A lo largo de la ruta de la semana pasada por las tierras del
Alto del León, ocurrieron varios incidentes imprevistos, muchos de ellos relacionados con las altas temperaturas que sufrimos ese día sobre todo en la cara sur del
Cerro de la Salamanca: despistes, golpes de calor y el más importante, un pequeño problema cardíaco que sufrió nuestro compañero Esteban debido al esfuerzo realizado en la subida directa a ese cerro a pleno sol y que afortunadamente no ha tenido mayores consecuencias, más allá de unos cuantos días de ingreso en observación, con las consiguientes pruebas y demás. Nos alegramos de que todo haya quedado en un pequeño susto sin más secuelas.
Por lo tanto, habiendo cubierto ya el cupo de sobresaltos establecido para este mes, esta semana nos hemos decantado por una zona más sombreada para realizar la ruta de hoy: el
Valle de la Angostura, en la que visitaremos uno de los tesoros más espectaculares que esconde este valle. Estamos hablando de los famosos
tejos milenarios que alberga el
arroyo de Valhondillo, en su curso medio. El más famoso de ellos lo podemos encontrar identificado hasta con tres nombres distintos: el
Tejo milenario de Rascafría, el
Tejo de Barondillo o el
Tejo de Valhondillo.
El punto de reunión lo hemos fijado en el aparcamiento de los restaurantes de la zona de
la Isla. Concretamente en el aparcamiento del
restaurante Los Claveles, situado en el km 31,700 de la
M-604. Tanto este restaurante como el aledaño de
Pinosaguas, llevan cerrados desde el año 2023 ya que, una vez finalizados los plazos de presentación de solicitudes para la explotación de ambos restaurantes, convocados por el ayuntamiento de
Rascafría, no se presentó ninguna oferta, declarándose el concurso desierto. El período del contrato era de 15 años sin posibilidad de prórrogas. Desde entonces no se han convocado nuevas licitaciones.
El aparcamiento que hay más arriba, donde se encuentran el
restaurante Pinosaguas mencionado anteriormente y el
restaurante La Isla, es un aparcamiento privado, reducido respecto a cómo era antes, que tiene una valla en la entrada, y aunque ésta esté abierta, hay personal que verifica si los vehículos que se aparcan en su interior tienen reserva en el
restaurante La Isla. Y aún así ese aparcamiento se cierra a las 18h.
Una vez reunidos todos los participantes de la excursión de hoy, salimos en dirección al siguiente aparcamiento, para luego, y sin cruzar el puente que se dirige al
restaurante de La Isla (por el que luego volveríamos), seguir por la ribera del
arroyo de la Angostura. Hay que recordar que el
río Lozoya no toma su nombre hasta que no se encuentran los
arroyos Angostura, Umbría y Aguilón, más abajo de donde nos encontramos, por lo tanto, nos referiremos al arroyo que seguiremos durante un par de kilómetros como
arroyo de la Angostura, aunque otros senderistas lo denominen erróneamente
río Lozoya.
En poco tiempo llegamos a la
presa del Pradillo, presa construida en la década de 1940 para retener el agua del arroyo, y que se derivaba a través un canal hacia la antigua fábrica de luz situada más abajo de
La Isla, y que abastecía de electricidad a las localidades del valle. Todavía se puede ver el canal que discurre por su margen derecha. Desde mediados del siglo XX la central cayó en desuso.
La pintoresca y fotogénica caída de agua desde los muros de la presa en forma de cascada, luce hoy con poca agua, a pesar de haber tenido un invierno con nevadas, los acuíferos han sufrido mucho como consecuencia de las altas temperaturas que hemos venido padeciendo este año desde mediados del mes de mayo y la falta de lluvia desde entonces.
Seguimos por el sendero que transcurre pegado a sus aguas hasta la cola de la colmatada presa. Para evitar circular lo menos posible por la pista que se incorpora desde la carretera desde la cercana casa de la horca, conocida como el
Camino de las Vueltas, intentamos seguir todo lo posible los senderos que van más cerca del arroyo, para ir contemplando y disfrutando de los bonitos rincones, saltos y pozas que nos brinda a lo largo de su curso.
