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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Excursión 949: Del Puerto de Navafría a Pinilla del Valle

FICHA TÉCNICA
Inicio: Puerto de Navafría 
Final: Pinilla del Valle
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 11,1 Km 
Desnivel [+]: 53 m 
Desnivel [--]: 728 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 12

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Bueno, bueno, bueno, ¿Y esto que es? Es miércoles, pero no es un miércoles cualquiera. Una parte muy numerosa de senderomagos estaban en Portugal, Carlos M. les guiaría siguiendo una parte del camino de Santiago. Paco (nuestro querido bloguero) y Viky estaban por tierras andaluzas. ¿Y los demás nos quedamos sin ruta?. ¡No puede ser!. Para complacernos Antonio encargó a Carlos R hacer un plan alternativo.

Y como no era “un miércoles cualquiera” la excursión sería lineal, casi exclusivamente con desnivel negativo. El inicio sería el Puerto de Navafría y se bajaría hasta Pinilla del Valle. El punto de encuentro se fijó en esta localidad, pero hubo una pequeña confusión, que rápidamente Carlos lo arregló y nos reagrupo en la antigua fragua. Había que organizar los coches, unos se quedaron en este pueblo y en otros subiríamos hasta el Puerto de Navafría. Allí ya nos esperaban Celia y Rosana que venían directamente de la vertiente segoviana.

Desde este pequeño puerto, el GMSMA ha subido al Pico del Nevero desde las Lagunillas (excursiones 066, 097, 411, 513, 786), al Pico del Nevero en ruta nocturna con luna llena (309), al Cerro de Picardeñas (711), La Horizontal (534), El Chorro de Navafría (141, 360), Reajo Alto (230). La 097 fue peculiar y la más larga, bajaron desde el Puerto de Navafría a Rascafría.

El Puerto de Navafría se encuentra en los Montes Carpetanos, dentro del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Es el límite entre la Comunidad de Madrid y la provincia de Segovia. Y bajo la cartel informativo de Comunidad de Castilla León, provincia de Segovia posaron muy orgullosos los 3 segovianos del grupo. Siempre que tienen oportunidad revindican que estas tierras pertenecían a la histórica Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia.

En 1833, el secretario de Estado de Fomento, Javier de Burgos, impulsó una histórica reforma administrativa que dividió el territorio español en 49 provincias y sentó las bases del mapa provincial actual de España, se rediseñaron nuevos límites geográficos, y los segovianos perdieron todos sus “sexmos” del sur, esto provocó un impacto económico catastrófico, paso de ser una de las potencias de la Corona de Castilla, en los siglos previos, a convertirse a mediados del siglo XIX en una de las regiones mas empobrecidas del país.

Salimos del puerto y nos dirigimos por una pequeña senda hacia el aparcamiento de las Lagunillas. Al poco pasamos por una valla, y nos dirigimos hacia un reloj de sol. Se inauguró el 25 de junio del 2014 para conmemorar el primer aniversario de la declaración del Parque Nacional de la Sierra del Guadarrama. Esta construido en granito sobre una base de arena, tiene una banda central, con los solsticios marcados en los extremos y con los zodiacos grabados en negro.

Es un reloj humano o analemático (¡vaya nombrecito!), el observador actúa como indicador colocándose sobre la fecha correspondiente en el suelo, su propia sombra proyectada sobre los bloques de piedra marca la hora solar exacta (más o menos). Inmediatamente Ángel y Julián se ofrecen para comprobar la exactitud del mismo. Imágenes muy graciosas, se ponen los palos por encima de la cabeza para aumentar la sombra. En el parque del Guadarrama hay otros dos relojes de estas características, el dedicado a Camilo José Cela en la pradera de Navarrulaque y el de Federico García Lorca en el mirador de La Gitana del Puerto de Cotos.

