jueves, 28 de agosto de 2025

Excursión 871: Mirador de los Robledos y Valle del Lozoya

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Isla. Rascafría
Final: 
La Isla. Rascafría
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,8 Km 
Desnivel [+]: 205 m 
Desnivel [--]: 205 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: Sí
Participantes: 17

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













miércoles, 20 de agosto de 2025

Excursión 870: Las calderas del río Cambrones

FICHA TÉCNICA
Inicio: San Ildefonso
Final: 
 San Ildefonso
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 10,5 Km 
Desnivel [+]: 233 m 
Desnivel [--]: 233 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 18

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* Perfil, alturas y distancias de la ruta













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RESUMEN
Por los senderos que serpentean junto al río Cambrones, cerca de los maravillosos Jardines de la Granja, que, como muchos miembros del Gmsma saben, me siguen asombrando cada vez que voy, he trazado mi centésima excursión, un hito que resuena con ecos de aventura y gratitud. No es casualidad, pienso, que esta cifra redonda, este ordinal tan sonoro -¡la centésima!— haya coincidido con el mes de agosto, dedicado al gran Augusto, mi romano favorito, el artífice de un imperio que aún susurra en las piedras y en los sueños de los que amamos la historia. Y qué lugar más adecuado para celebrarlo que los alrededores de La Granja, ese rincón de Segovia donde los jardines parecen susurrar versos de Garcilaso y los surtidores danzan.

Así que me pedí hacer la crónica por varios motivos: la centésima, agosto, la Granja, mi amor al emperador … Y enseguida me di cuenta de que era un pequeño embolado porque es una excursión que se ha realizado varias veces y realmente creo que ya está todo contado magníficamente por Paco Nieto y otros. No quería copiar nada de lo escrito por ellos y no se me ocurría nada para ser original, así que pensé si podría unir en el mismo texto a Augusto, la Granja y el río Cambrones.

Quedamos un grupo de 18 saliendo de la explanada del palacio. Yo estaba muy contenta por volver a ver a tantos amigos después de la parada de las vacaciones y porque hacía mi excursión cien, algo que no termino de creerme. Lo que comenzó como una forma de volver a mi querida sierra de Guadarrama, a la que por diversos motivos llevaba tiempo sin ir, se ha convertido en una pasión que me ha llevado a descubrir paisajes, retos, aventuras, viajes y, sobre todo, personas increíbles.

No voy a mentir: mi forma física no siempre ha estado a la altura del resto de los miembros del Gmsma; a veces, mientras todos subían como cabras montesas, yo iba jadeando detrás, contando los pasos para no pensar en el cansancio. Pero lo que hace especial cada salida es la acogida del grupo. 

Desde el minuto uno, siempre ha habido una mano tendida, una palabra de ánimo o una pausa estratégica para que pudiera recuperar el aliento sin sentirme fuera de lugar. Y gracias a todos no me he quedado perdida en infinidad de ocasiones hablando con las cabras. Cada sendero, cada cima y cada conversación en el camino han hecho que estas 100 excursiones sean mucho más que un número. Son momentos, risas y hasta alguna que otra caída que hoy celebro con orgullo.

El río Cambrones, con su curso fresco y cantarín, nos recibió como un viejo amigo que guarda secretos en cada recodo. Sus aguas, cristalinas, reflejan un cielo de agosto que parece pintado por un dios generoso. Caminamos entre pinares, con el aroma de la resina impregnando el aire, mientras el sol, aún tímido, se colaba entre las ramas, dibujando mosaicos de luz en el sendero. No puedo evitar sentirme afortunada.

Que mi centésima excursión con el GMSMA haya caído en este mes, bajo la sombra de Augusto, el emperador que transformó Roma con la misma pasión con la que nosotros transformamos cada paso en memoria, es un guiño del destino. Y que sea aquí, cerca de los Jardines de la Granja, donde los reyes soñaron con la eternidad y los surtidores desafían la gravedad, me parece un regalo del cosmos.

Este lugar, con su elegancia barroca y su verdor indómito, siempre ha sido para mí un refugio del alma, un espacio donde el tiempo se detiene y la belleza se vuelve tangible.

Los Jardines de la Granja, con sus fuentes que desafían la física newtoniana, estaban allí, al fondo, recordándome que los reyes tenían más presupuesto para paisajismo que los ayuntamientos serranos para puentes. Y aun así, ¡qué lugar!.

Es como si la naturaleza hubiera leído a Garcilaso y decidido firmar su poema con un “visto y aprobado”. El río Cambrones, con su murmullo de diva y sus aguas de postal, se pavoneaba como el protagonista de la función. Robles altivos, fresnos elegantes, helechos arrogantes y matas de tomillo, cantueso y cambroño —ese piorno de flores amarillas que da nombre al río— componían un decorado que ni el mejor escenógrafo habría soñado.

