miércoles, 28 de mayo de 2025

Excursión 852: De Ermita de Hontanares a Martín Muñoz de Ayllón y vuelta

FICHA TÉCNICA
Inicio: Ermita de Hontanares 
Final: 
Ermita de Hontanares
Tiempo: 2 a 3 horas
Distancia: 10,4 Km 
Desnivel [+]: 313 m 
Desnivel [--]: 313 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 21

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* Mapas de localización y 3D de la ruta



















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* Perfil, alturas y distancias de la ruta













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RESUMEN
Con una mañana estupenda para caminar, 21 senderomagos nos reunimos en la Ermita de Hontanares para hacer una excursión corta, fácil y muy resultona, de esas que parecen modestas sobre el papel, pero que luego dejan una jornada completísima: algo más de diez kilómetros, poco desnivel y una mezcla muy agradecida de monte, pueblo, agua y miradores.

Empezar junto a la ermita ya era, de por sí, un acierto. El templo actual se levantó en 1606 en la ladera del Cerro Merino, sobre el recuerdo de la antigua aldea de Hontanares, y sigue siendo hoy uno de esos lugares con poso, muy vinculados a la devoción popular y a las romerías de la zona.

Aunque el punto de encuentro era la Ermita de Hontanares, fuimos en algunos coches hasta el aparcamiento cercano al mirador de Piedras Llanas y así nos evitamos la subida. También pudimos aparcar fácilmente aquí y ahorrarnos 2,2 Km de ida y vuelta. Y muy cerca, además, se encuentra el mirador, situado a 1.440 metros de altitud, con unas vistas amplísimas sobre la llanura segoviana y los límites con varias provincias. Aquí nos hicimos la foto de grupo.

Tiene una placa descriptiva que es muy novedosa pero difícil de leer (y menos de fotografiar).

Una vez que bajamos del mirador pasamos por una abertura de la valla y comenzamos una agradable andadura entre la vegetación.

Tras recrearnos con el paisaje, nos internamos en el robledal y fuimos perdiendo altura por pistas y desvíos cómodos hasta alcanzar los Prados del Espinar. Ese primer tramo tuvo que ser de los que se disfrutan sin esfuerzo, con el grupo todavía fresco, el monte verde y el camino invitando a charlar mientras se avanza sin prisas.

Terminado el robledal y la cuesta afrontamos esta pista de tierra. La alta temperatura era más propia de verano que de fin de primavera.

Empezamos la bajada, empinada a veces, hasta que nos topamos con un cortafuego donde otro indicador nos dice la dirección del pueblo (a la derecha). Todo el recorrido de ida hasta él está perfectamente indicado con postes y carteles muy bien conservados, así que nos sobrará el track si queremos.

La llegada a Martín Muñoz de Ayllón, un pueblo con sólo siete vecinos censados, pondría el contrapunto humano y arquitectónico a la ruta. Es uno de esos pueblos de la sierra segoviana en los que los colores de la tierra parecen haberse quedado pegados a las casas: rojizos, negros y amarillos, mezclados en muros y tejados, lo que le da una personalidad muy marcada y muy agradable de pasear.

Allí estaba además la iglesia de San Martín, del siglo XII, que aparece como uno de los hitos del recorrido y que daría a la excursión ese punto de paseo con alma de pueblo, del que es su patrono. Ha sido reconstruida recientemente gracias al esfuerzo de sus vecinos (los censados y los veraneantes).

Siguiendo pues las indicaciones llegamos a la iglesia sin pasar por el pueblo, y aquí tomamos un desvío a la derecha (señalado con un cartel que indica a “La Chorrera de Pico Jarro”) y empezaremos un descenso por prados y robledal. Al cabo de unos seiscientos metros llegamos a un tosco puente de madera que salva el arroyo del Espinar.

Remontamos la ladera y llegamos a un punto donde se esperaba algún problema por el cruce de un riachuelo, pero apenas era un hilillo de agua y el resto iba medio enterrado. 

