Mostrando entradas con la etiqueta Embalse de Navalmedio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Embalse de Navalmedio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Excursión 502: Mina de las Cortes y Cóncavo de Siete Picos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Fonda Real
Final: Fonda Real
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia:  15,3 Km
Desnivel [+]: 776 m
Desnivel [--]: 776 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 33

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta



















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta







PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

* Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC

* Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN

Es un gran honor, para el más novato de los senderomagos, hacer la crónica de esta probablemente última excursión del año 2019, la número 502 del GMSMA, la discreta número 8 de mi cuenta particular, pero sin duda la más bonita que he hecho con vosotros.

Tenemos que dar gracias, como siempre, a Antonio y a sus benditas improvisaciones sobre la marcha, que nos han conducido a disfrutar de una maravilla paisajística y de una bonanza meteorológica gracias a la ventana de sol que nos han dejado "Daniel" y "Elsa", esas grandes borrascas que nos atacan desde el Atlántico.

La niebla y las nubes bajas que dominaban sobre la mayor parte de la Comunidad de Madrid, no presagiaban nada bueno, aunque a algunos nos cabía la esperanza de que esas nubes bajas dejaran libre las cumbres.

El punto de encuentro de nuestra ruta estaba en la subida al Puerto de Navacerrada, concretamente en el aparcamiento detrás de la Fonda Real. Iniciamos nuestra marcha por una cómoda y larga pista forestal, que nos llevó a bordear a nuestra izquierda y a cierta altura el pantano de Navalmedio, que recoge las aguas del río del mismo nombre.

El día estaba cerrado con niebla, mucha humedad y frío. Ángel y Marcos C estaban ya buscando sus setas. Lucio y Carolina dando voces a Kiro y esas primeras horas también se buscaba a Mecha, como viene siendo habitual.

A medida que caminábamos, Julián y yo disfrutábamos de una lección magistral sobre la calidad del buen aceite de Jaén y unos consejos prácticos sobre el tema a cargo de Paco D.

El camino seguía bastante plano, lo que nos hacia intuir que la subida iba a ser luego más dura. Tras cruzar el río por un puente de cemento, comenzó el ascenso, siguiendo el Camino del Calvario, que conecta Cercedilla co el puerto de Navacerrada. Aunque la niebla era persistente, a ratos salía un tibio sol que se volvía a esconder.

Tras dejar la cómoda pista y continuamos por una estrecha senda, por fin llegamos a la mina de Las Cortes de Navacerrada, pequeña explotación de mediados del siglo XIX, que en la Guerra Civil se explotó para extraer Wolframio. La curiosidad nos pudo a casi todos y allá fuimos a sentirnos exploradores, descubriendo murciélagos y un Belén en el fondo de la mina que nos recordó la proximidad de la Navidad.

Seguimos ascendiendo y cruzamos la vía del ferrocarril que une Cercedilla con el Puerto de Cotos, donde Mari Angeles nos hizo una vez más una demostración de su "agilidad gimnástica".

Tras parar en el collado Albo para tomar el tentempié del ángelus, pareció que las fuerzas aportadas nos ayudaron a subir la dura pendiente y rocas que nos esperaban, pero a medida que ascendíamos, el sol nos iluminaba el día y un mar de algodón se abría a nuestros pies.

Comenzaba el mejor momento de la excursión, el espectáculo era brillante, lleno de luz, las montañas manchadas tibiamente por las recientes nevadas y el calor que nos aportaba el astro rey hacia subir los ánimos. Nunca el "avión de Jorge" ha sido tan auténtico, ¡estaba volando por encima de las nubes!.

Las cámaras de los móviles no paraban, todos queríamos plasmar el mágico momento que estábamos viviendo, y ciertamente las fotos dan pruebas de ello, aunque las sensaciones vividas in situ no hay cámara que sea capaz de captarlas.

Reiniciamos la andadura por pasos difíciles que recordaban a zonas de La Pedriza, las ayudas de manos amigas, se necesitaron para algunos de ellos, rodeamos arboles imposibles doblados sobre ellos mismos, hechos auténticos nudos de madera vieja curtida por el frío de estas montañas.

