miércoles, 7 de agosto de 2019

Excursión 476: Los encantos de Navares de las Cuevas

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navares de Enmdio
Final: Navares de Enmdio
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,5 Km
Desnivel [+]: 186 m
Desnivel [--]: 186 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5
Participantes: 26

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta





TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
Se ve que los sacrificios a San Pedro que se hicieron el pasado septiembre fueron muchos; yo aún me acuerdo del sol cayendo a plomo en la subida inaugural de temporada al cerro de tal nombre y de cómo la cumbre quedaba cada vez más lejos.

El caso es que el influjo del santo aún perdura en este verano y, en medio de la canícula propia de primeros de agosto, nos deparó un día fresquito, nublado y muy agradable para andar por los campos de Castilla.

Marcos C., que amén de artista y sabio, es generoso como pocos, nos tenía preparada una jornada plagada de placeres en el entorno de su pueblo, Navares de Enmedio, nombre muy atinado, ya que se encuentra entre Navares de Ayuso (digamos que de abajo) y Navares de Las Cuevas (o sea, de arriba); por los tres discurre discreto pero pródigo, el arroyo de Los Navares, como no podría ser de otra manera.

El día habría sido perfecto si no hubiera yo puesto una mácula en él nada más empezar, mejor dicho antes de empezar. Por eso es por lo que estoy aquí, escribiendo esta crónica, tarea que me he autoinflingido para aliviar el resquemor que aún siento por haber llegado tan tarde a la cita. Aunque he de reconocer que escribirla, como el rascar, da cierto gusto y alivia el remordimiento.

El caso es que, después de dar unas vueltas por Navares de Enmedio para conocer el pueblo y esperar un rato (eso, los que habían llegado puntuales), salimos de la plaza de la iglesia por un camino que se remonta hasta los páramos cercanos por el norte. Son éstas zonas de antiguos montes, la mayoría roturados en su momento, que fueron también aprovechados para el pastoreo lanar.

Como testigos de su pasado quedan numerosos restos de apriscos de ovejas e incluso de casonas en las laderas de algún vallejo, todos edificados con la piedra caliza que se iba retirando de los campos para poder labrarlos. Hoy en día, la naturaleza, lenta pero tenazmente, vuelve a ocupar su sitio y puede verse cómo las encinas renacen y rompen la monotonía del ocre de la tierra salpicado por la caliza blanca.

En estos altos nos topamos con los vestigios de lo que debió ser una pelea entre buitres leonados en torno a una charca: Plumas desperdigadas y el despojo de un buitre con toda su anatomía aparentemente completa. También había, más adelante, una cantera abandonada donde, aprovechando su desnivel, hicimos una foto de grupo.

Así llegamos a la carretera que, desde Caravias, desciende a Navares de Las Cuevas. Lo primero que hicimos, antes de entrar propiamente en la población, fue allegarnos a la Ermita de la Virgen del Barrio, donde nos esperaba, por mediación de Marcos, el alcalde del pueblo, quien nos facilitó la entrada y nos explicó someramente su historia.

Esta ermita es una joya del románico temprano en Segovia, seguramente menos conocida de lo que se merece; es un testigo de la repoblación de estas tierras en el siglo XI y de su evolución posterior. Está recién restaurada y, además de por su arquitectura, heredera en parte del arte visigótico, destaca por sus pinturas al fresco y por su imagen de la Virgen del siglo XII. Presenta también una curiosidad en su interior: Una piedra de sillería que hace de tablero de un antiguo juego de fichas.

A continuación bajamos a un área de descanso a la vera del arroyo de los Navares, que fluye con viveza a pesar de ser pleno verano. Tomamos aquí el tentempié y Marcos nos enseñó un cangrejo señal, antiguo morador de estas aguas, que se distingue por presentar una zona roja en sus pinzas (la señal). Por su parte, Carolina nos ofreció un delicado manjar: exquisitas moras de árbol maceradas en vino con azúcar.