Por una senda muy cómoda nos dirigimos hacia el área recreativa El Mirador, donde esta permitido estacionar autocaravanas, aunque esta prohibido acampar. Es una gran explanada rodeada de arbolado, hay una fuente estupenda con un caño desde donde brota bastante agua muy fresquita, muy cerca se encuentra un pilón donde esta prohibido utilizar detergentes. Las vistas desde aquí son estupendas. Parece mentira que con todas las rutas que se han realizado el GMSMA nunca había visitado estado aquí, a Carlos R. le encanta y le llena de gozo enseñar lugares inéditos.

Nuestro próximo objetivo era el antiguo vivero de Cebedilla. Por cierto, otro lugar que era una primicia para el grupo, otro gozo para Carlos.

Desde el siglo XVI existían ordenanzas para la conservación de los montes. Durante el siglo XIX influyeron varios factores negativos para que se produjese una grave deforestación. Durante décadas hubo una sobreexplotación de maderas, pastoreo, y montes públicos pasaron a manos privadas que talaron rápidamente el arbolado.

Por iniciativa estatal y privada se comenzó a restaurar la masa forestal. En 1848 se creo la primera Escuela de Montes y 18 de octubre de 1853 el Cuerpo de Ingenieros de Montes de la administración. El fin principal de la reforestación no era solo ornamental o maderero, sino proteger el suelo de la erosión y regular la calidad y cantidad del caudal hídrico del río Lozoya, vital para el suministro de agua a Madrid.

Se crearon viveros para el cultivo árboles para la repoblación de la sierra de Guadarrama. Por su rápido crecimiento y su capacidad para asentarse en suelos degradados se eligieron coníferas autóctonas, fundamentalmente, pino silvestre (Pinus sylvestris). Pero este monocultivo provocó la falta de diversidad original. Actualmente hay iniciativas para repoblar con hayas, roble albar, acebos, sabina , mostajos. Es muy importante tener en cuenta el cambio climático, y en el futuro habrá que elegir especies resistente al calor y a la sequia.

El vivero de la Cebedilla también sirvió para experimentar con otras especies de coníferas alóctonas o exóticas, curiosamente éstas se adaptaron muy bien, teniendo un crecimiento muy importante. Algunos ejemplares se incluyeron oficialmente en el catálogo de árboles singulares de la comunidad de Madrid en el año 2015, entre ellos se encuentran:

· Abeto Rojo o Picea de Noruega (Picea abies) A.S. Nº107 y 108
· Pino de Lord Weymouth (Pinus strobus). Algunos nativos americanos era el árbol de la Paz .A.S. Nº141
· Ciprés de Lawson (chamaecyparis lawsoiana) . A.S. Nº53 o cedro de Oregón
· Abeto de Douglas o pinos de Oregón (Pseudotsuga menziesii) I, II y III. A.S. Nº178, 179 y 180.

Aprovechamos la sombra de este lugar peculiar, para la paradita del “el ángelus” y la foto de grupo. 

Reiniciamos el camino por una amplia pista y observamos que fuera del vivero también crecieron esas coníferas peculiares. Pasamos por el cauce de algunos arroyos, pero estaban casi secos.

Cualquier momento es bueno para que Carlos nos interrogue sobre los montes o cerros que vamos viendo, se lo conoce todo.

· ¿Cómo que no te lo sabes como se llama? Pues es el Cerro de la Cruz y allí subió el GMSMA (892);

· Y ¿aquel otro? Ese si que me lo se, es la Cachiporrilla (GMSMA 218, y 780).

Hubo un momento que junto a Juan nos dan una buena lección geográfica. Nos hablaron de los hoyos glaciares del valle: Pinilla (bajo el Pico del Nevero), Porrinoso, (bajo el alto del mismo nombre), Cerrado (bajo el Alto de los Pelados), Borrascoso…. Se sabían el nombre de todos los arroyos y donde nacían. Es difícil quedarse con tanto detalle, y más a esta edad en que las neuronas casi no retienen.

