RUTA EN WIKILOC
RESUMEN
Parece que la sequía llega a su fin. Que el otoño toma posiciones y las lluvias hacen su aparición en la
Península y en el corto istmo en el que se instalaron los
Pirineos hace más de 20 millones de años. Este acontecimiento debe hacernos felices y pensar que por fin se restablecerán los verdes de los altos prados y el otoño de las hayas dejará de ser un falso otoño de hojas quemadas por este verano tan largo y seco.
No dejamos de estar contentos por ello a pesar de que para este grupo, la llegada de las lluvias resulta un tanto inoportuna. Debemos amar más a la salud de las montañas que a nuestra afición a ellas. Y así hacemos. Y, a pesar de las posibilidades de lluvia para hoy, un pequeño grupo, diez más Kiro, nos encaminamos hacia el
Valle de Otal que es uno de los valles tributarios del
Valle de Bujaruelo más afamado y frecuentado por los visitantes del
Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y esto a pesar de que este valle no forma parte del espacio protegido.
Comienza la ruta en el aparcamiento de
Bujaruelo. Lugar en el que en tiempos medievales y contemporáneos se reunían ganados y ganaderos para montar sus ferias y fiestas al abrigo de la antigua
ermita de San Nicolás, de la que solo queda parte de su ábside románico. También queda el hermoso puente, del siglo XIII, que salva las aguas cristalinas del
río Ara.
Saliendo de la puerta del bar/restaurante/refugio de
Bujaruelo, cruzamos el puente. Fotos, ohes y algún otro maravillado comentario para continuar por la senda que vira a la izquierda para remontar el río, alternando entre praderas y pasillos de serbales, bojes tejos, acebos y mostajos. Y algún otro vegetal que me dejo.
Al poco, alcanzamos la pista que va a
Ordiso, cosa para otra ocasión, y la tomamos a la izquierda volviendo a cruzar el
Ara por una bonita angostura salvada por el
Puente de Oncins. En el sentido que llevamos, la pista nos devolvería a
Bujaruelo, pero al llegar a la
fuente de La Fermalla tomamos el desvío de la derecha, por el
camino del Collado de Tendeñera, collado que nos quedará muy lejos y que da paso a las tierras de
Panticosa y su estación de esquí.
Atajando por una senda clara y sin pérdida superamos la a veces dura pendiente que forma la morrena frontal creada es tiempos muy remotos por el "pequeño" glaciar que vertía sus hielos sobre el no tan pequeño
glaciar de Ara. Superada esta barrera, típica de los glaciares colgados pirenaicos, nos encontramos con el esplendor del
Valle de Otal, un valle verde en un claro perfil en U y flanqueado por el modesto
pico de Ordiso al norte, a nuestra derecha, y la
peña de Otal, al sur, que no acabamos de ver por las nubes que tenemos encima.
Una larga recta nos lleva hasta el
refugio de Otal, cerrado, solo para uso de los ganaderos. Vacas, marmotas a lo lejos por las suaves laderas del valle que, de vez en cuando, emiten sus chillido característico, el río un poco pobre y la humedad, conforman un lugar acogedor. Unos 400 metros más allá tenemos la
cascada de Otal, que remontamos por su margen izquierda hasta alcanzar su cabecera un poco pasada la hora del Ángelus, al que procedemos.
Mirando hacia atrás, la vista desde aquí, desde el despeñadero del río, es relajante. Se aprecia la largura del modesto pero elegante valle.
Adorna la vista, en primerísimo plano, un hermoso y solitario mostajo de hojas amarillas, confundido por la mezcla de la sequía con la llegada del otoño, junto al que nos hacemos algunas fotos.
Bajamos por la margen derecha para hacer una parada al pie de la cascada. Foto de grupo, maravillamiento y de vuelta por el mismo camino de ida. Comida en los bancos del
refugio de Bujaruelo, con cerveza y café. Y continuación de la ruta. Esta parte es muy corta, 3 km de bosque fantástico por el
barranco de San Nicolás, o de
Los Navarros. Lo llaman la
Senda de Los Abetos.
Una lluvia no muy fuerte decide hacer el camino con nosotros, lo que nos obliga a extremar las precauciones al cruzar torrenteras de caudal creciente y superar pasos que parecen imposibles en los que es muy saludable no tropezar. El río alegre por la lluvia y nosotros alegres por la belleza de este hayedo/abetal agarrado a no sé dónde para no caer sobre el río.
Cruzamos el río Ara por el puente de los Abetos y nos refugiamos en el bar del Camping Valle de Bujaruelo. Lugar encantador.
Cuatro sicarias le doy. Habrían sido cinco si las cumbres no hubieran jugado al escondite.
Juan
FOTOS