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viernes, 2 de octubre de 2026

Excursión 953: De Broto al puente de los Navarros. Pirineos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Broto 
Final: Torla
Tiempo: x a x horas
Distancia: 7,8 Km 
Desnivel [+]: 240 m 
Desnivel [--]: 107 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 3,5
Participantes: 9

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Llegamos a nuestra tercera ruta por los Pirineos con muchas ganas de seguir descubriendo estos impresionantes paisajes, aunque esta vez el tiempo decidió poner a prueba nuestra capacidad de improvisación.

Éramos doce participantes, aunque finalmente tuvimos tres bajas. César regresó a Madrid, mientras que Carolina, aquejada de un fuerte resfriado, y Lucio decidieron también regresar a casa. Desde aquí les mandamos un abrazo y esperamos que se recuperaran rápidamente.

Los conductores, además, tuvieron que hacer previamente la correspondiente maniobra logística: como la ruta era lineal, llevaron los coches hasta el lugar donde terminaríamos la jornada. Todo perfectamente organizado. Bueno… perfectamente organizado hasta que apareció la lluvia. Amaneció un día lluvioso en Broto, localidad situada en el valle del mismo nombre y a orillas del río Ara, es uno de los pueblos más conocidos de esta zona del Pirineo oscense y durante siglos estuvo muy vinculado a la ganadería, la agricultura y al aprovechamiento de los recursos de montaña. La historia del valle está también relacionada con su posición fronteriza y con la antigua organización de la llamada Junta del Valle de Broto.

Pero aquella mañana la historia nos importaba bastante menos que una pregunta fundamental: ¿Hasta dónde llegaría la lluvia? Nuestro compañero Juan, que era quien llevaba la planificación de la ruta, miró el panorama y decidió que la prudencia también forma parte del montañismo. La ruta que tenía prevista quedaba aparcada y nos propuso una alternativa de aproximadamente 8 kilómetros y 272 metros de desnivel. Una decisión muy bien recibida por el grupo, especialmente por quienes ya estábamos calculando mentalmente cuánto pesaría la mochila cuando se empapara. Así que nos pusimos toda la ropa necesaria para protegernos de la lluvia y comenzamos la marcha desde nuestro hotel en Broto.

El nuevo recorrido discurría siguiendo el río Ara, uno de los grandes protagonistas de este valle. El camino nos permitió disfrutar de un paisaje de gran belleza, incluso bajo la lluvia, con abundante vegetación y numerosos ejemplares de boj (Buxus sempervirens), que es un arbusto de crecimiento muy lento, muy característico de los Pirineos. Su madera es especialmente dura, pesada y de grano muy fino, por lo que tradicionalmente se ha utilizado para fabricar cucharas y otros utensilios de cocina, mangos de herramientas, piezas de ajedrez, objetos torneados e incluso instrumentos musicales. Es decir, que mientras nosotros caminábamos mojándonos, el boj llevaba siglos trabajando tranquilamente en todo tipo de oficios.

Llegamos a Torla, una de las principales puertas de entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Su nombre se atribuye a una derivación de "Torre", en referencia a la torre defensiva que existió para defensa del valle frente a las incursiones desde territorio francés desde la época de Juan II de Aragón (siglo XV). Allí conocimos el Centro de Visitantes, donde pudimos ver un reportaje sobre el parque y conocer algo más sobre la historia y los paisajes de este espacio natural. 

Descubrimos que el actual Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido tiene ya una larga historia. Fue declarado Parque Nacional el 16 de agosto de 1918 por Alfonso XIII, con el nombre inicial de Parque Nacional del Valle de Ordesa o del río Ara. Con el paso del tiempo se amplió y pasó a incluir cuatro grandes valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. Todos ellos forman parte de un espectacular territorio dominado por el Monte Perdido, de 3.355 metros de altitud.

Durante la visita también hablamos del que probablemente sea el animal más emblemático de la historia del parque: el bucardo, una subespecie de cabra montés propia de los Pirineos. El bucardo llegó a convertirse en uno de los grandes símbolos de Ordesa, pero la presión de la caza y otros factores hicieron que su población disminuyera progresivamente. Entre los primeros visitantes extranjeros que dieron a conocer estas montañas estuvieron varios grandes como Ramond de Carbonnières, considerado uno de los grandes descubridores de los Pirineos centrales para la ciencia y el montañismo.