Seguimos caminando y entramos en una zona con predominio de robles. Empieza a hacer calor. Los que iban por delante tuvieron la suerte de ver a dos jabatos y un poquito después a una madre y su cría. No podía faltar la búsqueda de fuentes, y algunos bebieron en la del abrevadero Reajo Milanes. Antes habíamos pasado por la fuente de la Cebedilla, relativamente cerca del vivero.

En una curva de la pista había un roble precioso, muy frondoso, con un buen tronco. Nuestro amigo Ángel no pudo resistirse a la tentación y allá que se subió. ¡menuda agilidad que tiene!.

Campo a través acortamos la pista. Había muchos robles y muchas bellotas en el suelo. Leonor nos contó un chascarrillo muy gracioso “Eres más de pueblo que las bellotas, que nacen con boina”

Llegó el momento de la comida y cada uno buscó la mejor sombra. Pero hacía mucho calor. Como viene siendo costumbre, Juan nos deleito con un caramelo de café. Salimos a campo abierto. Sin una sombra. Era duro. Pero a cambio había una buena panorámica del valle. Vemos el embalse de Pinilla, la Cachiporrilla, el Espartal, los Altos de Hontanares, Peñalara, el Puerto de Nevero… 

Rosana dice aquel es el Puerto del Reventón, donde subiéremos en unas semanas, Carlos dice “ que no, que estas confundida”, los dos quieren llevar la razón, Carlos saca su aplicación que identifica cumbres y al final le tiene que dar la razón a Rosana. Es un momento gracioso y único, por fin Carlos no acierta, es la primera vez. Próximo al embalse de Pinilla, se encuentra el interesante yacimiento del Valle de los Neandertales, con hallazgos que datan desde el último tercio del Pleistoceno Medio hasta mediados del Pleistoceno Superior. También el grupo ha pasado por este lugar (GMSMA 371)

Seguimos bajando asfixiados, pero al final llegamos a Pinilla del Valle. Como no hay ningún bar abierto nos desplazamos hasta Lozoya.

¡Que bien sienta un refresquito frio!. Y como no es un “miércoles cualquiera”, Marcos nos invita por su cumpleaños.

Carlos subió a varios hasta el Puerto de Navafría para recoger los coches que allí se habían quedado. Como hemos visto, no ha sido un “miércoles cualquiera”. Ha sido una ruta con pocos senderomagos, con desnivel negativo, descubriendo lugares nuevos, mucho calor, y la celebración de un cumpleaños. Para mi, los miércoles con el GMSMA no son un día cualquiera. Este es mi centésima cuadragésima primera ruta, un bonito número capicúa y múltiplo de 3 (mis números preferidos)

Calificar las rutas no es fácil, influyen muchos factores. En esta ocasión le daré un 4 (aunque no sea múltiplo de 3).
Flor Valverde


miércoles, 12 de agosto de 2026

Excursión 939: Eclipse total de Sol desde el Cerro de Matabueyes

FICHA TÉCNICA
Inicio: CENEAM. Valsaín 
Final: 
CENEAM. Valsaín
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 9,6 Km 
Desnivel [+]: 348 m 
Desnivel [--]: 348 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5+
Participantes: 23

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Hay experiencias que uno sabe, incluso antes de vivirlas, que van a quedar para siempre en la memoria. Y hay otras que, cuando finalmente suceden, superan cualquier expectativa. El eclipse total de Sol del 12 de agosto fue, sin duda, una de ellas.

El último eclipse solar total en España ocurrió el 2 de octubre de 1959 (visible solo en las Islas Canarias), en la Península, el último se vio hace más de un siglo, el 17 de abril de 1912, hace 114 años.

La historia de esta ruta comenzó algunos meses antes, cuando empezamos a plantearnos cuál sería el mejor lugar para contemplar un fenómeno tan excepcional.

Gran parte de España iba a tener la oportunidad de verlo y nosotros teníamos la suerte de no encontrarnos demasiado lejos de la franja de totalidad.