Conectamos con la senda Herreros (PR-8), por la que descendimos bordeando el Cóncavo de Siete Picos. Bajo los Riscos de Cueva Lirón paramos a dar cuenta de los bocadillos. Tras la comida y los tragitos de vino de las botas de Antonio y Jose Luis, continuamos bajando por el sendero que algunos atribuían a de los "herreros", no faltando por ellos las bromas y los cánticos al respecto.

Pero en realidad, el nombre se debe a Enrique Herreros, famoso ilustrador, humorista y artista que, allá por los años veinte del siglo pasado, hizo las delicias de quienes leían La Codorniz. Erudito y amante de la cultura y de la montaña, el dibujante trazó este recorrido, uno de los más bellos y abruptos de la Sierra de Guadarrama.

Si la subida fue dura la bajada tampoco estuvo mal, piedras mojadas y resbaladizas provocaron varias caídas, afortunadamente sin mayores consecuencias, aunque algunos/as se habrán explorado al llegar a casa en busca de hematomas en sus posaderas.

Por fin llegamos al río Pradillo, cuando aún solo es un recién nacido, punto final o inicial, según se mire, de la senda Herreros. Durante un trecho fuimos paralelos al arroyo, deleitados por su alegre murmullo, cruzamos un par de veces la vía del ferrocarril y una última vez en la colonia de Camorritos.

Más abajo fue un problema vadearlo, si no, que se lo pregunten al pie mojado de Teresa, a la rodilla de Javier y a otro pie que pisó el espléndido "regalito" de una vaca.

Cruzamos de nuevo la vía ferroviaria y la colonia de Camorritos y emprendimos la vuelta por el pantano de Navalmedio hasta el aparcamiento.

Cuando creíamos que ya solo quedaba descender, subimos por una loma hasta alcanzar un collado desde el que descendimos para bordear el pantano de Navalmedio hasta el aparcamiento de la Fonda Real.

Una excursión Mágica, pero la magia, no solo fue debida a la belleza del paisaje y al buen tiempo, la Magia auténtica es el buen rollo y el buen humor que impera en el grupo, me siento afortunado de haberos encontrado.

Creedme si os digo que sois parte de las pocas cosas buenas que me han pasado en este nefasto, para mí, año 2019 que se acaba. No es mi pretensión halagar vuestros oídos, lo digo de corazón. 

¡Gracias a todos por vuestra acogida! De forma muy especial a Antonio y a los Pacos por su labor y esfuerzo, y por supuesto a Leonor por ser mi madrina en mi bautizo de senderomago.

¡Feliz Navidad y un Mágico 2020!
Fernando Hernández

P.D.: Como parece que solo el cronista es el que puede calificar la excursión, le otorgo un 5, la máxima nota.


La excursión tuvo su inicio
a tres días del solsticio
de invierno —no es nada extraño—,
un miércoles muy propicio
para terminar el año.
La previsión auguraba
niebla, frío y ventarrón,
mas fue una equivocación,
ya que no nos anunciaba
darse térmica inversión.
—¡Vaya un día más pachucho!,
seguro que llueve mucho.
—No sé si a los de Alcalá
esto nos convencerá,
quizá nos dé un arrechucho.

Mandó nuestro comandante
convocatoria oficial
justo en la Fonda Real,
que hoy solo es un restaurante,
mas nombre tan rimbombante
fue debido a una memez:
pues con toda rapidez
se hizo famoso el recinto
porque el rey Felipe V
allí pernoctó una vez.

Al salir, por consiguiente,
tomamos directamente
la ruta que por en medio
sin saltar, cruzando un puente,
atraviesa el Navalmedio,
y ascendiendo por el río,
siguiendo la margen diestra,
nos entró un escalofrío
ante un nuevo desafío:
la cornamenta siniestra
de una vaca en el camino.
Vito y Twiter dan ladridos,
y con instinto asesino
la siguen enloquecidos.

Cambio de tercio canino,
y con una revolera
Mecha se mete en faena
con el astado en la arena.
¡Que le den una montera
a esa perra tan torera!
Kiro se nos viene arriba
y la vaca que se agobia
se vuelve un poco agresiva,
¡Que le den la alternativa
en el coso de Segovia!
Cambio de tercio y pitada,
pues la vaca mosqueada
a todos los gemesmeros
nos confundió con toreros
siguiendo la novillada.