También pasó por Ordesa el inglés Sir Victor Brooke, conocido por sus expediciones de caza del bucardo. Y la historia terminó de la peor manera: el último ejemplar conocido, una hembra llamada Celia, murió en enero del año 2000, haciendo desaparecer definitivamente esta subespecie. Después de conocer semejante desenlace, continuamos la ruta intentando no mirar demasiado fijamente a las cabras que encontrábamos por el camino, por si alguna resultaba ser descendiente de aquella ilustre familia.

Seguimos caminando por el entorno del río Ara hasta llegar al Puente de la Glera, uno de los puntos característicos del recorrido. La lluvia había convertido el paisaje en una auténtica postal pirenaica: agua por todas partes, el río luciendo espléndido y una vegetación especialmente verde. Pasamos también por otros rincones del itinerario, siguiendo el Camino de Turieto, siempre acompañados por el río y por ese paisaje de montaña que, incluso con el cielo cubierto, hacía que la excursión mereciera la pena. Cruzamos el Barranco Duáscaro y después el río Arazas, poco antes de que éste entregue sus aguas al río Ara.

Finalmente alcanzamos el Puente de los Navarros, que en su parte central está formado por un gran arco de medio punto dovelado bajo el que discurre el río Ara, acompañado por cinco pequeñas arcadas en su parte superior a un lado y dos al otro. Lo cruzamos y por una bonita senda acompañamos al río Ara en su descenso hasta alcanzar la carretera A-135 y al poco el aparcamiento de San Antón, donde habíamos dejado parte de los coches.

De vuelta en Torla, llegó el momento que esperábamos con especial ilusión para compensar la fatiga de la ruta,  la comida. Después de una mañana pasada por agua, caminando junto al río Ara y conociendo el Centro de Visitantes, tocaba recuperar fuerzas sentados alrededor de una mesa. Por la tarde todavía nos quedaban ganas de conocer un poco más la comarca, así que nos dirigimos primero a Boltaña, una de las localidades históricas del Sobrarbe y se encuentra a orillas del río Ara.

Su casco antiguo se extiende por la ladera y conserva el encanto de los pueblos tradicionales pirenaicos, con calles estrechas, casas de piedra y rincones que recuerdan su pasado medieval. En la parte alta del pueblo se encuentran las ruinas del castillo de Boltaña, una antigua fortaleza desde la que se domina buena parte del valle. También destaca la iglesia de San Pedro, uno de los edificios más importantes del casco histórico.

Después de la mañana montañera, tocaba cambiar las botas de senderismo por el paseo turístico. Y aunque las piernas empezaban a insinuar que ya habían trabajado bastante, todavía quedaban ganas de seguir descubriendo lugares. Nuestra siguiente parada fue Aínsa, una de las localidades más bonitas y conocidas del Sobrarbe. Situada en la confluencia de los ríos Ara y Cinca, Aínsa conserva uno de los conjuntos medievales más espectaculares del Pirineo aragonés.

Paseamos por su magnífica Plaza Mayor, rodeada de casas tradicionales con soportales, y subimos hasta el conjunto formado por el castillo y la iglesia de Santa María. El casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1965, conserva a la perfección ese ambiente medieval que hace que uno espere encontrarse, al doblar cualquier esquina, con un caballero, un trovador o, como mínimo, alguien vendiendo una buena ración de migas.

También conocimos la famosa leyenda de la Cruz de Sobrarbe, según la cual una cruz luminosa apareció sobre una carrasca durante una batalla y ayudó a las tropas cristianas a conseguir la victoria. De ahí procede uno de los símbolos históricos del Sobrarbe y de Aragón.

Y así terminó nuestra tercera jornada. Lo que comenzó como una mañana gris y lluviosa, con cambio de planes incluido, terminó convirtiéndose en una jornada de lo más completa. Y todo gracias a que Juan, al ver cómo estaba el cielo, decidió guardar la ruta prevista para una ocasión más favorable y sacar de la chistera un plan B que resultó ser todo un acierto.