Ya, por fin, entramos en el pueblo, que nos saludó con innumerables labores de ganchillo artísticamente dispuestas revistiendo tanto construcciones originales de piedra como hechas a propósito para la ocasión. Hasta la fuente y la picota disponen de sus adornos.

Destaca por su enormidad una maqueta del acueducto de Segovia donde cada losa está revestida de lana. Además hay escenas cotidianas en las que numerosos maniquíes aparecen vestidos con las labores de ganchillo. E incluso hay animales “hechos” con ganchillo.

Tal parece que el pueblo bulle de vida con tanto personaje. Se va a celebrar una fiesta próximamente (la del Ganchillo, claro) y está todo preparado. Según parece, unas cuantas señoras, supongo que ya hartas de hacer mantas para toda la prole, se pusieron hace 7 años manos a la obra y cada temporada añaden nuevas labores que dan color al pueblo y atraen visitantes. Nosotros aprovechamos para tomar una cervecita en el puesto que se ha montado en la plaza con motivo del evento. También hicimos otra foto de grupo con el “acueducto”.

La verdad es que Navares de Las Cuevas es en sí mismo un pueblo que merece la pena visitar. Según salíamos de él para volver hacia Navares de Enmedio por la senda del arroyo, pudimos contemplar lo que queda del Palacio de los marqueses de Revilla, un grandioso edificio del que aún se mantienen en pie los muros exteriores.

Bajamos un rato por la carretera y pronto nos internamos en el cañón labrado por el agua del arroyo durante eones. En la ladera llamaba la atención el desprendimiento reciente de una gran roca, parte de cuyos restos habían traspasado la carretera y golpeado el quitamiedos.

Al poco dejamos la carretera y tomamos la senda a la vereda del río. Plácidamente, al principio por alamedas, después aprovechando para comer alguna mora de zarza, llegamos a la piscina de Navares de Enmedio. Unos cuantos, supongo que los que teníamos más calor (otros decían que los más valientes), nos dimos un baño reparador con el que quedamos a tono para lo que iba a venir después. Mientras tanto, Rubén y Diana, los concesionarios de la piscina, fueron sirviendo unos aperitivos.

Y, a la hora prevista, llegó el plato fuerte: Auténtico lechazo segoviano asado, heredero de toda la memoria que guardan estas tierras.

Marcos, en su modestia, sabía que esto era impagable. Su hermana, como panadera del pueblo, era la que había logrado el punto del asado en el horno y, tanto Rubén como Diana, se habían encargado de que todo estuviera a punto, incluyendo las ensaladas de acompañamiento. La verdad es que yo me puse como el Quico; hacía mucho que no comía un lechazo tan rico.

Un helado de postre y un café parecían el final perfecto para quedarse un rato de plática. Pero, hete aquí que comenzó a sonar una jota castellana y, como movidos por un resorte, una buena parte de los senderomagos saltaron de sus asientos para mover el esqueleto. Y ya animados, siguieron sonando muchos más ritmos que fuimos bailando unos y otros con más o menos fortuna.

¡Qué maravilla de día! Gracias muy especialmente a Marcos y también a todos los demás por vuestra compañía, vuestra amistad y, sobre todo, vuestra paciencia.

5 sicarias parecen pocas para un día tan memorable, pero no hay más que se puedan otorgar, así que 5 bien merecidas son, eso sí, cum laude.
Melchor

miércoles, 31 de julio de 2019

Excursión 475: Calderas del río Cambrones desde San Ildefonso

FICHA TÉCNICA
Inicio: San Ildefonso
Final: San Ildefonso
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12 Km
Desnivel [+]: 275 m
Desnivel [--]: 275 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 28

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
El río Cambrones nace en el puerto de Malagosto, casi a 2.000 metros de altitud, para emprender un descenso que se alarga durante unos 15 kilómetros hasta verter sus aguas en el embalse del Pontón abriéndose paso a través de una garganta de granito, que ha ido esculpiendo con paciencia durante miles de años, para construirse a su antojo un parque acuático con toboganes, recodos, saltos de agua, pozas y piscinillas conocidas, en su conjunto, como las Calderas.