Seguimos el camino por una pradera (El Maillar) que depara unas vistas preciosas, y llegamos hasta un caudaloso arroyo que es tributario del que forma la cascada unos metros más abajo; recorremos unos metros la orilla y a la altura de un cartel donde pone “La Chorrera” vimos un vado que, con un salto y algo de precaución, nos deja en el otro lado por donde ya casi inmediatamente divisaremos la cascada, estaba impresionante por el gran caudal del arroyo. Si queremos podremos trepar por su lado derecho para verla desde arriba.

Y hubo también tiempo para dejar constancia del buen ánimo del grupo con un selfie de Ricardo y Luis en la Chorrera de Pico Jarro, sonrientes y bien plantados delante de la caída del agua, como si el estruendo de la chorrera pusiera música al momento. Es una de esas fotos que resumen muy bien la excursión: paisaje bonito, agua viva y caras de estar disfrutando de verdad 

El regreso fue a través del barbecho (muy incómodo) y luego por la misma pista que la ida, pero con el aliciente que era cuesta arriba.

La vuelta hacia Hontanares, ya con el trabajo hecho y la excursión bien saboreada, seguramente se hizo de lo más agradable.

En rutas así suele pasar que, cuando uno regresa, ya no mira solo el paisaje: mira también con más calma los árboles, los prados, los arroyos y hasta las conversaciones del grupo, que a esas alturas ya van tan sueltas como las piernas.

Terminamos llegando a donde habíamos dejado los coches. Ricardo F. llegó arriba después de más de 10 km. de caminata y decidió bajar andando hasta la ermita.

Ahora nos correspondía comida en el restaurante Mala Pata en el camping de Riaza.

En conjunto, una excursión muy bonita, amable y completa, con ese equilibrio tan difícil entre patrimonio, paisaje, pueblo serrano, agua y caminos cómodos. De las que no agotan, pero sí reconcilian con el miércoles y dejan con ganas de volver por la Sierra de Ayllón con más calma.

Yo a esta le pondría 4 sacarías.
Ricardo Tardón

miércoles, 21 de mayo de 2025

Excursión 851: Refugio del Palancar desde Rascafría

FICHA TÉCNICA
Inicio: Rascafría 
Final: Rascafría
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 13,1 Km 
Desnivel [+]: 388 m 
Desnivel [--]: 388 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4,5
Participantes: 22

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RESUMEN
La cita nos reunió en el valle del Lozoya, corazón del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

En Rascafría, fuimos aparcando nuestros coches junto al arroyo Artiñuelo, y poco a poco, los 22 senderistas fuimos formando grupo. Cruzamos el río Lozoya y tomamos el camino que bordea la finca de El Robledo, puerta de entrada a la aventura.

Pronto nos vimos inmersos en el espectacular robledal de Horcajuelos, un bosque soberbio de roble melojo o rebollo (Quercus pyrenaica), árbol tan castizo como noble.

Sus hojas aún tiernas, el sotobosque florecido y el sendero tachonado de violetas, orquídeas y narcisos de montaña nos envolvían en un festín de colores. El aire, limpio y templado, traía aromas de jara y tierra húmeda, mientras la luz jugaba entre claros y sombras, regalándonos un paisaje en movimiento.

La primera parada fue ante la Sabina del Chorrillo, un árbol solitario y resistente, que parecía custodiar los secretos del tiempo. Su porte sereno y sus ramas retorcidas nos invitaron al silencio y la contemplación.

Nuestro habitual ángelus “brunch” transcurrió bajo la compañía amable de los robles y las flores primaverales. Carolina nos agasajó con dulce de membrillo y Marcos con chocolates, un festín sencillo pero memorable.

Continuamos hasta el Rebollo del Palancar, árbol singular donde inmortalizamos la jornada con la foto de grupo, con la sierra desplegando su grandeza al fondo.