Pero había que elegir. La zona más cercana, como el puerto de León, ofrecía 7 segundos de eclipse total. En cambio, desplazándonos hacia el puerto de Somosierra y algunas zonas del interior de Segovia, como Pedraza, podíamos disfrutar de casi un minuto y medio. Parecía tentador, pero había un problema: sabíamos que aquellos lugares podían convertirse en auténticos puntos de concentración de miles de personas. A ello había que añadir la distancia y el regreso, ya de noche.

¿Realmente merecía la pena recorrer tantos kilómetros por unos segundos más?. Entonces recordé la excursión 932. En aquella ocasión habíamos contemplado desde el Cerro de Matabueyes una magnífica puesta de sol y la salida de la luna llena. Aquel recuerdo hizo que surgiera una idea: ¿y si regresábamos allí para contemplar el eclipse?. La duración de la totalidad sería de unos 53 segundos. No era la más larga, pero aquellos 53 segundos podían ser suficientes para vivir algo extraordinario. Se lo propuse a Antonio y estuvimos de acuerdo. Así nació la ruta.

Como el eclipse parcial se iba a ver durante 1h 42min, desde las 19:35 hasta las 21:18 y el total duraría 53 segundos, desde 20:31:17 hasta las 20:32:10, quedamos a las 17:30h en el aparcamiento del CENEAM, en la Pradera del Valdehorno, Valsaín, en la provincia de Segovia, para así dar tiempo a subir al cerro y prepararlo todo antes del gran espectáculo.

Pero estaba siendo uno de los días más calurosos de agosto, el verano se había empeñado en recordarnos toda su fuerza. El calor era sofocante y permanecer en el aparcamiento esperando a los compañeros no resultaba precisamente agradable. Así que decidimos trasladar el punto de encuentro al kiosco El Frontón, situado junto a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

Allí, reunidos todos, nos tomamos un café con hielo —en mi caso, casi una necesidad— y comenzamos a caminar. Sabíamos que nos esperaba una moderada subida, pero aquel calor hacía que cada metro pareciese costar el doble.

Pasamos junto al antiguo potro de herrar, atravesamos el puente sobre el río Eresma, pasamos junto al monumento a los carreteros y comenzamos a ganar altura por la pista que conduce hacia el collado de la Cruz de la Gallega.

Pasamos una valla que impide el paso a los vehículos. El asfalto estaba recalentado. El sol caía con fuerza. El aire parecía detenido. Más de uno llegó a pensar que quizá lo más sensato era darse la vuelta. Pero había una razón muy poderosa para continuar, arriba nos esperaba un espectáculo de coordinación y sincronía que tenían preparado el Sol y la Luna.

Buscando las pocas sombras que ofrecían los árboles y haciendo frecuentes paradas, seguimos ascendiendo hasta alcanzar la Cruz de la Gallega.

Desde allí, cruzando un portón a la derecha, quedaba el último tramo, ya prácticamente despejado, sin árboles, por pista de tierra reseca, hasta la cima del Cerro de Matabueyes.

No habíamos sido los únicos en tener la idea de ver el eclipse desde este cerro. Desde Valsaín, La Granja y otros lugares cercanos, numerosos grupos lo habían elegido también como escenario para contemplar el eclipse.

Poco a poco, grupos dispersos fueron ocupando las rocas orientadas hacia el oeste.

Afortunadamente, había sitio para todos y desde allí arriba, la vista era magnífica. La llanura segoviana se extendía ante nosotros mientras el Sol comenzaba lentamente su descenso.

Solo quedaba esperar a que los minutos pasasen y llegase el gran momento, algo de mágico, sabiendo que millones de personas, por toda España, estaban también anhelando que llegara inicio del eclipse.

Habíamos preparado las gafas especiales. Las cámaras estaban listas. Algunos habían llevado trípodes, telescopios y diferentes equipos fotográficos. Todos queríamos guardar alguna imagen de lo que íbamos a vivir.