Por si visitarlas no fuese motivo ya más que suficiente para apuntarse a esta ruta, además la excursión contaba con el aliciente de que terminaríamos comiendo en un bar del pueblo. Todo esto y la coincidencia de estar la familia de Rosana de veraneo por Valsaín y se apuntaran en masa, hizo que la participación estuviera por encima de lo normal para estas fechas.

Todos reunidos en la explana del Palacio de la Granja, nos hicimos la nutrida foto de grupo, a la sombra del Rey y la Reina, las monumentales secuoyas que, al menos desde 1867, imperan a las puertas del palacio, con una altura de 45 metros y un perímetro de 18,82 metros el primero, y con una altura de 38,5 metros La Reina, algo menor debido a que perdió parte de su copa por un rayo el 5 de Julio de 1991.

De allí, por la plaza Canónigos y calle Calvario, nos acercamos al Pozo de la Nieve, construido en 1736 por encargo real para abastecer al pueblo, que se creaba entonces, y fue sufragado por los vecinos con un impuesto especial.

Fue rehabilitado en el 2011 como equipamiento cultural dejando ver el pavimento originario de losas de barro, cubierto ahora por un suelo de cristal, y las paredes de piedra con una profundidad de más de ocho metros y una cúpula de cristal, que emula una gigantesca bola de nieve.

Por la plaza de toros enfilamos para descender por la calle de Santa Isabel hasta dar con la del Pocillo, y la fábrica de vidrio Verescence, donde nos desviamos por el camino de la Mata de la Sauca, siguiendo una sombría pista entre robles melojos, que cruza el arroyo de las Flores, el del Chorro Grande y, al poco, el del Chico.

Mi intención era desviándonos por la finca de la Junta de Castilla y León, conocida como Mata la Saúca, para contemplar una preciosa laguna que hay en su interior y luego alcanzar el río Cambrones siguiendo el arroyo del Hueco, pero el acceso que antes existía ha sido tapado por una valla de dudosa estética, siguiendo la creciente tendencia de ponerle más puertas al campo. Una pena.

Resignados, continuamos por la pista y, tras una amplia curva alcanzamos el Rancho de Berrueta, edificio bien conservado y con excelentes vistas de La Granja, continuamos hasta llegar a un paso canadiense y verja que sale a nuestra derecha a pocos metros de la curva, y que da acceso a una bonita senda que se acerca al río Cambrones hasta un puente de madera, construido en 2009, que cruzamos para luego pasar por un portón giratorio que sale a la derecha.

Desde allí, remontamos el río Cambrones hasta alcanzar una caseta y acequia de captación de agua, en un bonito paraje conocido como la Cacera Madre. Había que andar un poquito más para llegar a la Primera de las Calderas, continuamos para ello por una senda que sigue el río por su margen derecha, muy cerca de él. Magnífica poza, en la que desistimos de bañarnos por lo temprano aún de la hora.

Tras la contemplación de tan bello lugar, volvimos a retomar la senda, ascendiendo por una fuerte pendiente, para salvar un recodo del río, y descender a la singular Caldera Segunda, otro secreto escondido de este sorprendente río y que pocos conocen. Sus numerosas marmitas de gigante le dan un aspecto prehistórico a la enorme poza donde cae el agua tras superarlas.

Para llegar a la siguiente tenemos que continuar junto al río y volver a remontar la ladera, desde donde enseguida tenemos unas espléndidas vistas de unas sorprendentes marmitas cubiertas de agua de color verde intenso, consecuencia de su flora.

Unos metros más adelante, descendemos en busca de la Tercera Caldera, en la que muchos ya no pudimos resistir por más tiempo el refrescarnos. Enseguida los más atrevidos nos metimos en el agua, disfrutando de este idílico rincón, de aguas profundas de casi 3 metros de profundidad y cascada preciosa al fondo, con un oculto jacuzzi horadado en la roca que no se ve desde la poza.