Tras un ascenso empinado
y una trepada cansina
por una senda anodina,
hubimos por fin llegado
a la boca de la mina,
y aunque hay cosas más modernas
para no llevarse un fiasco
unos fueron con linternas,
y algunos hasta con casco
para explorar las cavernas.
¿Y qué es lo que dentro había?:
una cueva muy vacía
murciélagos, unos cien,
y al fin de la galería
hubo un portal de Belén.

Seguimos por la ladera,
atravesamos la vía
un poco más todavía,
y sacamos la tartera,
en una zona algo fría,
y de la niebla hubo que
poner los culos a salvo
en tomando el tentempié,
aun siendo solo un café,
justo en el Collado Albo.

Por la cuerda remontamos
a la Pimpollada Negra,
el sol al fin contemplamos
y de la niebla escapamos
—lo que siempre nos alegra—,
y al volver la vista atrás
vimos algo fascinante
la mejor vista, y quizás,
algo tan impresionante
que no olvidaré jamás,
pues la térmica inversión
hace que según más subes
se despeja la visión
y abajo un gran mar de nubes
cubre toda la extensión.

El volver no fue sencillo:
roquedales puñeteros
siguiendo la Senda Herreros
hacia el Hoyo Terradillo,
comienzo del río Pradillo,
y si por estas pedrizas
la subida es muy cansada
más perversa es la bajada
por rocas resbaladizas
—un traspiés y te deslizas—.
Seguimos el río Pradillo
hasta cruzar Camorritos
iba el río bien crecidillo
y no vimos puentecitos,
¡hay que saltar, señoritos,
y el torrente no se aplaca!

Saltamos sin alharaca
y ninguno se mojó,
pero más de uno cayó
sobre una caca de vaca.
Nos quedaba, por un prado,
pasar un breve collado,
sobrepasar sin remedio
la presa de Navalmedio,
y veríamos alcanzado
nuestro destino final
por caminos principales
sin cuestas ni pedregales,
dos kilómetros, total,
hasta la Fonda Real.

A mí en nada me compete
poner nota a la excursión,
que el cronista la interprete
y dé su propia opinión,
en eso nadie se mete,
pero me estoy preguntando:
¿pensando y considerando
qué bien nos fue la excursión,
será buena puntuación
la que le ponga Fernando? 

¡Feliz año a todos!

Paco Cantos

FOTO REPORTAJES

miércoles, 21 de enero de 2015

Excursión 217: El tren de Cercedilla

FICHA TÉCNICA
Inicio: Cercedilla
Final: Cercedilla
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  18,1 Km
Desnivel [+]: 654 m
Desnivel [--]: 657 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí

Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 29

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta








































PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
“...subiremos desde Cercedilla al puerto de Navacerrada paralelos a su trazado, por buen camino”, decía con su peculiar estilo la convocatoria enviada por Antonio. Cielo despejado y con ganas de caminar. El día empezaba bien.

Andaba yo con los saludos de rigor al personal cuando llegó el turno de Melchor quien, con su sonrisa acostumbrada, que sin embargo se me antojó un poco maléfica, me soltó lo que en principio creí que era una broma: “Como sabes, cada excursión va a tener un cronista diferente, y ésta te ha tocado a ti”. ¿Ya? ¡No lo esperaba tan pronto! Estaba tratando de librarme del encargo con unas pobres excusas precipitadamente hilvanadas, cuando apareció Antonio confirmando lo dicho. La decisión había sido tomada.

Sin argumentos y muy consciente de las reglas ya apuntadas hace un par de excursiones (léase el último párrafo de la crónica de Marcelo), no me quedó otra que mentir diciendo que sería un honor. Menudo lío. 

Siendo, como soy, más bien de ciencias, y tal como está el listón. Con mis limitados conocimientos del terreno y mi memoria de pez, ¡no seré capaz de recordar nada!

Tras los minutos de cortesía para los más tardones, partimos 29 del aparcamiento subterráneo de Cercedilla y, después de atravesar algunas urbanizaciones del pueblo, llegamos a la llamada estación de Camorritos, que sería la primera toma de contacto con la vía del tren que íbamos a recorrer, que conduce con una pendiente media del 5,5% hasta el puerto de Navacerrada.