Llegamos a la primera caldera, donde el río se toma un respiro, y paramos a esperar a dos rezagados. El rumor del agua, el canto de un mirlo y el crujir de mis botas polvorientas armaban una sinfonía que casi, solo casi, me puso trascendental. Saqué mi cuaderno y garabateé: “Centésima. Agosto. Cambrones. La Granja. Augusto. Gracias”. Porque, si estas cien excursiones me han enseñado algo es que la montaña no regala nada.

Cada paso rompe la rutina, es un acto de rebeldía contra lo cotidiano, el crujir de las piedras bajo las botas, el aire fresco que llena los pulmones, el latido que se acelera con la pendiente: todo conspira para hacerte sentir vivo. No es solo caminar; es un diálogo con la naturaleza, donde cada zancada te saca del ruido mental y te planta en el presente. Si tropiezas, el grupo lo convierte en una risa compartida; si alcanzas la cima, el silencio del paisaje te abraza. Cada paso transforma, conecta, libera. Es más que una excursión: es un recordatorio de que estás aquí, ahora, y eso ya es especial.

Serpenteamos por el camino superior —el sendero junto al río estaba para los más atrevidos— y, con algo de esfuerzo, llegamos al cruce del río. Luego, la Caldera del Guindo, sorteando rocas como si fuéramos Indiana Jones en chanclas. Enfrente de nosotros teníamos las marmitas de gigante, moldeadas por el agua y el roce paciente de las piedras, eran un espectáculo: pozas naturales que parecían diseñadas por un escultor con demasiada imaginación.

Un tramo complicado, que deja a la inaccesible Caldera de Enmedio en soledad, nos guio hasta la Caldera Negra, en una vaguada abrazada por abedules, chopos y un pinar que apenas empezaba a crecer. La cascada inicial, medio escondida entre las rocas, era una joya que te susurraba ‘quédate un rato’. Algunos, con ansias de más, treparon un poco más para contemplar la Caldera de las Barbas, la más alejada y última.

Regresamos a la Caldera del Guindo, supuestamente menos concurrida, donde los tres más valientes del grupo se lanzaron a un chapuzón digno de medalla olímpica. También aprovechamos para hacer la parada de rigor para nuestro particular “ángelus”: un bocado rápido, más por costumbre que por hambre, porque en San Ildefonso nos esperaba una comida de verdad, no esas migajas que saben a gloria solo porque estás en medio del campo y todo te parece un banquete.

Ya volvimos cuando el sol apretaba más y mis piernas me recordaban que no estoy para estos trotes. El regreso fue rápido, con el sol dándonos un ultimátum y mis botas acumulando más polvo que un museo. Pero llegué: con el orgullo a flor de piel y una satisfacción que desborda cualquier foto. Esta centésima excursión no fue solo un número, sino un triunfo rotundo sobre la pereza. No cabía en mí de alegría: ¡por fin había obtenido la codiciada estrella negra”!

Al regresar, con el sol ya alto y el cansancio tejiendo su suave manto sobre nosotros, miré atrás. El río seguía su curso, indiferente a nuestra presencia, pero yo me llevé un pedazo de su música en el alma. Esta centésima excursión no fue solo un número, sino un puente entre mi amor por la naturaleza, la historia y la amistad. Augusto, desde algún rincón del Olimpo seguro que sonrió.

Y los Jardines de la Granja, testigos silenciosos, guardarán este día en su memoria de fuentes y senderos. Así, con el corazón lleno y las botas polvorientas, celebro esta centésima aventura, sabiendo que el camino, como la vida, siempre tiene una nueva cima que ofrecernos como meta a alcanzar.

Y, para rematar, comimos como reyes en el restaurante La Chata. La guinda: la llegada de Jorge I. y Carlos R., y así celebramos su recuperación tras meses de incertidumbre.

Jorge, además, nos invitó a champán por el nacimiento de su nieta Eira, un brindis que nos supo a felicidad. Juan M. nos invitó también para celebrar su cumpleaños.

Luego, algunos visitamos la dacha de Carolina y Lucio, perfectos anfitriones, donde el tiempo se detuvo entre risas y hospitalidad. En resumen, un día redondo.

A esta excursión le doy un cinco, y no solo por el Cambrones, con su murmullo cantarín, ni por las calderas, (que también). No, el mérito es de ellos. Porque con el Gmsma, hasta el camino más trillado se transforma en una epopeya digna de un emperador.
Paz Rincón

jueves, 14 de agosto de 2025

Excursión 869: Valle de la Angostura desde la Isla

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Isla. Rascafría 
Final: 
La Isla. Rascafría
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,9 Km 
Desnivel [+]: 266 m 
Desnivel [--]: 266 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 4,5
Participantes: 12

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta



















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RUTA EN RELIVE
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RESUMEN
Para mitigar los calores de la ola de calor que padecemos, Paco Nieto nos propuso esta ruta por el siempre fresco Valle de la Angostura y doce irreductibles senderomagos nos decidimos a hacerla.