Tras el refrescante baño, con agua más fría de lo esperado, volvimos a retomar la senda principal que remonta el río, primero algo separada del mismo y sin sombra alguna, y después muy pegada a él, pasando por la fuente del Malpaso, de la que manaba un hilillo de agua para enseguida llegar a una poza con gran roca en su centro, que alguno nuevo interpretó que era el final de la ruta, al ser imposible continuar.

No esperaban que hubiese que vadear el río, lo que hicimos con la ayuda de unas piedras, continuando por una senda que obliga a remontar el repecho de la margen izquierda del río, forzando una pequeña trepada sin mayor dificultad, que nos lleva, al poco, a los pies de la Caldera del Guindo, la más grande de todas ellas aunque no la más profunda, en la que una familia había instalado su cuartel de veraneo.

Pasamos de largo en busca de más intimidad, continuando la trepada, bordeamos por encima la Caldera de Enmedio, en la que no me he bañado nunca debido a su dificil acceso por estar encajada entre peñascos, A los pocos metros llegamos a la Caldera Negra, llamada así por su gran profundidad, que le da una oscura tonalidad a sus aguas, lo que no impidió que nos metiésemos en ella en tropel.

Ni que decir tiene que, en cuanto pude, me hice un par de saltos desde su escarpada orilla, por supuesto de pie, para evitar sustos innecesarios. Nadar hasta la pequeña cascada del fondo es una experiencia refrescante donde las haya.

El regreso lo hicimos volviendo sobre nuestros pasos, esta vez sin acercarnos al río, hasta llegar de nuevo a la caseta de captación de agua, continuando por la senda, ya conocida, que nada más pasar un portón de hierro se interna en un placentero bosque de robles. con el río a nuestra izquierda.

Disfrutamos del murmullo del agua, hasta llegar al otro portón de hierro y el romántico puente de madera que cruza el río Cambrones, del que nos despedimos en su camino hacia el embalse de Portón Alto, donde entrega sus aguas.

Alcanzada la pasarela que accede a la pista que baja hacia San Ildefonso, por ella continuamos, cruzando el Arroyo del Chorro Grande por el Puente de la Princesa, continuando por la calle del Pocillo, Puerta de la Reina y Parador, regresando así al punto de inicio, la explanada del Palacio de la Granja.

La multitudinaria celebración de fin de ruta y la comida, a la que se unieron algunos más que no habían podido caminar con nosotros, la hicimos en el bar Segovia, estupendamente atendidos por Belén, dando así por finalizada esta refrescante excursión veraniega. Por todo lo disfrutado, eta excursión bien se merece una nota de 4,5 sobre 5.
Paco Nieto

FOTO REPORTAJES

miércoles, 24 de julio de 2019

Excursión 474: El Chorro de Navafría por los 6 refugios

FICHA TÉCNICA
Inicio: Navafría
Final: Navafría
Tiempo: 6 a 7 horas
Distancia: 19,3 Km
Desnivel [+]: 717 m
Desnivel [--]: 717 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 5
Participantes: 15

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Alguna vez tenía que ser, y como recientemente he adquirido la condición de senderomaga, Paco me tenía preparado hacer de cronista de esta ruta que prometía contemplar seis refugios, piscinas naturales y una chorrera y, con estos calores, era la ruta perfecta.

Nos reunimos frente al ayuntamiento de Navafría 15 participantes, algunas eran caras nuevas para mí, pero no sabía sí también para el grupo.

A la hora convenida, nos pusimos en marcha. Pronto el grupo se estiró, formando una larga fila, que seguía los pasos de Paco, pasamos por una plaza y giramos a la derecha, saliendo del pueblo por entre sus calles, dejando atrás bonitos chalets de piedra y amplios jardines.

El día era espléndido, si nubes y de momento, no demasiado caluroso, sin previsión de tormentas ni nada que hiciera peligrar el poder darnos los ansiados baños prometidos en la convocatoria de la excursión.


Enseguida pasamos junto a lo que parecía un molino harinero, en realidad había sido un martinete, dedicado a la construcción de utensilios de cocina en cobre y que hoy día es Museo Etnológico. Continuamos por la cómoda pista hasta cruzar por un puente el río Cega.

