Ordesa nos seduce, nos llama para que la recorramos y nos queramos fundir con ella. Tiene el encanto de una amante que nos posee, queremos poseerla, pero es ella la que nos posee a nosotros. Siempre bella, enorme, inabarcable en su totalidad, nunca dejaremos de desearla. Con la lascivia en vena, los días anteriores a la excursión, estábamos con la incertidumbre de si el tiempo nos permitiría adentrarnos por su piel.
Por los vericuetos que Juan nos tenía preparados para disfrutar de ella no iba a ser una mera aproximación o tontorroneo, que hiciera de la lluvia algo secundario. Juan tenía previstos dos encuentros con
Ordesa, en los que teníamos que salir indemnes, acercarnos a su grandeza con humildad, conscientes de que es ella la que nos dice cuando podemos adentrarnos, nunca ser altivos, y entrar cuando se den las circunstancias que permitan el goce.
Yo no quería irme de
Pirineos sin verla, pero ya estaba resignado. No es lo que uno quiera sino lo que tiene que ser.
Finalmente, el día anterior por la noche y tras consultas de Juan al oráculo meteorológico, con previsión a cara o cruz de lloviznas débiles a media mañana, nos dio la alegría de poder ser precavidamente osados para hacer la ruta.
Amaneció el día con
Zeus, señor de los cielos, dándonos una reprimenda de lluvia, por nuestra osadía, pero no podíamos faltar a la cita, y nuestra ilusión hacía que solo viésemos la cara de la moneda, de la previsión de que a eso de las diez todo iría a mejor. Y así fue. Plantados en la
Pradera de Ordesa, se nos empezaron a mostrar las insinuaciones de este precioso lugar.
Por allí arriba del valle, al fondo a la izquierda, se adentran los muchos misterios que tendríamos que descubrir,
Cola de Caballo,
Gradas de Soaso, etc, que si por el otro lado está
Punta Gallinero, El Tozal del Mallo, Mondarruego, tantos sitios todos de golpe ante nuestros ojos a los que nos gustaría acceder haciendo gala de nuestro vigor.
Deseando que nos pudiéramos acercar a ellos, a las bellezas más manifiestas de las que
Ordesa nos hace ostentación aquí en
La Pradera.
Lo primero que llama la atención son las paredes descomunales del valle tanto a un lado y a otro, cortados a modo de tarta comtessa, donde se alternan los chocolates de las capas areniscas con las natas de las calizas. Todo un espectáculo que nos gustaría lamer.
Juan nos hace alzar la vista para situarnos en algunos sitios emblemáticos como la
Faja de las Flores, allá donde la vista alcanza lo más alto, la imponente presencia de
El Gallinero y a nuestra derecha del valle, la pared por la que empezará nuestra excursión por la
Senda de Los Cazadores hasta alcanzar el
mirador de Calcilarruego y
Faja de Pelay.
Nuestra amada
Ordesa, tiene fajas, que realzan su figura y permiten recorrerla a ambos márgenes del valle allá por las alturas. Se trata de capas más o menos planas horizontales que forman caminos estrechos colgados sobre el valle que dejan a los lados cortados hacia arriba y hacia abajo correspondientes a las diferentes capas geológicas, areniscas o calizas. Son estrechas, lo suficiente para que se hayan hecho muchas de ellas transitables con mayor o menor dificultad.
Apertrechados con el vigor mañanero, empezamos la temida subida de cerca de setecientos metros sin descanso, por la
Senda de los Cazadores, haciéndole ver que íbamos a ser buenos amantes, que llegaríamos hasta lo más lejos que nos dejara llegar. Cada uno a su ritmo, todos con la misma ilusión, sin desfallecer, fuimos por esta bonita senda en zigzag con continuas subidas de piedras, escalones, escasos descansos y algún que otro claro desde el que ver las bellezas del valle para darnos ánimo a seguir.
En poco más de una hora llegué al
Mirador de Calcilarruego con Miguel Ángel y Jorge, que se habían incorporado el día anterior un poco de improviso y sin duda deseosos de no perderse la orgía de naturaleza que nos tenía reservada
Ordesa. No hubo problema en ir esperando a los demás que irían llegando bastante dispersos en grupos de dos o tres hasta completar los doce senderomagos, porque las vistas desde aquí son espectaculares.
