* Mapas de localización y 3D de la ruta
PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
Hay días en los que el mar, la montaña y la magia se alinean para regalar una jornada inolvidable. Eso fue exactamente lo que vivimos el pasado jueves 21 de mayo de 2026. Rompiendo un poco las reglas del calendario con una marcha entre semana, 45 senderomagos —que es como nos gusta denominar a los auténticos miembros de este, nuestro Grupo Mágico de Senderismo Miércoles con Antonio (un tierno recuerdo a nuestros inicios como "miércoles alternos")— nos citamos por la mañana para devorar una ruta preciosa por la imponente cornisa cantábrica, recorriendo la costa entre los pueblos de Isla y Noja.
En esta ocasión, los encargados de ejercer como perfectos anfitriones y guiarnos por estas tierras costeras fueron Melchor y Rosa, quienes se lucieron con la organización.
Como ya es tradición, la jornada comenzó tempranito con esa coreografía automovilística tan necesaria en las rutas lineales. Quedamos todos en el punto de encuentro en Isla.
Allí, el numeroso "comando de conductores" demostró su pericia logística: nos organizamos para llevar varios coches hasta el extremo final de la ruta en Noja y regresar al punto de origen en los coches necesarios para poder trasladar de vuelta a todos los conductores.
Con los deberes hechos y la combinación de vehículos resuelta, nos reunimos con el resto del grupo. ¡La magia podía comenzar!
Nada más salir de la playa de Isla, nos topamos con la primera joya cultural e histórica del camino: los molinos de mareas.
Un ingenio arquitectónico precioso que nos recordó cómo se aprovechaba antiguamente la fuerza del Cantábrico, y que sirvió como el pistoletazo de salida perfecto para lo que nos esperaba por delante.
A partir de ahí, nos fundimos con el sendero de la costa. Teníamos por delante una distancia de 8,5 kilómetros con un desnivel prácticamente despreciable de apenas 50 metros. Vamos, un paseo idílico para disfrutar del paisaje sin prisas. Fieles a nuestra filosofía de disfrutar del camino y no de correr, nos lo tomamos con mucha tranquilidad: tardamos unas 3 horas en completar el recorrido, saboreando cada acantilado, cada rincón y cada panorámica que nos regalaba la cornisa.
Durante la marcha no faltaron las risas ni los momentos entrañables. Hubo uno especialmente divertido cuando a Melchor le dio por intentar imitar a este cronista... ¡haciendo el amago de perder el GPS! Pero claro, no coló.
Todo el grupo sabe perfectamente que el único, el genuino y el auténtico especialista en perder cosas por el monte es un servidor, Charly.one. ¡Las patentes hay que respetarlas, querido Melchor!
La norma no escrita de esta excursión playera era clara, casi un mandamiento de obligado cumplimiento para los 47 senderomagos: ¡había que bañarse en todas y cada una de las playas! La costa nos fue abriendo sus puertas en un desfile de arenas a cada cual más bonita, donde cumplimos con los chapuzones de rigor:
Playa de El Sable (en Isla).
Playa de Los Barcos.
Playa de Arnadal.
Playa de Ris (ya abriéndonos las puertas de Noja).
Playa de Trengandín (con su espectacular paisaje de rocas negras al descubierto).
Pero la ruta no solo fue arena y sal. En nuestro caminar nos detuvimos en un par de sitios muy especiales.
Primero, una antigua defensa de hormigón en la costa, un búnker testigo del pasado que nos obligó a hacer una parada contemplativa por sus alrededores.
Y ya llegando a Noja, el plato fuerte fotográfico de la jornada: la escultura de las gafas gigantes. Se convirtió, sin duda, en el punto donde más se fotografió la gente. ¡Y no era para menos!
Para verlo mejor y retener el recuerdo, nos fuimos colocando estratégicamente: se nos veía espectacular a los senderomagos posando desde dentro de cada óculo de las gafas gigantes. Las risas y los encuadres originales dejaron claro que la perspectiva de este grupo siempre es única.
Tras las tres horas de marcha tranquila, la sal en la piel, las fotos divertidas y la brisa marina, la recompensa final nos esperaba a la hora de comer. Nos sentamos a la mesa del Restaurante Las Olas.
Allí, entre platos deliciosos, brindis, agradecimientos a Melchor y Rosa por su hospitalidad, y con el ruido del mar de fondo, los 47 cerramos una jornada redonda.
Porque el senderismo es caminar, sí, pero sobre todo es compartir la vida, las risas y la magia con amigos.
Por la belleza de los paisajes, calidad de las aguas, azules del cielo y el mar, gama de verdes de la vegetación, la compañía y las viandas del restaurante, le otorgo a esta estupenda ruta por la costa cántabra un 4,435/5, un 4 para los amigos.
Carlos Muñoz

















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