Más adelante alcanzamos el refugio del Palancar —cerrado en estas fechas—, junto a la carretera M-611. Allí cambiamos el rumbo: de sureste a suroeste, hacia el Alto del Robledillo.

El camino, flanqueado por masas arboladas a nuestra derecha, se animaba con manchas amarillas de retamas y con el estallido floral de los claros, mientras los picos nevados enmarcaban la escena.

En el Alto del Robledillo, las vistas eran soberbias: el valle del Lozoya se extendía a nuestros pies, con el monasterio de El Paular como joya central, arropado por las alturas de Peñalara y la Cuerda Larga, aún manchadas de nieve.

El contraste entre cumbres blancas y valle verde fue uno de esos instantes que quedan grabados en la memoria. Allí mismo charlamos un rato con la vigilante de incendios en su atalaya solitaria.

Comenzó después el descenso hacia el arroyo Aguilón, que baja impetuoso desde las preciosas cascadas del Purgatorio.

A su orilla dimos buena cuenta de nuestros bocadillos, acompañados por el rumor potente del agua. Algunos, valientes, se atrevieron a refrescar los pies en su corriente fría y viva.

Repuestas las fuerzas, seguimos hasta las Presillas, animadas ese día por un grupo de estudiantes bulliciosos. El restaurante, donde en otras ocasiones habíamos disfrutado de cerveza fresca, estaba en obras: restauraban su tejado.

Cerca ya del monasterio de El Paular, Carlos nos ilustró con la historia del antiguo batán hidráulico que los monjes cartujos empleaban para fabricar papel.

Trapos de lino, cáñamo, algodón o esparto se transformaban, tras el batido, la pulpa obtenida se colocaba en moldes para obtener hojas de papel de gran calidad.

Aunque no hay certeza absoluta, se sabe que el papel de El Paular nutrió muchas imprentas de Madrid y Alcalá de Henares, y que muy probablemente algunos pliegos acabaron en la primera edición del Quijote en 1604 (aunque lleva fecha de 1605), salida del taller de Juan de la Cuesta, situado en Madrid, en la calle Atocha, número 87.

La última parte del recorrido fue como entrar en un mar de tranquilidad: el Bosque Finlandés, con su cabaña de madera, su embarcadero solitario y el agua del Lozoya reflejando la magia del entorno. Todo respiraba un aire de cuento, difícil de abandonar.

Regresados a Rascafría con las piernas cansadas pero el espíritu rebosante de primavera.

La jornada culminó en el obrador de chocolate San Lázaro, a donde Marcos nos guio en la degustación de nuevas delicias y tentadoras compras.

En definitiva, una jornada espléndida: unos 13 kilómetros y 400 metros de desnivel en la mejor de las compañías. Valoración final: 4,5 sicarias.
Ángel R. Otero

miércoles, 14 de mayo de 2025

Excursión 850: Embalse del Villar desde Manjirón

FICHA TÉCNICA
Inicio: Manjirón 
Final: Manjirón 
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 11,8 Km 
Desnivel [+]: 160 m 
Desnivel [--]: 160 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 4
Participantes: 12

MAPAS 
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RESUMEN
Con una mañana de mayo magnífica para caminar, 12 senderomagos nos dimos cita en Manjirón para realizar esta ruta circular, corta en kilómetros pero muy agradecida, de unos 12 kilómetros y escaso desnivel, de esas que permiten ir disfrutando del paisaje, de la conversación y de cada rincón sin prisas.

Salimos de Manjirón, pueblo serrano hoy sede del Ayuntamiento de Puentes Viejas, y cuyo nombre, según algunas crónicas locales, podría aludir al “buen agua” de su Fuente Vieja. Así que empezar junto a la fuente tenía su gracia y hasta cierto sentido simbólico, porque el agua iba a ser la gran protagonista de toda la jornada.