Pero, al mismo tiempo, existía una cierta preocupación. Habíamos oído tantas advertencias sobre los peligros de mirar al Sol durante un eclipse que casi se había creado una pequeña psicosis alrededor de las gafas. Había que tener cuidado. Mucho cuidado.

El reloj avanzaba lentamente hacia las 19:35 y yo iba y venía de un lado para otro disimulando mi nerviosismo con fotos a unos y otros.

Y por fín llegó el momento. Al principio, prácticamente nada cambió. La Luna comenzó a ocultar una pequeña parte del Sol por su lado sureste, pero la intensidad de nuestra estrella era tal que aquel pequeño mordisco apenas podía apreciarse. Sin embargo, minuto a minuto, la Luna fue avanzando y entonces empezamos a verlo.

Con las gafas puestas, el disco solar aparecía cada vez más incompleto. La Luna se estaba comiendo a cachitos al Sol.

Era un proceso lento, casi hipnótico. Había tiempo para hablar, para quitarse las gafas, mirar a los compañeros, hacer fotos y volver a observar.

Pero poco a poco el ambiente fue cambiando. El momento se acercaba. Las 20:31, la totalidad, el Sol se había convertido en un disco negro rodeado por la corona solar y la sombra de la Luna avanzando. Ya nadie quería perderse ni un segundo. Yo estaba especialmente concentrado en no perder detalle.

Había estado haciendo pruebas para fotografiar el eclipse y ahora tenía que conseguir algo que parecía casi imposible: Quería hacer fotografías, pero también quería vivirlo. Y entonces ocurrió. La Luna terminó de ocultar el Sol. El día se convirtió en noche. Durante unos instantes, todos quedamos completamente en silencio. Un silencio extraño, profundo, casi reverencial.

Delante de nosotros ya no estaba el Sol brillante que habíamos estado contemplando durante toda la tarde. En su lugar aparecía la oscuridad de la totalidad, con la corona solar rodeando la silueta negra de la Luna.

Y entonces se rompió el silencio. ¡Guau!¡Guau! Aplausos. Gritos. En mi caso, casi lloré de la emoción tan intensa.

Me sentí muy pequeño, comparado con la grandiosidad del Universo, que con este gesto parecía recordarnos que es él el que impone su caprichoso orden en las estrellas.

Acontecimientos como éste nos tienen que hacer reflexionar sobre nuestro lugar en el universo, y recordar que la Tierra es un planeta muy frágil, interconectado con su galaxia, su estrella y su satélite.

Fue un momento extraordinario y misterioso a la vez. Aquellos 53 segundos parecieron durar muchísimo y, al mismo tiempo, pasar en un instante.

Yo conseguí hacer las fotografías que había soñado durante tanto tiempo. Y cuando después las vi, descubrí que habían salido mucho mejor de lo que jamás hubiera imaginado. Había conseguido captar incluso las perlas de Baily y el anillo de diamantes.

Pero ninguna fotografía podía compararse con lo que estábamos viendo allí arriba. Porque una cosa es fotografiar o ver fotos de un eclipse y otra muy diferente es estar allí y vivirlo en directo, sentirlo. Mirar alrededor y descubrir que decenas de personas están viviendo exactamente lo mismo que tú. Compartir el silencio. Escuchar el primer grito de asombro. Aplaudir. Emocionarse y darse cuenta de que aquello está ocurriendo una sola vez y que esos segundos no volverán.

Después, hablando entre nosotros, aparecieron muchos adjetivos para intentar definir lo que acabábamos de vivir: histórico, espectacular, alucinante, fenomenal, excepcional, impresionante, increíble, hipnotizante, emotivo, único…

Pero hubo una que, para mí, resumía todos las demás: inolvidable.

Porque estoy convencido de que dentro de muchos años, cuando alguien nos pregunte dónde estábamos aquel 12 de agosto del 2026, seremos capaces de responder: en el Cerro de Matabueyes.

Recordaremos el cerro, recordaremos el calor de la subida, recordaremos las gafas, recordaremos las fotos, recordaremos a las personas que estaban a nuestro lado. Y, sobre todo, recordaremos aquellos 53 segundos. Los recordaremos porque hay momentos que no necesitan durar mucho para quedarse toda una vida.

