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miércoles, 10 de septiembre de 2025

Excursión 873: Navares de Enmedio y Cueva de los Relaños

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navares de Enmedio 
Final: 
Navares de Enmedio
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 12.1 Km 
Desnivel [+]: 262 m 
Desnivel [--]: 262 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 4,5
Participantes: 28

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Un miércoles más el GMSMA se reúne para hacer una nueva ruta, en esta ocasión con inicio en Navares de Enmedio, el pueblo donde nací y crecí.

La cita fue a las 11 de la mañana, aunque Enrique, Choni, Alejandro y Carmen llegaron a las 9 para ayudar a Mayte (mi mujer) a terminar de colocar las mesas y todo lo necesario para la comida, que tendría lugar al finalizar la marcha.

Enseguida se hicieron las 11, y mientras Mayte se quedó terminando los preparativos, nosotros nos unimos al grupo en la plaza de la Iglesia.

El tiempo parecía que nos iba a complicar la marcha, paraguas y cazadoras impermeables daban cuenta de ello, suerte que al final solo fue una leve lluvia, sin mayores consecuencias.

Después de los pertinentes saludos, iniciamos el recorrido con dirección al camino del Alto del Monte, un servidor en bicicleta debido a la dificultad para andar por un problema de artrosis. 

Enseguida terminamos la empinada cuesta para alcanzar el bonito altiplano; desde este lugar, se pueden divisar unas preciosas vistas con un ángulo de 360º.

En nuestro frente, el camino serpenteante que nos conducirá al monte de Ayuso, y al fondo tierras de Soria, girando a la derecha, toda la Sierra de Abajo (límite de Segovia con Madrid) que este grupo tan bien conoce.

En la zona más baja y cercana, Navares de Ayuso, continuando hacia la derecha, Navares de Enmedio, destacando su torre y álamos con bonitos colores verdes que pronto se transformarán en los típicos colores otoñales.

Al fondo tierra de las Pedrajas y Sepúlveda, éstas son muy pedregosas, donde abundan las plantas de tomillo de tan agradable olor, y que dan el gusto a la buena carne de los corderos de la zona. A lo lejos, tierras de Valladolid, un último giro a la derecha nos permite divisar la Sierra de Arriba o Sierra de la Serrezuela, con los molinos eólicos, lindando con la provincia de Burgos.

En las zonas más cercanas a nuestros pies, tierras con colores cálidos, pertenecientes a esta época del año, como los amarillos de los rastrojos o las tierras marrones rojizas, y los tonos grises de las piedras calizas, contrastan con el cielo, de nubes blanquecinas y grisáceas, sobre un fondo azul celeste claro.

Una pequeña bajada nos conduce al Vallejo de la Ren, ya en lo alto, tomamos un camino que nos conduce a la charca de La Laguna, con esperanza de verla con agua.

Desafortunadamente, nos la encontramos seca, con su fondo arcilloso cuarteado por la sequía, nunca la había visto sin agua. En sus alrededores, muchas plumas de buitres de cuando venían a beber agua antes de que ésta se consumiese.

Abandonamos la charca de La Laguna para continuar, cruzamos campo a través hacia el arroyo de Santa María de Los Regueros, para alcanzar de nuevo el camino de Corralejo.

En una pequeña cuesta del camino, en su lateral, tomamos el tentempié de media mañana (Ángelus). En esta zona conocida como las Pedrajas, en dirección a Navares de las Cuevas.

Hace unos 40 años, recuerdo haber visto cómo las máquinas que hacían las calles para plantar los pinos, (los que cuando llega la temporada, producen abundantes níscalos) levantaban las piedras, y se encontraban con la sorpresa de que muchas de ellas eran fósiles marinos de coral, pero se hizo caso omiso de este importante hallazgo; en cambio en El Valle de Tabladillo, si se han considerado y se hacen rutas geológicas muy interesantes. 

Reanudamos la marcha y al borde del camino nos encontramos con la valla que limita el monte de Ayuso, y por una cancela nos adentramos en este por un valle que nos da acceso al arroyo de la Vega.

En este pequeño tramo nos encontramos con un boletus de color blanco sucio, que al cortarlo azulea como el Boletus satanás, según Ángel su nombre es Boletus radicans, no comestible.

En cualquier caso. Lo que sí que nos enseña esta variedad y la de otros boletus es que para que salgan es tan importante la temperatura (entre 4º y 20º) como la humedad, que en esta ocasión hemos visto que es muy escasa.

Alcanzando el arroyo de la Vega, realizamos un giro a la izquierda para tomar el camino paralelo al arroyo. En apenas 200 metros, alcanzamos la señal de unas piedras y un roble al borde del camino donde nos reagrupamos, y después de aparcar la bicicleta, emprendemos la marcha ascendiendo una ladera empinada, para alcanzar la cueva de los Relaños, que se encuentra a unos cien metros.

A pesar de haber ido muchas veces, la frondosidad de jaras y robles me hicieron dudar del lugar donde se encontraba.

