Inicio: Puerto de Cotos
Final:. Rascafría
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia: 18,7 Km
Desnivel [+]: 96 m
Desnivel [--]: 767 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 20
MAPAS
MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
TRACK
* Track de la ruta (archivo gpx)
PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)
RUTA EN WIKILOC
* Ver esta ruta en Wikiloc
RESUMEN
* Track de la ruta (archivo gpx)
PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)
RUTA EN WIKILOC
* Ver esta ruta en Wikiloc
RESUMEN
Pocos rincones van quedando en la Sierra de Guadarrama por
donde nuestras botas no hayan pasado ya, si además hay que buscar en verano
zonas umbrías, con agua y pozas aptas para el baño, el número de posibles
destinos se reduce, pero hay una solución sencilla a la exigente ecuación
planteada y que la resuelve de inmediato: Valle de la Angostura.
Después de decidir el sitio queda resolver otra cuestión no
menos importante, el recorrido de la ruta, y éste sí que tiene variables: que no
sea muy largo ni muy corto, que no tenga mucha pendiente ni poca, que tenga
buenas sendas, pero que no sean carreteras, que no sea muy complicada, pero
tampoco sosa, que pueda acortarse para los que tienen prisa…
Todo ello debidamente sopesado y ponderado hace que el
algoritmo mental de buscar por dónde ir se ponga en marcha, y ofrezca varias
alternativas, que más por intuición que por lógica, acabó en este caso
definiendo la ruta anhelada: desde el Puerto de Cotos a Rascafría, todo de bajada.
Así es que tras quedar en Rascafría para subir al puerto en
el menor número de coches posibles, iniciamos la ruta los 20 participantes de
hoy, con dos nuevos invitados, Marcos y David.
Comenzamos ascendiendo por el cerro que hay frete a la Venta
Marcelino, en dirección a Valdesquí, evitando así el tramo de carretera que
aunque más plano, no cumplía con una de las premisas exigidas, y además no tiene sombras, lo que no me eximió de comentarios tipo “pero, ¿no era todo de
bajada?”, lo que demuestra que en esto del diseño de rutas, como con la lluvia,
es imposible contentar a todos, ¡Antonio, cómo te comprendo!
Tras la breve cuesta, la senda desciende suavemente hacia
el refugio del Pingarrón, cruzando la aludida carretera de Valdesquí, pasando por un
collado de obligada parada para contemplar, a la derecha, la desafiante cresta
telúrica de Cabezas de Hierro y resto de la Cuerda Larga, y a nuestra izquierda
el imponente macizo de Peñalara, al que aún le quedaba uno de sus habituales
neveros. Y de frente, cuan parque jurásico, el valle de la Angostura
desdibujándose en el horizonte por efecto de una fina niebla, ¡todo un
espectáculo!
Con tan impresionantes vistas, y ya tranquilizado el personal
al comprobar que todo lo que quedaba sí era de bajada, bordeamos el refugio, que
cuelga sobre una despejada ladera, para descender bruscamente al arroyo de las
Guarramillas, continuando por su orilla izquierda hasta alcanzar enseguida la
recoleta y recóndita poza de Sócrates, donde algunos nos dimos el primer baño
de la ruta en su gélida ducha.
Continuamos descendiendo el arroyo por la misma orilla, siguiendo una senda
no muy marcada, con vistas a todo un rosario de pequeñas y cantarinas pozas que
forma el agua en su alocada huida hacia el fondo del valle.
Para nuestra sorpresa, la senda se iba desvaneciendo conforme
nos acercábamos al arroyo de Cotos, punto por el que vadeamos el arroyo de las
Guarramillas y por un puente de madera cruzamos el de Cerradillas, seguido del
Toril, tras el cual nos acercamos de nuevo al arroyo para remojarnos y
tomarnos el aperitivo junto a su lecho.
Continuamos cruzando por otro puente el arroyo de la Laguna
Grande de Peñalara, que nace en dicho humedal, punto donde el Guarramillas cambia
de nombre, pasando a llamarse arroyo de la Angostura, nombre que no le dura
mucho, porque algunos kilómetros más abajo, tras recibir las aguas del arroyo
del Aguilón, sin previo aviso y sin que haya un punto concreto que lo indique,
pasa a llamarse río Lozoya.