Nada más pasar el puente, buscamos la senda que asciende junto al río por su margen izquierda hasta alcanzar las ruinas de un antiguo molino, junto a la puerta de entrada de la finca El Bosque. Dejamos a nuestra izquierda un puente y continuamos el ascenso por la misma orilla del río hasta que se nos hizo imposible seguir avanzando y tuvimos que vadear el río con la ayuda de unas piedras, enlazando enseguida con la carretera del Chorro, por la que seguimos hasta alcanzar el área recreativa del mismo nombre.

Nos sorprendió comprobar que había muy poca gente, panorama que según parece es muy distinto al que hay los fines de semana, en la que las cuantiosas mesas de madera y parrillas están a tope.

Aún no habíamos hecho ganas de baño y nos limitamos a contemplar las piscinas naturales, pasando de largo, en dirección oeste, hacia el río Cega, previo paso por un pequeño puente, que marca el final del arroyo del Chorro, que en este punto vierte sus aguas, como afluente al río Cega, al que nos acercamos para remontarlo por su margen derecha hasta alcanzar la charca conocida como El Pozo Verde.

Es este un lugar de leyenda, donde según nos contó Paco, sellaron su amor eterno Rosa y Leonardo, dos jóvenes del pueblo cuyas familias, una pobre y otra rica, no veían con buenos ojos su relación. Ante la prohibición de verse, “una noche escaparon de casa y después de un largo beso, abrazados y en silencio, del Pozo Verde el camino recorrieron.

Una vez allí llegados los muchachos desaparecieron... Al día siguiente en sus casas los echaron de menos y corrió la voz de alarma. Y les buscó todo el pueblo. A la caída de la tarde, al Pozo Verde subieron y la Luna dejó ver al fondo del agujero, desnudos y abrazados de los muchachos los cuerpos”.

Con la incertidumbre de saber cuánto de verdad encierra esta leyenda, contemplamos sus profundas aguas. Junto a ella, unas mesas de madera nos sirvieron para tomarnos el tentempié de las 12, que en esto es muy riguroso el grupo. Nos separamos del río, ascendiendo por una senda a retomar la ancha pista con restos de asfalto del inicio, que nada más dar una curva nos muestra a la izquierda el refugio del Peñón, construido en piedra, con techo de teja reforzado con cemento, al igual que las paredes del interior, decoradas con graciosos dibujos de Epi y Blas.

Continuamos, en dirección sureste, el suave ascenso por la pista, paralela a gran altura al río, contemplando en el camino, esbeltos pinos albares, un tejo y acebos. Al poco, alcanzamos, a nuestra derecha, el refugio de la Fragua, construido con rocas unidas con cemento, tiene un techo algo más rústico, en semicírculo recordando a los búnker de la guerra civil, su interior es mucho más sobrio que el anterior, aunque al igual que éste, posee una chimenea y bancos de piedra para hacerlo más confortable.

A pocos metros surge una bifurcación, continuamos por la pista de la derecha, que enseguida nos deja en el llamado puente de Hierro, aunque en realidad es de piedra, que cruza el río Cega, donde nos hicimos fotos, antes de regresar de nuevo para continuar el ascenso por la otra pista que antes habíamos desestimado, la de la izquierda, apenas un chorrillo quedaba del arroyo de las Vueltas, unos metros antes de desembocar en el río Cega.

Con moderada pendiente, ascendimos por la pista, que tras una cerrada curva, gira hacia el noreste, cruza de nuevo el arroyo de las Vueltas, precedido de un pequeño embalse a modo de balsa. Aquí Paco planteo la posibilidad se seguir la pista o remontar un cerro para conocer el siguiente refugio. Tres se apuntaron a lo fácil y yo, inconsciente de lo que me esperaba, me animé a seguir al grueso del grupo, ¡gran error el mío!