Porque en los Pirineos, como en la vida, no siempre se puede elegir el tiempo que hace…pero sí se puede elegir con quién mojarse. Y nosotros, afortunadamente, seguimos teniendo un magnífico grupo para hacerlo. Le otorgo un 3,5 a esta excursión.

jueves, 27 de junio de 2013

Excursión 144: Faja de las Flores

FICHA TÉCNICA
Inicio: Valle de Ordesa
Final: Valle de Ordesa
Tiempo: 11 horas
Distancia: 14 km
Desnivel [+]: 1178 m
Desnivel [--]: 1141 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5+
Participantes: 6

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


























PERFIL

 Perfil, alturas y distancias de la ruta















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
El día 27 iba a ser algo especial. Tenía que ser especial.

En el Valle de Ordesa se da una estratificación de distintas durezas (estratificación diferencial), lo que provoca que los hielos y el agua que discurren durante millones de años erosionen las paredes de su cauce con mayor o menor intensidad según el agua haya profundizado en capa más o menos dura.

Esta erosión diferencial da lugar a un aterrazamiento de las paredes del Cañón alternándose, visto de arriba a abajo, secciones verticales (estratos "blandos") con secciones en cornisa (estratos "duros"). Estas cornisas inclinadas se llaman Fajas (Faixas, en altoaragonés) y a veces permiten el trazado de senderos. En el Cañón de Ordesa hay al menos siete fajas "dotadas" de sendero practicable con mayor o menor dificultad. La de Las Flores, que no está publicitada por el Parque Nacional, puede que sea la más alucinante.

El día anterior a la salida de Madrid, la Faja de las Flores estaba impracticable. Es tan escaso el ancho de algunos tramos del sendero y tan grande el abismo, que los neveros suponen un obstáculo de alto riesgo, no sólo por la escasa posibilidad de atravesarlos con la debida protección contra caídas, sino porque la naturaleza del terreno puede hacer que un nevero ceda bajo nuestros pies. De ser así podríamos caer mil metros abajo junto con la nieve rota. Imposible.

Así que salimos de Madrid con una muy vaga esperanza de que en tres días desapareciera la nieve inoportuna.

El lunes 24 por la tarde, ya en Torla, la Compañía de Guías y el Parque Nacional nos informaron de que seguía impracticable. FRUSTRACIÓN.

El 26, tras la ruta de Ordiso - Otal volvimos a Torla con la idea de hacer mañana una ruta que no incluía la Faja de las Flores. No obstante y por quemar el último cartucho, entramos en la Compañía de Guías a preguntar por el estado de la Faja. Hoy han subido dos a intentarla, a las 8 y media o nueve tendremos noticias. Fue la respuesta. SUSPENSE.

Volvimos casi a las nueve de la tarde. La han hecho. Hay algún nevero en la bajada, no sabemos en qué condiciones. Tras un cambio de impresiones con un guía, llegamos a la conclusión de que llevando algún piolet y crampones por si hay que montar seguros, podríamos intentarlo. El intento merecerá la pena. Nervios. Alegría. ¿Miedo?. EMOCIÓN.

Efectivamente, si el día 27 tenía que ser especial era porque iba a ser especial. No había otra razón. Había un proyecto. La ruta estrella del viaje. La Faja de las Flores. Recorrido en el que se combinan el esfuerzo, el compañerismo, la aventura, el miedo, la responsabilidad, la astucia, la serenidad, la adrenalina, la confianza, la belleza, el misterio, la sorpresa, las endorfinas, la dopamina, la tensión, la luz, la luz de Ordesa, la luz de las cumbres del Marboré, otra vez el Marboré...

Once horas que se dividen en tres partes.

Lo primero, un subidón con trepada incluida de las Clavijas de Carriata, que son barras de hierro que un herrero de Torla clavó en la roca por encargo de unos cazadores ingleses a mediados del XIX dando continuidad a un sendero vertiginoso que nos asombra por su trazado, tan imposible como inteligente.

Y en el que, paso a paso, se va apreciando la dimensión vertical de Ordesa, con el Tozal del Mallo como recepcionista de lujo y con la visión lejana de una rayita negra que hiere horizontalmente la roca de la montaña de El Gallinero y que resulta ser la senda que tenemos que alcanzar cuando superemos 1.100 metros de desnivel.