Este tramo de vía se construyó entre 1918 y 1923. Posteriormente, hacia 1950, este ferrocarril de vía estrecha se prolongaría hasta Cotos.

Tomamos el “Camino de Siete Picos” que discurre por la margen izquierda de las vías y enseguida empezamos a caminar entre pinos. Casi de repente, apareció una gran nube gris que cubrió todo el cielo y empezaron a caer los primeros copos.

Resbalones y alguna que otra caída sin consecuencias, anunciada por sonoras carcajadas que con entrañable afecto proferían los testigos más cercanos, ponían en alerta al resto de senderomagos de la presencia de peligrosas placas de hielo.

No paraba de nevar, y así seguiría, con mayor o menor intensidad, toda la jornada. Me alegré para mis adentros al pensar que estirando un poco este hecho, me daría por lo menos para medio párrafo de la crónica.

A medida que ascendíamos, iba aumentando la cubierta de nieve, haciendo esta vez el recorrido más cómodo y seguro por la ausencia de hielo.

Entretanto, yo con lo mío: “Tengo una crónica que escribir y debo prestar atención a los detalles del camino, no me pase lo de otras veces, que hasta llegar a casa y ver las fotos no sé dónde he estado”.

Algo de esta inquietud debió de advertir Melchor, porque se acercó para darme algunos consejos al tiempo que me revelaba algunos trucos que sólo conocen los más curtidos en el, para mí difícil, arte narrativo. Yo se lo agradecí, como se le agradece a quien te pone mercromina en la puñalada que te acaba de dar.

Habríamos andado hora y media cuando, después de atravesar cómodamente el río Pradillo, llegamos a la altura de la estación de Siete Picos. Hora del tentempié.

Había una vieja casa con un porche, que los primeros en llegar fueron ocupando en busca de cobijo contra la nieve que caía.

Rápidamente fueron ocupadas todas las plazas, de modo que el resto nos dirigimos hacia otra construcción que se veía un poco más allá, con la esperanza de caber todos y ponernos a resguardo. 

El edificio resultó ser una casa derruida sin tejado ni cubierta alguna, por lo que nuestros deseos se cumplieron parcialmente, ya que si bien no encontramos techo en el que cobijarnos, fuera sí que cupimos todos.

Reanudamos la marcha, no ya paralelos a la vía del tren (hecho éste que me hizo pensar erróneamente que llegaríamos hasta Navacerrada salvando un cómodo desnivel), sino que emprendimos un brusco ascenso ladera arriba y en estricta fila india hasta llegar a la cuerda de Collado Albo, abandonando de este modo el valle de Siete Picos, y desde allí, ya por la ladera opuesta fuimos en busca del siguiente encuentro con las vías que en este caso discurren por el valle del arroyo Navalmedio.

A pesar de lo despejado del trayecto en este punto, por lo que parecía ser un ancho cortafuegos, la visibilidad era escasa por culpa de la nieve que caía sin cesar, y con fuerza a veces, debido al viento. 

Qué lástima no tener vistas, pensé, aunque casi de inmediato mi mente volvió al asunto de la crónica y me consolé al pensar que así no tendría que describir que a lo lejos se veía el cerro nosequé a los pies del majestuoso pico nosecual.

Poco me duró el consuelo cuando hice un repaso mental del material que hasta entonces tenía para la redacción. Habíamos salido de Cercedilla y había nieve. Mucha…, y blanca… Fin del material.

Alcanzamos las vías del tren tras un breve e inesperado descenso, no sin antes bajar por la pronunciada pendiente de un terraplén que acarreó algunos resbalones y caídas, hiriendo tan solo el orgullo de las víctimas.

Ascendimos ya paralelos a la vía del tren, esta vez no por camino ni senda, sino al lado de las vías, pisando sobre las piedras (el balasto) que, gracias a la nieve caída, no resultaba demasiado incómodo.

Habíamos recorrido un trecho cuando, por indicaciones de Paco C, nos apartamos en un tramo ancho y seguro, a la espera del paso del “tren de la una”, que bajaba con dirección Cercedilla, y lo sabía con tanta certeza porque se había preparado un cuadrante con los horarios de la excursión y los del paso del tren, además de una bocina de tren de fabricación casera que usó unas cuantas veces para amenizarnos la espera.

