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miércoles, 12 de agosto de 2026

Excursión 939: Eclipse total de Sol desde el Cerro de Matabueyes

FICHA TÉCNICA
Inicio: CENEAM. Valsaín 
Final: 
CENEAM. Valsaín
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 9,6 Km 
Desnivel [+]: 348 m 
Desnivel [--]: 348 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5+
Participantes: 23

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Hay experiencias que uno sabe, incluso antes de vivirlas, que van a quedar para siempre en la memoria. Y hay otras que, cuando finalmente suceden, superan cualquier expectativa. El eclipse total de Sol del 12 de agosto fue, sin duda, una de ellas.

El último eclipse solar total en España ocurrió el 2 de octubre de 1959 (visible solo en las Islas Canarias), en la Península, el último se vio hace más de un siglo, el 17 de abril de 1912, hace 114 años.

La historia de esta ruta comenzó algunos meses antes, cuando empezamos a plantearnos cuál sería el mejor lugar para contemplar un fenómeno tan excepcional.

Gran parte de España iba a tener la oportunidad de verlo y nosotros teníamos la suerte de no encontrarnos demasiado lejos de la franja de totalidad.

Pero había que elegir. La zona más cercana, como el puerto de León, ofrecía 7 segundos de eclipse total. En cambio, desplazándonos hacia el puerto de Somosierra y algunas zonas del interior de Segovia, como Pedraza, podíamos disfrutar de casi un minuto y medio. Parecía tentador, pero había un problema: sabíamos que aquellos lugares podían convertirse en auténticos puntos de concentración de miles de personas. A ello había que añadir la distancia y el regreso, ya de noche.

¿Realmente merecía la pena recorrer tantos kilómetros por unos segundos más?. Entonces recordé la excursión 932. En aquella ocasión habíamos contemplado desde el Cerro de Matabueyes una magnífica puesta de sol y la salida de la luna llena. Aquel recuerdo hizo que surgiera una idea: ¿y si regresábamos allí para contemplar el eclipse?. La duración de la totalidad sería de unos 53 segundos. No era la más larga, pero aquellos 53 segundos podían ser suficientes para vivir algo extraordinario. Se lo propuse a Antonio y estuvimos de acuerdo. Así nació la ruta.

Como el eclipse parcial se iba a ver durante 1h 42min, desde las 19:35 hasta las 21:18 y el total duraría 53 segundos, desde 20:31:17 hasta las 20:32:10, quedamos a las 17:30h en el aparcamiento del CENEAM, en la Pradera del Valdehorno, Valsaín, en la provincia de Segovia, para así dar tiempo a subir al cerro y prepararlo todo antes del gran espectáculo.

Pero estaba siendo uno de los días más calurosos de agosto, el verano se había empeñado en recordarnos toda su fuerza. El calor era sofocante y permanecer en el aparcamiento esperando a los compañeros no resultaba precisamente agradable. Así que decidimos trasladar el punto de encuentro al kiosco El Frontón, situado junto a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

Allí, reunidos todos, nos tomamos un café con hielo —en mi caso, casi una necesidad— y comenzamos a caminar. Sabíamos que nos esperaba una moderada subida, pero aquel calor hacía que cada metro pareciese costar el doble.

Pasamos junto al antiguo potro de herrar, atravesamos el puente sobre el río Eresma, pasamos junto al monumento a los carreteros y comenzamos a ganar altura por la pista que conduce hacia el collado de la Cruz de la Gallega.

Pasamos una valla que impide el paso a los vehículos. El asfalto estaba recalentado. El sol caía con fuerza. El aire parecía detenido. Más de uno llegó a pensar que quizá lo más sensato era darse la vuelta. Pero había una razón muy poderosa para continuar, arriba nos esperaba un espectáculo de coordinación y sincronía que tenían preparado el Sol y la Luna.

Buscando las pocas sombras que ofrecían los árboles y haciendo frecuentes paradas, seguimos ascendiendo hasta alcanzar la Cruz de la Gallega.

Desde allí, cruzando un portón a la derecha, quedaba el último tramo, ya prácticamente despejado, sin árboles, por pista de tierra reseca, hasta la cima del Cerro de Matabueyes.

No habíamos sido los únicos en tener la idea de ver el eclipse desde este cerro. Desde Valsaín, La Granja y otros lugares cercanos, numerosos grupos lo habían elegido también como escenario para contemplar el eclipse.

Poco a poco, grupos dispersos fueron ocupando las rocas orientadas hacia el oeste.

Afortunadamente, había sitio para todos y desde allí arriba, la vista era magnífica. La llanura segoviana se extendía ante nosotros mientras el Sol comenzaba lentamente su descenso.