Podríamos decir que aquí se produjo nuestro primer éxtasis, contemplando, enfrente la otra pared del valle, con el otro recorrido que estaba previsto por las
fajas de Racón y Canarellos, la
cascada de Cotatuero, y a su derecha la mole de
Tobacor que nos oculta el fondo del valle al que nos dirigimos. Hubo fotos de todo tipo, individuales, en pareja, por tríos y de grupo. No podía ser para menos.
Aprovechamos para comer algo, abrigarnos un poco tras la sudada de la subida. Y tras el merecido descanso, una vez hecho el grueso de subida del día, continuamos por el sendero que se encamina a la
Faja de Pelay.
Nuestro siguiente gozo sería descubrir la vista de la Brecha de Roland, impresionante bocado rectangular o entalladura en lo alto de la horizontalidad de la montaña frontera con Francia.
Parece que por una formación de materiales más débiles que los calizos que le acompañan a cado lado, propiciaron su erosión y derrumbe al lado español. Jorge aprovecha para recordarnos la leyenda de que este tajo corresponde al hueco que dejó la espada de
Roland, sobrino del
Emperador Carlomagno, que tras la batalla de
Roncesvalles y en su huida hacia
Francia, golpeó su arma contra la montaña, dejando una enorme brecha que le permitiera ver por última vez su
Francia natal y evitar que su espada
Durandarte cayese en manos de los infieles.
No solo la brecha, sino la vista a la alta montaña, con blancas capas de conglomerados de cuarzo que nos hacen pensar que fueran las primeras nieves, en contraste con los grises sin presencia de árboles de las cumbres, nos hace sobrecoger. Quisiéramos estar ahí, recorrer cada rincón, poseer su belleza. Nos conformamos con verlo de lejos y seguir alimentando nuestro deseo.
Por el camino vamos viendo rododendros ferruginosos, abetos jóvenes que nos hacen confundir con tejos, abedules, hayas, fresnos vigorosos que nada tienen que ver con los que estamos acostumbrados a ver por la sierra de
Madrid. Tras caminar por este agradable sendero, exento de dificultad, plano o en ligera caída, de repente se nos aparece ante nosotros otro de los objetivos del dia, el fondo del valle de
Ordesa.
Desde allí, Juan nos indica dónde se sitúan las principales cumbres, tales como el
Cilindro de Marboré,
Monte Perdido pudorosamente oculto bajo las nubes con
Añisclo. Y por abajo el impresionante circo por donde más adelante podremos ver la
Cola de Caballo y el emblemático
refugio de Goriz.
Tras reagruparnos, ya cerca de la Cola de Caballo, nos quedamos en una pradera abierta a comer contemplando la cascada, pero sin perder de vista valle abajo y las paredes de la faja de Pelay que habíamos recorrido.
La
Cola de Caballo es una cascada también impresionante. Un poco oculta en el circo, una vez que se exhibe, es simplemente grandiosa.
Se va abriendo en anchura según baja y va acariciando el terreno a la vez que otro flujo de agua salta por encima del que acaricia los estratos. Surge de las entrañas de la tierra de algún manantial kárstico.
Nos recreamos haciéndonos fotos con la
Cascada y no podemos irnos sin dejar huella fotográfica de esta belleza. Pensar que hace 65.000 años estaríamos bajo un glaciar que descendía del Aneto que ha dado forma al
circo de Soaso, que esta cascada sería una cascada de hielo y que ahora queda como testigo de estos valles glaciares suspendidos unos por encima de otros, fruto de los cabalgamientos de
Monte Perdido o corrimientos de enormes placas que en su día estuvieron bajo el mar por encima de otras capas más jóvenes como las del valle o areniscas del
Estrecho. Todo esto por efecto del choque de las placas
Ibérica y
Europea y que dieron origen a los
Pirineos.
Nos entretenemos también buscando con la vista las
clavijas de Soaso, por donde se podría acometer la subida al
refugio de Goriz. Logramos distinguir por dónde están estas clavijas en los cortados de piedra gracias a cadenas quitamiedos a modo de líneas de vida que se han dejado instaladas. Toda una tentación de ir por ahí con Juan guiándonos y desde luego todos con unos años menos o porqué no eligiendo la correcta época del año, un poco de ilusión y ganas de subir a un tres mil.