Reanudamos la marcha con ganas ya de llegar al puerto. Sólo fueron tres kilómetros, pero no sé si por los doscientos metros de desnivel o porque andar por el balasto, incluso con nieve, no era tan cómodo como parecía, el caso es que a mí se me hicieron eternos.

Por fin llegamos a la estación de Navacerrada y rápidamente nos instalamos en la cantina, donde pudimos descansar, comer el bocadillo y tomar algo caliente.

Para sorpresa de muchos, allí estaba nuestro compañero José María, que se tomó la molestia de llevarnos la esperada revista por él diseñada con el resumen del pasado año y que sólo pudieron disfrutar unos cuantos pecadores.

Pecadores, decía, porque no resistieron la tentación de una bajada cómoda en tren, ya que, si bien algunos contaban con una buena coartada, otros relataban las excusas más peregrinas que en la montaña se hayan oído jamás.

Una vez emprendido el regreso de los quince valientes que optaron por continuar con el itinerario previsto, no se hicieron esperar las críticas hacia los que se quedaron atrás.

No las voy a repetir aquí por numerosas, ya que fueron tema de animada conversación en diferentes tramos del recorrido. Tan sólo referir que fueron, cuando menos, corrosivas, llegando a alcanzar en algunos momentos niveles de intensidad próximos al despelleje. Siempre desde el cariño, naturalmente.

Iniciamos el descenso por el Camino de la Vaqueriza. El paisaje era sencillamente espectacular.

En las cotas más altas del recorrido, las finas hojas de los árboles estaban adornadas con ese fenómeno atmosférico que se llama cencellada (o cenceñada) y que consiste en que toda la superficie de las hojas está rodeada de escarcha y no sólo por arriba.

Estas bajas temperaturas también eran las responsables de que alguna cámara de fotos dejara de funcionar y de que el fotógrafo con móvil se pensara dos veces antes de quitarse el guante para hacer la foto.

Nevaba sin parar cuando llegamos al río Navalmedio, que a juzgar por su caudal, bien podía haber pasado por un arroyo.

No tardamos en alcanzar la presa del mismo nombre que se encuentra aguas abajo, en donde hicimos un pequeño alto para esperar a los rezagados.

Momento que aprovechó Antonio V. para enseñarnos orgulloso su regalo de reyes, consistente en un bajo-guante, cuyos dedos índice y pulgar estaban provistos en su extremo final de una especie de almohadilla que tenía la propiedad de permitir al usuario el manejo una pantalla táctil. Y no sólo eso. 


Dadas las propiedades absorbentes  de tan prodigioso material, el usuario podía retirar cómodamente el líquido acuoso que, ya por frío intenso, ya por simple constipado, se forma en la base de las fosas nasales. Fue esta última característica del producto la que contó más ovaciones por parte de los presentes, al tiempo que se exaltaban las virtudes de los adelantos de la ciencia.

Descendimos el último tramo a buen ritmo, quizá pensando en la recompensa de las cervezas. Cervezas y consumiciones que fueron sufragadas en su totalidad por el recién estrenado abuelo José Luis R. con motivo del nacimiento de su nieto Adrián, por cuya salud brindamos.

Mencionar, por último, el delicado camino de vuelta en coche, y la hora y pico que tardamos en atravesar el kilómetro que tiene la calle principal del pueblo de Guadarrama. Después supimos que muchos otros corrieron igual suerte en sus respectivas vueltas a casa.

Quizá por la espantá, Madi no otorga más de cuatro sicarias a esta bonita excursión.

Ya van llegando fotos, así que voy a ver si me pongo con la dichosa crónica.
Fernando DíazH

miércoles, 25 de junio de 2014

Excursión 194: Valle de la Barranca - Pino de la Cadena

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Barranca. Navacerrada

Final: Fonda Real. Navacerrada

Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 15,6 Km 
Desnivel [+]: 611 m 
Desnivel [--]: 632 m

Tipo: Sólo ida
Dificultad:
 Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí

Ciclable: Sí
Valoración: 4
Participantes: 29


MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta






















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK
* Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
“La penúltima” del curso estaba ideada como un tranquilo paseo rematado con una comida veraniega en Las Postas. Como vice-guías, en ausencia de Antonio, éste había nombrado a los venerables José Mª y Antolín.