Solo quedaba esperar a que los minutos pasasen y llegase el gran momento, algo de mágico, sabiendo que millones de personas, por toda España, estaban también anhelando que llegara inicio del eclipse.

Habíamos preparado las gafas especiales. Las cámaras estaban listas. Algunos habían llevado trípodes, telescopios y diferentes equipos fotográficos. Todos queríamos guardar alguna imagen de lo que íbamos a vivir.

Pero, al mismo tiempo, existía una cierta preocupación. Habíamos oído tantas advertencias sobre los peligros de mirar al Sol durante un eclipse que casi se había creado una pequeña psicosis alrededor de las gafas. Había que tener cuidado. Mucho cuidado.

El reloj avanzaba lentamente hacia las 19:35 y yo iba y venía de un lado para otro disimulando mi nerviosismo con fotos a unos y otros.

Y por fín llegó el momento. Al principio, prácticamente nada cambió. La Luna comenzó a ocultar una pequeña parte del Sol por su lado sureste, pero la intensidad de nuestra estrella era tal que aquel pequeño mordisco apenas podía apreciarse. Sin embargo, minuto a minuto, la Luna fue avanzando y entonces empezamos a verlo.

Con las gafas puestas, el disco solar aparecía cada vez más incompleto. La Luna se estaba comiendo a cachitos al Sol.

Era un proceso lento, casi hipnótico. Había tiempo para hablar, para quitarse las gafas, mirar a los compañeros, hacer fotos y volver a observar.

Pero poco a poco el ambiente fue cambiando. El momento se acercaba. Las 20:31, la totalidad, el Sol se había convertido en un disco negro rodeado por la corona solar y la sombra de la Luna avanzando. Ya nadie quería perderse ni un segundo. Yo estaba especialmente concentrado en no perder detalle.

Había estado haciendo pruebas para fotografiar el eclipse y ahora tenía que conseguir algo que parecía casi imposible: Quería hacer fotografías, pero también quería vivirlo. Y entonces ocurrió. La Luna terminó de ocultar el Sol. El día se convirtió en noche. Durante unos instantes, todos quedamos completamente en silencio. Un silencio extraño, profundo, casi reverencial.

Delante de nosotros ya no estaba el Sol brillante que habíamos estado contemplando durante toda la tarde. En su lugar aparecía la oscuridad de la totalidad, con la corona solar rodeando la silueta negra de la Luna.

Y entonces se rompió el silencio. ¡Guau!¡Guau! Aplausos. Gritos. En mi caso, casi lloré de la emoción tan intensa.

Me sentí muy pequeño, comparado con la grandiosidad del Universo, que con este gesto parecía recordarnos que es él el que impone su caprichoso orden en las estrellas.

Acontecimientos como éste nos tienen que hacer reflexionar sobre nuestro lugar en el universo, y recordar que la Tierra es un planeta muy frágil, interconectado con su galaxia, su estrella y su satélite.

Fue un momento extraordinario y misterioso a la vez. Aquellos 53 segundos parecieron durar muchísimo y, al mismo tiempo, pasar en un instante.

Yo conseguí hacer las fotografías que había soñado durante tanto tiempo. Y cuando después las vi, descubrí que habían salido mucho mejor de lo que jamás hubiera imaginado. Había conseguido captar incluso las perlas de Baily y el anillo de diamantes.

Pero ninguna fotografía podía compararse con lo que estábamos viendo allí arriba. Porque una cosa es fotografiar o ver fotos de un eclipse y otra muy diferente es estar allí y vivirlo en directo, sentirlo. Mirar alrededor y descubrir que decenas de personas están viviendo exactamente lo mismo que tú. Compartir el silencio. Escuchar el primer grito de asombro. Aplaudir. Emocionarse y darse cuenta de que aquello está ocurriendo una sola vez y que esos segundos no volverán.

Después, hablando entre nosotros, aparecieron muchos adjetivos para intentar definir lo que acabábamos de vivir: histórico, espectacular, alucinante, fenomenal, excepcional, impresionante, increíble, hipnotizante, emotivo, único…

Pero hubo una que, para mí, resumía todos las demás: inolvidable.

Porque estoy convencido de que dentro de muchos años, cuando alguien nos pregunte dónde estábamos aquel 12 de agosto del 2026, seremos capaces de responder: en el Cerro de Matabueyes.

Recordaremos el cerro, recordaremos el calor de la subida, recordaremos las gafas, recordaremos las fotos, recordaremos a las personas que estaban a nuestro lado. Y, sobre todo, recordaremos aquellos 53 segundos. Los recordaremos porque hay momentos que no necesitan durar mucho para quedarse toda una vida.

