* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
Con madre y tres abuelos cántabros que he tenido, no podía eludir la crónica de una de las excursiones que el GMSMA había organizado por estas tierras cerca de Santander. Vagos son los recuerdos que me transmitieron de su vida por aquí y como si quisiera recuperarlos en contacto con el paisaje aproveché estos días para al menos intuir cuáles serían sus sensaciones paseando por estos bonitos entornos.
Tras el paseo y cena de encuentro el día anterior en Galizano, partíamos hoy de este mismo pueblo para realizar una ruta costera por las playas más cercanas.
Nada más llegar al punto acordado que nos había fijado Melchor, vi que estaba un autocar esperando en el punto de encuentro, lo que por un instante me generó la duda de si fuera para nosotros. No podía ser de ninguna forma, por el tipo de ruta que íbamos a hacer partiendo del mismo pueblo y sin necesidad de transporte, pero sí por todos los que acudimos, cerca de la cincuentena y que fácilmente hubiéramos podido completar las plazas del autocar.
Encaminamos nuestros pasos hacia la costa dejando atrás las últimas casas del pueblo, caminando por verdes praderas de ballico, hierba forrajera que se siega antes del verano y otras ya segadas y roturadas para la siembra de maíz.
El ballico es una hierba del género Lolium a base de raigrás italiano o también pueden encontrarse mezclas a base de trébol, raigrás inglés y festuca, gramíneas también usadas en el césped.
Vamos que, si las vacas tuvieran otra alternativa de sustento y se lo cortaran a ras, podría ser un césped estupendo para que retozaran al igual que los humanos, pero creo que andan más interesadas en lo primero.
Así llegamos al comienzo de la ruta de Cucabrera con cartel indicador, ruta que seguiríamos en su mayor parte para ampliarla por la costa. Nos faltó visitar la cueva que lleva el mismo nombre de la ruta, pero hubiera resultado poco menos que imposible al estar derribado el camino de acceso tras los temporales del último invierno.
El comienzo nos llevó por una subida en la que más de uno se arrepintió de haber tomado más torreznos de lo debido la noche anterior, pero afortunadamente no fue muy larga y pronto alcanzamos el camino, ya casi horizontal, con bonitas vistas al mar que nos llevaría a la ermita de San Pantaleón.
Aliviados ya de las primeras cuestas, alcanzamos la horizontalidad que nos permitiría ir viendo el mar. Por el camino nos cruzamos con una pick up de canadienses con caravana incorporada, y que se habían traído nada más y nada menos que desde sus tierras.
Yolanda aquí advirtió la pérdida de su bastón, que tras darlo por perdido en el banco y lugar de fotos que dejamos atrás en lo alto de la primera cuesta, finalmente aparecería en las manos de otro caritativo senderomago. Menos mal que Antonio me hizo desistir de volver a recuperar el bastón porque ya habíamos avanzado un buen trecho desde el posible punto de pérdida.
La ermita se encuentra en el llamado Alto del Castillo, sobre una elevación desde la que se domina buena parte del litoral de Galizano. Actualmente se conserva en estado ruinoso, pero mantiene un enorme interés histórico y paisajístico.
Se cree que fue construida antes de 1642 y hoy permanecen en pie tres muros y parte de su estructura original. Destaca especialmente su ábside y la integración del edificio con la roca y el entorno natural.
Aquí Melchor nos impartió una pequeña charla contándonos que se trata del patrón del pueblo, cuya festividad se celebra el 27 de julio, realizan una procesión con el Santo traído desde el pueblo.
Lo que no nos dijo es que este santo, patrón de médicos y matronas, es implorado para aliviar el dolor de cabeza, por lo que imagino a Melchor y Rosa rogándole para sobrellevar el quebradero de cabeza de la organización de estos días por Cantabria para nada menos que cincuenta personas.
Proseguimos nuestros pasos, dejando al final de pelotón a Cristal, la perrita de Sol que nos daría un disgusto al día siguiente, para mitigar sus miedos de tantos como íbamos.
Conforme nos íbamos acercando y descendiendo desde los acantilados hacia el entrante que hace la costa en la Ría La Canal, también llamada Playa Grande de Galizano, nos dio la hora del Ángelus y en un alto lleno de amplias lanchas de piedra costera, ideales para sentarse y admirar el mar, repusimos fuerzas.
Mientras tomábamos el plátano, nos entreteníamos conversando y mirando alguna pareja de pescadores abajo por los rocosos y afilados entrantes en el mar y a nuestros incansables compañeros Pepe y Ángel saltando de roca en roca, demostrando su habilidad, inquietos por poner la huella del GMSMA hasta en el último diente del Cantábrico alcanzable, cuanto más alejado y arriesgado, mejor.
Aquí se aprovechó para realizar la tradicional foto femenina del grupo y no encontrándose por éstas interés alguno por realizar la correspondiente foto masculina, retomamos nuestros pasos en descenso hacia el tramo de playa que tendríamos que pasar.
