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lunes, 6 de junio de 2016

Excursión 301: Nevero del Polluelo y Pico de la Churra

FICHA TÉCNICA
Inicio: El Horno
Final: 
Las Machorras
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia:  17,7 Km
Desnivel [+]: 547 m
Desnivel [--]: 821 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 5
Participantes: 16

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Era ya lunes y el grueso del GMSMA, con sus acompañantes, había partido de vuelta a Madrid; seguramente no habían podido resistir la añoranza de la capital y la llamada de los primeros calores precursores del verano.

Acostumbrados a la serpiente multicolor que se alarga por cientos de metros en las laderas, nuestro grupillo de 16 presagiaba un íntimo paseo.

Miguel Ángel, siempre atento a mostrarnos lo más granado de su pueblo y entorno, ya había realizado el recorrido con Nines y planificado todos los pormenores.

Dejando un coche en Las Machorras, punto previsto de llegada, nos fuimos en el resto de vehículos río Trueba arriba, hasta el puente de Gostelario, donde la carretera cruza el arroyo Pardo, en un paraje resguardado de los vientos al cual denominan El Horno.

Comenzamos a andar por un camino que remonta el arroyo, acompañados por el repiqueteo del agua que se derrama en innumerables cascadas. Enseguida dejamos un bonito puente de piedra a la derecha para seguir el camino por la ladera cubierta de tojo y brezo. En estas, de entre la espesura surgió una pasiega que guardaba algo en una bolsa; se trataba de perrochicos, la más apreciada seta de la región; por intersección de Miguel Ángel, nos mostró su tesoro.


A todo esto, una fina lluvia hizo su aparición y tuvimos que sacar todo nuestro equipo de protección, desde impermeables hasta coloridos paraguas que competían entre sí en elegancia.

Una vez estuvimos todos bien pertrechados, la lluvia cesó y, visto que no iba a poder con nosotros, no volvió a aparecer en toda la jornada.

Mientras seguíamos ascendiendo y el camino se convertía en senda, nuestros anfitriones nos iban ilustrando sobre todo lo que veíamos y sobre los usos y costumbres locales, pasando por el aprovechamiento de las innumerables cabañas de verano que se desperdigaban por los campos, el  cuidado de los prados o el celo y artimañas con que los seteros de perrochico mantienen en secreto la localización de los corros. ¡Todo un lujo de guías!

Ya llegamos a donde los prados se pierden y se van abriendo las vistas hacia el valle de La Engaña. Remontando un poco más la ladera, alcanzamos una gran torca en la que se había acumulado una buena cantidad de nieve.

Esta formación era sorprendente: Parecía un cráter con un lago de hielo en lo profundo. Allí tomamos el tentempié, al abrigo de un viento que empezaba a molestar.


Enseguida llegamos al pico más alto de la zona, el Nevero del Polluelo, desde donde, avanzando un poco hasta un mirador natural, contemplamos todos los valles que se abren al sur hacia las merindades de Valdeporres y Sotoscueva, intuyendo entre la neblina los paisajes que habíamos pateado los días previos, incluso localizando Villamartín en la lejanía.


También adivinamos por dónde penetra en la montaña el famoso túnel de La Engaña. Asimismo, a nuestros pies destacaba algún hayedo de recientes hoyas verdes, pero por ser tan comunes en esta zona no se les prestó mayor atención.

Localizamos una senda que recorre toda la cuerda de la montaña hacia el este y que aún guardaba indicaciones de una reciente carrera que había discurrido en parte por ella.

Acompañados por el viento, que no cesaba, llegamos así hasta otro pico emblemático del lugar, La Churra.


A nuestra izquierda iba clareando y disfrutábamos de las vistas de las cumbres más altas, que separan Burgos de Cantabria; destacaba por su belleza Peña Lusa, una escarpada montaña con una gran brecha en su mitad.

En la ladera de la derecha se iban descubriendo neveros y lagunas formadas entre la turba. Y próxima a la senda, Juan localizó una buena rana, que hizo disfrutar a una que yo me sé.

Según andábamos, veíamos al frente unos aerogeneradores que, al acercarnos, nos parecieron gigantescos.

Al bajar de La Churra, los dejamos a la izquierda y, protegidos del viento y con la vista hacia la hilera que formaban, paramos para comer el bocadillo a la orilla del camino de subida hacia el parque eólico.

Las panorámicas desde aquí, en medio de la nada, eran excepcionales, una sucesión de montañas y valles verdes nos alegraban el alma.

Mientras lo hacíamos, un ronroneo de motores se iba acrecentando, hasta que repentinamente una formidable grúa apareció por la curva, remolcando un vehículo también desmesurado que llevaba los contrapesos; un tercer camión enorme apareció después transportando las extensiones de la grúa. 

Mientras comíamos, vimos cómo se dirigían a uno de los generadores que estaba parado y estacionaban allí.

Al día siguiente, desde Castro Valnera, íbamos a poder vislumbrar cómo el objeto de tal despliegue era el desmontaje de ese generador, seguramente por estar averiado.

Nosotros seguimos a lo nuestro: Andar. Continuamos la marcha por Zurruzuela, el límite justo entre la merindad de Sotoscueva y los terrenos de Espinosa; de hecho, había dos sendas paralelas muy próximas, lo que da idea de la rivalidad que debe existir entre ambos municipios.


Tuvimos que molestar un poco a unas vacas que rumiaban tendidas entre la yerba y fuimos avanzando por la cuerda de Sierra Morteros, bastante plana y que estaba salpicada de charcas donde incluso hubo quienes se entretuvieron viendo tritones.

