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RESUMEN
La mañana había empezado con retraso en el Puerto de Navacerrada, pero pronto el grupo encontró su ritmo tras alcanzar la pista de El Escaparate y el Camino Schmidt.
El día, luminoso e inesperadamente benévolo, nos permitió alcanzar sin grandes dificultades la Senda de los Cospes, tras cruzar la pista el Bosque y el arroyo del Telégrafo. Pasamos junto a la helada fuente de la Fuenfría y llegamos al Puerto de la Fuenfría, donde la nieve sin pisar marcó el comienzo de la verdadera aventura.
Aquí surgió la propuesta: continuar hasta el Convento de Casarás (Casa Eraso) o volvernos. La decisión estaba tomada; faltaba elegir el camino. Algunos optaron por la antigua Calzada Romana de la Fuenfría (Cordel de Santillana), más directa y más histórica… y, ese día, mucho más dura.
La nieve acumulada obligaba a hundirse hasta las rodillas. Cada paso era una pequeña batalla blanca. Otros, más pragmáticos, descendieron por la Carretera de la República, que discurre algo más baja, buscando terreno bastante más amable.
Poco a poco, entre resoplidos y bromas para disimular el esfuerzo, tras cruzar, como pudimos, el arroyo Minguete y el de la Argolla. El grupo volvió a reunirse en las ruinas del literario convento, ligado a historias de caballeros templarios.
Allí dimos cuenta de los bocadillos, al abrigo de los muros centenarios, que realidad fueron de la fonda real, construida en 1565 por encargo de Felipe II a su secretario Francisco de Eraso, para lugar de descanso y parada en el camino hacia el palacio de la Granja de la que hoy solo quedan ruinas.
Comimos con ese apetito que solo se gana en la montaña. La comida supo a gloria. El sol seguía acompañando y, por un momento, todo parecía sencillo. Pero quedaba lo más exigente: la vuelta.
La nieve, que por la mañana estaba más firme, se había vuelto blanda y traicionera. Cada paso se hundía más que el anterior. El avance se hizo lento, pesado, casi interminable. Empezaron a aparecer las primeras caras de agotamiento, las miradas largas al horizonte, los silencios. Y esa pregunta que todos, en algún momento, nos hacemos en mitad del esfuerzo: “¿Qué narices hago yo aquí?”
Sin embargo, se seguía andando. Paso a paso. Sin épica grandilocuente, sin discursos heroicos. Simplemente avanzando. La montaña enseña eso: no se conquista de golpe, se supera a base de constancia.
Finalmente, tras algo más de dieciséis kilómetros de nieve, desnivel y voluntad, el grupo regresó al Puerto de Navacerrada, siguiendo el mismo recorrido de la ida.
Exhaustos. Cansados. Con las piernas cargadas y las botas empapadas. Pero también con esa satisfacción íntima que solo deja una jornada dura y compartida.
Fue una excursión de esfuerzo y belleza, de dudas y risas, de historia bajo la nieve y compañerismo en cada huella.
De esas que, mientras las haces, parecen interminables… y que, al recordarlas, se convierten en pequeñas hazañas personales. Por todo ello le otorgo 4 sufridas sicarias.
Antonio López
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