Hasta que, llegado un punto, no queda más remedio que subir a la citada pista, ya cerca del
puente de la Angostura, al que se accede por el ramal izquierdo de la misma. He leído en algunos sitios que se hace referencia al origen romano del mismo, en otros se indica que lo mandó construir
Felipe II, en otros
Felipe V para conectar el
palacio de la Granja con el
monasterio de El Paular, pero la verdad es que se desconoce el momento exacto de su construcción.
De pequeñas dimensiones, responde a una tipología habitual en la
Edad Media. Es de un solo ojo, formado con bóveda de arco de medio punto. Está construido con mampostería tosca de piedra, tanto el tímpano como la bóveda y la boquilla o rosca de ésta, realizada con lajas de piedras de muy diferentes tamaños. Del pretil no quedan más que indicios, de los que puede deducirse que sería un murete continuo de igual factura que el resto del puente.
Cruzamos el mismo, y próximo al puente y al comienzo de la pista que sube a su izquierda se encuentra un discreto manantial que pasa prácticamente desapercibido. De hecho, aunque había oído hablar de él, me costó localizarlo. Podríamos continuar por la pista cercana al arroyo que sigue subiendo por su cauce derecho, hasta el
arroyo de los Machos y después acometer una fuerte subida directa hacia la
laguna del Raso del Baile, pero acortaríamos mucho la ruta.
Por eso, nosotros vamos a subir cómodamente por la pista del
Camino de las Vueltas, que va ascendiendo suavemente por la ladera del
Pinar de los Belgas. La pista cruza primero el
arroyo de Valhondillo y luego el
arroyo del Paraje dos veces, antes de llegar a una curva cerrada donde se encuentra un
depósito de agua con un pilón, junto al
arroyo de Valhondillo, de donde recoge su agua.
Estos depósitos se usan para llenar las motobombas de los camiones de las brigadas forestales. De hecho, en una de las compuertas se puede ver la toma de agua que se usa para estos menesteres. Hoy el caño del pilón está seco. Sin embargo, unos metros antes de llegar al depósito y antes de cruzar sobre el arroyo, en la ladera izquierda de la pista se encuentra
la fuente de Pinocho.
Hay que subir unos pocos metros por la ladera para llegar a ella. Hoy hemos tenido que retirar tierra y algunas ramas para llegar a despejar su caño. Es una fuente que lleva agua todo el año.
Aprovechamos la refrescante zona del depósito para tomar el tentempié de media mañana.
Posteriormente, seguimos subiendo por la pista, hasta llegar a una bifurcación de ésta. En ese punto tomamos el ramal de la derecha, para tras andar unos cuantos metros, desviarnos por un pequeño sendero que sale a su derecha, y bajar a la pequeña y escondida
laguna del Raso del Baile. Algunos compañeros deciden no descender a la laguna y optan por adelantarse y proseguir por el ramal izquierdo que luego también tomaremos nosotros.
Esperábamos encontrar después del caluroso verano el humedal prácticamente seco, pero sin embargo todavía tenía bastante agua. Su superficie aparece tapizada de una fina lámina de vegetación que le da una bonita tonalidad verde. La rodeamos para poder contemplar todo su contorno.
Luego subimos por el amplio camino que nos devolverá de nuevo a la pista superior que habíamos dejado anteriormente. Retrocedemos sobre nuestros pasos hasta la bifurcación anterior, para tomar el ramal izquierdo que habían tomado nuestros compañeros, y seguir subiendo por la pista, que va acercándose poco a poco de nuevo al cauce del
arroyo de Valhondillo.
