua entre los embalses de Picadas y Valmayor, que sobrevuela el río Perales. Algunos intrépidos osaron caminar sobre la gigantesca tubería para finalmente posar todos en fila. Tras ello, Javier se apiadó de nosotros y abandonamos el río para encarar de frente el pueblo; costó un poco el tramo final del camino ya que acababa en una cuesta un tanto empinada.

Rematamos la jornada, como viene siendo habitual, con una jarrita de cerveza que sabe a gloria y que en esta ocasión corrió a cargo de los nuevos estrellados en este día (Ángel, ya centenario, y Fernando D., cincuentenario), además de mí mismo, que había cumplido cincuenta en la última. Como hecho curioso, indicar que mi seta del sombrero aguantó intacta todo el recorrido y estuvo sabrosísima como aperitivo de la cena.

Indica Madi que esta marcha se merece nada menos que 4 sicarias, a pesar de que algunos dijeran aburrirse, por ser lugares ya recorridos, pero nunca un lugar es el mismo, como nunca se puede bañar uno dos veces en el mismo río.
Melchor

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