A continuación, tras cuatro horas de subida, llegados a esa rayita negra, comienza el recorrido casi horizontal de la Faja con unos tramos de un ancho que parece imposible...hasta que al echar a caminar, comprobamos que la caída no es tan probable, cosa que tranquiliza y permite disfrutar como pocas veces de un recorrido pirenaico.

Se puede decir, sin temor a exagerar, que la Faja de las Flores es de lo más sorprendente, inolvidable y bello que puede uno encontrarse en el Pirineo. Hay más cosas, claro, pero hoy toca esto.

El recorrido de la Faja propiamente dicho, apenas llega a los 4 kilómetros. En pura teoría se podría hacer en una hora.

Tardamos dos horas y media. Se tarda dos horas y media. Hacerla en menos tiempo es perder el tiempo. Porque lo que aquí arriba apetece es que el tiempo se pare, que no haya prisa para contemplar el río Arazas desde lo alto, distinguir las cascadas de Arripas y del Estrecho, el discurrir de la Faja de Pelay en la ladera opuesta, el abismo que nos enseña lo que es un abismo, las cumbres que nos separan de (nos unen a) las tierras de Gavarnie, el Monte Perdido y sus dos hermanas, la Peña de Otal que ayer nos vio bajo sus faldas o el Circo Glaciar de Cotatuero que lleva sus aguas de salto en salto hacia el Barranco donde habita el suspense, las Clavijas de Cotatuero, con el vacío a nuestros pies...Pero el tiempo no se detiene y las nubes amenazan.

Después de una rápida comida, terminamos el recorrido de la Faja por una zona en la que debería haber infinidad de edelweiss, pero no. Las que había estaban quemadas, marchitas. Las nieves persistentes, que casi nos privan de este recorrido, nos han privado de la contemplación de esta mítica flor.

Terminado el recorrido de la Faja viene una bajada bestial hacia las aguas del Barranco de Cotatuero. Un tanto temerosos por el nevero que nos comentó el guía de Torla, emprendemos la bajada. Afortunadamente, podemos eludir tanto el nevero como el puente de nieve que vemos más abajo. Menos mal.

A las tres de la tarde de un día soleado como hoy (las nubes cedieron a nuestros deseos), cruzar un puente de nieve puede ser un tanto arriesgado. Y un día como hoy no podía pasar nada. No podía fallar nada. Iba a ser un día especial. Tenía que ser un día especial.

Alcanzamos las aguas de Cotatuero. Un lugar idílico, con hierba, poza, cascada y paisaje que nos sirve para detenernos a ponernos los arneses y los anclajes de seguridad.

Dedicamos unos minutos a tomar conciencia de cómo es lo que viene ahora. Las Clavijas de Cotatuero. Un paso que no es difícil, pero en el que una caída puede ser mortal, o sea, que está prohibido caerse. Y como está prohibido y no puede fallar nada (tiene que ser un día especial, va a ser un día especial) nos equipamos con el material y el conocimiento suficientes y...adelante.

Joaquín, Antonio, Ángel, Javier, Juan y José Luis, en este orden, acometemos la pequeña aventura. Concentración, tranquilidad, sensación certera de seguridad, confianza en uno mismo y en el de al lado son los componentes de un cóctel que se bebe a sorbos. Un pie en una clavija, una mano en otra, aquí un mosquetón, sigue, pasa, voy.

Un pie en una clavija, una mano en otra, mosquetón...un sorbo...un pie, una mano...un sorbo. Una foto, otra. Mírame. Joder, qué emoción.

Ya está. Lo hemos hecho. Cascos fuera, guardemos arneses, nos queda terminar de pasear barranco abajo con los pies, ahora sí, en el suelo.

Llegados al puente de Cotatuero nos detenemos a contemplar la cascada allá arriba y a adivinar por dónde están las clavijas. Esos hierros que vimos hace días en un vídeo y que durante unas noches, si no nos han quitado el sueño, nos han provocado alguna inquietud posiblemente más apropiada en otras edades. Es lo que tiene estar vivo.

La última parte es la cerveza. Fue especial.
Juan

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