Nuevo reagrupamiento para no perdernos en la espesura del monte, y en apenas veinte metros más adelante, en una zona más despejada, por fin encontramos la cueva.

El acceso no es muy fácil, pero los que se atrevieron a hacerlo comprobaron la curiosidad de su interior, más grande de lo que parece desde fuera. Gracias a la luz que se filtra por uno de los huecos del techo, nos permitió hacer bonitas fotografías.

Ya toca el regreso a Navares, volvemos a tomar el camino paralelo al arroyo, en dirección a la charca de la Cuburrilla.

En este trayecto, encontramos endrinos con abundantes frutos ya maduros; con ayuda de unos cuantos, Choni consiguió recoger las 111 endrinas necesarias para que, mezcladas con un litro de aguardiente dulce, en medio año de maceración conseguir un exquisito pacharán, cuando este coge su color las endrinas se tienen que retirar.

Cruzamos el arroyo, y una pequeña cuesta en la ladera del monte, nos lleva a la charca de la Cuburrilla, esta si con agua. En su lateral, José María nos hizo la foto de grupo con gran éxito, a pesar de las dificultades para clavar la vara que sujeta la cámara, por la sequedad del terreno.

Ahora toca salir del monte por una nueva cancela en el camino de Los Palomares, donde pudimos ver campos de girasoles, a punto de ser cosechados, que ya han perdido su belleza de flores amarillentas mirando al sol, sólo algunos más pequeños, y que nacieron más tarde, nos permiten disfrutar de la belleza de sus pétalos amarillos.

En una tierra abandonada, nos sorprendieron unas plantas rastreras con frutos parecidos a pequeñas sandías, con espinas de nombre Cucumis myriocarpus, de nombre vulgar Sandía espinosa o amarga, catalogada como maleza nociva e invasora. Un poco más adelante descubrimos unos almendros con sus frutos ya listos para su consumo.

Descendemos la cuesta de Los Palomares para entrar en Navares de Enmedio, junto a la cerca del jardín. Cruzamos la plaza de abajo y llegamos al horno de mi hermana Rosi, donde nos esperaban los cuartos de cordero lechal asados en horno de leña y cazuelas de barro.

Con la ayuda de 14 senderomagos, los trasladamos a la nave de la huertona, para degustarlos con unos exquisitos entrantes: empanadas, aceitunas variadas, patatas fritas y ensaladas acompañados con vino de Ribera de Duero, cervezas fresquitas y alguna Coca-Cola, para terminar, unos exquisitos cafés y pastas variadas que nos tenía preparados Mayte. Para finalizar, la entrega de estrellas en un acto muy emotivo, por parte de Antonio, con ayuda de Leonor y Marcos.

En resumen, una bonita jornada, de unos 12 kilómetros y casi 300 metros de desnivel, en muy buena compañía. Valoración 4,5 sicarias. ¡Hasta la próxima excursión!
Marcos Cid Martín

FOTO REPORTAJES

miércoles, 7 de agosto de 2019

Excursión 476: Los encantos de Navares de las Cuevas

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navares de Enmdio
Final: Navares de Enmdio
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,5 Km
Desnivel [+]: 186 m
Desnivel [--]: 186 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5
Participantes: 26

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta





TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
Se ve que los sacrificios a San Pedro que se hicieron el pasado septiembre fueron muchos; yo aún me acuerdo del sol cayendo a plomo en la subida inaugural de temporada al cerro de tal nombre y de cómo la cumbre quedaba cada vez más lejos.

El caso es que el influjo del santo aún perdura en este verano y, en medio de la canícula propia de primeros de agosto, nos deparó un día fresquito, nublado y muy agradable para andar por los campos de Castilla.

Marcos C., que amén de artista y sabio, es generoso como pocos, nos tenía preparada una jornada plagada de placeres en el entorno de su pueblo, Navares de Enmedio, nombre muy atinado, ya que se encuentra entre Navares de Ayuso (digamos que de abajo) y Navares de Las Cuevas (o sea, de arriba); por los tres discurre discreto pero pródigo, el arroyo de Los Navares, como no podría ser de otra manera.

El día habría sido perfecto si no hubiera yo puesto una mácula en él nada más empezar, mejor dicho antes de empezar. Por eso es por lo que estoy aquí, escribiendo esta crónica, tarea que me he autoinflingido para aliviar el resquemor que aún siento por haber llegado tan tarde a la cita. Aunque he de reconocer que escribirla, como el rascar, da cierto gusto y alivia el remordimiento.

El caso es que, después de dar unas vueltas por Navares de Enmedio para conocer el pueblo y esperar un rato (eso, los que habían llegado puntuales), salimos de la plaza de la iglesia por un camino que se remonta hasta los páramos cercanos por el norte. Son éstas zonas de antiguos montes, la mayoría roturados en su momento, que fueron también aprovechados para el pastoreo lanar.

Como testigos de su pasado quedan numerosos restos de apriscos de ovejas e incluso de casonas en las laderas de algún vallejo, todos edificados con la piedra caliza que se iba retirando de los campos para poder labrarlos. Hoy en día, la naturaleza, lenta pero tenazmente, vuelve a ocupar su sitio y puede verse cómo las encinas renacen y rompen la monotonía del ocre de la tierra salpicado por la caliza blanca.