La Luna comenzó entonces a avanzar hacia el otro lado, a su cara noroeste. Poco a poco, fue dejando nuevamente al descubierto el Sol. El espectáculo continuó mientras la oscuridad se retiraba y la luz comenzaba a recuperar su intensidad.

El eclipse todavía no había terminado, pero lo más extraordinario ya había sucedido.

Cuando la Luna estaba prácticamente fuera del disco solar, sacamos nuestros bocadillos y cenamos allí arriba.

Después llegó otro de esos pequeños momentos que también quedarán en el recuerdo: la fotografía de grupo. Una imagen perfecta para cerrar este día tan especial.

Todos juntos, con la llanura segoviana a nuestros pies y el Sol rojizo ocupando el horizonte. Nos la hizo Eduardo, al que no conocíamos, pero que compartió con nosotros y resto de los que estábamos allí este momento que nos unirá, aunque no seamos conscientes de ello, para toda la vida. Hay pocas ocasiones en las que todos estemos a la vez tan apasionados y unidos con algo tan único.

Cuando empezamos el descenso, las primeras luces comenzaban a aparecer en La Granja de San Ildefonso y Valsaín.

Parecía que el mundo había vuelto a la normalidad. Pero nosotros ya no éramos exactamente los mismos que habían iniciado la subida horas antes.

El calor sofocante había desaparecido. Durante el eclipse la temperatura había descendido y se había levantado un ligero viento que nos acompañó durante buena parte del camino de regreso.

Ahora la bajada resultaba cómoda.Volvimos por las mismas pistas por las que habíamos ascendido, pero esta vez con una sensación diferente, con la satisfacción de saber que habíamos vivido algo extraordinario.

Al llegar de nuevo a Valsaín, dimos por terminada la ruta, aunque algunos, sin prisas, se fueron al quiosco a celebrarlo y refrescarse.

Después emprendimos el regreso por el puerto de Navacerrada, desde el que también habíamos venido los de nuestro coche. Aunque encontramos algo de tráfico, el viaje fue cómodo y no tuvimos retenciones.

Mientras nos alejábamos, probablemente todos llevábamos en la cabeza las mismas imágenes: El Sol. La Luna. La oscuridad. El silencio. Los aplausos. Los gritos de asombro. Y aquel inolvidable “¡guau!” que salió de tantas bocas al mismo tiempo.

A veces una ruta es mucho más que caminar. A veces una ruta es llegar a un lugar. Otras veces es compartir un paisaje. Y, de vez en cuando, una ruta consigue convertirse en un recuerdo para toda la vida. Esta fue una de ellas.

Subimos al Cerro de Matabueyes soportando un calor tremendo para contemplar un fenómeno que apenas iba a durar unos segundos.Y valió la pena cada paso.

Porque durante 53 segundos la Luna ocultó completamente al Sol y nosotros tuvimos el privilegio de estar allí para ver el instante en que el día se convirtió en noche. 53 segundos para recordar toda una vida, que merecen 5 estrellas como 5 soles.

Ya estoy pensando en el 2 de agosto de 2027, cuando desde las 9:30 hasta las 14:43 llegará otro eclipse, especialmente visible desde el sur peninsular, Ceuta y Melilla, y que alcanzará hasta cinco minutos de totalidad en la primera ciudad autónoma.

Espero tener la ocasión de verlo y rememorar el emotivo evento que hemos disfrutado..

Y también en el 26 de enero de 2028, será el turno de un eclipse anular, durante el que el Sol quedará rodeado por el característico "anillo de fuego" y cuya trayectoria recorrerá la Península de suroeste a noreste.

Después, habrá que esperar mucho más: España no volverá a contemplar otro eclipse total de Sol hasta 2053 y, posteriormente, en 2090. Creo que éste último me lo voy a perder.
Paco Nieto

lunes, 29 de junio de 2026

Excursión 932: Cerro de Matabueyes con luna llena

FICHA TÉCNICA
Inicio: Valsaín
Final: 
Valsaín
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 9,6 Km 
Desnivel [+]: 332 m 
Desnivel [--]: 332 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 14

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta



















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Con la intención de disfrutar de la luna llena de junio, conocida como la Luna de la Fresa, nos acercamos hasta el Cerro de Matabueyes, situado en la parte segoviana de la Sierra de Guadarrama. La cita era a las ocho de la tarde en el Bar la Tomasa de La Pradera de Valdehorno, desde donde iniciamos la ruta un grupo formado por senderistas nacidos o vinculados a Segovia (7), a Madrid (4) y a Córdoba (3).

Comenzamos caminando en dirección al embalse de la presa del Salto del Olvido, por una senda que baja muy vertical hacia el remanso de agua. Cruzamos su estrecho muro mientras disfrutábamos de los reflejos sobre el agua, un paisaje siempre atractivo que aquella tarde resultaba aún más espectacular gracias al cielo cubierto de nubes, que multiplicaba los contrastes y los colores.