Iniciamos la marcha en el aparcamiento del restaurante Los Claveles, a pocos metros de la zona recreativa de la Isla, y que cerró hace ya unos años, una pena porque se comía muy bien allí. La temperatura que tenemos es de 20 grados y no subió mucho más el resto de la marcha.

Comenzamos a remontar el arroyo de la Angostura por su margen izquierda. Al poco, nos deleitamos con el espectáculo visual y sonoro que es el salto de agua de la presa del Pradillo, en la que se desbordaba menos agua de lo habitual, fruto del intenso estiaje al que estamos sometidos. Contemplar cómo las aguas quietas y tranquilas del embalase, de repente se tornan bravas y salvajes, es de una gran belleza.

Tras las inevitables fotos, continuamos por la senda que asciende pegada al agua, pasando junto a la estación medidora del caudal, que da paso a un por momentos escarpado repecho repleto de robles, cercano a la pista que discurre paralela al arroyo, para luego serenarse en praderas a la ribera del arroyo.

Junto a una de ellas, se abre un claro en la que el estruendo del agua vuelve a ser más prodigioso, estamos junto a un pequeño salto que precipita toda el agua del arroyo por un estrecho paso entre las rocas, cayendo en una poza con yacussi incluido.

Nos dimos un largo rato de descanso mientras alguna ¿quién sería? Se refrescó un poco y José María nos hacía la foto de grupo.

Aguas arriba, la ortografía del terreno nos obligó a alejarnos del arroyo, continuando por la pista que al poco nos deja a las puertas del romántico puente de la Angostura. Medio en penumbra, rodeado de vegetación y musgo, es uno de los rincones más bellos de este Valle de la Angostura, que toma su nombre precisamente del estrechamiento rocoso existente en el puente.

El Puente de la Angostura parece haberse quedado anclado en el tiempo, por su perfecta conexión con el entorno.

Se trata de una majestuosa construcción en mampostería fabricada por orden de Felipe II para poder circular en carruaje desde su palacio en la Granja de San Ildefonso hasta el Monasterio del Paular.

Al cruzar el puente, cambiamos de margen por la que seguir remontando el arroyo, haciéndolo ahora por la derecha.

Cruzamos una extensa pradera para encontrarnos con otro rincón de singular belleza, la que es sin duda la mejor poza del valle, casi una piscina. Aquí paramos a tomar el tentempié mientras tres se refrescaban (se admiten apuestas).

Continuamos por el Camino de las Vueltas, ascendiendo arroyo arriba por la pista que se aleja un poco del arroyo para luego acercarse a él, alcanzando otra joya paisajística, la que llamados “poza de Pepa”, por haber sido escenario, cuando no estaba prohibido, de innumerables baños de nuestra compañera,

Continuamos remontando el arroyo hasta cruzarlo por el puente de madera de los Hoyones, cambiando así nuevamente de orilla. Al poco, nos encontramos con el arroyo de la Laguna Grande de Peñalara, que junto con el de las Cerradillas, el de Guarramillas y el Aguilón, más abajo, conforman las fuentes del río Lozoya.

Al cabo de un buen trecho de subida por la pista, nos desviamos a la izquierda por otra que desciende hacia el arroyo y va a dar a un vado de bloques de cemento, por el que cruzamos, cambiado así de nuevo de orilla.

Tras agruparnos, iniciamos el descenso por una vereda que se va estrechando conforme bordea la loma de la margen derecha del arroyo hasta llegar de nuevo al puente de los Hoyones.

Nos vamos encontrando todo tipo de arbolado, pinos silvestres, abedules, chopos y sauces.

Cruzando de nuevo el puente, continuamos el descenso por la pista de la margen izquierda del arroyo hasta alcanzar de nuevo el puente de la Angostura.

Lo cruzamos para volver de nuevo a la poza cercana, donde habíamos tomado el tentempié y que ahora volvió a ofrecernos su sombra, agua y fresco para tomar allí los bocadillos. Ni que decir tiene que algunos (tres de nuevo) se refrescaron en su gélida agua.

Tras el descanso y viendo que comenzaba a tronar, con cierta prisa continuamos el regreso.

Descendemos ahora por el bello sendero que, entre altos pinos y verdes helechos, desciende algo separado de la margen derecha del arroyo, hasta alcanzar de nuevo el embalse del Pradillo, con sus bellos reflejos e impresionante cascada.

Un poco más adelante, tras un desvío a la izquierda, llegamos al bar de la Isla, donde paramos a tomar las cervezas y cafés de fin de ruta.

Solo quedaba cruzar el puente sobre nuestro arroyo de la Angostura, cantarín compañero del día y llegar al aparcamiento de los Claveles, donde habíamos dejado los coches.

Por todo lo disfrutado esta excursión con mucha sombra y agua, se merece 4,5 sicarias.
Javier Miguel