Tras dejar atrás el pueblo, fuimos avanzando entre desvíos y caminos cómodos hacia El Carrascal, en un terreno amable que invitaba a caminar en pequeños corrillos.

Poco después apareció el arroyo de los Espineres, que nos fue anunciando que el embalse estaba ya cerca. Y enseguida surgió ante nosotros el embalse del Villar, siempre vistoso, poniendo ese contraste tan bonito entre el monte, el matorral y la lámina de agua.

Además del agua y de la historia de la presa, la ruta nos fue dejando pequeños guiños del terreno. Entre la hierba apareció uno de esos viejos “genaros”, el muñeco azul que durante tantos tramos va marcando el camino y que se ha convertido casi en un símbolo senderista de toda la zona. Y junto al sendero lucía también la jara pringosa, con sus flores blancas de centro amarillo y manchas color vino en los pétalos, poniendo ese toque de primavera serrana que siempre alegra la marcha.

Uno de los momentos más interesantes de la excursión llegó, sin duda, en la Presa de El Villar. No es una presa cualquiera: sus obras terminaron en 1882 y, con sus 50 metros de altura y 107 de coronación, fue entonces la presa más alta de España y una de las más avanzadas de Europa.

Viéndola allí, tan sobria y tan elegante, se entiende perfectamente que siga siendo una de esas obras hidráulicas que impresionan no solo por lo que son, sino por lo que significaron.

Otro rincón con mucho encanto fue uno de esos pequeños puentes de piedra que aparecen casi sin avisar entre la vegetación, humilde pero lleno de carácter, como tantas obras antiguas del camino. Nos subimos allí para hacernos la foto de grupo, con cuidado y entre bromas, y por un momento el puente pareció cumplir de nuevo su misión: no solo la de ayudar a pasar, sino también la de reunir caminantes. Entre jaras, musgo y piedra vieja, fue uno de esos detalles que terminan dando alma a la excursión.

Desde la presa continuamos la vuelta cruzando el entorno de la M-127 para tomar después el Cordel de Manjirón a Torrelaguna, pasando por parajes con nombres tan sugerentes como Prado de las Monjas y El Gamonal.

Son de esos topónimos que ya por sí solos le dan carácter a la ruta y que hacen que uno vaya imaginando historias antiguas mientras camina. La Terraza del Barral puso ya el broche a la parte final antes de regresar a Manjirón.


En conjunto, una excursión muy agradable, de dificultad baja, con el atractivo del agua casi siempre presente, la elegante silueta de la Presa del Villar, los viejos cordeles y hasta el saludo silencioso del Genaro entre la hierba, recordándonos que por estos montes caminar también es ir leyendo señales, paisaje e historia.

De las que no cansan, pero sí dejan muy buen sabor de boca. Y como no podía ser de otra manera, al final se redondeó con las habituales risas, comentarios de ruta y alguna cerveza bien ganada.

Yo, a esta le pondría 4 sicarias.
Sol González

Excursión 849: Reserva Natural del Zíngaro. Sicilia

FICHA TÉCNICA
Inicio: Reserva Natural del Zíngaro
Final: Reserva Natural del Zíngaro
Tiempo: 1 a 2 horas
Distancia: 5,5 Km 
Desnivel [+]: 179 m 
Desnivel [--]: 179 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 0+16

MAPAS 
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PERFIL
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RESUMEN
Un poco de historia para situarnos
La Reserva Natural dello Zingaro, en el noroeste de Sicilia, es uno de esos lugares que existen porque la gente dijo “¡hasta aquí!”. En 1980, cuando se proyectó abrir una carretera que atravesaría todo el litoral, asociaciones, vecinos y amantes de la naturaleza se movilizaron para evitarlo. Gracias a aquella protesta —recordada como “la marcha dello Zingaro”— nació, en 1981, la primera reserva natural oficial de Sicilia.

Hoy es un paraíso costero sin asfalto, con senderos que serpentean entre montañas calizas, barrancos secos y calas de agua transparente en las que es imposible no quedarse embobado.