En estos altos nos topamos con los vestigios de lo que debió ser una pelea entre buitres leonados en torno a una charca: Plumas desperdigadas y el despojo de un buitre con toda su anatomía aparentemente completa. También había, más adelante, una cantera abandonada donde, aprovechando su desnivel, hicimos una foto de grupo.

Así llegamos a la carretera que, desde Caravias, desciende a Navares de Las Cuevas. Lo primero que hicimos, antes de entrar propiamente en la población, fue allegarnos a la Ermita de la Virgen del Barrio, donde nos esperaba, por mediación de Marcos, el alcalde del pueblo, quien nos facilitó la entrada y nos explicó someramente su historia.

Esta ermita es una joya del románico temprano en Segovia, seguramente menos conocida de lo que se merece; es un testigo de la repoblación de estas tierras en el siglo XI y de su evolución posterior. Está recién restaurada y, además de por su arquitectura, heredera en parte del arte visigótico, destaca por sus pinturas al fresco y por su imagen de la Virgen del siglo XII. Presenta también una curiosidad en su interior: Una piedra de sillería que hace de tablero de un antiguo juego de fichas.

A continuación bajamos a un área de descanso a la vera del arroyo de los Navares, que fluye con viveza a pesar de ser pleno verano. Tomamos aquí el tentempié y Marcos nos enseñó un cangrejo señal, antiguo morador de estas aguas, que se distingue por presentar una zona roja en sus pinzas (la señal). Por su parte, Carolina nos ofreció un delicado manjar: exquisitas moras de árbol maceradas en vino con azúcar.

Ya, por fin, entramos en el pueblo, que nos saludó con innumerables labores de ganchillo artísticamente dispuestas revistiendo tanto construcciones originales de piedra como hechas a propósito para la ocasión. Hasta la fuente y la picota disponen de sus adornos.

Destaca por su enormidad una maqueta del acueducto de Segovia donde cada losa está revestida de lana. Además hay escenas cotidianas en las que numerosos maniquíes aparecen vestidos con las labores de ganchillo. E incluso hay animales “hechos” con ganchillo.

Tal parece que el pueblo bulle de vida con tanto personaje. Se va a celebrar una fiesta próximamente (la del Ganchillo, claro) y está todo preparado. Según parece, unas cuantas señoras, supongo que ya hartas de hacer mantas para toda la prole, se pusieron hace 7 años manos a la obra y cada temporada añaden nuevas labores que dan color al pueblo y atraen visitantes. Nosotros aprovechamos para tomar una cervecita en el puesto que se ha montado en la plaza con motivo del evento. También hicimos otra foto de grupo con el “acueducto”.

La verdad es que Navares de Las Cuevas es en sí mismo un pueblo que merece la pena visitar. Según salíamos de él para volver hacia Navares de Enmedio por la senda del arroyo, pudimos contemplar lo que queda del Palacio de los marqueses de Revilla, un grandioso edificio del que aún se mantienen en pie los muros exteriores.

Bajamos un rato por la carretera y pronto nos internamos en el cañón labrado por el agua del arroyo durante eones. En la ladera llamaba la atención el desprendimiento reciente de una gran roca, parte de cuyos restos habían traspasado la carretera y golpeado el quitamiedos.

Al poco dejamos la carretera y tomamos la senda a la vereda del río. Plácidamente, al principio por alamedas, después aprovechando para comer alguna mora de zarza, llegamos a la piscina de Navares de Enmedio. Unos cuantos, supongo que los que teníamos más calor (otros decían que los más valientes), nos dimos un baño reparador con el que quedamos a tono para lo que iba a venir después. Mientras tanto, Rubén y Diana, los concesionarios de la piscina, fueron sirviendo unos aperitivos.

Y, a la hora prevista, llegó el plato fuerte: Auténtico lechazo segoviano asado, heredero de toda la memoria que guardan estas tierras.

Marcos, en su modestia, sabía que esto era impagable. Su hermana, como panadera del pueblo, era la que había logrado el punto del asado en el horno y, tanto Rubén como Diana, se habían encargado de que todo estuviera a punto, incluyendo las ensaladas de acompañamiento. La verdad es que yo me puse como el Quico; hacía mucho que no comía un lechazo tan rico.

Un helado de postre y un café parecían el final perfecto para quedarse un rato de plática. Pero, hete aquí que comenzó a sonar una jota castellana y, como movidos por un resorte, una buena parte de los senderomagos saltaron de sus asientos para mover el esqueleto. Y ya animados, siguieron sonando muchos más ritmos que fuimos bailando unos y otros con más o menos fortuna.

¡Qué maravilla de día! Gracias muy especialmente a Marcos y también a todos los demás por vuestra compañía, vuestra amistad y, sobre todo, vuestra paciencia.

5 sicarias parecen pocas para un día tan memorable, pero no hay más que se puedan otorgar, así que 5 bien merecidas son, eso sí, cum laude.
Melchor