Continuamos hasta Valsaín, siguiendo un sendero que discurre pegado al embalse, cruzamos la carretera de Valsaín y dejamos atrás la cruz y el monumento dedicado a los antiguos gabarreros, los carreteros recolectores de troncos tan apegados a estas tierras. 

Pasamos junto a la plaza de toros y enlazamos con la carretera de la Fuente de la Reina.

Al pasar junto al local de la Peña el Tizo, Rosana nos contó, como anécdota, que a ella solo pueden pertenecer casados y que si enviudas o te separas, te echan de ella.

Tras franquear una barrera, afrontamos una larga pero cómoda subida que nos condujo hasta el emblemático collado de la Cruz de la Gallega.

Un nuevo portón daba acceso a la pista final que lleva al Cerro de Matabueyes, al que llegamos tras un para de grandes curvas que minimizan la pendiente.

El ritmo fue alegre y todavía con luz diurna alcanzamos la cima, coronada por un refugio, unas antenas y un puesto de vigilancia contra incendios, del que  su vigilante estaba a punto de irse.

Allí comenzó, sin apenas demora, el primero de los grandes espectáculos de la jornada.

Las nubes hicieron que la puesta de sol adquiriera una intensidad extraordinaria: los tonos rojizos se volvieron más profundos y el contraste de luces regaló una panorámica inolvidable de la lenta agonía del incandescente astro.

Poco antes de las diez de la noche, el Sol fue ocultándose lentamente tras el horizonte. Mientras desaparecía, comenzaron a encenderse las luces de la capital y los pueblos cercanos, revelando la inmensidad de la llanura segoviana.

Aquella sucesión de pequeños puntos luminosos dibujaba un paisaje tan sereno como impresionante.

La luna tenía prevista su salida en torno a esa misma hora, pero las cumbres de la Sierra de Guadarrama, con Peñalara y las montañas cercanas elevándose frente a nosotros hacia el este, retrasaron su aparición. Hubo que esperar aproximadamente media hora, entretenidos en animosas charlas mientras dábamos cuenta de los bocadillos, hasta que, por fin, una luna perfectamente redonda emergió lentamente por encima de Peña Citores.

Fue un momento mágico. Poco a poco fue ganando altura en el cielo, escondiéndose por momentos entre algunas nubes antes de volver a mostrarse con toda su luminosidad. Parecía estar jugando con ellas.

Cuando la luna ya brillaba con fuerza, parte del grupo emprendió el regreso a Valsaín.

Los que no teníamos prisa decidimos permanecer un poco más para disfrutar del tercer gran espectáculo de la jornada: los fuegos artificiales que Segovia celebra todos los años en honor a San Juan y San Pedro el día de San Pedro, el 29 de junio.

A las 12 de la noche en punto comenzó el espectáculo pirotécnico. Desde nuestra privilegiada atalaya contemplamos cómo el cielo de Segovia se llenaba de luces en círculos de todos los colores, con una sucesión de explosiones que culminó en una espectacular traca final. 

Ver aquellos fuegos a lo lejos, bajo la luna llena y rodeados por el silencio de la montaña, fue un privilegio difícil de olvidar.

Mientras contemplábamos ensimismados los fuegos artificiales, ocurrió una escena tan inesperada como entrañable. Bruno, el perrito de Inés y Jorge, comenzó a mostrarse inquieto y nos hizo volver la vista. El motivo era un joven zorro que se había acercado sigilosamente hasta nuestras mochilas, probablemente atraído por el olor de la comida. Lejos de asustarse, permaneció unos instantes observándonos, permitiéndonos incluso fotografiarlo antes de marcharse tranquilamente al comprobar que no iba a conseguir ningún premio.

Terminados los fuegos, iniciamos el descenso hacia el aparcamiento. La claridad de la luna era tan intensa que proyectaba con nitidez la sombra de cada uno de nosotros sobre el camino. Al volver a cruzar la presa del Salto del Olvido nos esperaba el último regalo de la noche: el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del embalse, una imagen de enorme belleza que puso el broche de oro a la excursión.

Vivimos una ruta de esas que reúnen todos los ingredientes para permanecer mucho tiempo en la memoria: una magnífica puesta de sol, el emocionante nacimiento de la Luna de la Fresa sobre las cumbres del Guadarrama, unos fuegos artificiales contemplados desde un balcón natural privilegiado, el inesperado encuentro con un curioso zorro y un regreso iluminado por una luna tan brillante que parecía convertir la noche en un largo crepúsculo.

Sin duda, una ruta de cinco estrellas que difícilmente olvidaremos.
Paco Nieto