El entorno: roca, sol y vida mediterránea
La zona es pura geología mediterránea: relieves abruptos de calizas mesozoicas, modeladas por la erosión durante millones y millones de años.

Un terreno seco que se ilumina como un horno cuando el sol aprieta (y vaya si apretaba ese día).

La vegetación es la clásica superviviente del clima siciliano: palmito enano (la única palmera europea), lentisco, jara, romero, euforbias, y algún que otro algarrobo que parece colocado estratégicamente para dar sombra (pero casi nunca da la suficiente).

¡Y pensar que el otro grupo no pudo hacer esta excursión unos días antes porque cayó una tromba de agua! La primavera es así …

La excursión
Aquel 22 de mayo, dentro del viaje por Sicilia y las tierras de volcanes, habíamos pasado la mañana disfrutando de la visita a Monreale, donde su impresionante Duomo nos dejó con la boca abierta.

Ese interior dorado, cubierto de mosaicos bizantinos que brillan como si tuvieran luz propia, parecía sacado de otro mundo.

Cerca del mediodía nos plantamos en la entrada sur de la reserva con toda la energía senderista que caracteriza al GMSMA… y ya con un calorcito que hacía presagiar una buena insolación.

Nos acompañaba David, el guía-amigo de confianza, de esos que ya saben cómo caminamos, cuánto apretamos el paso y cuándo conviene aflojar. Y por eso, decidió no hacer el recorrido entero hasta la entrada Norte (que era el plan inicialmente previsto) sino ir hasta una cala a mitad de camino, disfrutar de un buen baño y volver al punto de inicio.

Con él echamos a andar por el sendero costero, que discurre en altura por la costa, y que gracias a una ligera brisa disfrutamos mejor de las calurosas expectativas.

Primera parada: la primera cala
A los pocos kilómetros llegó la tentación: la primera cala, Cala Della Disa, con su agua azul casi de mentira. Y claro, el sol pegando, cansados de toda la mañana, con hambre… algunos compañeros del grupo dijeron:

“Mira, nosotros nos quedamos aquí mismo, que esto es el paraíso y el paraíso no se abandona”. Sensato, muy sensato.

El tramo hacia la segunda cala (Cala Berretta)
El resto continuamos la ruta. El sendero es precioso, y más en este final de primavera siciliano donde aún conserva un paisaje verde que en breve se irá agostando. Pasamos entre manchas de matorral mediterráneo y miradores donde la costa se veía casi vertical, con esas paredes calizas cayendo al mar.

Entre risas, fotos, comentarios sobre el calor y algún “¿queda mucho para el baño?”, llegamos a la segunda cala.

El premio: baño, comida y relax
Allí sí que no hubo dudas: mochilas al suelo, chapuzón inmediato.

El agua estaba cristalina, de ese color turquesa que parece retocado con Photoshop, pero no: Sicilia es así de exagerada.

Comimos a la sombra de las rocas y disfrutamos un buen rato del lugar antes de emprender la vuelta.

El regreso
Tras el almuerzo y con la piel ya fresquita del baño, tocó rehacer el camino. El sol seguía igual de generoso, pero el ánimo venía renovado. Paso a paso volvimos a la entrada, donde nos esperaba el autobús para seguir la aventura siciliana.

El día aún nos esperaba a algunos una grata sorpresa: Logramos llegar in extremis al Teatro Massimo a disfrutar de una maravillosa Ópera (Salomé) .

Un día para no olvidar !

Cierre
La excursión por la Reserva dello Zingaro fue una de esas jornadas que quedan grabadas no solo por el paisaje, sino por el ambiente del grupo: calor, amigos, mar cristalino, senderos entre calizas y la satisfacción simple y maravillosa de caminar juntos un rincón natural, que existe gracias a quienes lo defendieron. La puntúo con un 5.
Ana López

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