Comenzó José Mª ejerciendo su oficio muy decidido, a base de ordenar sin dar más explicaciones para evitar toda capacidad de reacción (la información es poder), y casi sin darnos cuenta ya estábamos caminando por la pista de La Barranca a buen ritmo y en animada camaradería. Yo aproveché para sonsacar a Miguel Ángel todos los pormenores de su hazaña en la Quebrantahuesos de los Pirineos.
El día era fresquito para ser verano y el cuerpo pedía marcha. Llegamos sin sentir a la fuente de La Campanilla, donde Manuel M., nuevo fichaje del GMSMA, dio su primera campanada con el grupo. Tras un breve paréntesis, de nuevo pista para arriba, con Teo revoloteando entre las piernas de los paseantes y encarándose con una inocente vaca que le perdonó la vida.
Casi todos conocíamos el mirador de Las Canchas, cuyas vistas, sin embargo, nunca dejan de sorprender. Quienes no habían estado nunca en él pudieron descubrirlo en un día especialmente luminoso y despejado. Allí nos asentamos un buen rato para tomar el aperitivo relajadamente. A continuación, en el mismo lugar, llegó el momento de la foto de grupo, donde al bastón de mando de José Mª le faltó estabilidad como trípode, quizá por estar aún en elaboración (recuérdese que uno anterior, muy trabajado, lo perdió en un túnel tenebroso).
Centrado como estaba en su misión de guiar al grupo, a José Mª no le importó que la labor fotográfica se llevara a cabo por un joven espontaneo muy bien acompañado. Hay que decir, sin embargo, que la concentración de Antolín como co-lider comenzó aquí a declinar, cosa que no es de extrañar si se fija uno en su colocación en la foto de grupo rodeado de lo más granado de la juventud. Cuando, ya más adelante, íbamos por el arroyo de Navalmedio, Antolín cerraba el pelotón totalmente disperso, atendiendo sólo al reclamo de un par de bañistas en bikini y al de otro par de amazonas con quienes nos cruzamos.
Desde Las Canchas ya todo era bajada por la misma pista hasta llegar a la explanada del antiguo hospital “de Walpurgis”.
Nada más rodearlo, nos encaramamos a un privilegiado mirador, un balcón natural hacia el sur que abarca más de 180º.
Disfrutamos las vistas, pero Manuel M. tuvo la mala suerte de torcerse un tobillo al bajar; aunque continuó caminando, sobre todo por amor propio, iba renqueando.
Tuvo la suerte de que, una vez llegamos al Ventorrillo por la carretera de subida al puerto de Navacerrada, Antonio hubiera aparcado en las proximidades para saludarnos, así que se fueron juntos a tomar cañas mientras los demás proseguíamos hasta el Pino de la Cadena, que cuenta con una curiosa historia rayana en la leyenda.
El paseo por el valle sombreado de
Navalmedio, con el agua del arroyo fluyendo cantarina, era un placer. Pero todo se acaba y al llegar al embalse se empezó a notar la solana.En el último tramo, hasta La Fonda Real, ya apareció el cansancio; menos mal que combinamos la carretera con una senda que lo hizo más soportable.
Hay que decir que la comida en
Las Postas no es lo mismo sin cocido, aunque sea verano. Sin embargo, no tiene precio el ambiente que, una vez más, se creó en el lugar.
No faltó, como no podía ser menos, “Er Niño Joaquín”, ni la declamación portentosa de José Mª, ni siquiera el acompañamiento al piano de Paco C. e incluso alguna pieza de exhibición.
Pero esta vez, además, Rosa B. se arrancó por habaneras y eso después de entregar a Antonio una gran pintura de su creación, inspirada en una de las excursiones del GMSMA. ¡Cuidadito, Antonio, vuelve pronto a caminar, que en una de estas te obsequian con una ley de aforamiento!
Permítaseme tener un detalle personal de agradecimiento con Manuel M., a quien deseo una rápida recuperación, ya que me hizo una foto donde salgo tan joven y risueño que me doy envidia. Fernando S.: Lo tienes crudo para superarlo.
Madi dictamina que 4 merecidas sicarias son adecuadas para calificar esta marcha.
Melchor