Pero aquí no para la excitación, pues según vamos comenzando el camino de regreso, por el valle, junto al margen derecho del
río Arazas, al poco nos encontramos con otro de los espectáculos del valle, como son las
Gradas de Soaso. Imagínate una escalinata palaciega, ancha y profunda con sucesivos tramos de saltos para acometer el desnivel con una perfecta horizontalidad de los escalones, pero engalanados de forma caprichosa por las rocas que conforman peldaños distintos y por donde el agua va formando cortinas de distintas anchuras, haciendo de las cascadas todo un espectáculo de belleza y elegancia. Ah,
Ordesa no puedo vivir sin ti.
Tras las últimas excitaciones que nos han producido las
Cascadas de Soaso, nos introducimos en la relajación que nos produce adentrarnos en el
Bosque de Hayas.
Es un bosque que recorremos durante un buen rato, con las hojas a modo de alfombra en diversos tonos marrones otoñales.
Pasamos sucesivamente como últimos estertores de nuestra excursión, por varias cascadas como la
Cascada de La Cueva, la
Cascada del Estrecho por la que no llegamos a desviarnos para fotografiarla o la
Cascada de Arripas. Estas cascadas se han ido formando al pasar el agua por zonas duras o calizas que son las que permanecen en lo alto de cada salto a zonas areniscas que se han erosionado, desapareciendo hasta encontrarse con otras capas duras más abajo y formándose así las cascadas.
Al llegar al
Puente de Cotatuero, hay la opción de seguir la señal de aparcamiento hacia
La Pradera cruzando el
río Arazas y continuar por esta otra variante del
GR-11 o como hicimos proseguir por la margen derecha del río que lleva igualmente a los coches. Como llegamos cerca de las siete tras unas seis horas y media de excursión de poco más de veinte kilómetros y unos setecientos cincuenta de desnivel acumulado y teníamos cena de gala de viaje, y a punto de cerrar el bar de
La Pradera, tuvimos que dejar las cervezas para tomarlas en
Broto y hacer aquí unos estiramientos para llegar a punto a esta cena.
Para rematar el día nos agasajamos en el
restaurante El Duende de
Torla, donde cenamos de fábula. Con una carta de menús para dos, un tanto complicada de entender, pero que rápidamente nos simplificó la camarera y que, salvo un cambio de posición de unos de nosotros, se adaptó a los gustos de los que teníamos cada uno a nuestro lado.
Quiero tener un recuerdo para cada uno de los doce comensales que disfrutamos de esta bonita excursión. Número mágico el doce, que simboliza la perfección, la totalidad, como corresponde a esta bella excursión a la que doy el máximo de cinco sicarias que se permite en el
GMSMA.
A Juan como promotor de este sueño hecho realidad que nos ha tenido en vilo con sus consultas al oráculo para saber dónde íbamos a ir cada día. Quizás fuera el oráculo quien consultase a Juan, creo yo.
A Jorge, por su mirada fotográfica que nos permitirá recordar mejor este día, y apreciar detalles que se nos hayan escapado.
A Miguel Ángel con el que compartí el rodaballo salvaje y la excelente ensalada de foie y jamón de pato, que me alcanzó en la subida al
mirador de Calcilarruego y me hizo poner en duda las quejas sobre sus rodillas.
A Ara, cuya dulce sonrisa nos acompañó en este viaje del que entre otras cosas me traigo, recomendado por ella, el libro Los Ritos del Agua de Eva Gª Sáenz de Urturi, de la librería compartida que nos encontramos en los soportales de Torla tras la cena y que prometo devolver algún día.
A Juan Antonio, pareja inseparable de Ara pero a la vez siempre inseparable de todos nosotros.
A Pepa, por su optimismo infinito, por la fuerza y sensatez que nos insufla a todos.
A Paco, que con la mitad de él se hace medio grupo y con la otra mitad nos reparte buen humor y compañerismo a rebosar.
A Carolina heroína que supera encomiablemente su fatiga y saca fuerzas de donde parece no haberlas. Creo que junto conmigo éramos al menos de forma manifiesta, los que más ganas teníamos de venir por aquí.
A Lucio, con su inseparable Kiro poniendo buen ambiente en todo momento dejando huella de lo que piensa en cada conversación.
A Rosa, por su mirada especial interior, por la que nos planteamos si estamos viendo lo mismo que ella. Nos hace mirar el paisaje de nuevo.
A Melchor, por su bondad y paciencia sin límite, nos ha llevado de un lado para otro con su entrañable “furgo”.
A mi mismo como amante, ya confeso con esta crónica, de Ordesa.
César R. Bachiller
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