Más adelante termina la pista es una pequeña explanada. De frente un pequeño sendero sigue subiendo por la margen izquierda del
arroyo de Valhondillo. Yo he bajado por ese sendero hace años desde la zona de
Cabezas de Hierro. En este punto, estamos situados bajo la cara norte de las
lomas de Pandasco, en la reserva de tejos milenarios de
Barondillo. Aquí se concentran varios de los ejemplares más antiguos que hay en la
Comunidad de Madrid. Entre ellos, se encuentran dos tejos catalogados como árboles singulares.
Para poder contemplarlos debemos bajar al arroyo y cruzarlo a su margen derecha. Nada más vadearlo, encontramos el primer tejo milenario, el
Tejo de la Roca, árbol número 240 del catálogo de árboles singulares de la
Comunidad de Madrid, incluido en el mismo desde su creación el año 1992. Se encuentra bastante deteriorado.
De porte muy irregular, no se puede determinar si se trata de un tejo que ha ido partiéndose a lo largo del tiempo, quedando sólo tres troncos, dos de los cuales se funden a un metro de la roca que los sustenta, o si se trata de tres tejos cercanos que han acabado formando un solo árbol. Ha alcanzado una altura de 9 metros con un diámetro de copa de 10 metros y un perímetro en su tronco de 5,40 metros, teniendo una edad incalculable.
Bajamos por el sendero que transcurre paralelo al margen derecho del arroyo, donde vamos observando otros ejemplares de tejos de mayor o menor porte. Más abajo, nos encontramos con un verdadero tesoro: El
Tejo de Barondillo, árbol 239 del catálogo de árboles singulares de la
Comunidad de Madrid. Se trata de un ejemplar femenino de tejo común (y sí, hay tejos masculinos y femeninos.
Estos últimos son los que dan los famosos frutos rojos) y se estima su edad entre 1500 y 1800 años, según se indica en un panel informativo que hay junto a la valla que se instaló en 2011 para protegerlo de visitas poco apropiadas que estaban dañando sus ramas y raíces. Creo que, como tejo en edad, en la península solo lo supera el
Tejo de Bermiego en
Asturias (2000 años). Estamos por tanto ante el árbol más longevo de la
Comunidad de Madrid.
Aunque lo he visitado muchas veces, siempre que me paro ante él pienso, si este árbol no hubiera estado situado en un lugar tan recóndito de la sierra, toda la historia que hubiera podido ver pasar por delante de él… Aunque el paso del tiempo ha dejado huella en él, mantiene en general un buen estado de conservación.
Los técnicos forestales realizan labores periódicas de seguimiento y podas selectivas para eliminar ramas deterioradas y favorecer su estabilidad. Gracias a estos trabajos, este veterano ejemplar mantiene una notable vitalidad pese a su avanzada edad. Su hueco tronco, de leñosa corpulencia, soporta una copa de unos 15 m de anchura, tiene un perímetro de tronco de 9,10 m de diámetro y 8 m de altura
El tejo se caracteriza por tener un crecimiento lento y por su longevidad. Se apunta que pueden llegar a vivir entre 4.000 y 5.000 años.
Puede crecer hasta los 10 o 20 mts de altura, y el diámetro de su tronco puede llegar hasta los 4 metros. Suele crecer en zonas de umbría y suelos frescos próximo a arroyos.
Su fruto se llama
arilo, de color rojo con una cubierta de aspecto carnoso que rodea la simiente, de color negro. Suelen madurar entre finales de verano y mediados de otoño del mismo año. Prácticamente todas las partes del árbol contienen un alcaloide tóxico llamado
taxina. La corteza, las acículas, las raíces y la simiente contienen esa toxina, que si se ingiere en dosis elevadas tiene un efecto cardio tóxico que produce arritmias y parálisis en el corazón. La sensibilidad a la taxina varía según el animal, por ejemplo, 100-200 g serían mortales para un caballo.
Solo la parte carnosa de color rojo de su fruto es comestible, siempre teniendo cuidado de retirar la simiente que alberga en su interior, ya que esta contiene gran cantidad de taxina. Aún así, sirve de alimento para aves como el verderón o el carbonero común. El arilo es dulce y nutritivo. Al comerlo, las aves y pequeños mamíferos tragan la semilla tóxica entera.
