* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
Antonio nos convocó el domingo para hacer una excursión de verano, fresquita y cuesta abajo. El plan era salir desde el puerto de Cotos y terminar en La Isla de Rascafría, después de unos 12 kilómetros y aproximadamente 500 metros de desnivel negativo.
El plan era sencillo: quedar a las diez y media en el aparcamiento de La Isla, dejar allí los coches y, desde ese punto, subir hasta el puerto de Cotos en el menor número de coches posibles. Al llegar al puerto de Cotos cada grupo decidió por donde ir al refugio del Pingarrón
Para llegar hasta el refugio, algunos siguieron la carretera que va hacia Valdesquí, mientras que otros se decidieron por una senda lateral. Poco después nos desviamos de la carretera para tomar la pista que sale hacia la izquierda , al llegar a un claro puedes ver la pista de Valdesqui, irreconocible en verano, y las majestuosas Cabezas de Hierro con su impresionante subida por las Cerradillas.
Al llegar al refugio del Pingarrón nos encontramos con una temperatura bastante más fresca de la esperada.
El que no había venido suficientemente abrigado tuvo que empezar a sacar algo de ropa. Poco a poco fuimos reuniéndonos hasta completar el grupo: 17 senderomagos dispuestos a disfrutar de la ruta.
Y entonces sí, empezamos nuestra particular bajada. Descendimos hasta el arroyo de las Guarramillas por una senda tremendamente frondosa y protegida por la sombra de los árboles. El fresco todavía nos acompañaba y, cuando llegamos a la poza de Sócrates, nos pareció que aquel era un lugar perfecto para hacernos la clásica foto de grupo.
El sitio era precioso, aunque la fotografía no hizo justicia al paisaje. Entre las sombras y los claros de luz se produjo un efecto bastante extraño en la cámara. Eso sí, hay un detalle que queda perfectamente reflejado: prácticamente todos aparecemos con toda la ropa que llevábamos encima, señal inequívoca que la ruta de verano estaba siendo bien fresquita.
Continuamos caminando junto al arroyo de las Guarramillas, pensando que más adelante encontraríamos un lugar mejor para repetir la foto de grupo. Poco después llegó uno de esos momentos que siempre aportan un poco de diversión a cualquier ruta: cruzar el arroyo de las Cerradillas.
Y es que cruzar un arroyo nunca es simplemente cruzarlo. Hay que buscar el mejor paso, hacer algún equilibrio imposible, echar una mano al compañero. Al fin y al cabo, esos pequeños momentos siempre dan un plus de diversión a nuestras rutas.
Seguimos por el sendero entre los pinares y empezamos a notar que la temperatura iba subiendo poco a poco.
El fresco de primera hora empezaba a desaparecer y, con él, también empezaban a sobrar las capas de ropa. El camino era tremendamente agradable, la temperatura se había vuelto perfecta y los olores del campo eran sencillamente fabulosos.
Hasta que llegamos a un lugar que nos resultó especialmente bonito y también bastante conocido. Ante nosotros apareció una magnífica panorámica del valle del Lozoya, un auténtico mirador natural desde el que disfrutar de las vistas.
Esta vez no hubo dudas: aquel era el lugar perfecto para nuestra foto de grupo. Y ahora sí, la foto salió estupendamente. Nada que ver con la primera. Después de quedarnos un rato disfrutando de las vistas y contemplando el paisaje, retomamos nuestra bajada.
El sendero comenzó a ponerse algo más entretenido. Algunos pasos requerían prestar un poco de atención, pero estaban bastante bien y no suponían mayor problema. Mientras tanto, la temperatura seguía subiendo y, como consecuencia lógica, la ropa seguía desapareciendo.
Cuando llegamos al Tejo Centenario, ya cerca de la cascada escondida, decidimos que había llegado el momento del Ángelus.
Nos sentamos en un lugar realmente bonito. Algunos aprovecharon para acercarse a descubrir la cascada, otros bajaron hasta el río y otros hicieron lo que probablemente era la actividad más importante de todas: comer y descansar un rato.
Con las fuerzas recuperadas, continuamos descendiendo, tuvimos algún tramo de bajada bastante pedregoso que añadió un poco de emoción al recorrido, pero después volvimos a encontrarnos con una pista ancha, cómoda y mucho más fácil de caminar.
Por ella cruzamos el arroyo de la Majada del Espino y, poco después, abandonamos la pista para tomar un sendero más cercano al arroyo.
Los helechos estaban espectaculares. A estas alturas del verano conservaban un verdor intenso que aportaba todavía más sensación de frescor al camino. Entre los pinos fuimos encontrando también algunos de esos árboles curiosos que siempre llaman nuestra atención cuando hacemos esta ruta.
Finalmente volvimos a enlazar con la pista, la PRM-25, para llegar hasta la parte trasera de la conocida Poza de Pepa. Y allí hicimos nuestra parada para comer.
Pocas veces se puede encontrar un sitio mejor para sacar el bocata de mediodía. El lugar era sencillamente idílico: agua transparente, pequeñas cascadas, grandes piedras, vegetación y un verde intenso que lo envolvía todo. Algunos aprovechamos incluso para meter los pies en el agua y refrescarnos. Después de comer, continuamos la marcha en dirección a la poza de la Angostura. Resultaba curioso comprobar que el arroyo todavía llevaba bastante agua, a pesar de que en esta época del año prácticamente no ha llovido.
Seguimos caminando entre los pinares hasta alcanzar la presa del Pradillo. Fuimos bordeándola y, poco a poco, nos acercábamos al final de nuestra ruta, donde habíamos dejado los coches por la mañana.
Desde allí , en coche, subimos al puerto de Cotos, esta vez para recoger los coches de los conductores que los habían dejado arriba.
Fueron casi 12 kilómetros, unos 600 metros de agradable desnivel negativo, mucha agua, sombra, bosques, arroyos, buenas vistas, bocata junto a una poza y, sobre todo, 17 senderomagos compartiendo un estupendo día de montaña.
Por todo esto a esta ruta hay que ponerle 5 sicarias sin lugar a dudas.
Fernando Ramos
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