Entretenidos con tanto cambio de nombre y tanto cambio de
orilla, descendimos sosegadamente por el Camino de las Vueltas comentando la situación
de la Bolsa, de Grecia, de Casillas, del Tour y del Mundo, hasta que, para
darle algo de más emoción a la ruta, atajamos campo a través hacia el arroyo y,
tras vadearlo, bañarnos en la gran e idílica poza que hay poco antes de llegar
al puente de la Angostura. Y aquí sí, el regocijo en el agua fue general, con
saltos desde las rocas, largos de punta a punta e incluso fotos bajo el agua.
Refrescados, nos fuimos para dejar sitio a un nutrido grupo
de chavales que con gran algarabía nos demostraron que nuestros saltos al agua
no estaban a la altura de los de ellos, faltaría más.
Paramos a contemplar el puente de la Angostura, de piedra, salva
el corto estrecho que da nombre al valle y es uno de los más hermosos de toda la
Sierra. Sin cruzarlo, continuamos por el camino que llevaba desde el
monasterio de El Paular a Valsaín a través del puerto de los Cotos, hoy llamado
PR-25, mucho menos poético, eran otros tiempos.
Poco a poco, el bosque se fue transformando. Los pinos fueron
dejando sitio a otras masas forestales como abedules, acebos y robles,
llamando mucho nuestra atención los helechos que cubrían amplias zonas de la
ladera del arroyo de Valhondillo, en ellos nos hicimos la foto de grupo.
Al poco, llegamos al remanso de agua del embalse de la Presa
del Pradillo, donde algunos nos volvimos a bañar, sin tantos seguidores esta
vez como en la poza. Continuamos y enseguida alcanzamos la Isla, donde paramos a
tomar los bocadillos, que se hicieron más agradables con las cervezas de uno de
sus bares, cuyo nombre no queremos recordar, por lo poco agradables que fueron.
Siguiendo la orilla derecha del arroyo de
la Angostura, pasamos junto al edificio de la antigua y hoy ruinosa fábrica de luz, que utilizaba el agua
de la presa para suministrar electricidad a las poblaciones del valle del Lozoya.
Continuamos descendiendo por el robledal de la ribera derecha
del arroyo hasta llegar a otra espléndida poza, y ya hemos perdido la cuenta, situada junto a un puente de madera, donde vimos, con cierta envidia, cómo unos jóvenes se lo estaban pasando en grande
tirándose desde las rocas.
Abandonada la senda principal, proseguimos por la ribera
hasta alcanzar el arroyo del Aguilón, que no hizo falta vadearlo porque estaba
prácticamente seco, síntoma de que seguramente las cascadas del Purgatorio, que se forman
en su lecho 4 km más arriba, llevarían también poca agua.
Contemplando a los desperdigados bañistas que orgullosos
habían ido conquistando cada una de las pozas del río como si de un tesoro se tratase,
llegamos a las piscinas naturales de Las Presillas, donde nos volvimos a bañar
en tropel, disfrutando después de su extensa pradera, muy verde.
Repuestos y refrescados por fuera y por dentro en el hay instalado en un lateral, continuamos
en dirección al Monasterio de El Paular, desviándonos a la derecha, antes de
llegar a él, por el albergue de los Batanes para hacer una parada en el cercano
lago del bosque finlandés, mágico lugar donde curiosamente nunca hemos
visto que se bañe nadie, a pesar de tener muelle y sauna, eso sí cerrada a cal
y canto.
Ya sólo quedaba cruzar el río Lozoya por el puente cercano al
Molino de Briscas, para enseguida llegar a Rascafría, aunque varios carteles en
el camino se empeñaban insistentemente en indicar que siempre estaba a 1 km.
La celebración del final de este precioso paseo ribereño
sombreado por pinos, serbales, sauces, abedules, acebos, avellanos y robles, jalonado
por pozas cristalinas, chorreras, piscinas naturales, y hasta un embalse, lo hicimos en la Venta
Marcelino, invitados por Esteban que celebraba su reciente cumpleaños.
Por todo ello, esta excursión se ha ganado de sobra las 4,5
sicarias.
Paco Nieto
FOTOS
No hay comentarios:
Publicar un comentario