El sistema digestivo del animal digiere el arilo, pero no puede romper la semilla, por lo que la expulsan intacta en sus heces sin llegar a intoxicarse. Aunque hemos encontrado restos de arilos regurgitados por algún animal, no se conoce ninguno de ellos que lo utilicen para purgarse.
A pesar de su toxicidad, el tejo ha sido venerado por culturas antiguas como símbolo de eternidad, sabiduría y conexión con el más allá. Los celtas lo veneraban como símbolo del tránsito entre la vida y la muerte y los cristianos construían sus ermitas y cementerios cerca de los tejos, porque se creía que sus raíces conectaban el mundo de los vivos con el de los espíritus.
Aunque tóxico, también se obtiene de sus hojas el
paclitaxel o
taxol, un potente principio activo esencial en el tratamiento de ciertos tipos de cáncer, como el de mama o el de ovario.
Una vez deleitados con su sombra y empapados con el aura que lo rodea, emprendemos el regreso, siguiendo el estrecho sendero que desciende por el margen derecho del arroyo.
Un poco más abajo y bajo otro milenario tejo nos encontramos con José María y con Bea que habían subido a nuestro encuentro desde el depósito de la pista donde habíamos parado esta mañana, ahorrándose unos cuantos metros del recorrido que hemos efectuado nosotros. Ya todos juntos, continuamos el descenso atravesando los arroyos de las zorras y de los
Pinganillos, hasta que alcanzamos la pista y de nuevo el depósito, donde de nuevo paramos, esta vez para tomar el almuerzo.
Sobre nuestras cabezas observamos el vuelo majestuoso de varios
buitres negros. El buitre negro es la mayor ave rapaz de
España, pudiendo alcanzar casi los 3 metros de envergadura de punta a punta de las alas. De hecho, estamos próximos a una zona
ZEPA. Se trata de una zona especial de protección de aves por ser una de las mayores áreas de cría de esta especie (el periodo de cría abarca de enero a septiembre).
A diferencia del buitre leonado que anida en roquedos, el buitre negro construye sus nidos en las copas de pinos silvestres. El buitre negro está catalogado como especie "vulnerable" en España y "casi amenazado" a nivel mundial.
Los primeros datos de población de buitre negro en la zona datan del año 1973, cifrando la población de la vertiente madrileña en 6 parejas. Los últimos datos del año 2025 arrojan un resultado de 185 parejas.
Estos datos la sitúan entre las colonias más grandes de
España y de las más importantes de
Europa. De todas ellas 140 parejas iniciaron la reproducción en invierno de 2025, 61 fracasaron, lo que supone el 43.5 % de las parejas reproductoras que no consiguen criar con éxito.
Por ello es fundamental respetar estas zonas catalogadas como de especial protección, y evitar molestarlos para que no abandonen las zonas habituales de cría. Uno de los principales problemas de conservación son las molestias derivadas del tránsito de senderistas por zonas no autorizadas. En
este enlace se habla de ello y también en este
otro enlace.
Finalizado el almuerzo, vamos a continuar el descenso por un sendero que baja junto al
arroyo de Valhondillo, evitando de esta forma bajar de nuevo por la pista. Más abajo, atravesamos de nuevo la pista, pero nosotros seguiremos buscando el estrecho sendero que continúa descendiendo ladera abajo. Cruza el
arroyo del Paraje y un poco más adelante, conectamos con el sendero
PR-M 25.
Ya sin pérdida alguna continuamos por el mismo hasta llegar a la cola de la
presa del Pradillo. Pasada la presa, atravesamos un par de puertas y cruzamos el
arroyo de la Angostura por el puente que hay junto al
restaurante La Isla. Al otro lado, enlazamos con el camino de la ida, por el que regresamos a los coches, dando por finalizada la ruta de hoy.
Aunque se trate de una excursión muy conocida, por los tesoros que alberga, tejos y buitres negros, le otorgo una puntación de 5 sicarias.
Carlos Revilla