Pronto llegamos a un bonito hayedo en altura, perteneciente a Sotoscueva, pero que Miguel Ángel, como natural de Espinosa, quería disputar con las hermanas Peña.

Era curioso ir mirando las hayas que se retorcían en su constante lucha contra los vientos.

Así, tras un buen rato de paseo confortable, había que iniciar la bajada a Las Machorras. Miguel Ángel eligió el camino que desciende por el valle de Rioseco, el favorito de Nines y que, tras una brusca bajada, serpentea entre árboles de ribera y paredes de piedra para terminar bajo el cementerio. Antes de llegar, una pareja de burros y su buche hicieron las delicias de los aficionados a la fotografía.

Mucho disfruté, tanto del andar, como del paisaje y de la conversación. Alguna cosa aprendí, lo que no es poco, así que no puedo por menos que recomendar a Madi una calificación de 5 sicarias para esta marcha.
Melchor

domingo, 5 de junio de 2016

Excursión 299: Senda de Valdescaño y Monte La Fuente

FICHA TÉCNICA
Inicio: Las Machorras
Final: Las Machorras

Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia:  10,4 Km
Desnivel [+]: 363 m
Desnivel [--]: 363 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 14

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta





















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Tras la excursión de ayer por las canales del Dulla, hoy había triple oferta de actividades: Visita a la Cueva Palomera, subida a Castro Valnera y senderismo por las Machorras.

A 14 de nosotros nos correspondía la última, guiada por Miguel Ángel, buen conocedor de la zona por haber nacido y haberse criado en Espinosa de los Monteros, prometía ser un sencillo paseo por el valle del Trueba y Rioseco.

Y una vez repartidos por grupos, salimos de Espinosa en dirección primero al al mirador de Covalruyo, al que se llega tras pasar el Portillo de Lunada y descender unos 2 Km, ya en territorio de Cantabría.

Con permiso de las cabras que invadían el acceso, remontamos la larga escalinata que da acceso al mirador. 

Desde él, las vistas ofrecían un paisaje de belleza muy singular del valle pasiego labrado en la época glaciar por el río Miera.

Nos sorprendió la gran cantidad de cabañas existentes, que nos empeñamos inútilmente en contar, pero que debían pasar de las 400, testigos de una forma de vida sin encaje en estos tiempos.

Después de tratar de ver el mar desde el mirador, sin éxito por estar el día nublado, nos dirigimos a Las Machorras, inicio y fin de la ruta por la Senda de Valdescaño y Monte La Fuente. La primera nos auguraba paisajes de ribera remontando el río Trueba con vegetación de ribera y encinar mediterráneo, la segunda nos ofrecía sombríos hayedos y valles aislados por los desconocidas orillas de Ríoseco.

Desde el aparcamiento de Las Machorra
s iniciamos la ruta dirigiéndonos hacia el río Trueba, que cruzamos por un puente de hierro, que está junto a una fuente. Remontamos la orilla izquierda del río, deleitándonos con su susurro y pozas en las que es frecuente el baño en verano. Pasamos junto a numerosas cabañas, como la de Torme, delimitadas todas ellas por vallas de piedra, cuidadosamente colocadas para permitir el paso del viento y no ser derribadas por éste. 

Continuamos hasta llegar al Cuadradal, donde volvimos a cruzar el río Trueba, esta vez por un puente de piedra.

Proseguimos en dirección sureste hasta llegar a la carretera BU-570, que cruzamos para ascender por una pista que se dirigía hacia el oeste con cierta pendiente. 

Fue aquí donde tres estrellas fugaces nos dejaron, seducidos por la comodidad de la carretera y el anuncio, por parte de Miguel Ángel, de que allí comenzaba la parte durilla de la ruta.

El resto caminamos entre cabañas, con espléndidas vistas de las montañas que rodean el Portillo de la Lunada, entre verdes prados en los que pastaban tranquilamente las vacas, así hasta alcanzar dos cabañas al límite del extenso bosque de hayas en el que nos internamos. 

Ascendimos por una estrecha senda que cruzaba el hayedo con bastante pendiente, disfrutando de su característico olor a madera, el trino de los pájaros y la frescura que proporcionaba su espesura, en la que la luz tamizada nos recordaba paisajes propios de cuentos de hadas y brujas.

Tras el exigente ascenso, salimos a una pista que seguimos hasta alcanzar otra vez el hayedo, iniciando desde allí el descenso por una senda y después por una pista cercana a Rioseso que pasa junto al río y cabañas como las de las Iriadas hasta llegar a la carretera BU-570, que nos llevó, a los pocos metros, de nuevo a Las Machotas, dando así por terminada esta bonita ruta alrededor del Monte Lalar, que nos dio la oportunidad de contemplar de cerca los valles pasiegos y conocer sus costumbres y forma de vida.

Para completar la jornada, nos reunimos todos para comer en Cueva y visitar a continuación la cueva y ermita de San Bernabé, que nos sorprendió gratamente, y no digamos el Sumidero del río Guareña, donde sus aguas son tragadas para perderse por las entrañas de las cuevas que con paciencia ha labrado.

Y por si todo esto era poco para completar el día, los que no volvíamos a Madrid, nos acercamos a Puentedey, donde recorrimos sus medievales calles, miradores y su puente natural labrado por el río Nela, otro río con vocación minera, de los muchos que horadan sin descanso estas calizas tierras. 

Por todo ello, esta excursión se merece 4 sicarias.
Paco Nieto