* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
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RESUMEN
Con una mañana estupenda para caminar, 21 senderomagos nos reunimos en la Ermita de Hontanares para hacer una excursión corta, fácil y muy resultona, de esas que parecen modestas sobre el papel, pero que luego dejan una jornada completísima: algo más de diez kilómetros, poco desnivel y una mezcla muy agradecida de monte, pueblo, agua y miradores.
Empezar junto a la ermita ya era, de por sí, un acierto. El templo actual se levantó en 1606 en la ladera del Cerro Merino, sobre el recuerdo de la antigua aldea de Hontanares, y sigue siendo hoy uno de esos lugares con poso, muy vinculados a la devoción popular y a las romerías de la zona.
Aunque el punto de encuentro era la Ermita de Hontanares, fuimos en algunos coches hasta el aparcamiento cercano al mirador de Piedras Llanas y así nos evitamos la subida. También pudimos aparcar fácilmente aquí y ahorrarnos 2,2 Km de ida y vuelta. Y muy cerca, además, se encuentra el mirador, situado a 1.440 metros de altitud, con unas vistas amplísimas sobre la llanura segoviana y los límites con varias provincias. Aquí nos hicimos la foto de grupo.
Tiene una placa descriptiva que es muy novedosa pero difícil de leer (y menos de fotografiar).
Una vez que bajamos del mirador pasamos por una abertura de la valla y comenzamos una agradable andadura entre la vegetación.
Tras recrearnos con el paisaje, nos internamos en el robledal y fuimos perdiendo altura por pistas y desvíos cómodos hasta alcanzar los Prados del Espinar. Ese primer tramo tuvo que ser de los que se disfrutan sin esfuerzo, con el grupo todavía fresco, el monte verde y el camino invitando a charlar mientras se avanza sin prisas.
Terminado el robledal y la cuesta afrontamos esta pista de tierra. La alta temperatura era más propia de verano que de fin de primavera.
Empezamos la bajada, empinada a veces, hasta que nos topamos con un cortafuego donde otro indicador nos dice la dirección del pueblo (a la derecha). Todo el recorrido de ida hasta él está perfectamente indicado con postes y carteles muy bien conservados, así que nos sobrará el track si queremos.
La llegada a Martín Muñoz de Ayllón, un pueblo con sólo siete vecinos censados, pondría el contrapunto humano y arquitectónico a la ruta. Es uno de esos pueblos de la sierra segoviana en los que los colores de la tierra parecen haberse quedado pegados a las casas: rojizos, negros y amarillos, mezclados en muros y tejados, lo que le da una personalidad muy marcada y muy agradable de pasear.
Allí estaba además la iglesia de San Martín, del siglo XII, que aparece como uno de los hitos del recorrido y que daría a la excursión ese punto de paseo con alma de pueblo, del que es su patrono. Ha sido reconstruida recientemente gracias al esfuerzo de sus vecinos (los censados y los veraneantes).
Siguiendo pues las indicaciones llegamos a la iglesia sin pasar por el pueblo, y aquí tomamos un desvío a la derecha (señalado con un cartel que indica a “La Chorrera de Pico Jarro”) y empezaremos un descenso por prados y robledal. Al cabo de unos seiscientos metros llegamos a un tosco puente de madera que salva el arroyo del Espinar.
Remontamos la ladera y llegamos a un punto donde se esperaba algún problema por el cruce de un riachuelo, pero apenas era un hilillo de agua y el resto iba medio enterrado.
Seguimos el camino por una pradera (El Maillar) que depara unas vistas preciosas, y llegamos hasta un caudaloso arroyo que es tributario del que forma la cascada unos metros más abajo; recorremos unos metros la orilla y a la altura de un cartel donde pone “La Chorrera” vimos un vado que, con un salto y algo de precaución, nos deja en el otro lado por donde ya casi inmediatamente divisaremos la cascada, estaba impresionante por el gran caudal del arroyo. Si queremos podremos trepar por su lado derecho para verla desde arriba.
Y hubo también tiempo para dejar constancia del buen ánimo del grupo con un selfie de Ricardo y Luis en la Chorrera de Pico Jarro, sonrientes y bien plantados delante de la caída del agua, como si el estruendo de la chorrera pusiera música al momento. Es una de esas fotos que resumen muy bien la excursión: paisaje bonito, agua viva y caras de estar disfrutando de verdad
El regreso fue a través del barbecho (muy incómodo) y luego por la misma pista que la ida, pero con el aliciente que era cuesta arriba.
La vuelta hacia Hontanares, ya con el trabajo hecho y la excursión bien saboreada, seguramente se hizo de lo más agradable.
En rutas así suele pasar que, cuando uno regresa, ya no mira solo el paisaje: mira también con más calma los árboles, los prados, los arroyos y hasta las conversaciones del grupo, que a esas alturas ya van tan sueltas como las piernas.
Terminamos llegando a donde habíamos dejado los coches. Ricardo F. llegó arriba después de más de 10 km. de caminata y decidió bajar andando hasta la ermita.
Ahora nos correspondía comida en el restaurante Mala Pata en el camping de Riaza.
En conjunto, una excursión muy bonita, amable y completa, con ese equilibrio tan difícil entre patrimonio, paisaje, pueblo serrano, agua y caminos cómodos. De las que no agotan, pero sí reconcilian con el miércoles y dejan con ganas de volver por la Sierra de Ayllón con más calma.
Yo a esta le pondría 4 sacarías.
Ricardo Tardón
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