La Luna comenzó entonces a avanzar hacia el otro lado, a su cara noroeste. Poco a poco, fue dejando nuevamente al descubierto el Sol. El espectáculo continuó mientras la oscuridad se retiraba y la luz comenzaba a recuperar su intensidad.

El eclipse todavía no había terminado, pero lo más extraordinario ya había sucedido.

Cuando la Luna estaba prácticamente fuera del disco solar, sacamos nuestros bocadillos y cenamos allí arriba.

Después llegó otro de esos pequeños momentos que también quedarán en el recuerdo: la fotografía de grupo. Una imagen perfecta para cerrar este día tan especial.

Todos juntos, con la llanura segoviana a nuestros pies y el Sol rojizo ocupando el horizonte. Nos la hizo Eduardo, al que no conocíamos, pero que compartió con nosotros y resto de los que estábamos allí este momento que nos unirá, aunque no seamos conscientes de ello, para toda la vida. Hay pocas ocasiones en las que todos estemos a la vez tan apasionados y unidos con algo tan único.

Cuando empezamos el descenso, las primeras luces comenzaban a aparecer en La Granja de San Ildefonso y Valsaín.

Parecía que el mundo había vuelto a la normalidad. Pero nosotros ya no éramos exactamente los mismos que habían iniciado la subida horas antes.

El calor sofocante había desaparecido. Durante el eclipse la temperatura había descendido y se había levantado un ligero viento que nos acompañó durante buena parte del camino de regreso.

Ahora la bajada resultaba cómoda.Volvimos por las mismas pistas por las que habíamos ascendido, pero esta vez con una sensación diferente, con la satisfacción de saber que habíamos vivido algo extraordinario.

Al llegar de nuevo a Valsaín, dimos por terminada la ruta, aunque algunos, sin prisas, se fueron al quiosco a celebrarlo y refrescarse.

Después emprendimos el regreso por el puerto de Navacerrada, desde el que también habíamos venido los de nuestro coche. Aunque encontramos algo de tráfico, el viaje fue cómodo y no tuvimos retenciones.

Mientras nos alejábamos, probablemente todos llevábamos en la cabeza las mismas imágenes: El Sol. La Luna. La oscuridad. El silencio. Los aplausos. Los gritos de asombro. Y aquel inolvidable “¡guau!” que salió de tantas bocas al mismo tiempo.

A veces una ruta es mucho más que caminar. A veces una ruta es llegar a un lugar. Otras veces es compartir un paisaje. Y, de vez en cuando, una ruta consigue convertirse en un recuerdo para toda la vida. Esta fue una de ellas.

Subimos al Cerro de Matabueyes soportando un calor tremendo para contemplar un fenómeno que apenas iba a durar unos segundos.Y valió la pena cada paso.

Porque durante 53 segundos la Luna ocultó completamente al Sol y nosotros tuvimos el privilegio de estar allí para ver el instante en que el día se convirtió en noche. 53 segundos para recordar toda una vida, que merecen 5 estrellas como 5 soles.

Ya estoy pensando en el 2 de agosto de 2027, cuando desde las 9:30 hasta las 14:43 llegará otro eclipse, especialmente visible desde el sur peninsular, Ceuta y Melilla, y que alcanzará hasta cinco minutos de totalidad en la primera ciudad autónoma.

Espero tener la ocasión de verlo y rememorar el emotivo evento que hemos disfrutado..

Y también en el 26 de enero de 2028, será el turno de un eclipse anular, durante el que el Sol quedará rodeado por el característico "anillo de fuego" y cuya trayectoria recorrerá la Península de suroeste a noreste.

Después, habrá que esperar mucho más: España no volverá a contemplar otro eclipse total de Sol hasta 2053 y, posteriormente, en 2090. Creo que éste último me lo voy a perder.
Paco Nieto