lunes, 29 de junio de 2026

Excursión 932: Cerro de Matabueyes con luna llena

FICHA TÉCNICA
Inicio: Valsaín
Final: 
Valsaín
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 9,6 Km 
Desnivel [+]: 332 m 
Desnivel [--]: 332 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 14

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta



















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK

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RESUMEN
Con la intención de disfrutar de la luna llena de junio, conocida como la Luna de la Fresa, nos acercamos hasta el Cerro de Matabueyes, situado en la parte segoviana de la Sierra de Guadarrama. La cita era a las ocho de la tarde en el Bar la Tomasa de La Pradera de Valdehorno, desde donde iniciamos la ruta un grupo formado por senderistas nacidos o vinculados a Segovia (7), a Madrid (4) y a Córdoba (3).

Comenzamos caminando en dirección al embalse de la presa del Salto del Olvido, por una senda que baja muy vertical hacia el remanso de agua. Cruzamos su estrecho muro mientras disfrutábamos de los reflejos sobre el agua, un paisaje siempre atractivo que aquella tarde resultaba aún más espectacular gracias al cielo cubierto de nubes, que multiplicaba los contrastes y los colores.

Continuamos hasta Valsaín, siguiendo un sendero que discurre pegado al embalse, cruzamos la carretera de Valsaín y dejamos atrás la cruz y el monumento dedicado a los antiguos gabarreros, los carreteros recolectores de troncos tan apegados a estas tierras. 

Pasamos junto a la plaza de toros y enlazamos con la carretera de la Fuente de la Reina.

Al pasar junto al local de la Peña el Tizo, Rosana nos contó, como anécdota, que a ella solo pueden pertenecer casados y que si enviudas o te separas, te echan de ella.

Tras franquear una barrera, afrontamos una larga pero cómoda subida que nos condujo hasta el emblemático collado de la Cruz de la Gallega.

Un nuevo portón daba acceso a la pista final que lleva al Cerro de Matabueyes, al que llegamos tras un para de grandes curvas que minimizan la pendiente.

El ritmo fue alegre y todavía con luz diurna alcanzamos la cima, coronada por un refugio, unas antenas y un puesto de vigilancia contra incendios, del que  su vigilante estaba a punto de irse.

Allí comenzó, sin apenas demora, el primero de los grandes espectáculos de la jornada.

Las nubes hicieron que la puesta de sol adquiriera una intensidad extraordinaria: los tonos rojizos se volvieron más profundos y el contraste de luces regaló una panorámica inolvidable de la lenta agonía del incandescente astro.

Poco antes de las diez de la noche, el Sol fue ocultándose lentamente tras el horizonte. Mientras desaparecía, comenzaron a encenderse las luces de la capital y los pueblos cercanos, revelando la inmensidad de la llanura segoviana.

Aquella sucesión de pequeños puntos luminosos dibujaba un paisaje tan sereno como impresionante.

La luna tenía prevista su salida en torno a esa misma hora, pero las cumbres de la Sierra de Guadarrama, con Peñalara y las montañas cercanas elevándose frente a nosotros hacia el este, retrasaron su aparición. Hubo que esperar aproximadamente media hora, entretenidos en animosas charlas mientras dábamos cuenta de los bocadillos, hasta que, por fin, una luna perfectamente redonda emergió lentamente por encima de Peña Citores.

Fue un momento mágico. Poco a poco fue ganando altura en el cielo, escondiéndose por momentos entre algunas nubes antes de volver a mostrarse con toda su luminosidad. Parecía estar jugando con ellas.

Cuando la luna ya brillaba con fuerza, parte del grupo emprendió el regreso a Valsaín.

Los que no teníamos prisa decidimos permanecer un poco más para disfrutar del tercer gran espectáculo de la jornada: los fuegos artificiales que Segovia celebra todos los años en honor a San Juan y San Pedro el día de San Pedro, el 29 de junio.

A las 12 de la noche en punto comenzó el espectáculo pirotécnico. Desde nuestra privilegiada atalaya contemplamos cómo el cielo de Segovia se llenaba de luces en círculos de todos los colores, con una sucesión de explosiones que culminó en una espectacular traca final. 

Ver aquellos fuegos a lo lejos, bajo la luna llena y rodeados por el silencio de la montaña, fue un privilegio difícil de olvidar.

Mientras contemplábamos ensimismados los fuegos artificiales, ocurrió una escena tan inesperada como entrañable. Bruno, el perrito de Inés y Jorge, comenzó a mostrarse inquieto y nos hizo volver la vista. El motivo era un joven zorro que se había acercado sigilosamente hasta nuestras mochilas, probablemente atraído por el olor de la comida. Lejos de asustarse, permaneció unos instantes observándonos, permitiéndonos incluso fotografiarlo antes de marcharse tranquilamente al comprobar que no iba a conseguir ningún premio.

Terminados los fuegos, iniciamos el descenso hacia el aparcamiento. La claridad de la luna era tan intensa que proyectaba con nitidez la sombra de cada uno de nosotros sobre el camino. Al volver a cruzar la presa del Salto del Olvido nos esperaba el último regalo de la noche: el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del embalse, una imagen de enorme belleza que puso el broche de oro a la excursión.

Vivimos una ruta de esas que reúnen todos los ingredientes para permanecer mucho tiempo en la memoria: una magnífica puesta de sol, el emocionante nacimiento de la Luna de la Fresa sobre las cumbres del Guadarrama, unos fuegos artificiales contemplados desde un balcón natural privilegiado, el inesperado encuentro con un curioso zorro y un regreso iluminado por una luna tan brillante que parecía convertir la noche en un largo crepúsculo.

Sin duda, una ruta de cinco estrellas que difícilmente olvidaremos.
Paco Nieto

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