Abandonamos la cómoda pista y comenzamos una fatigosa subida hacia nuestra derecha, en busca de un camino que asciende al refugio de Piemediano, el tercero de nuestra ruta. Yo solo recuerdo que no paraba de preguntar ¿falta mucho? y Paco siempre respondía "ya casi llegamos, solo falta una subidita"...se me hizo eterna la dichosa "subidita".

El refugio se encuentra a la izquierda de la pista, tiene en la pared trasera grandes puntales de madera, techo de teja y una apariencia más alpina que los anteriores, quizás por el entorno del cerro, con unas grandes rocas y extensas praderas verdes a su alrededor, en el punto más alto del recorrido de hoy y con una chimenea y habitáculo más atractivo que los anteriores.

Desde el refugio, descendimos en busca de la pista que habíamos dejado, por fin ya todo era bajada o eso pensaba yo. Dibujamos una amplia curva hacia el norte hasta dar con la pista que habiamos dejado. Una vez en ella, pronto, tras otra curva, dimos con el cuarto refugio, de parecidas características que el de la Fragua, pero con una cerca detrás del mismo, que al principio no sabíamos muy bien su función, pero que al parecer sirve para guardar a los mulos que acarreaban los troncos de pinos hacia el camino, una vez acabada su labor.

A poco más de un kilómetro del último refugio, la pista cruza el arroyo del Chorro por un puente, precedido de una represilla, que forma una bonita balsa de agua, y que conecta con otra pista que se dirige al puerto de Navafría por el Cerro de los Colladillos. Algunos siguieron por ella, pero la mayoría nos quedamos descansando. Se acercaron al quinto refugio del día, el llamado de Regajohondo, copia del anterior y el de la Fragua, situado a nuestra derecha, junto al arroyo del Chorro, en una bonita pradera verde rodeada de pinos, y que estaba lleno de cacas de vaca según nos contaron.

Un poco más arriba contemplaron un bonito puente de piedra, situado en la unión del arroyo de las Barrigas con el del Chorro, lo que hace del lugar toda una concentración de agua por doquier, resonando en las angostas paredes del arco del puente.

Desandamos el camino, dejando ahora el refugio de Regajohondo a la izquierda. La pista desciende en suave pendiente hacia el norte, paralela al arroyo del Chorro, cruzamos el arroyo de Navalcollado, que desciende por nuestra derecha desde el refugio de igual nombre, y que entrega sus aguas en el arroyo del Chorro, de lejos vimos una pequeña cascada de doble salto, preciosa que hay unos metros más adelante.

La pista se aleja momentáneamente del arroyo, cruza en un recodo el arroyo Sequillo y vuelve a acercase al del Chorro en el mirador de las Cebadillas o del Castillejo, con preciosas vistas al roquedo desde donde se precipita el Chorro. Descendemos con la intención de contemplar una bonita cascada con una gran poza que invitaba al baño y cruzar el arroyo para descender por su margen izquierda.

Cargados de prudencia, descendimos por las lanchas por las que se precipita el arroyo. Tramo bastante complicado y resbaladizo aunque despacio y con cuidado todos lo pasamos sin ningún problema, llegando a un bonito mirador que nos proporcionó una espectacular vista del agua deslizándose por la resbaladiza losa de la chorrera mientras la mirada se perdía en el infinito horizonte del valle.

Continuamos por unas escaleras de piedra, con una barandilla de madera con gruesas cuerdas hasta alcanzar la cascada de El Chorro. En este punto el agua del arroyo se precipita desde unos 20 metros como si se tratase de un divertido tobogán. Es un remanso de agua con puente y apeadero.

Tras el ansiado baño bajo el gélido chorro y un largo descanso para comer los bocadillos, continuamos el descenso por la senda que baja paralela a la orilla izquierda del arroyo del Chorro, pasando por la fuente que nada más iniciar el descenso nos sale a la izquierda, que a duras penas y gracias al ingenio de Enrique pudimos rellenar las botellas de agua.

