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RESUMEN
A las 10:30 del 5 de noviembre de 2025 nos encontrábamos en el aparcamiento del Castillo de Cuenca 24 senderistas dispuestos a realizar, ilusionados, la primera ruta por tierras conquenses. Pero mientras nos asomábamos al mirador del Barrio del Castillo y comprobábamos la excepcional belleza de la ciudad y de su entorno natural, certificamos también que no gozaríamos de la proverbial buena suerte meteorológica de Antonio, ya que un viento inmisericorde nos puso “mirando a Cuenca”.
No nos arredramos e iniciamos la marcha hacia el Castillo, desde donde bajamos por unas tendidas escaleras que nos permitirían realizar parte de La senda del agua encantada del Júcar. Pero, antes de dejarnos encantar por su curso, nos embelesó la profunda garganta formada por rocas calizas que el río y su erosión han moldeado durante millones de años creando impresionantes y majestuosas formas.
No sabíamos entonces si seguir contemplando el imponente cañón forjado por él o sus aguas, de un verde increíble, y los álamos, sauces y otros árboles de hoja caduca que, con el otoño, ofrecían variadas y atractivas tonalidades ocres a sus riberas.
Continuando por el río, pasamos por lugares populares de la ciudad, como la playa artificial, lugar de esparcimiento y alivio del calor veraniego, o el Peñote, fotogénico peñasco en medio del río.
Ambos protagonizan una prueba de natación tradicional en Cuenca: La subida al Peñote.
Esta competición se realiza durante las fiestas de San Julián “el tranquilo”. Y a conocer la ermita del Santo nos dirigíamos después de cruzar el río, cuando la descarga de una nube rabiosa nos obligó a pertrecharnos rápidamente de los chubasqueros, paraguas, capas de agua y fundas de mochila que llevábamos. Pero duró poco el chubasco, no sabemos si por el influjo tranquilizador del Santo o por la aparición, ahora sí, del poder anticiclónico de Antonio.
La ascensión a la ermita de San Julián se hizo llevadera gracias a las paradas continuas en los miradores de Lesmes, de San Julián o de Emiliano, que íbamos encontrando en el camino, y que nos permitían contemplar desde diferentes puntos el perfecto conjunto formado por el casco antiguo de Cuenca, que se asoma al vacío desde la altura de las paredes forjadas por el Júcar.
También animó algo a nuestro “maduro” grupo la placa que nos esperaba en el ascenso con el mensaje: “Subir como un viejo, para llegar como un joven”. Y rejuvenecidos llegamos a la ermita, donde, coincidiendo casualmente con la religiosidad del lugar, fue el momento del Ángelus, es decir, de nuestro refrigerio.
Más tarde, el descenso también se interrumpía con las constantes fotos, individuales y grupales, que el paisaje nos invitaba a tomar. Y al reencontrarnos con el río, otra parada, esta vez logística, nos entretuvo: había que concretar en el Recreo Peral (restaurante en el que comeríamos juntos al día siguiente) el número de comensales, el menú, las bebidas… Cuando retomamos el camino, recobramos también la cercanía del río que, pegado ya a las rocas sobre las que se asienta la ciudad, ofrecía una visión aún más bella de su curso.
Abandonamos el Júcar en el lugar donde se encuentra con el Huécar, su afluente, que parece allí apenas un canal que separa el casco antiguo del resto de la ciudad.
Avanzamos por él y paramos para comer algo antes de deleitarnos con el postre, que se nos ofreció cuando el río se separó de la ciudad y nos permitió contemplar, en un contrapicado soberbio, las casas colgadas y el resto de construcciones antiguas que las rodean.
En el camino de vuelta al aparcamiento, donde concluía la ruta, se bifurcaba el camino y se rompió el grupo, pero no las magníficas vistas.
Porque en cualquier lugar que eligiéramos, el ascenso a la ciudad antigua nos ofrecía un panorama que presentaba, por una margen de la ribera del Huécar, el conjunto histórico que va ascendiendo, elegante y homogéneo, hacia el Castillo y, por la otra, el monumental Convento de San Pablo, actual Parador de Turismo.
Con la llegada al aparcamiento, del que habíamos partido, nos atacó nuevamente el viento; pero ya no importaba porque acabábamos nuestra ruta, que fue corta (recorrimos algo menos de 10 kilómetros) y poco exigente (su desnivel era de 308 metros), pero que nos regaló la visión del conjunto armónico y espléndido de una ciudad que se integra perfectamente en un entorno natural extraordinario.
Un recorrido, pues, excelente con un tiempo más benigno del que esperábamos (gracias al poder del líder, a la influencia del santo o a las equivocaciones de las agencias meteorológicas) no se merece otra cosa que cinco fresquitas y ventosas sicarias.
Charo García
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