Bajamos a la Playa de San Juan De La Canal, donde nos descalzamos para cruzarlo.
Tras disfrutar del primer contacto con el agua del mar y más en esta zona, donde no superaba mucho más allá de los tobillos, con bonitas vistas a los acantilados que lo bordean, nos quitamos la arena de los pies y empezamos a ascender de nuevo por arriba de los cortados costeros.
Después de remontar el repecho para recuperar lo alto de los acantilados, fuimos avanzando y parando de vez en cuando a tomar fotos desde bonitos miradores, como el de la Playa de Las Arenillas y algún otro más con vistas espectaculares de la costa.
Así finalmente alcanzamos la Playa de Langre, donde aprovechamos para refrescarnos con la bebida de un puesto ambulante que iría a nuestro encuentro hacia el punto más alejado de la ruta en el mirador de la Playa de los Tranquilos donde ya comeríamos.
Llegando a la Playa de Los Tranquilos, pudimos contemplar desde algún mirador al borde de los acantilados, las curiosas formaciones flysch cuya fama se las lleva las de Zumaya y que por esta zona de la costa Cántabra, también se pueden encontrar.
Se trata de bandas o estratos alargados y paralelos de roca alternadas con otras bandas ocupadas por el mar y las olas y plegadas y tumbadas hacia la costa. Son testigos marinos a cielo abierto de cómo se ha ido comprimiendo las placas tectónicas para acabar formando la Cordillera Cantábrica.
Influidos por el nombre de esta playa el grupo se empezó a desperdigar tranquilamente en el camino de regreso hacia Langre.
Esta vez fuimos contemplando lo mismo que a la ida, pero con otra perspectiva. Por mi parte fui advirtiendo la inmensidad de la Isla de Santa Marina enfrente de nosotros, y que es la isla más grande de Cantabria. Antiguamente se llamaba Isla de Don Ponce, pero desde que en la Edad Media se edificó una ermita en honor a la Santa, se quedó con este nombre.
Llegó a tener un monasterio jerónimo donde podemos imaginar cómo sería su vida golpeada por los temporales del Cantábrico sin apenas recursos y viviendo del mar y pequeñas huertas.
Actualmente es un lugar de referencia internacional para los surfistas por el gran tamaño que pueden alcanzar las olas en su entorno de hasta cuatro a seis metros junto con otras áreas de olas más técnicas junto a las rocas.
También pudimos contemplar “La Pata de Dragón” en lo alto del Cabo de Galizano, justo al retomar de nuevo las bonitas vistas de la playa de Langre.
Llegando ya a nuestro destino en Galizano, una vez que abandonamos la costa, volvimos a pasar de nuevo por los verdes campos trabajados para el ganado, donde de vez en cuando al pasar por acumulaciones de blancas y negras pacas de hierba fermentando, nos iba dejando el característico olor a vaca, que diríamos los de Madrid, y que nos llevaríamos de recuerdo de nuestro viaje.
En el destino Rosa y Melchor nos agasajaron con una merienda y bebidas en su casa, pasando un buen rato de descanso y conversación con los senderomagos.
Sólo nos faltó el baile, pero es que esta vez, nos faltó un “zorromoco” o animador para estos temas, y así las mujeres hubieran podido hacer el baile de arcos y nosotros los chicos el paloteo, ambos bailes tradicionales de la zona.
Eso sí, nos hubiera faltado algún instructor para no hacer mucho el ridículo, pero seguro que lo hubiéramos pasado bien.
La jornada terminó con una visita al museo etnográfico del pueblo, donde nos instruyeron sobre los trajes regionales, los bailes anteriormente mencionados, objetos usados como instrumentos musicales y una lección sobre lo que significaron las amas de cría en Cantabria. Impresiona el sacrificio de estas mujeres que tuvieron que dejar a sus hijos y familia buscando el sustento en las capitales donde residían las clases pudientes y nobleza. También es llamativo cómo se tenía a estas mujeres cántabras, sobre todo las pasiegas, como las ideales para este trabajo de nodriza, por su fortaleza y buena alimentación basada en leche y ganado.
Me acerqué al mar en busca de mis orígenes cántabros, en busca de algo que me uniera con esta tierra y he de decir que vagamente lo encontré.
Solo encontré la compañía de mi mujer, mis amigos del GMSMA y mi identificación y reconfirmación con mi otro resto de genes avileños y segovianos, junto con los míos propios madurados en Madrid, tierras por donde seguiremos haciendo excursiones una vez retornemos de Cantabria Oriental.
Por lo inusual que es para mí hacer rutas costeras, además de haberla hecho en este bonito enclave cántabro, el buen ambiente de grupo que se vivió y buen tiempo que nos hizo, le concedo cinco sicarias a la ruta.
César Rodríguez









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