Al final del cómodo camino, jalonado de bancos, alcanzamos de nuevo el puente que cruza el arroyo del Chorro, junto al cual se encuentra el sexto y último refugio del día, el del Chorro, el único cerrado con un candado, con una fuente a su derecha, un trenecito de madera en el que nos subimos para la foto y un divertido laberinto de palos de madera por el que Paco me animó a competir contra Jorge S, para ver quién salía antes y ganar un premio.

Con algo de complicidad por su parte, porque ya se temía la clase de premio que estaba en juego, se dejó, descaradamente ganar, llevándome yo el estupendo premio de tener que hacer la crónica, lo que bien mirado no deja de ser un premio, porque me ha obligado a tener que recordar con detalle la excursión y así poder disfrutarla por segunda vez. 

Al llegar al cercano bar del área recreativa, nos atiborramos de cervezas, cafés y helados como si no hubiera un mañana. Recuperadas las fuerzas, iniciamos el regreso, y para nuestra sorpresa, Ángel Vallés nos esperaba en las piscinas naturales cámara en ristre para inmortalizarnos en el agua.

Tras el refrescante chapuzón, regresamos siguiendo el mismo camino que a la ida, pero por la margen contraria del río Cega, esto es la derecha, parando un momento al pasar junto a las ruinas del Viejo Martinete para explorarlo por fuera.

Al internarnos en el pueblo, nos desviamos a la izquierda para descender por una bonita senda encajonada entre muros di piedra a las mismas puertas de las Charcas, las estupendas piscinas naturales en las que muchos nos dimos el último baño, y para mí, el más refrescante ya que hacía calor y estaba ya un poco cansada.

Fue mano de santo y el agua estaba estupenda, la gente que ya lo conocía de otras veces decía que solía estar mucho más fría en anteriores ocasiones, ¡efectos del calentamiento global de la Tierra!

Sin muchas ganas de movernos de allí, porque se estaba muy bien, cerveza en mano, regresamos a la plaza del pueblo donde habíamos dejado los coches, finalizando así esta estupenda excursión, que por unanimidad se mereció 5 estrellas
Teresa Abella

miércoles, 17 de julio de 2019

Excursión 473: Pozas del Valle de la Angostura desde Cotos

FICHA TÉCNICA
Inicio: Pto. de Cotos
Final: Pto. de Cotos
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 15,7 Km
Desnivel [+]: 610 m
Desnivel [--]: 610 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 5
Participantes: 19

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta
















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Iniciamos la ruta, más temprano que lo que es costumbre en invierno, desde el puerto de Cotos, situado a 1830 metros de altitud.

Su nombre le viene de que Carlos III, gran aficionado a la caza, compró estas tierras de Valsaín cercanas al Monasterio de El Paular, para convertirlas en coto de caza y, para señalizarlo, mandó colocar una serie de hitos en piedra llamados cotos, en la actualidad bien conservados y aún visible.

El ahora restaurante Venta Marcelino, famosos por sus judiones de Segovia, era refugio de los montañeros que caminaban por los senderos de la zona, que son mucho. Y para recorrer algunos de ellos, Paco nos convocó en este soleado día, con el aliciente añadido que poder conocer algunas de las pozas del precioso valle de la Angostura.

A la hora convenida, enfilamos hacia el final del aparcamiento, para seguir a la izquierda, tras cruzar la carretera M-604, por el Camino Viejo del Paular, señalizado con las marcas blancas y rojas del GR-10.4.

Dejamos a nuestra derecha la caseta de control y entre pinos, con más sombras que claros, vamos descendiendo por el valle, con ganas de llegar a las pozas para darnos un chapuzón en alguna de ellas.

Unas vacas con sus terneros junto al camino volvieron locos a nuestros perros, lo que hizo que las vacas se pusieran a la defensiva mientras pasábamos a su vera, no sin cierto recelo y sin perder de vista los enormes cuernos de los toros.

Al poco, volvimos a cruzar la carretera M-604 y tras unas agradables zetas, llegamos al Camino de las Vueltas, por el que seguimos descendiendo, entre grandes pinos que dejaban a ratos vislumbrar el arroyo de la Angostura.

Cruzamos un puente sobre el arroyo de la Laguna, procedente de Peñalara, y como íbamos bien de tiempo, Paco alargó la ruta hasta alcanzar el puente de la Angostura, que fue mandado construir por Felipe V para facilitar los viajes entre la Granja de San Ildefonso y el Monasterio del Paular.

Sobre este precioso puente nos hicimos las fotos de grupo, para a continuación comenzar a remontar el valle, con el arroyo de la Angostura siempre a nuestra derecha. Enseguida paramos en una gran poza que hizo las veces de parque acuático para un buen número de valiente, mientras los demás se tomaban el tentempié de media mañana.

¡Qué bien nos sentó este primer bañito, con profundidad de poza y con el agua a 16 ºC de temperatura!, toda una delicia.

Tras el refrescante remojón, continuamos remontando el arroyo, por momentos cercano al camino, otras más alejado, pero siempre presente.

Casi sin darnos cuenta, por estar seco, cruzamos los arroyos de la Majada del Espino y, al poco, nos desviamos a la derecha para acercarnos a otra poza, también con un pequeño salto de agua, donde solo unos pocos atrevidos volvieron a refrescarse.

Continuamos el ascenso, cruzando el arroyo de Peña Mala, seco también, sin tener que hacer uso de los puentes de madera. Dejamos sin cruzar el puente de los Hoyones y en agradable paseo por una senda que trascurre a cierta altura del arroyo por su ladera derecha, y tras cruzar el arroyo de las Cerradillas, éste sí con agua, llegamos a la poza y cascada que hay junto a unos tejos milenarios.

Junto a ella paramos a tomar los bocadillo, mientras algunos insaciables se metían bajo la cascada, que aunque con poca agua, no por ello estaba menos fresquita que en las pozas anteriores.

Repuestas las fuerzas, acometimos el tramo final, subiendo una empinada cuesta que bordea los tejos y que da paso a un mirador natural con unas espectaculares vistas del valle, que desde aquí se antoja inmenso.

Enseguida cruzamos con la ayuda de unas piedras el arroyo de las Guarramillas, sin demasiados problemas, remontándolo por su orilla izquierda hasta alcanzar la poza de Socrátes, dejando atrás otras más pequeñas de gran belleza.

Y como premio final de nuestra perseverancia, unos cuantos nos atrevimos a meternos bajo su gélida cascada, a modo de refrescante ducha, para darnos el último homenaje, mientras mirábamos al cielo con recelo porque las nubes se fueron ennegreciendo, amenazando lluvia.

Esta apartada y recoleta poza no debe su nombre al sabio ateniense, sino a Sócrates Quintana, que salvo filósofo fue de todo a lo largo de su dilatada existencia (1892-1984): jugador del Atlético de Madrid, plusmarquista nacional de salto con pértiga, 800 metros y decatlón, pintor impresionista, grabador y funcionario de Hacienda.

También fue, desde 1914, un miembro hiperactivo del Club Alpino Español, y como delegado del albergue que dicha sociedad tiene en Cotos, se preocupó de acondicionar con un muro de contención esta cercana poza para que los señores socios pudieran bañarse con una comodidad insólita para los inicios del pasado siglo.

Nos reunimos con el resto del grupo, que esperaba en la parte alta de la cascada y, saliendo del valle, nos acercamos a ver el refugio del Pingarrón, que algunos no conocían. De allí salimos a paso ligero para evitar la inminente lluvia que se presentía cada vez con más certeza.

Siguiendo la carretera de acceso a Valdesquí, llegamos de nuevo al puerto de Cotos, justo antes de que se pusiera a llover. En Venta Marcelino nos tomamos las merecidas cervezas, mientras recordábamos la bonita excursión, en la que nos hemos deleitado con los múltiples rápidos, cascadas y las pozas profundas, más que muchas piscinas, a la sombra de los pinos albares, los robles y los abedules. Por todo lo anterior califico esta ruta con la máxima nota, un 5.
Helen Olague